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Seis nuevos diáconos para la archidiócesis de Zaragoza

Seis nuevos diáconos para la archidiócesis de Zaragoza
El arzobispo de Zaragoza, monseñor Vicente Jiménez Zamora, ordenará diáconos este domingo, 29 de abril, a seis seminaristas. La celebración, que comenzará a las cinco de la tarde en la catedral basílica del Pilar, dejará atrás años de formación, alegría, nervios e inquietudes con una clara misión: servir al pueblo de Dios con la esperanza y fortaleza que da su gracia.

Con nombre propio

Miguel Ángel Gan, Nehemías García, Samuel Pérez, Fernando Puértolas, Carlos Rosas y Evertz Vallejo tienen cada uno su propia historia personal. Sin embargo, comparten la valentía de haber dicho un día “sí” a la llamada del Señor y la perseverancia que exige mantenerse fiel, a pesar de los vaivenes de la vida. El domingo, al ser ordenados diáconos a orillas del Ebro, a los pies de la Virgen, iniciarán un nuevo camino abiertos a la voluntad del Señor.

“Una de las labores del diácono es la predicación, algo que da bastante respeto, porque, como dice el papa Francisco en Evangelii Gaudium, la homilía es el diálogo de Dios con su pueblo, y ello supone trabajar diariamente preparando la Palabra de Dios para transmitirla a la gente”, explica Fernando Puértolas, quien asume que no todo será un camino de rosas: “Habrá momentos de cruz, pero la cruz lleva a la Pascua y a la resurrección, por lo que debemos estar alegres”.

Servir con humildad

El diaconado, primer grado del sacramento del orden, es un ministerio de servicio en torno a tres campos: la Palabra, la caridad y la liturgia. Por ello, es habitual que los diáconos asistan durante las funciones litúrgicas al obispo y presbítero, administren solemnemente el bautismo y los sacramentales, presidan los ritos fúnebres o dirijan la celebración de otros oficios del culto y oraciones.

Este servicio, según Evertz Vallejo, supone una “gran responsabilidad para servir con alegría y hacer de este mundo un lugar mejor, siguiendo el plan de Dios”. Una misión por la que merece la pena dar la vida, sostiene Vallejo, siempre con una sonrisa: “Jesús nos regala lo mejor sin pedirnos nada a cambio. Nos da su amor infinito y nos entrega una felicidad que no se agota”.

Un amigo que nunca falla

Entre la ilusión y el gozo de la nueva etapa, se cuelan algunos nervios.           Algo fácil de superar, apunta Miguel Ángel Gan, “porque Jesús es el amigo que nunca falla. A menudo, te pone en el camino a personas extraordinarias, como bastón al que agarrarte. Es una maravilla”.

Por esta razón, Nehemías García se siente “tranquilo” y “esperanzado”, dispuesto a ofrecer su mejor versión: “Unidos a Dios y a la Virgen, todo se puede. Mi sueño es ver a la gente con los ojos misericordiosos del Padre, que quiere hacer de mí un santo”.

¿Qué implica ser diácono, más allá de funciones y cometidos? Samuel Pérez lo tiene claro: “Supone, lo primero de todo, aceptar una llamada, una invitación del Señor a seguirle, a configurarnos íntimamente con sus pensamientos, sentimientos y actitudes de servidor. Exige, en definitiva, asumir con libertad su modo de amar, su humildad y su libertad para servir”.

Gratitud y esperanza

Llegado este momento, algunos seminaristas recuerdan con vértigo sus primeros años de estudio, con la dificultad de la filosofía, el latín o el griego. Con todo, sienten gratitud y esperanza, como reflejan las palabras de Nehemías: “Sin duda alguna, mis años en el Seminario han sido los mejores de mi vida, fatigosos pero a la vez gozosos. No hay cielo sin tierra, ni paz sin tempestad. Mucho menos gloria sin pasar primero por la cruz. ¡Ha sido una escuela que vale la pena vivir!”.

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