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Santo Domingo de Guzmán. Para un tiempo de cambios

Hace ocho siglos que murió este santo agraciado con el carisma de la predicación que por entonces solo era ministerio de los obispos. Hoy ese carisma de algún modo es vocación de todos los bautizados. Domingo de Guzmán supo proclamar de forma nueva el Evangelio en el cambio del régimen feudal a la época moderna. Y hoy también estamos en tiempo de cambios.

En los siglos XII y XIII despunta ya el individuo que no soporta los órdenes establecidos en el feudalismo. Se crean ciudades y las asociaciones. El gótico con su luz desplaza la oscuridad del románico y sugiere primeros atisbos de la modernidad. Domingo (1170-1221) vivió en esta época de cambio cultural. Siendo profesor en la naciente universidad de Palencia, ingresó en el Cabildo de Canónigos Regulares de San Agustín, presidido por el obispo en Burgo de Osma.

Allí encontró amor, pobreza, oración y vida común. En 1204 acompañó al obispo Diego de Acebes en una misión fuera de España. Al pasar por el sur de Francia encontraron numerosos grupos —cátaros, albigenses…— que se alejaban de la Iglesia oficial y se perdían en el error. Todavía en situación de cristiandad, las altas instancias eclesiales para reducir a los herejes emprendían la misión como una cruzada con aires triunfalistas y con ayuda del brazo secular. Pero invitados a una asamblea de obispos y abades en que se tramaba un proyecto de misión con esa lógica del poder, el obispo Diego de Acebes y su acompañante Domingo comentaron: «a nuestro juicio no es ese el camino a seguir; ofrezcamos la verdadera religión a la fingida santidad de los herejes; solo con la sincera humildad puede ser vencido el fausto engañador de los pseudoapóstoles».

En esa convicción, Domingo, con algunos que se le unieron, practicando la pobreza, entraron en el campo de «los otros, los alejados para en diálogo con ellos, caminar hacia la verdad completa del Evangelio. Así nació la Orden de Predicadores en 1216.

En la conducta de Domingo hay algunos indicativos para esa necesaria conversión.

Urgencia de la misión evangelizadora

Urgencia de la misión evangelizadora. «Domingo deseaba la salvación de todas las almas tanto de los cristianos como de lo sarracenos. Con frecuencia decía que quería ir a lugares de gentes infieles» (Testigos para la canonización).

La Iglesia se constituye en la misión. Solo el Reino de Dios es absoluto, y la Iglesia tiene sentido como signo e instrumento para su llegada. Pero ante las inclemencias del tiempo, la tentación para los cristianos es no aceptar los cambios, cerrarnos en nuestras prácticas religiosas, y olvidar que la Iglesia se constituye en la misión. El Papa Francisco sale al paso de esa tentación: «Sueño con una opción misionera capaz de transformarlo todo, para que las costumbres, los estilos, los horarios, el lenguaje y toda estructura eclesial se convierta en un cauce adecuado para la evangelización del mundo actual más que para la auto-preservación».

Avivar la fe como experiencia

Avivar la fe como experiencia. «Domingo era parco en las palabras, y siempre con Dios o de Dios hablaba. Con frecuencia pasaba la noche rezando y derramaba copiosas lágrimas» (Testigos para la canonización). Es el hombre totalmente contemplativo e incansablemente activo.

Desde Pío XI, papas, concilio y sínodo de obispos piden a los cristianos compromiso en nueva evangelización con nuevo ardor. Pero la llamada no encuentra eco suficiente porque falta ese ardor. Falta la experiencia de fe o encuentro vivo con Jesucristo. Ahí está la crisis actual de la Iglesia.

Pero, ¿qué entendemos por fe? La mayoría de los cristianos hoy practicantes recibieron la definición que daban los antiguos catecismos: fe es creer lo que no vemos; fácilmente la fe se reduce a creencias. Según el Concilio, en la revelación «Dios invisible movido por su gran amor habla a los hombres como amigos invitándolos a la comunión de vida»; y por la fe los seres humanos se abren confiada y totalmente a esa Presencia que gratuitamente se da. Una entrega que como el amor incluye sintonía profunda, satisfacción gozosa y sumisión libre.

Desde su primera exhortación el Papa Francisco prioriza la fe. Consciente de que ante los cambios muchos cristianos se acobardan hasta llevar cara de Cuaresma, dice: «hay que permitir que la alegría de la fe comience a despertarse como una secreta pero firme confianza en que el amor del Señor no se ha acabado, no se ha agitado su ternura, mañana se renueva». Para todos los cristianos llamados a evangelizar, son de actualidad los interrogantes que ya en 1975 formulaba Pablo VI: «¿creéis realmente lo que proclamáis? ¿vivís realmente lo que decís que creéis? ¿predicáis realmente lo que vivís?»

Dentro del mundo

Dentro del mundo. Los frailes predicadores eran solo 17 cuando Domingo los dispersó por el mundo: «Amontonado el trigo se corrompe; esparcido fructifica».

En el Nuevo Testamento, «mundo» es palabra ambivalente. Es realidad amada por Dios. Pero en este mundo hay falsos absolutos que lo desfiguran. Los cristianos debemos estar en el mundo sin ser del mundo. En esa tensión se comprende el distinto énfasis sobre uno u otro aspecto según tiempos y situaciones culturales.

