Opinión

Santos «oficiales» y santos «informales», por José María Salaverri

Santos «oficiales» y santos «informales», por José María Salaverri

Reflexiones libres sobre la fiesta de Todos los Santos.

(I)

¡Qué alegría sentí el domingo 16 de octubre! De los 7 santos que el Papa Francisco canonizaba en una plaza de San Pedro abarrotada con 70.000 personas, tres eran “amigos” míos desde hacía mucho tiempo. Porque algunos santos son amigos que uno va encontrando a lo largo de la vida. Ayudan y te dan buenas ideas… Cuando conocí a estos tres eran sencillamente santos del “1 de noviembre”.

Hacia la mitad del siglo pasado, siendo joven religioso, mi madre me había mandado un libro: “El obispo del sagrario abandonado”, biografía de don Manuel González. Me entusiasmó. Mi madre había conocido a don Manuel y ella, siendo joven, había sido “María de los Sagrarios”, encargada de velar por el sagrario de un pueblo cercano a Vitoria.

Isabel de la Trinidad también la conocí -antes aún-, por consejo de un marianista. Su “Elevación a la Santísima Trinidad”, escrita a los 24 años, poco antes de su muerte, me impresionó. La suelo llevar en mi breviario y la rezo de vez en cuando. Pude asistir a su beatificación en Roma por Juan Pablo II.

Allá, al inicio de los años 30, rezábamos por los cristianos perseguidos en México. Pero fue más tarde -hacia 1975- cuando descubrí a los cristeros, y entre ellos al niño cristero, José Sánchez del Río, a través de la “Cristiada” de Jean Meyer. Un socialista que fue a México a hacer una tesis sobre los “cristeros”, convencido que estos eran unos retrógrados y se dio cuenta que eran ellos quienes luchaban por la libertad contra una tiranía.

Tres personas que uno se alegra sean conocidas lo más posible. Son santos universales. En cambio, otras veces, confieso que lo paso mal cuando me llega la lista de los decretos aprobados por la Congregación para los Santos: parece que no hay más que sacerdotes, religiosos y religiosas. Muchos desconocidos o de poco relieve en el conjunto de la Iglesia. Me pregunto: ¿merece la pena?

Y recuerdo algunos de los criterios orientativos que Juan Pablo II había dado en su tiempo a la Congregación de los Santos. De paso, pido perdón por no poner el “san” ante el nombre de Juan Pablo II: me alegra su canonización, pero no quiero perder su “cercanía” contemporánea. Me tranquiliza que al Papa Francisco le pase lo mismo que a mí… Hablando de Teresa de Calcuta decía: “Pienso que quizá tendremos un poco de dificultad en llamarla santa. Su santidad está tan cercana a nosotros que espontáneamente continuaremos llamándola Madre Teresa”…

Pero volvamos a los criterios del papa Juan Pablo II. Recuerdo que la primera prioridad era: los países donde no hay todavía santos. Un santo es, en su tierra, como un faro: ilumina su entorno. Es posible que no se le haga mucho caso, pero ahí está. Forma parte del paisaje, del ambiente y hasta de la identidad profunda. El otro día recibí una letanía de santos españoles, ordenada por orden cronológico. Impresiona a pesar de no ser completa. En la urdimbre de España están esas personas, y quieras o no, han marcado nuestro pasado. Son una riqueza nacional; una riqueza de “interés nacional” incluso para no creyentes.

El segundo criterio dado por Juan Pablo II era: ¡seglares! No en vano el Vaticano II nos dijo que la santidad era lo propio de todo bautizado. No solo de gente consagrada por votos. Está costando aceptarlo. ¿Habéis oído hablar de Charlie…? Es el beato Carlos Manuel Rodríguez Santiago, nacido en Puerto Rico y reúne las dos condiciones propuestas. Es el primer “santo” oficial de la isla y es seglar.

Entre los mártires de vez en cuando aparecen seglares. Me alegró también -el 9 de octubre- la beatificación en Oviedo de los llamados mártires de Nembra (Asturias), en la persecución de los años 30 del siglo pasado: un sacerdote, dos padres de familia y otro seglar joven. Dos de ellos pertenecientes a la Adoración nocturna, una asociación que, desde su fundación, ha sido una auténtica proveedora de “santos” anónimos del 1 de noviembre. Aprovecho para decir que me gustan los grupos de mártires – seglares y consagrados unidos- beatificaos juntos: son los testigos de una fe colectiva en unos países en su momento hostiles o en unos tiempos recios. Nos confortan.

Estoy convencido que en tiempos turbulentos -como son los nuestros- el Espíritu Santo, por compensación ecológico-espiritual, suscita más santos que nunca. Pero ¿merece la pena “oficializarlos” todos? Creo que no. Aparte de que es imposible. Veamos: ¿sabéis cuántas nuevas congregaciones religiosas o institutos seculares han sido fundados desde 1960 a 2009? Nada menos que 469. Y de años anteriores hay más. Todos con su fundador o fundadora, o con ambos a la vez. Lo cual, tirando por lo bajo, puede hacer un total de unos 700 fundadores, que, a su muerte, sus seguidores querrán beatificar. Y además también algunos miembros que les parezcan “sobresalientes” en el nuevo Instituto… ¡Pobre Congregación para los santos! Quedará bloqueada… ¿Merece la pena? ¿No hay ahí algo de vanidad colectiva en ese afán canonizador? ¿Quedará sitio para causas de seglares? Pero de esto en otro artículo…

SANTOS “OFICIALES” y SANTOS “INFORMALES”

Reflexiones libres sobre la fiesta de Todos los Santos.

