Cartas de los obispos

Sed fuertes, no temáis, por el obispo de Terrassa, Josep Àngel Saiz Meneses

Se acerca la Navidad. La lectura del profeta Isaías de este tercer domingo de Adviento es un canto de ilusión y esperanza. Describe el retorno del pueblo cautivo en Babilonia que vuelve a su tierra. Un mensaje que pretende reavivar la fe y la esperanza en tiempos de gran dificultad con la certeza de que los tiempos difíciles pasarán y el pueblo podrá volver a Jerusalén. Mientras tanto, es preciso mantener la fidelidad al Señor, que viene a salvarnos. El retorno se transforma en el símbolo de la felicidad de los últimos tiempos. Para nosotros, la proximidad de la celebración del nacimiento del Señor, y la perspectiva de su venida definitiva, también son fuente de alegría.

Reflexionando sobre el sentido de la alegría, podemos ver como el salmo 105, que se sitúa también del periodo del retorno de Babilonia, es un himno a Dios salvador, una alabanza al Señor de la historia, que exhorta a la alegría: «gloriaos de su nombre santo, que se alegren los que buscan al Señor» (Sal 105, 3). La búsqueda de Dios llena del sentido más pleno la vida, porque en Dios está la fuente de la vida y de la alegría. Encontrarse a sí mismo y aceptarse como un ser creado por Dios, comprender la propia vocación y misión en el mundo y experimentar su amor, se convierte en el inicio y la fuente de la alegría. Si vivimos la unión con Dios, su alegría nos llena, nos inunda. Recuerda Romano Guardini que «debemos intentar que nuestro corazón esté alegre. No divertido, que es otra cosa. Ser divertido es algo externo, hace ruido y desaparece rápidamente. Pero la alegría vive dentro, silenciosamente, y echa raíces profundas. Es la hermana de la seriedad; donde está la una, está también la otra».

Esta alegría profunda y permanente procede de la confianza en Dios, de  acogerse a Él, de abandonarse a Él con toda el alma y permanecer junto a Él en silencio interior. Cuando vivimos unidos a Dios y buscamos cumplir su voluntad, estamos abriendo el camino para que nos llene su alegría. Si mantenemos esta actitud con confianza y libertad interior, viviremos inundados de gozo, por más dificultades externas que se puedan producir. Se puede descubrir la voluntad de Dios a través del discernimiento de las circunstancias y los hechos que van configurando la existencia, «pues cada instante con su obligación propia es un mensajero de Dios. Si prestamos oídos, tendremos madurez para entender rectamente el próximo mensaje y asumirlo. Así realizamos paso a paso la tarea de nuestra vida. (…) Entonces estamos alegres», apostilla Guardini.

Jesús nos explica que «el reino de los cielos se parece a un tesoro escondido en el campo: el que lo encuentra, lo vuelve a esconder y, lleno de alegría, va a vender todo lo que tiene y compra el campo» (Mt 13,44). Encontrar ese tesoro transforma la vida, la llena de plenitud, de felicidad, de alegría. Ahora bien, una vez encontrado, es preciso vender todo lo que se tiene para poder comprar el campo; es decir, es preciso renunciar a todas las posesiones para poder alcanzar el Todo. La felicidad, la alegría plena, comporta también el sacrificio de todo aquello que es incompatible con el Reino. Se trata de encontrar la alegría y conservarla, viviendo el seguimiento del Señor, poniendo la confianza en Él, aprendiendo a descubrir su presencia en los acontecimientos de cada día.

Llega pronto la Navidad. Escribo estas líneas justo al volver de Asís, de un encuentro europeo de dirigentes del Movimiento de Cursillos de Cristiandad. Me ha llamado la atención el dinamismo de este movimiento de apostolado seglar en los países de la Europa del Este, sobre todo en Croacia, Ucrania, Chequia y Hungría, con dirigentes jóvenes, esperanzados, alegres, que con toda naturalidad dan testimonio de que en el centro de su vida está Cristo, el Señor, Aquel cuya natividad pronto celebraremos. El Señor es también el centro de nuestras vidas y es motivo de profunda alegría.

+Josep Àngel Saiz Meneses
Bisbe de Terrassa
III Domingo de Adviento (15-12-2019)

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