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Opinión

Santa Teresa y la historia del cura hechizado, por Fidel García Martínez

Santa Teresa y la historia del cura hechizado, por Fidel García Martínez

En el capítulo V del Libro de Vida narra Santa Teresa un episodio de hechicería del que era víctima un ministro del altar seducido por una mujer.

Santa Teresa lo cuenta con su peculiar estilo tan personal como verdadero. Para ella lo importante no es recrearse en la situación de perdición en que vivía el ministro sagrado, despersonalizado y humillado por las artes malvadas y perversas de la mujer, sino alabar la misericordia de Dios que se sirvió de ella para volver al buen redil al pastor en estado espiritual de perdición y condenación.Ella estaba sufriendo penosas enfermedades, desde su entrada en el convento de la Encarnación, motivadas por el cambio de régimen alimenticio y por su generosidad en la vida religiosa de oración y mortificación. Su padre, al verla en aquel estado lamentable, la llevó a casa de una hermana de Teresa, que vivía en Castellanos de la Cañada, para que mediante el reposo y alimentación adecuada recuperase su delicado estado de salud.

En el pueblo próximo de Becedas fue tratada por una curandera, cuyos remedios no sólo no le hicieron ningún efecto positivo, sino que la empeoraron en su salud. Con su habitual exageración, escribe, cuando se trata de culparse a sí misma y disculpar los demás: “Aquí comenzó el demonio a descomponer mi alma, aunque Dios sacó de ella harto bien”. La causa de esto está relacionada con la superstición y la hechicería, pues comenzó a tratar, en Becedas, con una persona de la Iglesia, de buena calidad y entendimiento, pero de no muchas letras. Esta ausencia de conocimientos teológicos y morales en los ministros del altar, dejó a la Santa en un estado de malestar, porque los malos letrados siempre la habían turbado.

Después de una breve digresión sobre la importancia de las letras en los confesores y directores espirituales para guiar a las a los fieles en los caminos de la vida moral y espiritual, entra de lleno en el caso del cura seducido. Escribe: “Pues comenzándome a confesar con éste que digo, él se aficionó en extremo a mí. No fue la afición de éste mala; más demasiada afición venía a no ser buena”. La intimidad fue creciendo y la misma personalidad de la Santa, abierta y alegre; su sincera entrega a una vida espiritual intensa y su juventud (que la Santa describe como (era tan niña), fueron provocando en el sacerdote una especie de molestar y desorientación, al comparar su lastimoso estado moral, con la frescura y delicadeza de la joven monja con quien trataba y a quien confesaba. El sacerdote descarriado había sido vencido por la joven monja y empezó a confesarle su estado pecaminoso. Escribe la Santa; “Y no era poca cosa su perdición, porque había casi siete años que estaba en muy peligroso estado con afición y trato con una mujer del mismo lugar. Era cosa pública y con esto decía misa.”

La mujer, que hechizó al sacerdote del lugar del que habla Santa Teresa, tenía todo el perfil psicológico y moral que caracterizaba a estas mujeres hechiceras, quienes según los testimonios de la época era muy numerosas. En la literatura de la época se trataba este problema con especial realismo. En obras como La Celestina de Fernando De Rojas,  Novelas ejemplares de Cervantes, incluso en el mismo Quijote aparecen personajes, especialmente masculinos, seducidos por hechiceras, magas y brujas. La hechicera, tal como la presenta Santa Teresa en el caso que narra en la capítulo Vº de la Vida posee unas peculiaridades específicas: una mujer capaz de dominar su entorno, manipular a las personas para producir los efectos deseados, como acontece en este caso perjudicar al sacerdote para someterlo a sus caprichos sexuales. Es decir la mujer utiliza astucias como la superstición.   Santa Teresa describe así el hechizo: Procuré saber e informarme más de las personas de su casa (del cura). Supe más la perdición y vi que el pobre no tenía tanto culpa; porque la desventurada de la mujer le tenía puestos hechizos en un idolillo de cobre que le había rogado él, trajese por amor de ella al cuello, y éste nadie había sido poderoso de podérselo quitar”.

Gracias a la mano izquierda de la Santa, a su capacidad de persuasión y a sus oraciones el cura se libró de la mujer que lo tenía alienado; cuando la Santa logró que le entregase el idolillo, ella hizo tirar al río. El efecto fue inmediato: el cura dejó de ver a la que era causa de su perdición y escribe la Santa: el sacerdote no se hartaba de dar gracias a Dios por haberle dado luz. Al cabo de un año murió muy bien y muy quitado de aquella ocasión. Parece quiso el Señor que por estos medios se salvase.

Fidel García Martínez



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