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Santa Teresita del Niño Jesús convierte a un gran pecador

Santa Teresita del Niño Jesús convierte a un gran pecador

Santa Teresita del Niño Jesús no es la santa infantil y un poco simple que con frecuencia aparece en algunas estampas, santorales y almanaques piadosos. Todo lo contrario fue una mujer fuerte en sentido bíblico, quien a pesar de morir a los 24 años, llevó una vida marcada por intensos sufrimientos y pruebas desde muy niña. Leer sus manuscritos autobiográficos (Historia de un alma) es adentrarse en su mundo personal lleno de vitalidad, sinceridad,   en donde la experiencia religiosa y evangélica alcanza la cumbre de la experiencia mística con sus noches oscuras tal como las plasmó San Juan de la Cruz en sus obras más genuinas Subida al Monte Carmelo, Cántico Espiritual, Llama de Amor Viva.

Uno de los episodios más impactantes se encuentra en el Capítulo titulado GRACIA DE NAVIDAD. Se debe precisar que Santa Teresita es una de las grandes escritoras de la Lengua Francesa. Su escritura seduce por su espontaneidad y sinceridad, muy femeninas. En ella se puede ver su capacidad para la introspección; riqueza léxica es notable así como su precisión lingüística. Como ejemplo de esta prosa se puede ver en su narración de la conversión del criminal Pranzini, condenado a la pena de muerte por triple asesinato en la noche del 16 al 17 de marzo de 1887. Su proceso se inició el 9 de julio terminó el 13 y fue ejecutado el 31 de agosto. Este crimen conmocionó a la sociedad francesa. Santa Teresita experimentó una gracia muy especial la Noche de Navidad, que ella narra así:

“Fue el el 25 de diciembre cuando recibí la gracia de mi salida de la infancia, en una palabra de mi completa conversión. Volvíamos de la Misa de Gallo donde ya había tenido La dicha de recibir al Dios fuerte y poderoso (describe con entrañable emoción el ambiente navideño de aquel dulce hogar con su padres y sus hermanas)

“(…) En esta noche de luz comienza la tercera fase de mi vida, la más bella de todas, la más llena de gracias del Cielo. En un instante, lo que no había podido conseguir en 10 años, Jesús contento con mi buena voluntad que nunca me había faltado, me dio la gracia de la conversión. (…). Un domingo contemplando una estampa de Nuestro Señor en la Cruz, fui impactada por la sangre que caía de una de sus manos divinas, y sentí una gran pena pensando que aquella sangre sin que nadie la recogiera (….) el grito de Jesús desde la Cruz: “Tengo sed”, resonó también en mi corazón. Deseaba dar de beber a mi Bien Amado y me sentía a mí misma como devorada por la salvación de las almas. En este momento no pensaba en las almas de los sacerdotes, sino en las de los grandes pecadores, deseaba arrancarlos de las llamas eternas. Con el fin de aumentar mi celo el Buen Dios me mostró que mis deseos le agradaban.

Había oído hablar de un gran criminal que iba a ser condenado por crímenes horribles. Todo hacía pensar que moriría sin arrepentimiento, quería evitar a toda costa su caída en el infierno, con el fin de evitarlo empleaba todos los medios imaginables: sabiendo que yo por misma nada podía, ofrecía al buen Dios los méritos infinitos de Nuestro Señor, los tesoros de la Santa Iglesia; además solicité a Celina que mandara celebrar una misa por mis intenciones, no osando por mí misma por temer estar obligada a avanzar, que era por Prandizi, el  gran criminal. No quería decir nada a Celina, pero ella me hizo tan tiernas y tan apremiantes preguntas, que yo le confié mi secreto, ello no se extrañó de mi propuesta, sino que me prometió ayudarme en la conversión del gran pecador, lo que acepté con agradecimiento, pues hubiera querido que todas las criaturas se unieran para implorar la gracia para el culpable. Sentía en lo más profundo de mi corazón la certeza de que nuestros deseos se cumplirían. Dije al Buen Dios que estaría segura que el perdonaría al pobre malhechor Prandizi, yo misma creería que aunque no se confesara y no diera ninguna señal de arrepentimiento, tenía tanta confianza en la misericordia infinita de Jesús, que yo le pedía solamente “un signo” para mi consolación (…) mi plegaria fue escuchada exactamente. A pesar de que mi padre nos había prohibido leer los periódicos, yo no creía desobedecerle leyendo las noticias que informaban sobre el caso de Pranzini. Al día siguiente de su ejecución tomo en mis manos el diario La Croix, lo abro apresuradamente y ¿Qué leo? -Oh mis lágrimas traicionaron mis emociones y me vi obligada a esconderme. Pranzini no se había confesado, subió al patíbulo y se aprestó a colocar su cabeza en el lóbrego agujero, cuando todo estaba a punto, movido por una súbita inspiración abraza un crucifico que le presenta el sacerdote y besa por tres veces las sagradas llagas. Después su alma va a recibir la sentencia misericordiosa de que Aquel que afirma, en el Cielo habrá más alegría por un solo pecador que se convierta y que haga penitencia que por 99 justos que no necesitan penitencia. Yo había obtenido la señal solicitada y esta señal era la reproducción fiel de las gracias que Jesús me había otorgado para salvar con la plegaria a los pecadores”

Fidel García Martínez

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Fidel García Martínez

Catedrático Lengua Literatura, Doctor Filología Románica, Licenciado en Ciencias Eclesiásticas . Tesis Doctoral sobre San Juan de la Cruz (Prosa Retórica) Tesis de Licenciatura (Santa Teresa) Premio investigación "María Zambrano (MEC) Colaborador prensa de Asturias y en otros diarios nacionales digitales. Revista brasileña (Hispanista) Participante en los Cursos de Verano de La Granda (Avilés)
Secretario Ateneo Jovellanos de Gijón. Ex-Concejal de Ayuntamiento de Avilés

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