Diario de un pastor

#SemanaSantaEnCasa

El coronavirus nos ha obligado a encláustranos en nuestros domicilios al final de la Cuaresma, con todo lo que supone de contrariedades y sacrificios. Pero esta situación de privación de movimientos tiene su lado positivo, una lectura sobrenatural que nos hace ver cómo Dios quiere llevar a su pueblo a una mayor profundización de la fragilidad de la existencia humana. Para ello, nos pide que entremos en las “bodegas interiores del alma”, donde se reviven sentimientos de experiencias vividas, de personas queridas, de ausencias lloradas y de incertidumbres ante el mañana. Nunca ha habido un tiempo con tantas oportunidades para vivir la espiritualidad y solidaridad, como el que estamos padeciendo.

La celebración del Triduo Pascual de este año con sus Oficios litúrgicos y manifestaciones de la piedad popular se pueden vivir perfectamente en casa. El Señor ha permitido con todo esto del COVID-19, pasar “del amor a lo visible, al amor de lo invisible”, perdemos en lo palpable, pero podemos ganar en interioridad.

No olvidemos, que somos privilegiados, si nos comparamos con lo que vivieron otras personas en épocas pasadas, en situaciones similares a las nuestras o aquellas que, en la actualidad, se encuentran en condiciones de pobreza y carestía de vida. Ahora, contamos con la ayuda valiosa de los medios de comunicación con sus retrasmisiones litúrgicas y reproducciones de nuestras procesiones y tradiciones. Tenemos también, el apoyo del abundante material religioso que las redes sociales están ofreciendo y la creatividad audiovisual que están demostrando tantos pastores y laicos de la Iglesia para que podamos vivir esta “Semana Santa del corazón”. Nadie te impide convertir tu casa en la mejor Catedral del mundo donde “puedes orar en secreto a tu Padre celestial que lo ve todo” (Mt 6,6).

Nos situamos en la última cena del Señor (cf. Jn 13, 1-38; Mt 26, 17-35). No fue una noche más en el ritual de la cena Pascual para el judío Jesús de Nazaret y los suyos. Todo olía a despedida, el silencio es roto por el testamento del Maestro: “Os doy un mandamiento nuevo: que os améis unos a otros…” (Jn 13, 34-35). El profeta de Galilea se salta el protocolo litúrgico tomando el sitio de los pequeños y lavando los pies a los comensales. El pan ácimo y la copa de bendición los identifica con su cuerpo y sangre destrozados horas después en el Calvario.

Los cristianos bebemos de aquella última cena Pascual en la que Jesús se quedó con nosotros en la Eucaristía hasta el final de los tiempos (cf. Mt 26,17-35; Jn 13, 1-18). En la que nos dio un mandamiento nuevo: “que os améis unos a otros… (Jn 13, 34-35) como identidad y reconocimiento de que somos sus discípulos. Instituyó el ministerio sacerdotal como servidores de la comunidad. De igual manera que Él fue consagrado y enviado por el Padre al mundo, por ese “amor hasta el extremo” (Jn 13, 1), dice el Papa Francisco: “Todo bautizado y bautizada es una misión. Quien ama se pone en movimiento, sale de sí mismo, es atraído y atrae, se da al otro y teje relaciones que generan vida. Para el amor de Dios nadie es inútil e insignificante. Cada uno de nosotros es una misión en el mundo porque es fruto del amor de Dios” (Roma 9.6.2019).

El Jueves Santo es por excelencia el “Día del Amor Fraterno”. Jesús nos dijo: “los pobres siempre lo tendréis” (Jn 12, 8), y mucho más en este momento de epidemia. Después que termine este prolongado estado de alarma veremos aumentado el paro y la aparición de nuevas pobrezas. Sin embargo, la reclusión obligada en casa no debiera menguar la generosidad con los más necesitados, olvidando la colaboración y la ayuda económica necesaria en favor de Caritas. Ella representa el rostro samaritano de la Iglesia, que ha recibido el mandato de su Señor de socorrer, consolar y caminar junto a los más pobres. Porque como dijo Jesús: “el que acoge a uno de estos, los más pobres, me acoge a mí” (Mt 25, 31-46).

La realidad de lo que está pasando es tan dura, que podemos decir que las tinieblas del Calvario cubren la humanidad actual y que toda ella esta experimentando un largo Viernes Santo de cuarentena y confinamiento. Los miles de contagiados, enfermos y muertos, evidencian, que como siempre, la pasión de Cristo personifica los sufrimientos y dolores de los hombres. Este año, la lectura de la Pasión y la Oraciones universales de la liturgia de esa tarde, tendrán el sabor de la intimidad familiar de la Iglesia doméstica. Ella como “cenáculo orante y solidario” implorará que por la conmemoración de la muerte de Jesucristo lleguemos pronto, todos juntos, a gozar de la salud de su Resurrección.

+ Juan del Río Martín
Arzobispo Castrense de España

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