Artemio Ceballos, 80 años, sacerdote de Aldea de Ebro.
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«Si naciese 50.000 veces, en todas volvería a ser sacerdote»

La covid-19 ha obligado al mundo a cambiar la mirada para ver la vida con otros ojos, con otro brillo, con otros sueños. Todo cambia. Todo. También para el que cree. Algunas veces, pensamos que el dolor solamente será un ave de paso. Otras, permanecemos vencidos en el alma de infinitos paisajes de lluvia y niebla. Pero nuestra tarea es seguir. Y como la vida es un acto de fe, nos quitamos el velo de la nostalgia y nos adentramos en el corazón sacerdotal de Raúl, de Pascual, de Artemio, de Juanfran y de tantos y tantos pastores que, en el anochecer de sus vidas, aún guardan en sus ojos la caricia amorosa de Jesús de Nazaret.

«Jamás, jamás, jamás sería otra cosa que no fuera cura». Es la carta de presentación de Pascual González. A sus 91 años, a este apóstol de Fuente el Fresno (Ciudad Real) le llora la vista, le quiebra la voz y le falla el oído. La fragilidad, día tras día, va amasando sus horas. Sin embargo, ahí sigue él, sosteniendo su fe a los pies de un quebradizo cáliz de barro, deshojando cada amanecer como una vela encendida en una noche de tormenta. Y tras 65 años como sacerdote, le tiembla de emoción la mirada —como cuando era un niño— cuando pronuncia el nombre de Dios… «La vida sacerdotal es la misión de Jesús: darse veinticuatro horas a los hermanos, sin descanso, como Él».
El otoño encierra con llave al alma. Con la estación más bonita del año recién llegada a la piel de los pulmones, dispongo cada una de las hojas de mi libreta para pasear por la soledad habitada de sacerdotes ancianos y enfermos que, en su debilidad, se saben amados, cuidados y mimados a cuerpo entero, a cadena perpetua, a corazón abierto.

«Sin Dios no puedo vivir»

«Con 91 años, cuando celebro la Eucaristía, pienso en Jesús en la Santa Cena, rodeado de los apóstoles, y me emociono… Y ahora, a mi edad y al carecer de movimiento, de vista y de oído, Él tan solo me lleva de la mano». Pascual nació un 14 de mayo de 1929 en el municipio ciudadrealeño que ahora acuna su vejez. Allí, su sobrina Mari Luz —junto a su marido y a sus dos hijos— cuida de él, con todo el amor con que es capaz.
«Mi tío está muy bien, cada día más joven y con más ganas de aprender y de estudiar», me cuenta su sobrina, mientras trata de explicarle con sumo cuidado las preguntas que le he enviado. «Y aunque apenas ve, sigue leyendo con una lupa», añade su sobrina con gran admiración por el sacerdote.
Hoy, las manos generosas de Pascual siguen dando vida a un Jesús que resucita en cada una de sus arrugas. Y es que hablar con él es reavivar la vocación perdida, resucitar la esperanza de un Padre que nunca abandona y encontrarse con ese Dios que le llamó con solo siete años para prometerle una felicidad inmarcesible: «Si el Señor me deja y la Virgen me ayuda, ¡voy a formar un Seminario en el cielo!». Un humor que ampara su carácter divertido y risueño, y un ministerio que —en la patena de su altar— se hace caricia para el que sufre… «Yo, sin Dios, sin mi sacerdocio y sin expresar mi alegría interior de vida ascendente, no puedo vivir. ¿Tú te das cuenta qué vocación tengo?», me pregunta, a carcajadas de vida. «Y es que el sacerdocio es una prolongación de Cristo. Esto es una maravilla de Dios, hijo. Jesucristo no es, ni más ni menos, que amor, amor y amor».
Evangelio vivo, misionero feliz y pastor incansable de un Reino que, con apóstoles como él, sigue siendo pesebre, custodia y Eucaristía en esta tierra tan hambrienta de alegría y tan necesitada de Dios. «Pascual, ¿y cómo se imagina el Cielo?», le interpelo, antes de abandonar el encuentro. Su contestación no necesita tiempos ni remiendos, ni tampoco echar mano de la tesis de la ventana de enfrente, desde donde todas las vidas parecen mejores. Su vida es hogar y su vocación es un regalo para quien tiene la fortuna de encontrar, en sus ojos, la ternura de un Padre frágil, delicado y anciano: «Ay, el Cielo… Ese lugar es la maravilla y es inimaginablemente bello para los ojos humanos. Por eso, te digo que si naciese cincuenta mil veces, en todas ellas volvería a ser sacerdote».