Inocencio III (1198-1216) estaba preocupado por la reforma de la Iglesia mundanizada o corrupta por esos falsos absolutos, y así lo expresó en el libro De contemptu mundi, desprecio del mundo. Domingo participaba esa preocupación; pero viviendo la pobreza evangélica, también entendió que no hay salvación fuera del mundo. El Vaticano II, sin negar su lado sombrío, destacó la dimensión positiva del mundo: «La entera familia humana con todas las realidades entre las que vive»; aunque todavía esclavizado bajo la servidumbre del pecado, sigue «fundado y conservado por el amor del Creador».

Con esta visión conciliar el Papa Francisco quiere «una Iglesia en salida, con las puertas abiertas; accidentada, herida y manchada por salir a la calle antes que una Iglesia enferma por el encierro y la comodidad de aferrarse a las propias seguridades». Aunque «salir hacia los demás para llegar a las periferias no implica correr hacia el mundo sin rumbo y sin sentido. Salgamos a ofrecer a todos la vida de Jesucristo».

La «mística del alma» tan frecuentada en la tradición cristiana debe ser ambientada en la espiritualidad de la encarnación. No puede haber fe o mística cristiana sin el compromiso por mejorar la organización social en orden al bien común.

Se comprende que debemos reinterpretar la «huida del mundo». En una visión totalmente negativa del mundo, esa huida se interpretó como la separación social y hasta geográfica; separación que no libra sin más de la mundanización entendida como dependencia y esclavitud ante los falsos absolutos. La huida del mundo debe ser interpretada como solidaridad con toda la familia humana, sin arrodillarnos ante los ídolos o falsos absolutos que la deshumanizan.

Buscar la Verdad

Buscar la Verdad. Los dominicos celebramos a Santo Domingo como «doctor de la verdad». Nuestro lema es la verdad, «Veritas».

Fácilmente identificamos la búsqueda de la verdad con disquisiciones del intelecto sobre cuestiones abstractas. Pero la Verdad en la revelación bíblica no se reduce a la visión intelectualista de la filosofía griega: coincidencia de lo que nosotros pensamos con la realidad objetiva. La verdad es un concepto abstracto. Es Dios mismo liberando a los seres humanos. Se siente en el corazón y «se hace», es operativa. Jesús de Nazaret más que formular verdades o mantener una religión ritual, trató de hacer la verdad de la persona humana cuyos derechos humanos tienen algo de divino. «Yo soy el camino, la verdad y la vida». Primero es camino; re-creando es también verdad y vida. Según el cuarto evangelio, «solo el que practica la verdad llega a la luz».

Si en Jesucristo Dios  se  revela  como Palabra inabarcable que a todos habla, no debemos pensar que  los cristianos tenemos toda la verdad y que a los demás solo cabe recibirla según nuestros moldes. La verdad es participada y tenemos que recibir de los otros para caminar juntos hacia la Verdad completa. Se abre aquí un campo inmenso de colaboración con todos los hombres de buena voluntad, aunque ellos tengan otra fe. Hoy necesitamos abrirnos al pluralismo evitando el fundamentalismo cerrado de quienes creen estar en posesión de la verdad completa, y el relativismo que niega admite la existencia de una verdad objetiva.

En esa perspectiva dijo Tomás de Aquino: «La verdad venga de donde venga, procede del Espíritu Santo». Y el Vaticano declaró: «La verdad no se impone más que por la fuerza de la misma verdad que penetra suave y a la vez fuertemente en las almas».

Creer en la Iglesia y amarla

Creer en la Iglesia y amarla. Fray Angélico pintó en un cuadro el sueño del Papa Inocencio III: Santo Domingo apoyando con todo su ser y con todas sus fuerzas a la Iglesia. Mientras grupos sectarios se alejaban de ella, Domingo estaba convencido de que la Iglesia lleva dentro de sí misma la fuerza para renovarse.

La Iglesia es Pueblo de Dios integrado por todos los bautizados que tienen la misma dignidad; los ministerios o funciones «no dan lugar a la superioridad de unos sobre otros». Ante la patología del clericalismo urge despertar al laicado y promover a la mujer en la Iglesia. Seglares o laicos participaron desde el primer momento en el proyecto de Santo Domingo. Y la realización de ese proyecto comenzó en una comunidad de mujeres dedicadas a la contemplación y autónomas para organizar su vida. Catalina de Siena, versión femenina del carisma Dominicano, fue contemplativa, activa y seglar.

Santo Domingo vivió el misterio de la Iglesia como cuerpo espiritual de Jesucristo, hecha ya como don del Espíritu y en proceso de construcción dentro de la historia. En nuestro tiempo de cambio y búsqueda, si se olvida que la Iglesia está en proceso de construcción, amenazan dos extremos: Agarrarse como lapas al pasado sin admitir cambios necesarios, o caer en el utopismo ilusorio. En el rosario fundado por Santo Domingo la Iglesia, todavía en camino, contempla en la Virgen María «esa imagen purísima de lo que ella misma ansía y espera ser»: Primera discípula de Jesús en la peregrinación de la fe.

Jesús Espeja O.P.

Casa de Espiritualidad Caleruega (Burgos)



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