Editoriales Ecclesia

Sin el Espíritu Santo, la Iglesia es solo una organización – editorial Ecclesia

Sin el Espíritu Santo, la Iglesia es solo una organización – editorial Ecclesia

En las páginas 41 y 42 de este mismo número de ECCLESIA nos hacemos eco de la intensa agenda que el Papa desarrolló en la víspera y en la fiesta de Pentecostés. Pentecostés, la efusión de Dios Espíritu Santo, el don pascual por excelencia del Padre y del Resucitado, es la fiesta por excelencia de la Iglesia. Es el día de la misión por antonomasia.

Pentecostés es el día de la Iglesia y el día de misión en y desde la doble realidad de la Iglesia: sus dimensiones divina y humana. Y lo es como don y como reto para todos los miembros de la Iglesia de todos los tiempos. Miembros de la Iglesia, pastores y fieles, que, ahora, con palabras de Francisco, han de redescubrir y revitalizar su vocación de discípulos y misioneros, que aúna, como el doble movimiento del corazón (sístole y diástole), la experiencia del cenáculo (la vida de oración, de formación y de espiritualidad), de un lado, y de otro lado y a la par, el ardor misionero, el gastarse y desgastarse apostólico y la tensión evangelizadora que siempre ha de caracterizarnos, y más aún porque ya somos menos, porque estamos más mayores y porque los presentes son, y mucho, tiempos recios para la fe.

En sus discursos y homilías de Pentecostés de este año, Francisco volvió, con otras palabras y acentos, a estas mismas ideas, que creemos son de vital importancia para el aquí y ahora de nuestra Iglesia. Una Iglesia que debe renovarse y purificarse. Pero debe hacerlo desde el Evangelio y no desde las consignas y parámetros de la mundanidad, la moda o el marketing. Y es que, «sin el Espíritu, la Iglesia es una organización; la misión es propaganda y la comunión es un esfuerzo» hasta vano. Porque «un cristianismo sin el Espíritu, es un moralismo sin alegría; y con el Espíritu es vida» y fecundidad. ¿Y cómo ser Iglesia discípula y misionera, Iglesia del Espíritu? Francisco ofreció, de nuevo, algunas pautas imprescindibles. Así, en la vigilia de Pentecostés, celebrada para los fieles de su diócesis de Roma, exclamó: «¡Cuánto me gustaría que la gente que vive en Roma reconociera a la Iglesia, que nos reconociera por este más de misericordia, no por otras cosas, por este más de humanidad y de ternura, que tanto se necesitan!».

Ser Iglesia discípula y misionera, ser Iglesia del Espíritu —que es ser la única Iglesia posible, la única Iglesia de Jesucristo— es también evitar el riesgo de la autocomplacencia y la autorreferencialidad y el creerse que todo depende de programaciones, estrategias y voluntarismos solo humanos y, a veces, hasta sectarismos varios, que solo buscan definir la propia identidad y «lo hacen contra alguien o contra algo». Un riesgo, un peligro este que confunde «la novedad del Espíritu con un método de reorganizar” todo». Y esto, «este no es el Espíritu de Dios. El Espíritu de Dios trastoca todo y nos hace recomenzar, no desde el principio, sino desde un nuevo camino». De modo, «que hemos de dejarnos llevar, pues, de la mano del Espíritu e ir en medio del corazón de la ciudad para escuchar su grito, su gemido». Y hacerlo, «bajando» de nuestros pedestales, puestos, seguridades y prepotencias. Porque si «la Iglesia no sabe bajar y no baja, no es el Espíritu el que manda».

¿Y no será esta —preguntamos ahora nosotros— una de las causas por las que nuestra misión evangelizadora es tantas veces escasamente fecunda? La Iglesia es para evangelizar. Pero nadie da lo que no tiene. Y si no nos dejamos llenar por el Espíritu de Dios, no iremos a ninguna parte.

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