Carta del Obispo Iglesia en España

«Siempre adelante, nunca retroceder», por el arzobispo de Burgos

«Siempre adelante, nunca retroceder», por el arzobispo de Burgos, Francisco Gil Hellín

Mensaje del arzobispo de Burgos para el domingo 4 octubre de 2015

 “Declaramos y definimos Santo al Beato Junípero Serra y lo inscribimos en el catálogo de los santos, y establecemos que en toda la Iglesia sea devotamente honrado entre los Santos”. Con estas palabras, el papa Francisco elevaba a los altares, en Washington el pasado 23 de septiembre, al franciscano español y mallorquín Junípero Serra. En su homilía, el Santo Padre recordó que fray Junípero “tuvo un lema que inspiró sus pasos y plasmó su vida: supo decir, pero especialmente supo vivir diciendo ‘siempre adelante’”. “Supo vivir –añadió el papa Francisco– lo que es ‘la Iglesia en salida’, esta Iglesia que sabe salir e ir por los caminos, para compartir la ternura reconciliadora de Dios”. El Padre de California, nacido en suelo español, “supo dejar su tierra, sus costumbres, se animó a abrir caminos, supo salir al encuentro de tantos, aprendiendo a respetar sus costumbre y peculiaridades”.

En efecto, Junípero Serra nació el 24 de noviembre de 1713 en Petra, Mallorca, e ingresó en los frailes franciscanos cuando tenía 16 años. Enseñó Filosofía y Teología en la universidad que otro gran mallorquín, Raimundo Lull, había fundado en Mallorca siglos antes. Cuando ya tenía 36 años, impulsado por su celo evangelizador partió, junto con otros veinte misioneros franciscanos, hacia el Virreinato de la Nueva España, nombre colonial con el que entonces se designaba a México. Ya en México, inició su misión misionera en Sierra Gorda, donde permaneció 9 años.

Cuando Carlos III decretó, en 1767, la expulsión de todos los jesuitas de los dominios de la Corona –lo que incluía el Virreinato de la Nueva España–, embarcó rumbo a la Baja California, donde los jesuitas atendían la población indígena y europea de las dos Californias, con otros 16 misioneros franciscanos. Tras una corta travesía, llegaron a Loreto, sede de la Misión de Nuestra Señora de Loreto, que es considerada como la madre de las misiones de la Alta Baja California. A partir de entonces fueron surgiendo las misiones de san Carlos Borromeo (1767), de san Antonio de Papua (1771), de san Luis (1772) y otras. Los misioneros catequizaban a los indígenas, les enseñaban nociones básicas de agricultura, ganadería y albañilería, les proporcionaban semillas y les asesoraban en el trabajo de la tierra.

Precisamente, una de las labores en las que destacó san Junípero Serra fue la defensa de los indios. Fue para ellos un gran pastor y un gran defensor. No les llamaba “indios” sino “gentiles”, porque éstos son quienes –según el lenguaje bíblico– no han recibido la revelación del verdadero Dios. Les llamaba “hijos” y siempre cuidó de ellos como tales. La violencia sexual de los soldados contra las mujeres indígenas, el maltrato a los indígenas y los intereses fiscales de la Corona respecto a su trabajo, provocaron duras reacciones en fray Junípero. Nada de particular que, cuando ya tenia 60 años y estaba muy limitado de fuerzas, viajase desde Carmel hasta la Ciudad de México para interceder por los indígenas ante el virrey, presentando su conocidísima “Representación”, que no era sino un memorando con una auténtica declaración de derechos que apuntaba a la mejora de toda la actividad misionera en California y especialmente al bienestar material y espiritual de los nativos. ¡Qué lejos quedaba este modo de proceder con la “conquista del Oeste”, donde prevalecía el proverbio “el único indio bueno es el indio muerto”.

San Junípero es un modelo de convivencia para los diversos pueblos de España y un ejemplo de cara a la nueva evangelización de España y América. Porque, como dijo el Papa en la homilía de canonización, “la misión no nace nunca de un proyecto perfectamente elaborado o de un manual muy bien estructurado y planificado; la misión nace de una vida que se ha sentido buscada y sanada, encontrada y perdonada” por Dios. Sigamos su lema “Siempre adelante, nunca retroceder”.

 +Francisco Gil Hellín,

arzobispo de Burgos

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