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Sixto Alonso Hevia: seminarista y mártir, por Fidel García Martínez

Sixto Alonso Hevia: seminarista y mártir, por Fidel García Martínez

En su libro Seminaristas Mártires de Oviedo escribe el prestigioso sacerdote e historiador Silverio Cerra Suárez (QEPD)): “El período más trágico y glorioso de la milenaria historia cristiana de Asturias, fue el sufrido por nuestro clero en los años centrales de la cuarta década del siglo XX. En el arco temporal de cuatro años vertieron su sangre por la Fe en Jesucristo 14 seminaristas, 129 sacerdotes y 48 religiosos que aquí vivían”.

Uno de estos seminaristas mártires fue Sixto Alonso Hevia nacido en Poago el 1 de febrero de 1916. Hijo de Sixto y María. Su padre era maquinista de barco y trabajaba en una embarcación en Luanco. La madre era ama de casa. Era el mayor de 11 hermanos, alto y de ojos azules y de carácter serio y sosegado, pero muy agradable. En su niñez vivió con un tío suyo, párroco de San Jorge de Heres, cerca de Luanco, con quien aprendió las primeras letras y números. Los primeros estudios y bachillerato elemental los hizo en Luanco. Ingresó en Seminario el 1 de octubre de 1929. Destacó en los estudios y por su profunda piedad mariana y sacramental. Según testimonios de sus condiscípulos de le veía con frecuencia de rodillas ante la Santísima Virgen; visitaba a Jesús en la Eucaristía. Como alumno era competente y estudioso. Enamorado de su vocación sacerdotal.

Al estallar la Guerra Civil Sixto había concluido el tercer curso de los estudios filosóficos. Estando pasando las vacaciones de verano fue encerrado con su padre en la iglesia que se había convertido en cárcel por los milicianos, el motivo: el padre era católico y el hijo seminarista. Estallada la Guerra Civil se encargó al seminarista Sixto llevar las cuentas de la distribución de los alimentos. Según testimonio de su propia hermana: Sixto salía de la cárcel preparaba las cuentas y luego volvía a la cárcel (Iglesia). Sufrió humillaciones sin cuenta por parte de sus carceleros. En plena Guerra Civil el seminarista Sixto fue movilizado y llevado a Cangas de Onís. Estuvo poco tiempo. En seguida murió. Su muerte la recordaba un compañero como lo más trágico, que pueda imaginarse: “fue obligado a incorporarse e filas del ejército. Pronto sospecharon sus adversarios que tenía intención de pasarse a las filas nacionales. El día 27 de mayo de 1937 estando en el puerto de Ventaniella, concejo de Ponga, cuando se hallaba haciendo un poco de chocolate, algo separado de la otras fuerza, le sorprendieron unos desalmados, lo desnudaron de medio cuerpo y lo apuñalaron, mientras clamaba a Dios y les suplicaba lo dejaran morir”. La última vez que estuvo en casa de sus padres, en una fotografía en la que estaba con unos condiscípulos puso sobre sí mismo una cruz y a la vuelta su nombre.

Su hermana Covadonga, la menor de la familia, no tenía recuerdos personales, pero cuidó a su padre anciano, y afirmaba que antes de marchar, recordaba que a su madre le había dicho, que Sixto se había confesado con una sacerdote de Perlora que estaba guardado en una casa. Xisto tenía 21 años. Había dicho a sus padres: “si a mí me pasa algo ustedes tienen que perdonar” Fue uno de los 14 seminaristas víctima de una furia antirreligiosa y homicida consecuencia de ideologías políticas anticlericales nacidas en siglo XIX que en el XX mostraron toda su crueldad sobre jóvenes e inocentes seminaristas.

Fidel García Martínez

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