Carta del Obispo Iglesia en España

Se alegra mi espíritu en Dios mi Salvador, por el arzobispo de Burgos, Fidel Herráez Vegas

Se alegra mi espíritu en Dios mi Salvador, por el arzobispo de Burgos, Fidel Herráez Vegas

Domingo 20 de mayo de 2018

Ayer celebraba con todos vosotros, en una Eucaristía en la Catedral, mis bodas de oro sacerdotales. Y es que, tal día como ayer, hace cincuenta años que era ordenado sacerdote. El Señor ha querido que esté aquí, en Burgos, entre vosotros, cuando estoy viviendo este aniversario; y con vosotros quiero compartir mi profunda acción de gracias y la inmensa alegría por esa realidad que ha dado y sigue dando sentido a mi existencia. Con tal motivo os he escrito una Carta Pastoral que os invito sencillamente a leer porque en ella reflexiono, de una manera sosegada, sobre algunos aspectos fundamentales que me parecen importantes cuidar y desarrollar, tanto personal como comunitariamente, en nuestra gran familia diocesana.

La fecha de esta carta coincide con la Vigilia de la Fiesta que hoy celebramos: Pentecostés. De esta manera se subraya la especial importancia y protagonismo que tiene el Espíritu en nuestra vida personal y eclesial por lo que supone de fuerza, aliento, vida y llamada a la misión que Jesús nos dejó confiada. Es el Espíritu el que también ha animado este recorrido que he ido haciendo con y para vosotros. Y Él, seguirá conduciendo nuestros pasos y llevándolos a buen fin.

Como podréis imaginar, mi corazón quiere hoy unirse al cántico de María llena del Espíritu. Con ella, en este mes de Mayo, al contemplar este pasado vivido con serenidad y normalidad, también yo quiero exclamar: «Se alegra mi Espíritu en Dios mi Salvador». Y es que la vida, comprendida como respuesta a la llamada de Dios, es siempre un gozo profundo. Y no precisamente por lo realizado por uno mismo, sino por la fidelidad de Dios en la llamada y por la huella del Espíritu que ha ido guiando la vida para discernir los caminos oportunos en cada momento.

De esta manera quiero también hacer memoria agradecida por la acción de Dios que acompaña a nuestra Iglesia en Burgos, tan rica y creativa a través de tantas personas, familias, instituciones, parroquias y realidades diversas que voy conociendo. En verdad el Señor nos ha bendecido con multitud de dones que, porque no los ha guardado cada uno para sí mismo, han contribuido eficazmente para el bien de nuestro pueblo. Y junto a ello, quiero impulsar la necesidad, el compromiso y la urgencia de lo que nos queda por hacer para comunicar el gozo de llevar el Evangelio. Nuestra tarea, no se nos olvide, es la de sembrar con la esperanza y confianza del sembrador. Hemos de renovar la llamada del Espíritu de Jesús que nos envía en estas circunstancias particulares y en medio de esta tierra concreta de Burgos: estas son las condiciones y la realidad que hemos de acoger y amar sin medida para que nuestro campo dé buenos frutos.

En los tiempos que corren no es fácil vivir y anunciar el Evangelio. Ante el reto que tenemos por delante, se puede despertar en nosotros el miedo a lo desconocido, a lo insospechado, a la escasez de recursos personales, debido en gran medida al envejecimiento de nuestra gente y a la despoblación de nuestras comunidades. Pero nuestra fuerza es la confianza en el poder del Espíritu que sigue actuando en nuestra Iglesia. A través de la misión de ésta Jesucristo sigue evangelizando y actuando. En nosotros está ir configurando una Iglesia cada vez más sinodal, abierta a la participación y al necesario ejercicio de los diferentes servicios, carismas y ministerios, siendo así casa de acogida para todos, especialmente para los pobres, en actitud de justicia, misericordia y sencillez. Cada uno de nosotros hemos sido llamados e invitados a vivir nuestra propia vocación, profundamente personal, como un acto eclesial. Así se comprenderá siempre como envío, como misión, como tarea. De esta manera, vivir la vida como vocación es siempre experiencia gozosa de «comunicar lo que hemos visto y oído».

Así pues, en este día de Pentecostés que hoy celebramos, os invito y animo a que nos pongamos, como los primeros discípulos de Jesús, en actitud de salida, superando los miedos y barreras que siempre nos pueden encerrar en nuestros propios cenáculos. Pidamos que el Espíritu Santo se derrame sobre el mundo entero, y especialmente sobre nuestra Iglesia en Burgos para guiarla por los caminos más adecuados desde el gozo de la evangelización. «Oh Señor, envía tu Espíritu, que renueve la faz de la tierra».

 

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