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Señales luminosas en el camino, por Ángel Moreno de Buenafuente

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Señales luminosas en el camino, por Ángel Moreno de Buenafuente

Ando este tiempo con evocaciones y recuerdos de mis primeros días y años en el Sistal, cuando todo parecía abocado a la desaparición y pocos se atrevían a augurar un futuro de vida.

Sin saber explicarlo, por lo paradójico que resulta el argumento, aquellos años sentí una fuerza interna para ayudar a la permanencia del monasterio de Buenafuente, ocho veces centenario.

En aquel tiempo, como ya lo he relatado en alguna otra ocasión, me interpelaba el pasaje del libro de los Reyes sobre la viuda de Sarepta, a la que el profeta Elías le pidió que le diera de comer la última torta de pan que le quedaba, cuando ella y su hijo estaban determinados a morir de hambre… Y como efecto de aquella generosidad de la mujer, se cumplió la promesa del hombre de Dios, y no se agotó la harina de la artesa ni el aceite de la alcuza.

Cuando ahora, pasados cuarenta y cuatro años, soy yo quien siente la debilidad y la inseguridad, ante los cambios e intemperie que han supuesto el cierre del Hogar Asistido y la marcha de la comunidad de las hermanas que habitaban en el exterior, me digo a mí mismo aquello que aconsejaba a las monjas en los años setenta. La hospitalidad fue bendecida, si no con la abundancia de harina y de aceite, sí con una fuente inagotable de lo necesario.

La luz la he recibido yendo de camino, al desplazarme a Gijón para impartir una conferencia sobre cómo leer una obra de arte en clave de fe. Con esta ocasión, pude visitar la obra artística que el P. Rupnik ha realizado en la iglesia de San Pedro de la ciudad asturiana.

Al introducirme, con el acompañamiento obsequioso del párroco, en la girola del templo, convertida en capilla para la adoración, me encontré con la representación en mosaico de la escena que vengo repitiéndome en mi interior, y sentí fuerza y afianzamiento en el argumento. Si no tenemos aceite ni harina para exportar, hasta ahora no nos ha faltado pan que comer ni aceite para la lámpara del tabernáculo.

La tentación ante la debilidad es similar. ¿Podremos subsistir en medio del desierto humano? Los pueblos se vacían, y las estructuras de servicio se alejan. El reto es el mismo, la confianza. La llamada persiste, dar fe a la Palabra y atreverse a arriesgar lo que se tiene para ofrecer un lugar de silencio, de oración y  de acogida en medio de la naturaleza.

Como en la primera hora, se me pide permanecer, aunque no es igual escuchar la voz a los 24 años, que rondando los 70. Pero deseo, como en aquellas tarde largas del otoño de 1969, plasmar el sentimiento, ungido con la providencia de la contemplación del mosaico, en el que se me ofrecía la resonancia de los primeros tiempos. Resultaría ofensivo, si a esta altura no me fiara del Dios providente.

Amigo, si tienes necesidad de un momento de paz, aquí seguimos ofreciendo la parábola de Mambré, cuando Abraham recibió la visita de Dios en los huéspedes y de Sarepta, a la que nos hemos referido, junto con la Comunidad de monjas cistercienses y un grupo de sacerdotes y de laicos.

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