Señor, tú tienes palabras de vida eterna, por Demetrio Fernández, obispo de Córdoba
Carta del Obispo Iglesia en España

Señor, tú tienes palabras de vida eterna, por Demetrio Fernández, obispo de Córdoba

Señor, tú tienes palabras de vida eterna, por Demetrio Fernández, obispo de Córdoba

III domingo de cuaresma, camino hacia la Pascua. La Palabra de Dios hoy nos presenta el camino de los mandamientos de Dios como el sendero de la vida. “Los mandatos del Señor son rectos y alegran el corazón; la norma del Señor es límpida y da luz a los ojos” (S 18).

Ante los mandamientos de Dios, nos quedamos muchas veces en el precepto positivo o negativo de lo que mandan o prohíben, y no vamos al fondo. Una religión de preceptos es poco atractiva, menos aún si son prohibiciones. Porque si somos cristianos es porque seguimos a Jesús, una persona viva. Sin embargo, ese seguimiento, supone un camino con sus puntos de referencia; unos contenidos, unos preceptos, una moral.

Los mandamientos, que Dios entregó a Moisés en el Sinaí, son la expresión de una vida nueva, que mira a Dios en todos los campos de la vida y mira al prójimo con el que he de convivir. Jesús revalidó estos mandamientos, cuando el joven rico se acercó para preguntarle qué tenía que hacer para heredar la vida eterna. –Guarda los mandamientos, le dijo Jesús (Mt 19,17). Los mandamientos son, por tanto, ramificaciones de la vida de Dios en nosotros. Dios que es santo, quiere que seamos santos. Y esa santidad, participación de la vida de Dios en nosotros, consiste en cumplir los mandamientos.

Los tres primeros se refieren a nuestra relación con Dios. Y en todos ellos, el mandato es “amarás…”. El primero los resume todos: Amarás a Dios sobre todas las cosas. Es costumbre entre los judíos repetir cada día varias veces este credo fundamental: “Escucha Israel, el Señor nuestro Dios es el único Dios. Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con todo tu ser” (Dt 6,4-5). Tener a Dios como interlocutor, poder tratarle y poder amarle es toda una dignificación de nuestra existencia humana.

Con Dios podemos hablar y hemos de recordarle continuamente, no para ofenderle, insultarle o desconfiar de él, sino para alabarle, darle gracias y confiar en él como un Padre. Y Dios nos manda agradecer el tiempo, como un don; por eso, santificar las fiestas. No sólo para descansar del trabajo diario, sino ante todo para darle gracias a Dios porque nos hace sus colaboradores. El tiempo queda santificado por el ritmo de las fiestas, durante las cuales hemos de dedicar tiempo a la oración y a la alabanza divina. Por eso, la Iglesia nos manda acudir a Misa cada domingo, para celebrar la resurrección del Señor y recuperar aliento para toda la semana. El domingo se ha convertido para muchos en el día del deporte y de la excursión, en el día libre del trabajo. Por el contrario, el domingo es el día de la nueva creación, es el día de nuestra plena renovación.

Los siete mandamientos siguientes se refieren a nuestra relación con los demás: “Amarás a tu prójimo como a ti mismo”. Empezando por quienes nos han dado la vida y todos los que tienen sobre nosotros alguna autoridad: Honrar padre y madre. En una época en que la autoridad está por los suelos, este mandamiento nos recuerda que en ello nos va la vida. Si no eres agradecido, no eres bien nacido. El quinto nos recuerda el don de la vida, la propia y la del otro. Respetar, amar, proteger y promover la vida, porque cada uno de nuestros semejantes es un don de Dios para nosotros que hay que acoger. Nunca es un estorbo, que haya que eliminar.

En el sexto y noveno aparece la capacidad de transmitir la vida, y para eso hemos sido creados como seres sexuados. La sexualidad es para expresar el amor verdadero en su contexto apropiado. Fuera de él, es un abuso, que rompe la dinámica del don de sí mismo. El séptimo y el décimo nos recuerdan el destino universal de los bienes. Nunca lo mío es solamente mío, sino que se me ha dado para compartir con los demás, especialmente con los que no tienen. Y en el octavo se nos manda vivir en la verdad, desechando la mentira y todos sus derivados.

Los mandamientos no son obstáculos, sino cauces de la vida de Dios. “La ley del Señor es perfecta y es descanso del alma”.

Recibid mi afecto y mi bendición:

+ Demetrio Fernández, obispo de Córdoba

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