Santa Teresa de Jesús. Libro de las Fundaciones (Capítulo 31)
Rincón Litúrgico

Santa Teresa de Jesús. Libro de las Fundaciones (Capítulo 31)

 Revisión del texto, notas y comentario: Tomás Álvarez, O.C.D.

Trabajo realizado por Fr. Gregorio Cortázar Vinueva

 
CAPÍTULO 31 (1)[1]

Comiénzase a tratar en este capítulo de la fundación del glorioso San José de Santa Ana en la ciudad de Burgos. Díjose la primera misa a 8 días del mes de abril, octava de Pascua de Resurrección, año de 1582.

1. Había más de seis años que algunas personas de mucha religión de la Compañía de Jesús, antiguas y de letras y espíritu, me decían que se serviría mucho nuestro Señor de que una casa de esta sagrada Religión estuviese en Burgos, dándome algunas razones para ello que me movían a desearlo. Con los muchos trabajos de la Orden y otras fundaciones, no había habido lugar de procurarlo.

2. El año de 1580, estando yo en Valladolid pasó por allí el Arzobispo de Burgos (2)[2], que habían dádole entonces el obispado, que lo era antes de Canaria y venía entonces. Supliqué al obispo de Palencia, don Álvaro de Mendoza (de quien ya he dicho lo mucho que favorece esta Orden, porque fue el primero que admitió el monasterio de San José de Ávila, siendo allí Obispo, y siempre después nos ha hecho mucha merced y toma las cosas de esta Orden como propias, en especial las que yo le suplico), y muy de buena gana dijo se la pediría (3)[3]; porque como le parece se sirve nuestro Señor en estas casas, gusta mucho cuando alguna se funda.

 

3. No quiso entrar el Arzobispo en Valladolid, sino posó en el monasterio de San Jerónimo, adonde le hizo mucha fiesta el obispo de Palencia, y se fue a comer con él y a darle un cinto o no sé qué ceremonia, que lo había de hacer Obispo (4)[4]. Allí le pidió la licencia para que yo fundase el monasterio. Él dijo la daría muy de buena gana; porque aun había querido en Canaria y deseado procurar tener un monasterio de éstos, porque él conocía lo que se servía en ellos nuestro Señor, porque era de donde había uno de ellos y a mí me conocía mucho. Así me dijo el Obispo por la licencia no quedase, que él se había holgado mucho de ello; y como no trata el Concilio que se dé por escrito sino que sea con su voluntad esto, se podía tener por dada (5)[5].

 

4. En la fundación pasada de Palencia dejo dicho la gran contradicción que tenía de fundar por este tiempo, por haber estado con una gran enfermedad, que pensaron no viviera, y aún no estaba convalecida (6)[6]; aunque esto no me suele a mí caer tanto en lo que veo que es servicio de Dios, y así no entiendo la causa de tanta desgana como yo entonces tenía. Porque si es por poca posibilidad, menos había tenido en otras fundaciones. A mí paréceme era el demonio, después que he visto lo que ha sucedido, y así ha sido ordinario que cada vez que ha de haber trabajo en alguna fundación, como nuestro Señor me conoce por tan miserable, siempre me ayuda con palabras y con obras. He pensado algunas veces cómo en algunas fundaciones que no los ha habido, no me advierte Su Majestad de nada. Así ha sido en esto; que, como sabía lo que se había de pasar, desde luego me comenzó a dar aliento. Sea por todo alabado. Así fue aquí, como dejo ya dicho en la fundación de Palencia, que juntamente se trataba (7)[7], que con una manera de reprensión me dijo que de qué temía, que cuándo me había faltado. El mismo soy; no dejes de hacer estas dos fundaciones. Porque queda dicho en la pasada el ánimo con que me dejaron estas palabras, no hay para qué lo tornar a decir aquí, porque luego se me quitó toda la pereza. Por donde parece no era la causa la enfermedad ni la vejez. Así comencé a tratar de lo uno y de lo otro, como queda dicho.

 

5. Pareció que era mejor hacer primero lo de Palencia, como estaba más cerca y por ser el tiempo tan recio y Burgos tan frío, y por dar contento al buen obispo de Palencia. Y así se hizo como queda dicho. Y como estando allí se ofreció la fundación de Soria, pareció, pues allí se estaba todo hecho, que era mejor ir primero y desde allí a Soria.

