Carta del Obispo Iglesia en España

Seamos santos en la vida cotidiana, por Fidel Herráez Vegas, arzobispo de Burgostos en la vida cotidiana

Seamos santos en la vida cotidiana, por Fidel Herráez Vegas, arzobispo de Burgos

Domingo 1 de julio de 2018.

«Alegraos y regocijaos (Mt 5,12)… El Señor lo pide todo y lo que ofrece es la verdadera vida, la felicidad para la que fuimos creados. El nos quiere santos y no espera que nos conformemos con una existencia mediocre, aguada, licuada» (GE, 1).

Con estas palabras comienza la reciente exhortación apostólica sobre la llamada a la santidad en el mundo actual, que nos ha regalado recientemente el Papa Francisco. Ya os la presenté hace unas semanas y hoy quiero volver sobre ella, porque el tema que trata es de enorme actualidad para todos los cristianos: la santidad es un camino para todos, un camino que recorre la vida cotidiana, que no nos aleja de nuestra existencia real, y que es garantía de auténtica felicidad. Os invito por ello a superar la tentación de que la santidad no es para cada uno de nosotros.

Con su lenguaje habitual, claro y expresivo, dice el Papa: «Me gusta ver la santidad en el pueblo de Dios paciente: a los padres que crían con tanto amor a sus hijos, en esos hombres y mujeres que trabajan para llevar el pan a su casa, en los enfermos, en las religiosas ancianas que siguen sonriendo. En esta constancia para seguir adelante día a día, veo la santidad de la Iglesia militante. Esa es muchas veces la santidad ‘de la puerta de al lado’, de aquellos que viven cerca de nosotros y son un reflejo de la presencia de Dios, o, para usar otra expresión, ‘la clase media de la santidad» (EG,7).

Con ello quiere decir que no hace falta formar parte de una clase privilegiada, ni tener cualidades especiales, ni alejarse del mundo en que vivimos para acceder a la santidad. La santidad es para todos y en los aspectos más sencillos y normales de nuestra vida. Bajo la mirada de Dios, con generosidad unas veces, otras contra corriente…, todos estamos llamados a ser santos viviendo con amor y ofreciendo el propio testimonio allí donde cada uno se encuentra.

Este domingo deseo indicaros muy brevemente las cinco características o rasgos fundamentales que señala la exhortación papal para vivir la santidad en el mundo actual, cualesquiera que sean las circunstancias de nuestra vida cotidiana:

Ponernos en las manos de Dios, sentirnos firmes en el Dios que nos ama; así encontramos el manantial de la paz que nos permite afrontar las dificultades de la vida, superar las tendencias a la agresividad, vencer las tentaciones de herir o criticar a los otros, evitar la ansiedad y el nerviosismo de un ritmo de vida acelerado…

La alegría y el humor, un espíritu positivo y esperanzado. Esta actitud es expresión de gratitud por todo lo bueno y hermoso que hemos recibido de ese Dios que nos ama. La tristeza por el contrario es signo de ingratitud. Un cristiano, en las manos de Dios, aprende a ver la realidad con ojos y corazón agradecidos. Incluso en los momentos duros surge un brote de luz de la certeza de ser amados por Él de modo ilimitado.

Valentía y coraje, audacia y fervor, para irradiar y comunicar el don de la fe y la felicidad que produce. El empuje evangelizador nace y se despliega cuando nos gloriamos del Evangelio que anunciamos, es decir, cuando hemos experimentado la cercanía de Dios en nuestra vida.

La santidad se vive en comunidad, es decir, con otros, sea en un grupo, en el matrimonio o en la vida familiar. En esos ámbitos se pueden manifestar los pequeños detalles del amor que hacen la convivencia amable y atractiva.

No puede haber santidad sin oración, sin diálogo habitual con el Dios que nos ama. El santo no se cierra en la inmanencia del mundo, necesita momentos para Dios, para estar a solas con Él, para contemplar el rostro de Jesús muerto y resucitado, para dejarse mirar y atraer por él. La celebración litúrgica es siempre un momento especial para descubrir la cercanía de Dios y para adorarlo desde lo más profundo de nuestro corazón.

Como veis, el camino de la santidad se abre delante de cada uno nosotros como una invitación y una promesa. Seguramente muchos de vosotros ya estáis avanzando por él, entre la ilusión y las dificultades de cada día. Alegraos y regocijaos, porque el Señor nos eligió a cada uno de nosotros «para que fuéramos santos e irreprochables ante Él por el amor» (Ef 1,4).

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