«No me arrepiento de haber entregado hasta la última gota de mi ser»

Decía san Ignacio mártir que «el sacerdocio es la dignidad suma entre todas las dignidades creadas». Y no es casualidad, porque —en lo más íntimo de cada pastor y de cada cristiano, cuando el dolor desmiga el Misterio— se esconde un Jesús que se hunde en los tejidos de su alma, empañada de un vaho quebradizo y sagrado.
Juan Francisco García, como una llama de amor inofensiva y nostálgica, refleja a la perfección el sentir de ese mandamiento: «Tras 83 años de vida, y 57 de ellos vividos como sacerdote de Jesucristo, con sus correspondientes cansancios, dudas, sueños, desvelos, alegrías y tristezas, me ha merecido la pena entregar la vida por Jesús. Sin duda alguna». Juanfran (como todos le conocemos) me responde desde la residencia sacerdotal de Albacete. Y lo hace con un hilo de voz que encubre, a su paso contemplativo y endeble, la ternura de alguien que ha ofrecido hasta el último retazo de su aliento. «La vida me ha ido descubriendo que Dios realmente está en las personas que me ha puesto en el camino, en esa humanidad está Jesús de Nazaret, quien lo entendió y lo vivió hasta el extremo», afirma. «Yo no me arrepiento de haber entregado hasta la última gota de mi ser, y he tenido mis momentos de dudas, de fallos, de vacilación, pero estoy convencido sinceramente de que mi vida es de Dios».
Y sin parpadear para no apagar la luz que en él transita, lo confirma con gratitud. «Y si he dado, he recibido mucho más de lo entregado; tanto como sacerdote como misionero. Y somos más en la medida en que compartimos». La vocación de este apóstol con entrañas de bondad lleva escrita a fuego las iniciales de la Providencia. Es así desde que Bazalote, su pueblo (un municipio situado al sureste de la península ibérica, en la provincia de Albacete), le vio dar sus primeros pasos. Una vocación religiosa que le debe, en primer lugar, a sus padres: «Ellos, trabajadores del campo, pensaban que la mejor herencia que podían procurar a sus hijos era darles una formación, y ese detalle siempre ha marcado mi vida». Y, en segundo lugar, a la misión: «Entré al Seminario con 14 años y, al poco tiempo de ser cura, me fui a Brasil; estuve en los estados de Bahía y Pernambuco 32 años; allí éramos veinticinco sacerdotes para 800.000 habitantes, y eso nos enseña que aquí, en España, aún hay mucho que mudar y que cambiar…».

«Salgo a la calle para llevar café y calor a las personas más necesitadas»

Juanfran, que combina su labor como consiliario diocesano del movimiento de Vida Ascendente con su servicio pastoral en la parroquia de San Pablo, también colabora en el programa de acogida de Cáritas, así como en un comedor social que atiende, a diario, a personas con diversas necesidades. Y sin olvidar que, en la residencia donde vive, ayuda en la cocina. Gestos que no le quitan tiempo para llevar a cabo una de sus labores favoritas: «Los jueves por la noche salgo a la calle para llevar café y calor a las personas más necesitadas». En cada una de ellas, asevera convencido, «está el Padre Dios». Y ahí permanece, donde nadie llora sin vergüenza, «desde lo humano, desde la persona, solo para compartir».
Me cuenta que la mayoría no desea café ni bocadillo, «tan solo quiere un rato para poder charlar». Y «como persona, como cristiano y como sacerdote tengo claro que he de estar ahí», admite. Una misión que, tal y como reconoce, no está exenta de dolor… «A veces es duro, ¿sabes? Pero yo tengo que estar ahí. Tan solo estar. Y, sobre todo, aproximarme a estas personas de la calle que no tienen a nadie». Bueno, «le tienen a él, y eso debe de ser un regalo para ellos», pienso para mí, según el sacerdote amolda el peso de su fatiga…

«Yo sigo igual de enamorado que el primer día»

Hoy ya ha caminado los cinco kilómetros que hace cada día. Pero en ningún momento quiere mostrar que está algo cansado. Todo lo contrario. «Por cierto, ¿tú sabes cómo decidí ser cura?», me pregunta, de repente. «Cómo vas a saberlo, te lo cuento yo», continúa, con una ternura digna de enseñarse en cualquier clase de humanidad… «Cuando era niño y volvía de trabajar en el campo y de dar de comer a los animales, al caer la tarde, veía a unos sacerdotes con seminaristas que salían a pasear cerca de mi casa. Aquel fue mi primer toque de vocación. Me llamaban muchísimo la atención, no sé por qué. De hecho, yo tardaba más en entrar a casa solamente por verlos… ¡Eso es un misterio! Se lo dije a mi padre, él habló con el sacerdote y de ahí me fui al Seminario».
Hoy, muchos años más tarde, aún mantiene encendida la llama de aquellas tardes de trabajo, pasión y fe: «Yo sigo igual de enamorado que el primer día. Hay gente a la que quiero muchísimo, y que también me quiere muchísimo a mí. Y estas personas son la imagen de Dios. Yo sé que ahí esta el amor del Padre, y eso es lo que me mantiene».