 

Pareciole al obispo de Palencia, y yo se lo supliqué, que era bien dar cuenta al Arzobispo de lo que pasaba, y envió desde allí, después de ida yo a Soria, a un canónigo al Arzobispo, no a otra cosa, llamado Juan Alonso. Y escribiome a mí lo que deseaba mi ida con mucho amor y trató con el canónigo, y escribió a Su Señoría, remitiéndose a él, y que lo que hacía era porque conocía a Burgos, que era menester entrar con su consentimiento.

 

6. En fin, la resolución que yo fuese allá y se tratase primero con la ciudad, y que si no diesen licencia, que no le habían de tener las manos para que él no me la diese, y que él se había hallado en el primer monasterio de Ávila, que se acordaba del gran alboroto y contradicción que había habido; y que así quería prevenir acá, que no convenía hacerse monasterio si no era de renta o con consentimiento de la ciudad, que no me estaba bien, que por esto lo decía.

 

7. El Obispo túvolo por hecho, y con razón, en decir que yo fuese allá, y enviome a decir que fuese. Mas a mí me pareció entender alguna falta de ánimo en el Arzobispo, y escribile agradeciendo la merced que me hacía; mas que me parecía ser peor no lo queriendo la ciudad, que ello sin decírselo (8)[8], y ponerle a Su Señoría en más contienda (parece adiviné lo poco que tuviera en él si hubiera alguna contradicción), que yo la procuraría; y aún túvelo por dificultoso por las contrarias opiniones que suele haber en cosas semejantes; y escribí al obispo de Palencia, suplicándole que pues ya había tan poco de verano y mis enfermedades eran tantas para estar en tierra tan fría, que se quedase por entonces. No puse duda en cosa del Arzobispo, porque él estaba ya desabrido de que ponía inconvenientes, habiéndole mostrado tanta voluntad, y por no poner alguna discordia, que son amigos; y así me fui desde Soria a Ávila, bien descuidada por entonces de venir tan presto, y fue harto necesaria mi ida a aquella (9)[9] casa de San José de Ávila para algunas cosas.

 

8. Había en esta ciudad de Burgos una santa viuda, llamada Catalina de Tolosa, natural de Vizcaya, que en decir sus virtudes me pudiera alargar mucho, así de penitencia como de oración, de grandes limosnas y caridad, de muy buen entendimiento y valor. Había metido dos hijas monjas en el monasterio de nuestra Orden de la Concepción, que está en Valladolid, creo había cuatro años, y en Palencia metió otras dos, que estuvo aguardando a que se fundase, y antes que yo me fuese de aquella fundación las llevó (10)[10].

 

9. Todas cuatro han salido como criadas de tal madre, que no parecen sino ángeles. Dábales buenos dotes y todas las cosas muy cumplidas, porque lo es ella mucho. Todo lo que hace, muy cabal, y puédelo hacer, porque es rica. Cuando fue a Palencia, teníamos por tan cierta la licencia del Arzobispo, que no parecía había en qué reparar. Y así la rogué me buscase una casa alquilada para tomar la posesión e hiciese unas redes (11)[11] y tornos y lo pusiese a mi cuenta, no pasándome por pensamiento que ella gastase nada, sino que me lo prestase. Ella lo deseaba tanto, que sintió en gran manera que se quedase por entonces. Y así, después de ida yo a Ávila –como he dicho– (12)[12] bien descuidada de tratar de ello por entonces, ella no lo quedó, sino pareciéndole no estaba en más de tener licencia de la ciudad, sin decirme nada, comenzó a procurarla.

 

10. Tenía ella dos vecinas, personas principales y muy siervas de Dios, que lo deseaban mucho, madre e hija. La madre se llamaba doña María Manrique. Tenía un hijo regidor, llamado don Alonso de Santo Domingo Manrique (13)[13]. La hija se llamaba doña Catalina. Entrambas lo trataron con él para que lo pidiese en el Ayuntamiento, el cual habló a Catalina de Tolosa diciendo que qué fundamento diría que teníamos, porque no la darían sin alguno. Ella dijo que se obligaría, y así lo hizo, de darnos casa si nos faltase, y de comer; y con esto dio una petición firmada de su nombre. Don Alonso se dio tan buena maña, que la alcanzó de todos los regidores y el Arzobispo, y llevole la licencia por escrito. Ella luego después de comenzado a tratar, me escribió que lo andaba negociando. Yo lo tuve (14)[14] por cosa de burla, porque sé cuán mal admiten monasterios pobres, y como no sabía ni me pasaba por pensamiento que ella se obligaba a lo que hizo, pareciome era mucho más menester.

