Opinión

Santa Teresa nunca fue clandestina, por Fidel García Martínez

Santa Teresa nunca fue clandestina, por Fidel García Martínez

Amparándose en  lo que  el  autor llama sus experiencias,  sus análisis y su teorización sobre un método para el diagnóstico y seguimiento de la depresión, abordada desde una innovadora perspectiva tetradimensional, el psiquíatra y psicohistoriador Francisco Alonso Fernández ofrece una visión de la Santa abulense en su último libro Historia personal de la monja Teresa de Jesús tan inverosímil como esperpéntica, en un léxico tan incomprensible como próximo a una jerga profesional ininteligible para los no iniciados en el oscuro mundo del inconsciente, del subconsciente del yo o del super-yo (…

 El autor de este extraño trabajo sobre la personalidad da Santa Teresa parte de algo tan inverificable en su vida como que toda la personalidad de la autora de  Camino de Perfección está en una represión desde su más tierna infancia de la condición de la ascendencia judía de su familia. No conforme con esto, se afirma en la obra de marras, que  en esta ocultación de su procedencia estaría la razón de ser de su escritura y el principio creativo de la misma. Siguiendo con sus desprósitos, el autor llega afirmar que el sambenito  con que fue condenado su abuelo por judaizar, provocó en ella un pavor  al infierno que la impulso a tomar los hábitos siendo prácticamente una adolescente, que estarían en la base de lo que llama depresión y síntomas histéricos. Solo con estos dos infundios  el libro está  descalificado por algo tan elemental  como que la Santa,  de ninguna de las maneras quería ser monja, porque como dice ella misma era enemiguísima de serlo, por el contario le gustaba más perfumarse y  traer galas,  estar con sus primas y primos, y leer libros de caballerías  durante mucho tiempo del día y de la noche a escondidas de su padre. El otro infundio es su carácter depresivo, algo completamente sin fundamentos  pues si algo molestaba a  Santa Teresa era el humor negro o melancolía,  como se demuestra por la oposición radical a la pretensiones de la Princesa de Éboli de ser monja carmelita, o los avisos que da a  los superiores de su conventos para na dar el hábito a ninguna que padeciese esa melancolía u humor negro (hoy depresión). Basta con leer los capítulos de Las Fundaciones dedicados a esa problemática. Pero  lo que más hiere a la personalidad de la Santa: toda armonía, alegría, buen humor, profundo realismo, su lucha por la libertad espiritual   de sus hijas, trato con toda clase de personas desde las más encumbrada nobleza y clero,  hasta las más humildes arrieros, campesinos, albañiles comerciantes, mercaderes  como se puede deducir de   sus maravillosas cartas, tan sensatas y equilibradas, como no se  lee en ninguna de ellas las atrevidas conclusiones que el autor deja entrever, además son el más contundente mentís a todas las acusaciones de Francisco Alonso Fernández,  cuando  sostiene algo tan ridículo como  panfletario, como que la frustración derivada de su insatisfacción  vocacional sufrida intramuros del convento se sublima en ella en una nueva fase psíquica en la cual comienza a experimentar un conjunto de fantasías sacras, no desprovistas de ribetes eróticos, mediante las cuales surge en ella un universo en el cual cree mantener relación directa con la divinidad, con manifestaciones extáticas y arrobamientos (…)

Ante tanto atrevimiento y osadía se debe decir que el autor de este libro o no ha leído a Santa Terea, o no la ha entendido o ha manipulado su persona y su obra según sus prejuicios psiquiátrico-psicológicos sin más fundamento que la fantasía iconoclasta del autor. Se ha pasado últimamente de la hagiografía milagrosa a la historiografía materialista y arreligiosa.

Fidel García Martínez, Catedrático Lengua Literatura, Doctor Filología, Licenciado en Ciencias Religiosas.

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