Rincón Litúrgico

Segundo Domingo de Adviento (B)

El profeta Isaías nos dice: El Señor viene, preparadle un camino en el corazón. Juan Bautista nos dice cómo se prepara un camino en el corazón para el Señor, con la conversión, quitando de él todo lo negativo y llenándolo de todas las cosas buenas. La esperanza cristiana no está orientada a bienes materiales, sino a Jesús, el Mesías, el Señor, anunciado por Juan. Vivamos nuestra fe apoyados en la esperanza que nace de Cristo.

En la Primera Lectura del Profeta Isaías,
nos muestra como Dios envía un profeta, en el destierro, con un mensaje de consuelo y alegría: el castigo por el pecado termina ya, el crimen ha sido pagado con creces. Va a comenzar la vuelta al destierro. Será como un nuevo éxodo, más glorioso aún que el primero. El destierro, lugar de dificultad, de tentación, de muerte, y en la segunda parte, Isaías invita a levantar la cabeza y a confiar en la acción de Dios por encima de nuestra vida corta y pecadora. Tenemos que pasar de nuevo la travesía del desierto para alcanzar el consuelo de Dios.

En la Segunda Lectura del Apóstol San Pedro,
vemos como después de la muerte de Jesús, muchos pensaron que esa venida era inminente y como iba pasando el tiempo y no sucedía, Pedro argumenta la “tardanza” con la paciencia de Dios, que espera nuestra conversión. Exhorta a los destinatarios de su carta a esperar esa llegada y viviendo según la voluntad de Dios. Esta es la mejor actitud para esperar al Salvador.

En el Evangelio de Marcos,
que es el comienzo del mismo, vemos como la llegada de Jesús es esperada y anunciada. La salvación hecha presente en Jesús había sido anunciada por el profeta Isaías; él proclamó que el desierto iba a transformarse en sendas para que el pueblo desterrado regresase de Babilonia a Jerusalén. Juan no es el Mesías. Él es el más humilde de los siervos. Invita a que no nos quedemos en nuestras casas, sino que nos bauticemos y cambiemos de vida. La fe no es para los cobardes. La fe es aceptar los retos para que podamos crecer, a avanzar, a superar pruebas, a buscar nuevas alternativas para que el Reino se haga realidad en nosotros y en los que con nosotros están. Fe y esperanza, van de la mano.

Le pedimos a nuestra Madre, al Virgen, que nos ayude a no caer en el pesimismo, en el cansancio… Que podamos ser embajadores del Evangelio en nuestros ambientes y como Pedro, sepamos confiar en la Venida futura que debemos prepararnos en el ahora.

 

Regístrate en ECCLESIA para acceder de forma gratuita a nuestra revista en PDF

REGISTRARME