«La Eucaristía no acaba en el templo»

Una mirada enamorada que conserva, como piedra preciosa, en su corazón aterciopelado por el tiempo. Y que resucita cada día, ante el lamento mudo de la soledad, cuando celebra la Eucaristía. «La Misa es el encuentro de un grupo de personas para acercarse a Dios —subraya—. Yo bajo abajo, hablo con la gente, compartimos… Eso sí, no ha habido día que no haya celebrado sin antes preparar la Misa». En ese mismo sentido, «la Iglesia es Madre, y yo la quiero, pero ha de convertirse, transformase y renovarse continuamente. Hay cosas esenciales que no las podemos perder, pero toda la adherencia que se ha ido fijando al cuerpo, la tenemos que ir raspando y quitando, y eso nos duele y nos cuesta».
En momentos, «nos quedamos en normas y estructuras», pero «el Reino de Dios está en las cosas pequeñas, y Él tan solo desea que todos seamos felices», defiende con vigor.
A veces, ante la evidencia, uno se entrega, se rinde, como quien no sabe qué hacer. Y así sucede cuando este castellano manchego habla del amor de su vida… «Jesús está en la Eucaristía, claro que sí, pero Él no se quedó para estar en el sagrario. Nosotros, con la manía de ir al sagrario; y él, con la manía de irse a la calle». Y «somos nosotros quienes le tenemos que sacar», manifiesta con palabras absolutamente regaladas. Y confirma que «lo máximo» que nos dejó Jesús es la Eucaristía, pero «la Eucaristía no acaba en el templo». Y «hemos de salir, ser misión; para estar, a veces sin saber qué decir, en el dolor, en la enfermedad, en la hora de la muerte», pero «hemos de estar ahí donde más nos necesitan solamente para compartirle a Él».
Juanfran, «gracias por su bondad», me atrevo a decirle, tras siete segundos de emoción compartida. Escucharle es humanizar, descender, comprender que la vida está en pequeños detalles. «¿Hijo, ¿tú tienes a tus padres aquí?», me pregunta. Y, ante mi «sí», me regala un mensaje tan bello como su vocación: «Cuídalos mucho y haz todo lo que puedas por ellos, porque aunque a veces te atropellen un poquito el plan, nunca te vas a arrepentir».

«Me fui de casa y entré al Seminario sin el permiso de mis padres»

Una llamada a 12.000 kilómetros de mi hogar me alerta de que alguien acaba de terminar su sesión diaria de diálisis y ya puede atenderme… «Y bueno, amigo, ¡aquí me tenés para todo lo que vos querás!». Raúl Trotz, con su acento porteño y su carácter afable, me abre las puertas de su ministerio con la intención de recordarme la importancia de aprovechar cada minuto para amar, perdonar y perdonarse, y sobre todo para encontrarse con Dios y fundirse en su presencia eterna. Este sacerdote argentino de 79 años, nacido en la ciudad de Buenos Aires, es el párroco de la iglesia Virgen de las Flores, situada en Morón (provincia de Buenos Aires), es capellán del colegio Cristo Obrero y es el consiliario nacional de Acción Católica.
Una respuesta al amor divino que nació en su alma para desahogar una sensación pesada que le arrastraba desde pequeño… «Yo vengo de una familia no religiosa, y me vinculé de niño a una familia mía lejana en la Ciudad de la Plata, que era muy creyente. Y comencé solo, por mi cuenta, a los 11 años. Y ahí quise ser sacerdote», me confiesa, sin perder en ningún momento la sonrisa. Un sendero que fue descubriendo de la mano de la Acción Católica: «Lo que hacía el cura de la parroquia donde iba me parecía muy interesante. Y yo quería imitarlo. Y todo contra la opinión de mi familia, claro. Porque ellos se negaron». De hecho, «me fui de casa y entré al Seminario, sin su permiso, cuando tenía 17 años». Tanto es así que «estuve casi un año sin ver a mi familia», reconoce, ya con paz en cada una sus palabras. «Son los misterios de la voluntad de Dios; y es que, cuando Dios quiere algo, no para hasta conseguirlo».
Una fe, además, no exenta de pruebas… «Aunque ahora no ando bien de salud —revela el párroco—, porque soy diabético, tengo insuficiencia renal, soy hipertenso, hago diálisis y algunas cosas más, yo estoy bien, con altibajos, pero no bajo los brazos por nada del mundo». Y es que contemplar el horizonte desde los ojos del Padre supone recibir su paz como una ofrenda que transforma el corazón y lo prepara para amar al hermano como Él ama. «Lo que pasa que yo he sido siempre, y cada día más, un mimado de Dios. En todo momento me he sentido cuidado, protegido, acompañado. Y no porque no la pasé mal ni tuve problemas, ¿eh? Pero Dios siempre me dio lucidez y fuerza para salir adelante».

