Carta del Obispo Iglesia en España

Situación extraña, por el arzobispo de Toledo, Braulio Rodríguez Plaza

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Situación extraña, por el arzobispo de Toledo, Braulio Rodríguez Plaza

El nuevo Testamento, sobre todo en el gran discurso de despedida de Jesús en Jn 14-16, reconoce un relieve muy alto a la persona y a la misión del Espíritu Santo. Sin duda, el puesto que ocupa en la vivencia de nuestras comunidades y en la predicación y catequesis de nuestros sacerdotes es pobre y deficiente. Esta situación es calificada de “penosa” por obispo en un libro recién publicado. Tiene razón. Porque Jesús anuncia en su despedida “la promesa del Padre”, es decir, el Espíritu Santo, que realiza en nosotros una acción imprescindible. Hablemos un poco de este papel del Paráclito.

“Os he hablado de esto ahora que estoy a vuestro lado, pero el Paráclito, el Espíritu Santo, que enviará el Padre en mí nombre, será quien os lo enseñe todo y os vaya recordando todo lo que yo os he dicho” (Jn 14, 25-26). Jesús llama al Espíritu Santo “Espíritu de Verdad”; su presencia en nuestro corazón disipa la tiniebla de la mentira y la nebulosa de esas pseudoverdades, verdades a medio camino que acostumbra a emitir nuestro mundo. Por ello, el mundo no puede recibir al Espíritu Santo, “porque no le ve ni le conoce” (Jn 14, 17). Y si esta mundanidad espiritual invadiera la Iglesia, desfiguraría tan cruelmente a la Esposa bien amada, la Iglesia, que la religión parecería instalar el escándalo en el mismo santuario.

El Espíritu Santo nos sitúa más allá y nos rescata de este espíritu del mundo, del espíritu de ese “mundo” del cual es más peligroso ser amigo que enemigo. Nos libera también de esa trampa que tiende a mundanizar nuestro ministerio en los sacerdotes y la vida cristiana en todos los fieles. Jesús nos envía desde el Padre el Espíritu de Verdad. Nos dice que Él nos enseñará todo y nos recordará lo que el mismo Señor nos ha enseñado. La unción del Espíritu nos recuerda la verdad que Jesús ha traído y nos la sigue enseñado a lo largo de la vida. Nos empuja hacia el Misterio, nos introduce en el Misterio de Dios. No nos deja a mitad del camino, nos defiende de las confusiones, nos conduce hacia la plenitud y la madurez de la fe. De esta manera, como comunidad de creyentes, nos salva de pertenecer a una Iglesia gnóstica porque el conocimiento que nos infunde es sapiencial y está preñado de amor; es un conocimiento que nos hace discípulos de Jesucristo y no meros conocedores de una filosofía o de una doctrina moral o social.

Pero el trabajo o la acción del Espíritu Santo en nosotros es también empujarnos al mundo, a ese mundo que no quiso recibir al Señor, ese mundo que odió al Señor y nos odiará también a nosotros. No nos repliega en nosotros mismos, sino que nos conduce a vivir en medio de nuestra sociedad para ser testigos precisamente de la resurrección de Jesús. Porque no recibimos al Espíritu Santo para nosotros solos, de manera que fomentemos una espiritualidad de autocomplacencia. No lo recibimos para que nuestras comunidades cristianas posean el don del Espíritu que Cristo nos envía desde el Padre, gocen de Él y recuerden esta Verdad interiormente, para nosotros solos, y así no nos contaminemos. El Espíritu va más allá y nos envía, desde el misterio de Cristo en el que nos introdujo, hacia afuera. Nos hace misioneros, porque “¡Ay de nosotros, si no evangelizamos!”.

Quien mejor comprendió lo que el Espíritu hace en los miembros de la Iglesia es Nuestra Señora. Por ello está en Pentecostés con los discípulos esperando el Don de lo alto.  A ella había venido el Espíritu Santo, y la fuerza del Altísimo la cubrió con su sombra (cfr. Lc 1, 35); la luz de su unción hacía que María conservara y meditara todos los acontecimientos en su corazón; y no perdió nunca la capacidad de admirarse con ese estupor que provoca la presencia del Espíritu, no se quedó a mitad de camino y llegó, perseverando, hasta el final, cuando “se levantó y se puso en camino” (Lc 1, 39). A rebujo de Nuestra Señora queremos ir también nosotros con la unción del Espíritu Santo.

+ Braulio Rodríguez Plaza

Arzobispo de Toledo, Primado de España

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