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Santa Teresa de Jesús, una lectora precoz

Teresa de Cepeda y Ahumada, desde bien niña, sabía leer y escribir. Este hecho tiene una gran significación social, cultural y religiosa para poder contar hoy el gran legado literario de la santa abulense. El acceso generalizado a la cultura, ideal tan deseado por los humanistas, todavía no había llegado a la Castilla del XVI, y menos aún a las mujeres [1]. Teresa, sin embargo, tuvo la suerte de pertenecer a una clase social, la de hidalgos y mercaderes, que tradicionalmente tenían un más fácil acceso a la primera educación y a la cultura. La mayoría de mujeres de su época no sabía leer [2], sin embargo, su madre sí, y era muy aficionada a los libros. Fue en casa donde Teresa se inició con la lectura, que, al principio, consistía en leer oraciones en voz alta delante de todos. En los primeros años de su adolescencia, dedica muchas horas del día ¡y de la noche! a leer libros de caballerías, la mayoría de las veces a escondidas de su padre [3]. Aunque no le aportaran ningún bagaje religioso, sí le dejaron un gran poso en su acervo cultural y una gran avidez lectora.

Pero todo cambia en 1559, cuando se publica el Indice de los libros prohibidos del inquisidor general Fernando de Valdés. Ya desde 1556, año de su “segunda conversión”, Teresa viene notando un cambio en su vida “lectora”: la experiencia mística ha atenuado su deseo —y necesidad— de leer. Su ‘cultura religiosa’ dependerá más de la inspiración que de la lectura. Ella misma lo corrobora en dos significativos textos:

«Cuando se quitaron muchos libros de romance, yo lo sentí mucho […] Me dijo el Señor: no tengas pena, que yo te daré libro vivo. Yo no podía entender por qué se me había dicho esto, porque aún no tenía visiones; después, desde a bien pocos días, lo entendí muy bien, porque he tenido tanto en qué pensar y recogerme en lo que veía presente […] que muy poca o casi ninguna necesidad he tenido de libros» (Vida 26, 6) [4].

«Y no os podrán quitar libro, que no os quede tan buen libro, que si sois estudiosas con humildad, no habéis menester otra cosa. Siempre yo he sido aficionada y me han recogido más las palabras de los Evangelios que sé salieron por aquella sacratísima boca, así como las decía, que libros muy concertados; en especial, si no era el autor muy aprobado, no los había gana de leer. Allegada a este Maestro de toda la sabiduría, quizá me enseñará alguna consideracioncita que os contente» (Camino de Perfección 35, 4).

Sabemos –ella misma nos lo cuenta- que en su infancia leyó algunos libros de devoción, la Leyenda aurea y otros libros espirituales (Vida, 1 y 5). En su adolescencia y juventud, con el permiso de su madre ¡y el disgusto de su padre!, leyó muchos Libros de Caballerías (Vida 2, 1). En torno a los diecisiete años leyó «buenos libros de romance» (Vida 3, 4). Su vocación religiosa la decide con la ayuda de la lectura de «buenos libros (Vida 3, 7). Durante su estancia en Hortigosa y Castellanos de la Cañada, escribe que le «gustaba en leer buenos libros, que era toda mi recreación» (Vida 4, 8). Algunos le marcaron el destino de su vida: las Vidas de santos en su infancia, para alimentar el deseo de la vida eterna (Vida 1, 5); los Morales sobre Job de san Gregorio Magno, para ejercitar la paciencia en las enfermedades de la primera juventud (Vida 5, 8); las Epístolas de san Jerónimo, para decidirse por la vida en clausura (Vida 3, 7); el Tercer Abecedario de Francisco de Osu­na, para iniciarse en la oración de recogimiento (Vida 4, 7); las Con­fesiones de san Agustín, para encontrarse con un Cristo «muy llagado» (Vida 9, 7); la Subida del monte Sión de Bernardino de Laredo, para iluminar su espíritu y a descubrir las señales de la oración de unión, que se manifiesta en «no pensar nada» (Vida 23, 12).

Ya en La Encarnación y durante su vida de carmelita descalza (1562-1582), leyó muchos. Ella cita algunos expresamente: el Arte de servir a Dios, del franciscano Fray Alonso de Madrid, que acon­seja en los primeros grados de la vida espiritual (Vida 12, 2); la Vita Christi, de Ludulfo de Sajonia, conocido con el nombre de «el Cartujano» (Vida 38, 9) y las Collationes, de Casiano (Vida 19,13). Probablemente leyó el Flos Sanctorum y las Vitae Patrum, porque en algunas ocasiones refiere hechos fabulosos o curiosos de la vida de los santos [5] allí narrados. Y cita también los libros de san Pedro de Alcántara y de Fr. Luis de Granada sobre la oración [6].

