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Siete seminaristas cuentan su experiencia para ECCLESIA

Esta semana nuestro colaborador Carlos González publica en ECCLESIA un reportaje sobre la vivencia de diferentes seminaristas de España y otros países. Entre los entrevistados se encuentran Israel Castillo (Madrid), Francisco Javier Caballero (Burgos) y Antonio Domínguez (Palencia). Además, potenciando la universalidad y la diversidad, nuestras páginas recogen la experiencia de Fabián Medina (Sucre, Colombia), Johan (Corea-Madrid), Daniel Chinchilla (Sicilia) y Andrés Azofeifa (Costa Rica).

Israel Castillo

Me espera Israel Castillo, un malagueño de nacimiento, mudado a Granada, después a Berlín y, por último, a Madrid. Y siempre de la mano de Quien más conoce su sentir. Porque cada una de sus pisadas, y de sus 30 años de vida, saben que no hay un suspiro que pase desapercibido para Dios.

«Yo, en estos ocho años, he pasado un tiempo de auténtica felicidad y de vivir cosas impresionantes. Ha sido un regalazo inmenso», reconoce el seminarista, mientras repasa conmigo el nacimiento de su vocación… «La pregunta de la vocación al sacerdocio, al crecer en una familia cristiana y tener muchos amigos sacerdotes, nunca la cerré del todo. Siempre estuvo ahí, pero nunca me lo planteé de manera seria durante mi infancia y mi adolescencia. Apareció realmente cuando estaba en la época de universidad. En una Cuaresma, sentí algo muy especial, pero me eché atrás porque lo veía como una losa y me dio bastante miedo. Al año siguiente, aquello volvió a aparecer, pedí ayuda y decidí que, si el Señor llamaba, había que responder con valentía y generosidad. Y al acabar la carrera de Humanidades, di el paso y entré al Seminario».

El día 27 de junio, Israel será ordenado diácono. Está feliz. Se palpa en su voz, y no solo porque lo griten sus ojos, sino porque sus palabras desprenden una pasión que alivia ese peso que, a veces, el alma arrastra. «Esto te sobrepasa del todo», señala, «de hecho, parte de la preparación es tomar conciencia de que no llegas a estar nunca del todo preparado. Pero una vez que has entendido que es el Señor quien lo va haciendo, ya descansas». Y en esta labor de ir echando raíces, este seminarista de espíritu familiar, tercero de cuatro hermanos y enamorado de la cultura, la montaña y literatura, se abraza a Dios sin ataduras, consciente de que su amor incondicional es un regalo inmerecido: «Solo le pido que tenga paciencia conmigo, como la ha tenido hasta ahora, que no se canse de mí y que sea Él quien vaya llevando el rumbo de mi vida». Dejándose hacer, a su modo y cada vez más, a lo que es su voluntad, «incluso aunque ese hecho a lo mejor sea doloroso para mí», reconoce. Porque a pesar del vértigo, en la instrumentalidad del servicio obra la gracia, pese a nuestra pobreza y pequeñez… «Sí, y me da mucha serenidad saber que tengo un pueblo detrás, que tengo una comunidad que me quiere y que la Iglesia me acompaña».

Ante los dolientes, la presencia del Padre reconfigura la vida. Y ahí es donde Israel desea estar, aunque a veces duela. «Deseo acompañar a personas que pasan por situaciones difíciles y que tienen muchas heridas, ser testigo de algo que he vivido yo antes y donde he sido sanado». Siendo consciente, por supuesto, de que «no soy yo propiamente el que sana, sino que es Cristo».

«Me encanta el trabajo con los ancianos, visitar enfermos y estar con la gente de la calle… Es una preciosidad estar con los descartados. El Señor se fue con los últimos, con los pobres y apartados, y yo me siento muy llamado a eso». De repente, Israel se da cuenta de que el corazón pesa más que la razón. Y ahí se queda, emocionado y abrazado al recuerdo de su hermano mayor, David… «Es discapacitado psíquico profundo y, desde muy pequeño, le he cuidado y he estado en contacto con esa experiencia de vulnerabilidad. Y eso me ha marcado mucho para esta misión de estar con los más necesitados».

El amor del Señor «llega hasta el fondo», y «mi corazón late con el de Cristo cuando puedo hacer lo mismo que hizo Él», confiesa. «Yo estoy aquí por un misterio del Señor; y solo sé que me ha llamado para estar con los últimos, y de eso no tengo ninguna duda». La presencia alegre de Dios se hace patente en nuestro encuentro, y este futuro sacerdote no desprecia una sola pincelada que venga de Sus manos, porque puede necesitarla para cambiar el corazón del mundo: «Cristo sigue vivo, ha resucitado y no es una broma. Y en esa esperanza vivo, y por eso estoy feliz».

Francisco Javier Caballero

El sacerdote cuida a Jesús en cada hombre, en cada enfermo, en cada hermano. Por ello, está llamado a hacerse prójimo de y con los otros. Y debe hacerlo con el corazón de un padre, sabiendo además que, cada uno de ellos, es su hermano. Y, en esa maravillosa tarea, no importa la procedencia, ni la condición, ni la edad. Solo importa el corazón, que no sabe de razones. Y, si no, que se lo digan a Francisco Javier Caballero…

«En agosto de 2017 iba a dejar de trabajar y, en uno de los habituales paseos por Madrid (donde entonces vivía), mientras iba planificando un nuevo calendario en el que entraban Eucaristía diaria, actividades de la parroquia, atención a mi madre en Burgos, dedicar tiempo a la investigación dentro de la Historia del Arte, al voluntariado, visitar museos y exposiciones, me sobrevino la idea del diaconado permanente». Inmediatamente «la acogí como algo mucho mejor que lo que yo estaba planificando. Consulté con un amigo sacerdote, quien me animó desde el primer momento. Hablé con el párroco de la iglesia de la Inmaculada, me puso en contacto con el vicario del Clero de la archidiócesis y, unos días después, me matriculaba en la facultad de Teología de Burgos en Ciencias Religiosas. Está claro que en mis planes no entraba el ser diácono permanente. En el 2019, tras un proceso de discernimiento, di el paso al presbiterado».

La historia de Francisco Javier nace entre la duda y el amor, en puro silencio. El suceder sutil de la presencia de Dios fue, poco a poco, envolviendo su miedo hasta hacerlo todo nuevo, diferente, feliz. Este burgalés de 64 años es doctor en Historia del Arte y profesor de Ciencias Sociales; y, desde septiembre de 2019, también es seminarista en el Seminario Diocesano de San José, de Burgos. El 28 de noviembre de 2020 fue ordenado diácono. Una vida entregada que no se cansa de buscar, sin prisas, sin hacer ruido, pues solo quien ha sentido a Dios presente, puede hacer de su vida una oblación.

Lee todo el reportaje en el número 4.068



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