Rincón Litúrgico

Santísima Trinidad

Juan Pablo II Benedicto XVI

Santísima Trinidad

Textos recopilados por Fray Gregorio Cortázar Vinuesa, OCD

NVulgata 1 Ps 2 EConcordia y ©atena Aurea (en)

(1/3) San Juan Pablo II, Homilía 6-6-1993 (it):

«”Dígnese mi Señor ir en medio de nosotros” (Ex 34, 9). Así implora Moisés, presentándose ante el Dios de la alianza, en medio del pueblo que Dios hizo salir del país de Egipto y de su condición de esclavitud. “Dígnese mi Señor ir en medio de nosotros” (…). Estas palabras son, ante todo, una revelación de Dios. Dios está dispuesto a ir en medio de los hombres (…).

Este Dios, invitado por las palabras de Moisés, responde; y lo hace de un modo que supera cualquier expectativa humana. Este Dios “tanto amó… al mundo, que dio a su Hijo único, para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga vida eterna… Ha enviado a su Hijo al mundo…, para que el mundo se salve por él” (Jn 3, 16-17)».

(2/3) San Juan Pablo II, Ángelus 29-5-1994 (spit):

«Hoy se celebra la solemnidad litúrgica de la Santísima Trinidad, que propone a nuestra contemplación el misterio de Dios tal como Cristo nos lo ha revelado. Misterio grande que supera nuestra mente pero que habla profundamente a nuestro corazón, porque en su esencia es una explicitación de la densa expresión de san Juan: “Dios es Amor”. Precisamente porque es Amor, Dios no es un ser solitario. Y, siendo uno y único en su Naturaleza, vive en la recíproca inhabitación de tres Personas divinas. En efecto, el amor es esencialmente entrega. Dios, siendo amor infinito, es Padre que se entrega completamente en la generación del Hijo, y mantiene con él un diálogo eterno de amor en el Espíritu Santo, vínculo personal de su unidad. ¡Qué gran misterio!».

(3/3) Benedicto XVI, Homilía en San Marino 19-6-2011 (de sp fr en it pt):

«Queridos hermanos y hermanas (…): Celebramos hoy la fiesta de la Santísima Trinidad: Dios Padre e Hijo y Espíritu Santo, fiesta de Dios, del centro de nuestra fe. Cuando se piensa en la Trinidad, por lo general viene a la mente el aspecto del misterio: son tres y son uno, un solo Dios en tres Personas. En realidad, Dios en su grandeza no puede menos de ser un misterio para nosotros y, sin embargo, él se ha revelado: podemos conocerlo en su Hijo, y así también conocer al Padre y al Espíritu Santo.

La liturgia de hoy, en cambio, llama nuestra atención no tanto hacia el misterio, cuanto hacia la realidad de amor contenida en este primero y supremo misterio de nuestra fe. El Padre, el Hijo y el Espíritu Santo son uno, porque Dios es amor, y el amor es la fuerza vivificante absoluta, la unidad creada por el amor es más unidad que una unidad meramente física. El Padre da todo al Hijo; el Hijo recibe todo del Padre con agradecimiento; y el Espíritu Santo es como el fruto de este amor recíproco del Padre y del Hijo. Los textos de la santa misa de hoy hablan de Dios y por eso hablan de amor; no se detienen tanto sobre el misterio de las tres Personas, cuanto sobre el amor que constituye su esencia, y la unidad y trinidad al mismo tiempo.

El primer pasaje que hemos escuchado está tomado del Libro del Éxodo, sobre él reflexioné en una reciente catequesis del miércoles, y es sorprendente que la revelación del amor de Dios tenga lugar después de un gravísimo pecado del pueblo. Recién concluido el pacto de alianza en el monte Sinaí, el pueblo ya falta a la fidelidad. La ausencia de Moisés se prolonga y el pueblo dice: “¿Dónde está ese Moisés? ¿Dónde está su Dios?”, y pide a Aarón que le haga un dios que sea visible, accesible, manipulable, al alcance del hombre, en vez de este misterioso Dios invisible, lejano. Aarón consiente, y prepara un becerro de oro.

Al bajar del Sinaí, Moisés ve lo que ha sucedido y rompe las tablas de la alianza, que ya está rota, dos piedras sobre las que estaban escritas las “Diez Palabras”, el contenido concreto del pacto con Dios. Todo parece perdido, la amistad ya rota inmediatamente, desde el inicio. Sin embargo, no obstante este gravísimo pecado del pueblo, Dios, por intercesión de Moisés, decide perdonar e invita a Moisés a volver a subir al monte para recibir de nuevo su ley, los diez Mandamientos y renovar el pacto.

