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Servir y servir, con amor y por amor: homilía de despedida de monseñor Rafael Palmero

Una sensible Homilía de Mons. Palmero Ramos en la Misa celebrada en la Concatedral de San Nicolás 23 de septiembre al finalizar su mimisterio diocesano

En el Evangelio que hemos escuchado, nos recuerda S. Marcos que no cabía en la mente de algunos discípulos que seguían al Maestro, la idea de un Mesías que tuviera que padecer, para llegar un día a la gloria, pasando por la humillación de la kénosis y la muerte. Y discutían entre sí, como en tantas ocasiones, sobre los honores de la primacía dentro del grupo.

Jesús traza en ese momento una norma de vida, orientadora para sus seguidores de todos los tiempos: Quien sirva más y mejor, es decir, con más amor, ése será el primero. Todo discípulo de Jesús ha de cuidar, por tanto, con esmero, a ejemplo del Maestro, de los débiles, de los enfermos, de los pobres, de los excluidos. De todos, sí, pero con especial cuidado de quienes más lo necesiten. Y en este propósito, sí que puede haber grados…

Quedémonos, por tanto hoy, con este mensaje, que actualiza nuestro Papa Benedicto XVI, con una formulación nueva: “Necesitamos el sol y la lluvia, la serenidad y la dificultad, las fases de purificación y de prueba, y también los tiempos de camino alegre con el Evangelio. Volviendo la mirada atrás, podemos dar gracias a Dios por ambas cosas: por las dificultades y las alegrías, por las horas oscuras y por aquellas felices. En las dos reconocemos la constante presencia de su amor, que nos lleva y nos sostiene siempre de nuevo (29.6.2011).

En más de una ocasión, algún hermano o hermana me ha dicho en los años que hemos vivido juntos: ¡Qué frase tan provechosa de san Agustín nos ha ofrecido en su homilía! Así es, les he respondido, provechosa, porque tiene riqueza de contenido y porque sabemos que el Santo Obispo de Hipona ha vivido lo que en esta frase se dice.

Fiel a esta tradición, que también a mí me ha enriquecido, en esta Misa de Acción de gracias –queremos que sea Misa de acción de gracias, más que de despedida, puesto que seguiremos viéndonos-, comparto con todos vosotros, dos frases más de san Agustín, modelo de Obispos santos:

Esta es la primera: “Oh, Dios, que eres siempre el mismo; conózcame a mí y conózcate a ti” (Sol 2,1.1). ¿Por qué dice esto? Porque es siempre incompleto el conocimiento que cada uno tiene de sí mismo, y mucho más el que nosotros tenemos de Dios. De ahí la invitación a seguir mejorando, con esfuerzo y sacrificio y con luces de lo alto. Rezamos en el Oficio de Santa María Virgen: María, pureza en vuelo, /Virgen de Vírgenes, danos/ la gracia de ser humanos/ sin olvidarnos del cielo. Es bueno, por tanto, que sigamos pidiendo al Señor este favor, unos para los otros y cada cual para sí mismo. Seguimos unidos de esta manera en el camino, y estaremos juntos un día en el logro. Es decir, caminaremos unidos en la tierra que pisamos, y nos encontraremos en la patria definitiva, por la que hoy soñamos. Con esta precisión a la vista, que señala el propio san Agustín: “Ninguna cosa buena se conoce perfectamente, que no sea perfectamente amada” (De div. quest. 83,35.2).

Segunda afirmación de san Agustín:

Reiriéndose a las obligaciones del Obispo y a las oraciones de los fieles en su favor, hablando a su pueblo, precisa el de Hipona: “El Obispo se sienta con la obligación de corregir a los inquietos, consolar a los pusilánimes, atender a los enfermos, corregir a los impugnadores, evitar a los insidiosos, enseñar a los ignorantes, animar a los perezosos, cohibir a los discutidores, reprimir a los soberbios, pacificar a los litigantes, ayudar a los pobres, liberar a los oprimidos, probar a los buenos, tolerar a los malos y amar a todos” (Sermón, 340).

Puedo aseguraros, hermanos y hermanas, que sin haber estado pendiente en cada momento de estos objetivos, sí he tratado de moverme por esas vías, paralelas todas ellas como las del ferrocarril, y he querido servir y ayudar siempre a todos del mejor modo posible. También he palpado, cómo no, vuestra oración y vuestra obediencia, por lo que estoy contento en este momento. Y doy gracias a Dios con vosotros. Haberos servido así, con amor y por amor, ha sido más provechoso, sin duda alguna, que el haberos presidido. Presidimos, si servimos…

Termino con una confidencia: materia apta para el sacrifico de la Eucaristía que celebramos es el pan y el vino. También lo es el ofrecimiento de nuestras vidas, regalo de Dios, con la colaboración de nuestros padres. Pues bien, con el Obispo don Marcelo González, que me impuso las manos hace 24 años en la Catedral de Toledo, repito en este momento en nombre y a favor de todos, las frases con que él rezaba en sus años de merecido descanso, es decir, estando ya jubilado:

“Oh, Jesús, Amado Jesús, Hijo de Dios, hermano de los hombres, Redentor de la humanidad! Estoy contento de haberte ofrecido mi vida porque tú me llamaste…  Recíbela en tus manos como fruto de la humilde tierra, como si fuera un poco del pan y del vino de la Misa; y preséntala al Padre, para que Él la bendiga y la haga digna de habitar junto a tu infinita belleza, perdonando mis faltas y pecados, cantando eternamente tu alabanza, lleno mi ser del gozo inefable de tu Espíritu”.

Seguiré repitiendo esta oración cada día, hasta que Dios quiera. A vosotros os pido que digáis mi nombre a la Señora –para la que nada hay difícil- y me ayudéis con palabras de estímulo, de empuje, de ayuda, de sintonía espiritual. La fe que nos une en este momento, la caridad y la esperanza que compartimos seguirán estrechándonos siempre. Es la fe que brota del amor de Cristo, pan vivo y verdadero, pan partido y compartido en la Eucaristía de cada día.

Nada más hoy. Mi gratitud sincera a todos: Autoridades y pueblo. Sacerdotes, vida consagrada y fieles seglares. Os llevo en el corazón. Aquí y donde el Señor quiera que esté. Os encomiendo y encomendaré, con fraternal afecto y con profunda devoción a Santa María, Madre de Dios y Madre nuestra. Quered al nuevo Obispo tanto como me habéis querido a mí y, si es posible, más todavía.

Virgen del Remedio, ruega por todos y cada uno de los que estamos aquí y por todos los diocesanos.

 

+ Rafael Palmero Ramos

Obispo Administrador Diocesano

de Orihuela-Alicante.

 

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