«El amor es la clave y el motor de la vida»

El padre Raúl carga, sobre sus espaldas, con 54 años de entrega sacerdotal. Sin embargo, su espíritu generoso es una ventana inagotable con vistas al mar: un océano de esperanza donde el Evangelio esculpe —con delicadeza— la vida de la Iglesia en su acontecer diario… «Que a esta altura de mi vida no me sienta solo y tenga ganas de vivir y de hacer cosas, es una manera palpable de ver el rostro de Dios», confiesa. Por un lado, «me gustaría estar para siempre con Él»; pero, por otro, «me siento útil en esta vida todavía». Aún «hay mucho por hacer», aún «hay que transformar muchas cosas», aún «hay que cambiar al mundo de hoy», deja entrever, mientras da sentido a la oración del Padrenuestro. «¿Pero cómo?», le pregunto yo; pues «solo hay una manera —me responde él—: ayudándolo a ser mejor».
Cada una de sus palabras invita a mirar de cerca las heridas de los hermanos, sin miedo, y a participar de la nueva vida en su nombre. «El amor es la clave y el motor de la vida. Sin eso, la vida no tiene sentido. El amor a la feligresía, a la familia, a los amigos, a los más pobres, a los que sufren, a los necesitados…», descubre, mientras dispone su corazón para mi siguiente propuesta. «¿Y sigue enamorado?», me atrevo a preguntarle. «Me parece que sí», contesta enseguida; «si no lo estuviera, no podría sentir tanta pasión en mi corazón. Segurísimo, segurísimo».

«La fragilidad nos acerca más a Dios»

«¿Y qué siente su corazón, después de tantos años de entrega, cuando celebra la Misa y le hace presente a Cristo en el altar?». Le hago la consulta aferrado a ese hilo divino que cose con firmeza la vocación. Y él, que sabe mucho de tejidos, entreteje la respuesta con sus ojos prendidos en las mejillas del Padre: «Me sorprendo porque sigo pensando que es una experiencia fascinante. Cuando era estudiante, siempre me decía: “¿Algún día convertiré el pan en el Cuerpo y el vino en la Sangre?”. Y hoy sigo pensando que es increíble ese milagro». Un milagro que hace tanto bien y del que ahora, debido a la covid-19, tantas personas están privadas… «Acá, en Argentina, hace seis meses que no podemos celebrar en la parroquia, así que estoy haciéndolo por YouTube… Pero yo sé que, detrás de esa pantalla, hay gente que escucha, siente y agradece».
Hablamos del Papa Francisco, de su amistad con él, del cariño mutuo que se profesan y de la Jornada de sacerdotes ancianos y enfermos de Lombardía, donde el Santo Padre dijo que «la fragilidad —elevándonos a Dios— nos depura y santifica». Y sin dejarme terminar la frase, el también párroco emérito de la catedral de Morón asiente que «la fragilidad nos acerca más a Dios y a la condición más profunda del ser humano, y es que somos profundamente frágiles». A lo cual «se agrega, en este momento que vivimos, la fragilidad de la ciencia, porque nadie sabe en qué va a terminar todo esto». «¿Solo Dios?», le interpelo. «Así es —defiende—, tan solo Dios».
Y con Dios, la Iglesia. Una Iglesia que, sin perder su identidad, «tiene que avanzar», tal y como manifiesta Trotz, «porque si se queda anclada en el pasado, se muere». «Si quieres vivir —insiste—, tienes que seguir el ritmo. ¿No dijo Jesús que hay que estar atento para escrutar los signos de los tiempos?». Sin embargo, «después del amor, una de las palabras que más pronunció Jesús fue: “No tengáis miedo”», porque «el miedo te paraliza, te obnubila y no te deja ver», asegura. «Y eso es lo que les pasa a muchos cristianos, que tienen miedo». Para derribarlo «solo tenemos que confiar en Jesús, ponerlo en el centro, mirarlo, seguirlo, conocerlo y pedirle que nos tire del caballo, como a san Pablo en Damasco. A mí también, ¿eh? Todos, todos tenemos mucho que mejorar. Yo el primero». Pero «¡todos dicen que usted es muy bondadoso!», le reclamo, para devolver su corazón al redil donde siempre estuvo. «Te mienten, mi hijo, te mienten», me responde, mientras esbozamos la despedida con una fraternal sonrisa, dibujada por la mano compasiva de Dios.

