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Servicio y misericordia: las dos claves esenciales de la misión de la Iglesia – editorial ECCLESIA

Servicio y misericordia: las dos claves esenciales de la misión de la Iglesia – editorial ECCLESIA

No nos cansamos de decirlo y de repetirlo: la reforma que el Papa quiere y pide para la Iglesia es la reforma del corazón, de los actos y de las actitudes. Es la reforma capital y primera, que no solo no se contrapone a la posible reforma de las estructuras y de los organismos eclesiales, sino que está en su base y sin la cual el resto de las reformas serán, tarde o temprano, insuficientes y pasajeras.

¿Y esto –pondrán pensar nuestros lectores- a propósito de qué viene ahora? Muy sencillo: Francisco presidió el domingo 29 de mayo una de las convocatorias centrales y romanas del Año Jubilar de la Misericordia: el Jubileo de los diáconos, en concreto de los diáconos permanentes o diáconos casados. Y su celebración, al hilo de la liturgia de la Palabra del correspondiente domingo del tiempo litúrgico ordinario, el noveno, glosó y desglosó la misión del diácono y, en suma, la de todo cristiano, singularmente la de aquellos que han recibido el ministerio ordenado, en cualquiera de sus grados.

¿Qué es lo que dijo el Papa? Francisco recordó que la identidad del diácono es el servicio y la misericordia. Para ello nacieron, en el alba misma del cristianismo (cf. Hechos 6, 1-6), los diáconos; y para ello, el Concilio Vaticano II restauró esta institución, tan presente y fecunda en la Iglesia de los primeros siglos. Y para que ambas dimensiones, servicio y misericordia, sean posibles y reales y den sus frutos, el Santo Padre llamó a los diáconos a vivir y a practicar cuatro grandes actitudes, actitudes válidas y necesarias –repitámoslo de nuevo- también para todos.

La primera de ellas es la disponibilidad, que significa “renunciar a disponer todo para sí y a disponer de sí como quiere”. Esta disponibilidad conlleva, por ejemplo, no ser guardianes celosos de nuestro propio tiempo, constreñidos por la agenda y el reloj, sino dóciles de corazón y abiertos y disponibles a lo no programado y a lo imprevisto. El ministro  ordenado -y en definitiva todo cristiano- no puede ni deber vivir atado al rigorismo de un horario prestablecido o de una normativa interna; debe vivir entregado a su misión, y siempre disponible a las urgencias y necesidades de los demás, aunque sean fuera de hora y de previsión o programación.

Esta disponibilidad, este servicio permanente, del que son modelo los santos de ayer, de hoy y de siempre, ha de evitar, así,  entre aquellas personas que acudan al ministro ordenado, al consagrado y al laico comprometido, una sensación de “profesionalización” excesiva e inconveniente. ¡Claro que es bueno planificar, organizar, sistematizar,  tener horarios,…! Pero no para, bajo su amparo, dejar de servir, sino para servir más y mejor; y jamás en contraposición con la entrega incondicional, marca distintiva del apóstol y discípulo de Jesucristo. Dicho de otro: el ministro ordenado no es un mero funcionario o profesional de lo sagrado, ¡es un vocacionado, un consagrado, un ungido, un enviado en el nombre del Señor!

Y para ello, son necesarias las otras dos siguientes actitudes comentadas por Francisco en su homilía del 29 de mayo: “Mansedumbre y humildad, que es imitar a Dios en el servicio a los demás”, acogiéndolos “con amor paciente, comprenderlos sin cansarnos”, haciéndoles sentirse “acogidos en casa, en la comunidad eclesial, donde no es más grande quien manda, sino el que sirve”. Y servir es servir, no servirse, ni servirnos. Y el servicio no se mide por palabras, propagandas, apariencias o poses, sino por los hechos. Y lo mismo cabe decir de la humildad, que no es tanto una actitud general y teórica, cuanto un ejercicio diario y permanente de sencillez, abajamiento, escucha, paciencia, saber ceder y, a veces, hasta de humillación.

El ministro de la Iglesia no puede por sus solas fuerzas y capacidades con esta misión, con este diseño que de su ministerio el Evangelio pide y Francisco recuerda. Necesita de la oración. “Una oración donde se presenten las fatigas, los imprevistos, los cansancios y las esperanzas: una oración verdadera, que lleve la vida al Señor y el Señor a la vida”. Y “así, disponibles en la vida, mansos de corazón y en constante diálogo con Jesús –concluyó el Papa su homilía-, no tendréis temor de ser servidores de Cristo, de encontrar y acariciar la carne del Señor en los pobres de hoy”.

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