Cartas de los obispos Última hora

Servidores del anuncio de la fe

La fiesta del Bautismo del Señor cierra el tiempo litúrgico de la Navidad. Un tiempo que siempre es breve (este año dos semanas) pero a la vez intenso y luminoso. Dios hecho hombre en el seno de una Virgen, se revela como el Hijo amado del Padre, a quien debemos escuchar y seguir. Y esto se hace realidad para cada uno de nosotros, cuando recibimos nuestro bautismo, aunque seamos niños. Y se va desarrollando a lo largo de la vida, convirtiéndonos en hijos en el Hijo.

La brillante manifestación de Jesús como Hijo de Dios en carne humana, débil y misteriosa, la atracción cerca de Él de los humildes pastores y los sabios magos paganos, el cumplimiento de las promesas de Dios que no ha abandonado la humanidad sino que la viene a salvar y a llenarla de luz, con un destino eterno de felicidad y de justicia, culmina en el Bautismo del río Jordán. En tiempos de pandemia, la liturgia de Navidad es sanadora y llena de consuelo: nos da esperanza, nos hace escuchar las grandes profecías de Isaías, los relatos de la Infancia del Señor y el Prólogo tan maravilloso del Evangelio de Juan, nos lanza a la misión sanadora y consoladora del Mesías, que a partir del Bautismo, sale a anunciar el Reino de Dios proclamando: «Se ha cumplido el tiempo y está cerca el Reino de Dios. Convertíos y creed en el Evangelio» (Mc 1,15).

La pandemia nos hace ver que no todo está claro y seguro, y las dificultades nos pueden abrumar y desanimar. Pero también es cierto que si no nos quedamos en la superficie de las opiniones y los comportamientos, descubriremos el deseo ardiente de espiritualidad de nuestros contemporáneos. Tras muchas poses de indiferencia, existe sed de verdad y de belleza, de autenticidad de vida. Deseos de amar y ser amado; deseos de salvación plena. Hay sed de Dios, aunque muchos no lo sepan ver o no lo interpreten así. El corazón de las personas sigue estando inquieto hasta que no pueda encontrar y reposar con confianza en el Salvador que la ha modelado (S. Agustín).

La Iglesia está llamada a ser portadora del agua viva que es Jesucristo, y que el mundo espera y necesita, como la fuente que mana para todos en el centro de la plaza de nuestros pueblos, como deseaba S. Juan XXIII, y ahora más que nunca, cuando tantas certezas decaen. No podemos quedarnos inactivos, ociosos, perplejos, añorando tiempos pretéritos ​​y métodos válidos en el pasado… mientras tantos y tantos esperan que alguien -como Juan Bautista- les muestre a Cristo y les acompañe por el camino de su seguimiento. Muchos procesos de fe, en particular de jóvenes y adultos, maduran en esta nueva búsqueda. ¿Quién tendrá suficiente confianza en el Señor y querrá salir de nuevo a sembrar la buena semilla de su Evangelio?

Jesucristo continúa enviándonos como testigos suyos. No podemos defraudar a los que buscan la Verdad. Debemos pasar de una religión privada, sólo válida para mí y los míos, al convencimiento de que hemos encontrado la Verdad y que a todos les interesa y les conviene. Tendremos que aprender a dar respuestas válidas a las grandes preguntas que muchos se hacen, y a sacudir las conciencias adormecidas. Con compromisos de servicio, de transformación de la realidad, de amor activo y generoso, de participación en la vida social y política del país. Mostrar de nuevo que la fe no nos paraliza y aliena, al contrario, da vigor a nuestra esperanza y caridad, a la solidaridad y a la auténtica y más radical transformación del mundo.

 

+ Joan-Enric Vives Sicilia
Arzobispo, obispo de Urgell

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