(II)

Cuando, por encargo de mons. Miguel Roca Cabanellas, arzobispo de Valencia, entregué la abultada documentación de la fase diocesana de la causa de canonización de Faustino Pérez-Manglano en la Congregación para los Santos, el canciller de la misma, mons. Antonio Casieri, al hacernos visitar sus dominios, nos dijo: “Aquí está la verdadera historia de la Iglesia”. Lo he recordado muchas veces, pero, a mi parecer, es tan solo una verdad a medias, incompleta… Es cierto que la santidad -ser santa y santificante- es lo propio de la Iglesia, pero los candidatos a santos que llegan a la Congregación, llevados por nuestros ojos limitados, tal vez no sean los mayores, ni los mejores, a los ojos de Dios. Por eso la Iglesia los estudia tan de cerca, pero por eso…

La Iglesia, que bien conoce sus limitaciones, mantiene e insiste mucho en la importancia de la fiesta del 1 de noviembre, Todos los Santos. Fiesta a la que todos estamos destinados, fiesta de la muchedumbre inmensa de todos los que ya viven en Dios y que va engrosándose cada día. La mayoría son, para nosotros, santos anónimos; pero eso no significa que todos tengan que permanecer anónimos. Siempre que sea posible hay que darlos a conocer, por lo menos para bien de quienes hayan estado en su entorno, en contacto con ellos; por ejemplo escribiendo una semblanza o una biografía más o menos larga.

Escribí la biografía de una joven francesa de 24 años Héloïse Charruau, que en la estela de Faustino, alcanzó una alta vida espiritual, sobresaliente para todos los que la conocieron. En memoria de ella, ‘santa’ del 1 de noviembre, -murió por cierto el 31 de octubre de 2010, la víspera de la fiesta-, su familia ha creado una “Fundation Héloïse Charruau”, enmarcada en Caritas France, en favor de las misiones católicas. ¿Se podría haber abierto una causa? Tal vez, pero puede haber otros medios para recordar a nuestros “santos”…

¿No tendrían que contentarse los Institutos religiosos con un reconocimiento interno de sus miembros “sobresalientes” en vez de llevarlos a la santidad oficial? Sobre todo si es persona que ha tenido gran influjo interno, pero no fuera de su congregación. ¿Cómo? Reconocimiento a base de una buena biografía, publicación de estudios, o lo que parezca ayudar a la vida espiritual del conjunto. Puede ser un buen criterio: solo quien ha tenido influencia amplia fuera de su ambiente natural sea presentado a santidad oficial, universal; y aún. Estoy convencido que de un porcentaje fuerte de religiosos que mueren se podrían demostrar “virtudes heroicas”. ¿Merece la pena hacerlo? No.

Puedo estar equivocado. Prosigo. Me parece importante la canonización de seglares, de diversos oficios, matrimonios, con familia… Pueden tener más dificultad por varios motivos: falta de colectivo que apoye la causa o por la dificultad de cómo enfocar su “veneración” por llamarla de algún modo.

Hay tres seglares cuya causa está introducida y que me gusta seguir: Robert Schuman, Alcide de Gasperi -padres de la Unión europea- y Jerome Lejeune, médico e investigador. Hombres y cristianos fuertes, a contracorriente. La Unión Europea de hoy no es la que soñaron los dos primeros. Jerome Lejeune, un médico de la vida, a quien se negó el Nóbel por su clara defensa de la vida del no nacido.

Aparte de que estas causas pueden quedar sin patrocinio, hay dificultades añadidas. En la Edad Media hay reyes canonizados, y seglares pensadores, y patrocinadores de hospitales para pobres… Pero ¿serían bien aceptados hoy, por sus contemporáneos en esta sociedad secularizada y con frecuencia anticristiana, unos seglares parecidos a ellos, pero a contracorriente?

Conociendo un poco sus vidas, cito tres posibles futuros santos seglares, por los que -por el momento que yo sepa- nadie ha movido un dedo para promover una causa: Balduino, rey; Julián Marías, filósofo; Gino Bartali, ciclista. Los tres -tan diversos- han vivido muy sencilla y seriamente su vida cristiana en su vocación humana. ¿Cómo serían aceptados en el ambiente secularizado de hoy? ¿Ese hecho no los rebajaría? ¿Cómo representarlos? Me temo que ninguno de los tres, y en especial los dos primeros, serían bien recibidos socialmente. Es posible que toque tener paciencia y esperar tiempos mejores. Pero que no se borre su memoria de ‘santos’ del 1 de noviembre, que se conozca y se reconozca su obra y cómo en tan diversas circunstancias, supieron vivir sin complejos lo que el Señor les pidió. Sus biografías pueden orientar vidas jóvenes.

Escribiendo mi último libro sobre los marianistas en el Japón resurgente (1888-1947) descubrí dos figuras sobresalientes: la del padre Alfonso Heinrich, el marianista francés que encabezó los años de implantación de las “Estrellas”, los colegios marianistas. Un hombre sensato, recto, de fe intensa y amor a la Virgen: un religioso santo. No merece la pena emprender una Causa, pero tal vez sí una buena biografía. Y el primer alumno que él bautizó a los 14 años: el almirante Shinjiro Yamamoto, un cristiano cabal toda su vida. (No confundir con el almirante Yamamoto comandante del ataque contra Pearl Harbor: no tienen ningún parentesco). Me he alegrado al saber que un franciscano japonés está haciendo una tesis doctoral sobre él. Su personalidad es atractiva y merece ser más conocido. Un santo, por ahora, del 1 de noviembre.

¡Santos del uno de noviembre, futuros conciudadanos nuestros, rogad por nosotros!

29 octubre de 2016

José María Salaverri, sm

Publicado en PARAULA

Print Friendly, PDF & Email