En las mismas Constituciones, Teresa de Jesús manda leer a sus monjas el Contemptus mundi (o Imitación de Cristo), de Tomás de Kempis, y el Oratorio de religiosos de Antonio de Guevara (1, 13), claro indicio que los conocía.

En su formación de carmelita influyen grandemente las Constituciones y la Regla de la Orden del Carmen, y quizá pudo leer las tradiciones de la Orden De institutione primorum monachorum, atribuido en su tiempo al patriarca de Jerusalén Juan XLIV, donde leyó descrita la vida eremítica de los orígenes de la Orden. Otros libros que han dejado resonancias en sus obras son la Leyenda mayor de san Francisco y santa Clara, el Tratado sobre la vida espiritual, de san Vicente Ferrer, los Soliloquios del Pseudo-Agustín, el Via Spiritus, del franciscano Bernabé de Palma y algunas obras de santo Tomás de Villanueva y de otros que desconocemos, que con seguridad le servirían como alimento para su meditación y como luz en la formación de su doctrina espiritual.

Aunque muchos libros le influyeron, sin embargo, el que más ha influido en Teresa es la Sagrada Escritura, mucho más de lo que pueden indicar las referencias explícitas o implícitas que aparecen en sus obras. El alma de la Escritura es lo que palpita en casi todos los textos teresianos, a los que ella accede por sintonía espiritual, más que por estudios académicos, de los que carecía. La santa abulense pudo tener acceso a algunos textos bíblicos en el Breviario, “intuyendo” más que entendiendo su sentido en un latín que no conocía, o algunas citas de los Evangelios y Epístolas de san Pablo, publicados en lengua vulgar, antes de que los prohibiese el inquisidor Fernando de Valdés. Era frecuente también en la época memorizar algunas citas bíblicas que oía en los sermones o pláticas de los predicadores y confesores.

NOTAS
[1] “Los libros de caballerías fueron la lectura preferida de Teresa adolescente, en torno a los 13/14 años”: T. Álvarez, Diccionario de santa Teresa de Jesús, Burgos 2004, Monte Carmelo, p. 412. Para conocer mejor esta faceta de la santa en tanto que lectora: cf. M. Bataillon, “Santa Teresa, lectora de libros de caballerías” en Varia lección de Clásicos Españoles, Madrid 1964, Gredos, pp. 21-23 y J. Pérez, “La cultura de Santa Teresa” en Teresa de Ávila y la España de su tiempo, Madrid 2007, Algaba, pp. 191-225.
[2] “En el siglo XVI solo un veinte por ciento de la población sabe leer; sin embargo, la imprenta empieza a ser ya un vehículo esencial de trasmisión de la cultura en la primera mitad del siglo”: R. Navarro Duran, «La palabra de Teresa de Jesús y su Camino de Perfeccion» en Teresa de Jesús. La prueba de mi verdad, (Catálogo de la exposición. Biblioteca Nacional, 12 de marzo-31 de mayo de 2015) Madrid 2015, 31.
[3] Cf. L. E. Rodríguez San Pedro-Bezares, «Libros y lecturas para el hogar de don Alonso Sánchez de Cepeda» en Salmanticensis 34 (1987), 169-188.
[4] Probablemente entre los libros prohibidos que mermaron la biblioteca de la Encarnación o la privada de Teresa, se encontraran las traducciones de libros de la Biblia: el Salterio, los Proverbios, las cartas de san Pablo o el Nuevo Testamento en romance. Y de los espirituales contemporáneos: el Audi Filia de san Juan de Ávila, el Catecismo de Carranza, el Flos Sanctorum y las Vitae Patrum en romance. Las obras de Fray Luis de Granada y de san Francisco de Borja. Cf. «Indice de Libros Prohibidos» en T. Álvarez Fernández, Diccionario de santa Teresa de Jesús, Burgos 2004, Monte Carmelo, 957.
[5] Cf. Vida 22, 7; Camino 27, 6; 19, 4.
[6] Constituciones 1, 13; 4 Moradas 3, 4; Vida 19,1.

Por Juan Carlos Mateos
Director del Secretariado de la Comisión Episcopal para el Clero y Seminarios



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