«El Papa es un auténtico profeta»

«Después de haber vivido 80 años, por supuesto que me ha merecido la pena entregar la vida por Dios, y lo haría mil veces. De hecho, con 51 años que llevo de cura, te digo sinceramente que es lo mejor de mi vida; y, cuando he tenido problemas, nunca he perdido la ilusión». La última parada me espera en Cantabria, en una preciosa parroquia asentada en el municipio de Astillero. Al otro lado del camino —y de esta sublime confesión— está Artemio Ceballos, párroco de la iglesia de San José.
El sacerdote, nacido en Aldea de Ebro, guarda en su voz —de pastor y de cantor— la melodía de un Padre que da sentido a la vida desde los acordes de la fe: «Yo veo el rostro de Dios todos los días en la gente que me rodea, y especialmente ahora, durante la pandemia». Momento que el presbítero aprovecha para hacer silencio. Un silencio profundo de oración, de recuerdo y también de respeto, para encontrarse con un pasado que se eterniza como un milagro… «Dentro de la pandemia se juntó tanta gente fallecida, que tuve que celebrar veinte funerales seguidos. Cuando normalmente hago unos ochenta al año». Asimismo, «me preocupa mucho el rostro de Dios en la gente humilde, donde lo veo palpable, y también lo siento en la oración de cada día».
Ceballos es un amante de la naturaleza, de los árboles y de la belleza que custodia la Creación. Por ello, pone, en el corazón del Papa, las pinceladas más valiosas de su amor hacia la ecología integral y la casa común: «Para mí, Francisco es un norte en todo, un auténtico profeta y un ejemplo grandioso. Es tan necesario hoy en día…».

«Hace falta más ternura en nuestra sociedad»

La mirada de Artemio, que sueña con la erradicación de la miseria, la atención a los pobres y el acceso justo de todos a los recursos del Planeta, desvela la lágrima emocionada de Jesús, el signo de fidelidad de Dios con el hombre, la prenda, la garantía, la certeza.
«Hoy en día, hace falta más ternura en nuestra sociedad», expresa, según va desgranando —en sentido horizontal, donde nadie besa el barro que otros desprecian— el latido más auténtico de la fe. «Es ir descubriendo a Dios cada día, que es infinitamente amor. Es increíble porque quien nos lo revela es Jesús, y yo sigo profundamente enamorado de Él». Jesús «fue un hombre maravilloso, y por eso era el Hijo de Dios». Y «es Él quien nos descubre el amor, y no podemos llegar a Dios si no es a través suyo».
En definitiva, «Dios es puro amor, pura ternura y pura entrega», confiesa. En Él «se encierra el misterio de todo, ¿no?», subrayo levemente yo, como quien pone el pie en el suelo, temeroso de adelantar el viaje. «Claro, el revelador del amor —sostiene el sacerdote—, el que nos quita el velo del mal de este mundo y nos descubre el amor, que es Él mismo».

Una vida gastada es semilla para Dios

El amor, como las promesas in aeternum, no muere nunca. Ahora, a tientas, mientras cae la tarde, cuatro vidas de alma generosa quiebran el alba para volver a abrazar a su Amado. A pesar de sus dolores, de sus flaquezas o de sus enfermedades. Postrados sobre una cama, al borde de la vida o rezando por quien nunca conoció el perdón. Con heridas, con flaquezas o con miedos. Pero conjugando —hasta el extremo— cada estrofa del verbo amar.
Si Jesús se deja tocar las llagas, es para convertir a sus discípulos en testigos de la Resurrección. Y hoy, Pascual, Juanfran, Raúl y Artemio, vuelven a postrarse rostro en tierra para cargar con el hastío de nuestra soledad, vuelven a convertir el pan y el vino en Cuerpo y Sangre para salvarnos del naufragio del dolor, y vuelven a ponerse delante de la Cruz para escuchar cómo Jesús les dice al oído, a ellos y a cada uno de sus hermanos: «Guardo todos los besos y las caricias que has ido dejando sobre mis pies. Te amo y te necesito, porque una vida gastada es semilla para Dios».

Por Carlos González García
@charlywriter_

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