Rincón Litúrgico

Semana del cenáculo

Un don: Temor de Dios

El que gobierna con temor de Dios, es como luz mañanera, cuando sale el sol,| una mañana sin nubes, cuando brilla por la lluvia la hierba de la tierra” (2Sam 23, 3-4). “Hizo lo que es bueno a los ojos del Señor, lo mismo que su padre Amasías. Buscó a Dios mientras vivió Zacarías, que lo había educado en el temor de Dios. Mientras buscó al Señor, Dios lo hizo prosperar” (2Cro 26, 4-5). “Todos los pueblos de la tierra se convertirán al verdadero temor de Dios; abandonarán a los ídolos que los condujeron al error y alabarán rectamente al Dios de los siglos” (Tb 14, 6).

“Teniendo, pues, estas promesas, queridos, purifiquémonos de toda impureza de la carne o del espíritu, para ir completando nuestra santificación en el temor de Dios” (2Co 7, 1)

 

Una destreza

Quizá interpretamos los dones del Espíritu Santo como cualidades sobresalientes y capacidades extraordinarias, como puede suceder con los dones de sabiduría, ciencia o entendimiento…, o como puede entenderse el arte de escribir, de pintar, de esculpir o de hacer música. El Espíritu Santo actúa discretamente en el corazón de los fieles de buena voluntad, en aquellos que viven en su presencia y se conducen siguiendo en todo sus inspiraciones. Personas sencillas, que trabajan de manera doméstica, sin perder la alegría, generosas y que realizan lo pequeño con amor y deseos de servir al bien común, personas que tienen como cualidad el bien hacer y no por perfeccionismo, sino por amor a sus semejantes y por fidelidad a Dios.

 

Experiencia

“Comprendí que si todas las flores quisieran ser rosas, la naturaleza perdería su gala primaveral y los campos ya no se verían esmaltados de florecillas… Eso mismo sucede en el mundo de las almas, que es el jardín de Jesús. Él ha querido crear grandes santos, que pueden compararse a los lirios y a las rosas; pero ha creado también otros más pequeños, y éstos han de conformarse con ser margaritas o violetas destinadas a recrear los ojos de Dios cuando mira a sus pies. La perfección consiste en hacer su voluntad, en ser lo que él quiere que seamos…” (Santa Teresa del Niño Jesús, Historia de un Alma, I 2vto).

 

Una súplica

Gloria a Dios Padre y al Hijo que resucitó de entre los muertos, y al Espíritu Consolador, por los siglos de los siglos. Amén.

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