 

11. Con todo, estando un día de la octava de San Martín (15)[15] encomendándolo a nuestro Señor, pensé que se podía hacer si la diese. Porque ir yo a Burgos con tantas enfermedades, que les son los fríos muy contrarios, siendo tan frío, pareciome que no se sufría, que era temeridad andar tan largo camino, acabada casi de venir de tan áspero –como he dicho– (16)[16] en la venida de Soria, ni el padre Provincial me dejaría. Consideraba que iría bien la Priora de Palencia (17)[17], que estando llano todo, no había ya que hacer.

 

Estando pensando esto y muy determinada a no ir, díceme el Señor estas palabras, por donde vi que era ya dada la licencia: No hagas caso de esos fríos, que Yo soy la verdadera calor. El demonio pone todas sus fuerzas por impedir aquella fundación. Ponlas tú de mi parte por que se haga, y no dejes de ir en persona, que se hará gran provecho (18)[18].

 

12. Con esto torné a mudar parecer, aunque el natural en cosas de trabajo algunas veces repugna, mas no la determinación de padecer por este gran Dios. Y así le digo que no haga caso de estos sentimientos de mi flaqueza para mandarme lo que fuere servido, que, con su favor, no lo dejaré de hacer.

 

Hacía entonces nieves y fríos. Lo que me acobarda más es la poca salud, que, a tenerla, todo no me parece que se me haría nada. Esta me ha fatigado en esta fundación muy ordinario. El frío ha sido tan poco, al menos el que yo he sentido, que con verdad me parece sentía tanto cuando estaba en Toledo. Bien ha cumplido el Señor su palabra de lo que en esto dijo.

 

13. Pocos días tardaron en traerme la licencia con cartas de Catalina de Tolosa y su amiga doña Catalina (19)[19], dando gran prisa, porque temían no hubiese algún desmán, porque habían a la sazón venido allí a fundar la Orden de los victorinos (20)[20], y la de los calzados del Carmen había mucho que estaban allí procurando fundar; después vinieron los basilios; que era harto impedimento, y cosa para considerar habernos juntado tantos en un tiempo, y también para alabar a nuestro Señor de la gran caridad de este lugar, que les dio licencia la ciudad muy de buena gana, con no estar con la prosperidad que solían. Siempre había yo oído loar la caridad de esta ciudad, mas no pensé llegaba a tanto. Unos favorecían a unos, otros a otros. Mas el Arzobispo miraba por todos los inconvenientes que podía haber y lo defendía (21)[21], pareciéndole era hacer agravio a las Ordenes de pobreza, que no se podrían mantener; y quizá acudían a él los mismos, o lo inventaba el demonio para quitar el gran bien que hace Dios adonde trae muchos monasterios, porque poderoso es para mantener los muchos como los pocos.

 

14. Pues, con esta ocasión, era tanta la prisa que me daban esta santas mujeres, que, a mi querer, luego me partiera, si no tuviera negocios que hacer. Porque miraba yo cuán más obligada estaba a que no se perdiese coyuntura por mí, que a las que veía poner tanta diligencia.

 

En las palabras que había entendido, daban a entender contradicción mucha. Yo no podía saber de quién ni por dónde; porque ya Catalina de Tolosa me había escrito que tenía cierta la casa en que vivía para tomar la posesión; la ciudad llana; el Arzobispo también. No podía entender de quién había de ser esta contradicción que los demonios habían de poner; porque en que eran de Dios las palabras que había entendido, no dudaba.

 

15. En fin, da Su Majestad a los prelados más luz; que como lo escribí al padre Provincial en que fuese por lo que había entendido, no me lo estorbó; mas dijo que si había licencia por escrito del Arzobispo (22)[22]. Yo lo escribí así a Burgos. Dijéronme que con él se había tratado cómo se pedía a la ciudad, y lo había tenido por bien; esto y todas las palabras que había dicho en el caso; parece no había que dudar.

