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Significado de unas canonizaciones históricas y el valor permanente de la santidad – editorial Ecclesia

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Significado de unas canonizaciones históricas y el valor permanente de la santidad – editorial Ecclesia

La misión de la Iglesia es evangelizar. Y el baremo, la medida y la fecundidad de la evangelización –que es siempre obra y don de Dios- pasa por la autenticidad, credibilidad y coherencia de los servidores de la Iglesia, de los evangelizadores, quienes, solo evangelizan de veras siendo ellos mismos, y en primera persona, evangelizados. La evangelización es para insertarnos en el plan salvífico de Dios y para contribuir a la llegada de su Reino. De este modo, evangelización y santidad son realidades no solo estrechamente unidas, sino inseparables. Y así nos lo acaba de glosar el Papa Francisco, en su hermosa exhortación apostólica Gaudete et exsultate (ecclesia, número 3.932, páginas 21 a 40).

Refrescamos ahora estas ideas  a propósito de las canonizaciones, anunciadas para el domingo 14 de octubre, del Papa Pablo VI y del arzobispo Óscar Romero. ¿Y qué interpelaciones nos ofrecen estas nuevas canonizaciones, a las que se sumarán otras cuatro, entre ellas la de una española?  En primer lugar,  recordar que la vocación cristiana a la santidad es algo neurálgico, esencial, vital para todos los bautizados. Y en este camino, en esta tarea, los santos, como reza la liturgia, nos ofrecen un “testimonio admirable”, “nos estimulan con su ejemplo y nos ayudan con su intercesión”. Además, mediante ellos, Dios “fecunda sin cesar a su Iglesia, con vitalidad siempre nueva”.

En segundo lugar, la santidad oficialmente reconocida por la Iglesia –al igual que la de la multitud inmensa de todos los santos, de todos los bienaventurados-  redunda en la gloria de Dios y sirve al bien de los demás. Una canonización es alabanza al Dios tres veces santo y fuente de la santidad. Es testimonio de que Dios, el Dios de los cristianos, existe y es amor, bondad, belleza y santidad. Es un reconocimiento al ejemplo de las vidas de los canonizados. Y,  a su vez, un testimonio de que hombres y mujeres, por gracia de Dios y por fidelidad a Él, han sabido transmitir en y con sus vidas rayos, reflejos y atisbos de la grandeza, belleza y la bondad de Dios, quien así, además, sigue dándonos “pruebas evidentes de su amor”.

En tercer lugar, aun cuando toda canonización es personal e intransferible y solo a la persona declarada santa es a quien se debe venerar e imitar, también, por el  citado valor ejemplarizante de la santidad, el periodo histórico en que esta persona fraguó y granó su vocación cristiana queda iluminado. En este sentido, resultan más que significativas dos evidencias. La primera es el hecho de que dos coetáneos –y contemporáneos nuestros-, Pablo VI y Romero, cuyas muertes apenas distan veinte meses, sean canonizados y lo vayan a ser en una misma celebración. Sus vidas y sus ministerios eclesiales encuentran en el Concilio Vaticano II y en el primer postconcilio un obvio punto de unión y una inexcusable  y gozosa referencia.  Su canonización de ahora no “canoniza”, como es también evidente y queda explicado, a aquella época, pero sí nos muestra cómo fue vivida de manera ejemplar y heroica por dos de sus mejores testigos y principales protagonistas.

Y si a ello añadimos el hecho de que también son santos el Papa que convocó el Vaticano II (san Juan XXIII) y el que guió su segunda aplicación (san Juan Pablo II), nos encontraremos con la certidumbre de que Dios quiso servirse de estas personas –también de otras- para hacernos entender su asistencia y su voluntad sobre el decurso y las modalidades y las apuestas concretas del servicio de la Iglesia a la humanidad. De cómo, sí,  el Vaticano II fue un extraordinario don. Y de cómo, en la pluralidad sinfónica de estas vidas cristianas y de sus distintas  y admirables respuestas personales a la santidad, con toda su hermosa y enriquecedora variedad de matices y de acentos, hallaremos luz y sendero para los retos de la misión evangelizadora de la hora presente.

Así, pues, ¿cómo afrontar hoy la misión evangelizadora en medio de una sociedad descreída, desigual e injusta, “magnífica y atormentada”, que dijera el Concilio? No con ideologías o banderías, sino mediante la santidad. Santidad que sigue siendo, desde el amor y la centralidad de Jesucristo y desde la escucha a los signos de los tiempos, amar y servir apasionadamente a la Iglesia y a la entera humanidad, sobre todo a la más necesitada y preterida.

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