Moisés pide entonces a Dios que se revele, que le muestre su rostro. Pero Dios no muestra el rostro, más bien revela que está lleno de bondad con estas palabras: “Señor, Señor, Dios compasivo y misericordioso, lento a la ira y rico en clemencia y lealtad” (Ex 34, 6). Este es el rostro de Dios. Esta auto-definición de Dios manifiesta su amor misericordioso: un amor que vence al pecado, lo cubre, lo elimina. Y podemos estar siempre seguros de esta bondad que no nos abandona. No puede hacernos revelación más clara. Nosotros tenemos un Dios que renuncia a destruir al pecador y que quiere manifestar su amor de una manera aún más profunda y sorprendente precisamente ante el pecador para ofrecer siempre la posibilidad de la conversión y del perdón.

El Evangelio completa esta revelación, que escuchamos en la primera lectura, porque indica hasta qué punto Dios ha mostrado su misericordia. El evangelista san Juan refiere esta expresión de Jesús: “Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Unigénito, para que todo el que cree en él no perezca, sino que tenga vida eterna” (Jn 3, 16).

En el mundo reina el mal, el egoísmo, la maldad, y Dios podría venir para juzgar a este mundo, para destruir el mal, para castigar a aquellos que obran en las tinieblas. En cambio, muestra que ama al mundo, que ama al hombre, no obstante su pecado, y envía lo más valioso que tiene: su Hijo unigénito. Y no solo lo envía, sino que lo dona al mundo. Jesús es el Hijo de Dios que nació por nosotros, que vivió por nosotros, que curó a los enfermos, perdonó los pecados y acogió a todos.

Respondiendo al amor que viene del Padre, el Hijo dio su propia vida por nosotros: en la cruz el amor misericordioso de Dios alcanza el culmen. Y es en la cruz donde el Hijo de Dios nos obtiene la participación en la vida eterna, que se nos comunica con el don del Espíritu Santo. Así, en el misterio de la cruz están presentes las tres Personas divinas: el Padre, que dona a su Hijo unigénito para la salvación del mundo; el Hijo, que cumple hasta el fondo el designio del Padre; y el Espíritu Santo –derramado por Jesús en el momento de la muerte–, que viene a hacernos partícipes de la vida divina, a transformar nuestra existencia, para que esté animada por el amor divino (…).

Invoco la bendición de Dios sobre vuestro camino de hoy y de mañana, y a todos os encomiendo “a la gracia de nuestro Señor Jesucristo, al amor de Dios y a la comunión del Espíritu Santo” (2 Co 13, 13). Amén».

LA PALABRA DEL PAPA.– «Jesús, al dar a Simón (…) el título, más aún, el don, el carisma de la fuerza, de la dureza, de la capacidad de resistir y sostener –como es precisamente la naturaleza de una piedra, de una roca, de un peñasco–, asociaba el mensaje de su palabra a la virtud nueva y prodigiosa de este apóstol, que había de tener la función, él y quien le sucediera legítimamente, de testimoniar con incomparable seguridad ese mismo mensaje que llamamos Evangelio» (Pablo VI, Audiencia general 3-4-1968 frit). «El mensaje de Cristo, de generación en generación, nos ha llegado a través de una cadena de testimonios, de la que Nos formamos un eslabón como sucesor de Pedro, a quien el Señor confió el carisma de la fe sin error» (Pablo VI, Homilía 20-9-1964 it). «Junto a la infalibilidad de las definiciones “ex cáthedra”, existe el carisma de asistencia del Espíritu Santo concedido a Pedro y a sus sucesores para que no cometan errores en materia de fe y de moral y para que así iluminen bien al pueblo cristiano» (Juan Pablo II, Audiencia general 24-3-1993 spit). «Al escogerme como Obispo de Roma, el Señor ha querido que sea su Vicario, ha querido que sea la “piedra” en la que todos puedan apoyarse con seguridad» (Benedicto XVI, Homilía en la capilla Sixtina 20-4-2005 gespfrenitltpo).

LOS ENLACES A LA NUEVA VULGATA.– «Esta edición de la Neo-Vulgata puede servir también (además de especialmente para la liturgia) para que la tengan en cuenta las versiones en lengua vulgar que se destinan a uso litúrgico y pastoral, y (…) como base segura para los estudios bíblicos» (Juan Pablo II, Constitución apostólica Scripturarum thesaurus 25-4-1979 gespfrenltpo). «La palabra sagrada debe presentarse lo más posible tal como es, incluso en lo que tiene de extraño y con los interrogantes que comporta» (Benedicto XVI, Carta al presidente de la C.E. Alemana sobre un cambio en las palabras de la Consagración 14-4-2012 gespfrenitplpo).

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Fray Gregorio OCD

Nací en El Arenal (Ávila) en 1954, cuando en toda la Iglesia se celebraba
con gozo el «Año Mariano» decretado por Pío XII. Profesé en el Carmelo
Descalzo en 1975, y estudié filosofía y teología en Salamanca. Gracias a
Dios, me fiaba totalmente del Papa, y me confirmaban en ello las
afirmaciones que leía de los Papas sobre su insustituible misión. Y en 2007
comencé a enviar por correo electrónico la homilía del Papa correspondiente
a cada domingo y fiesta.

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