 

16. Quiso el padre Provincial ir con nosotras a esta fundación (23)[23]. Parte debía ser estar entonces desocupado, que había predicado el Adviento ya y había de ir a visitar a Soria, que después que se fundó no la había visto y era poco rodeo; y parte por mirar por mi salud en los caminos, por ser el tiempo tan recio y yo tan vieja y enferma, y paréceles les importa algo mi vida. Y fue, cierto, ordenación de Dios, porque los caminos estaban tales, que eran las aguas muchas, que fue bien necesario ir él y sus compañeros para mirar por dónde se iba, y ayudar a sacar los carros de los trampales. En especial desde Palencia a Burgos, que fue harto atrevimiento salir de allí cuando salimos. Verdad es que nuestro Señor me dijo que bien podíamos ir, que no temiese, que Él sería con nosotros; aunque esto no lo dije yo al padre Provincial por entonces, mas consolábame a mí en los grandes trabajos y peligros que nos vimos, en especial un paso que hay cerca de Burgos, que llaman unos pontones, y el agua había sido tanta, y lo era muchos ratos, que sobrepujaba sobre estos pontones tanto, que ni se parecían ni se veía por donde ir, sino todo agua, y de una parte y de otra está muy hondo. En fin, es gran temeridad pasar por allí, en especial con carros, que, a trastornar un poco, va todo perdido, y así el uno de ellos se vio en peligro (24)[24].

 

17. Tomamos una guía en una venta que está antes, que sabían aquel paso; mas, cierto, él es bien peligroso. Pues las posadas, como no se podían andar jornadas a causa de los malos caminos, que era muy ordinario anegarse los carros en el cieno, habían de pasar de unas bestias al otro para sacarles. Gran cosa pasaron los padres que iban allí, porque acertamos a llevar unos carreteros mozos y de poco cuidado. Ir con el padre Provincial lo aliviaba mucho, porque le tenía de todo, y una condición tan apacible, que no parece se le pega trabajo de nada; y así, lo que era mucho lo facilitaba que parecía poco, aunque no los pontones, que no se dejó de temer harto. Porque verse entrar en un mundo de agua, sin camino ni barco, con cuanto nuestro Señor me había esforzado, aún no dejé de temer: ¿qué harían mis compañeras? Íbamos ocho: dos que han de tornar conmigo, y cinco que han de quedar en Burgos: cuatro de coro y una freila (25)[25]. Aún no creo he dicho cómo se llama el padre Provincial (26)[26]. Es fray Jerónimo Gracián de la Madre de Dios, de quien ya otras veces he hecho mención. Yo iba con un mal de garganta bien apretado que me dio camino (27)[27] en llegando a Valladolid, y sin quitárseme calentura. Comer, era el dolor harto grande. Esto me hizo no gozar tanto del gusto de los sucesos de este camino. Este mal me duró hasta ahora, que es a fin de junio, aunque no tan apretado, con mucho, mas harto penoso. Todas venían contentas, porque en pasando el peligro, era recreación hablar en él. Es gran cosa padecer por obediencia, para quien tan ordinario la tienen como estas monjas.

 

18. Con este mal camino llegamos a Burgos por harta agua que hay antes de entrar en él. Quiso nuestro padre fuésemos lo primero a ver el santo Crucifijo (28)[28], para encomendarle el negocio y porque anocheciese, que era temprano cuando llegamos, que era un viernes, un día después de la conversión de San Pablo, 26 días de enero. Traíase determinado de fundar luego, y yo traía muchas cartas del canónigo Salinas (el que queda dicho en la fundación de Palencia, que no menos le cuesta ésta; es de aquí, y de personas principales) para que sus deudos favoreciesen este negocio y para otros amigos, muy encarecidamente.

 

19. Y así lo hicieron, que luego otro día me vinieron todos a ver y en ciudad (29)[29], que ellos no estaban arrepentidos de lo que habían dicho, sino que se holgaban que fuese venida, que viese en qué me podían hacer merced. Como, si algún miedo traíamos, era de la ciudad, tuvímoslo todo por llano. Aun sin que lo supiera nadie, a no llegar con un agua grandísima a la casa de la buena Catalina de Tolosa, pensamos hacerlo saber al Arzobispo, para decir la primera misa luego, como lo hago en casi las más partes; mas por esto se quedó.

 

20. Descansamos aquella noche con mucho regalo que nos hizo esta santa mujer, aunque me costó a mí trabajo; porque tenía gran lumbre para enjugar el agua, y aunque era en chimenea, me hizo tanto mal, que otro día no podía levantar la cabeza, que echada hablaba a los que venían, por una ventana de reja, que pusimos un velo; que por ser día que por fuerza había de negociar, se me hizo muy penoso.

 

21. Luego de mañana fue el padre Provincial a pedir la bendición al Ilustrísimo, que no pensamos había más que hacer. Hallole tan alterado y enojado de que me había venido sin su licencia, como si no me lo hubiera él mandado ni tratádose cosa en el negocio, y así habló al padre Provincial enojadísimo de mí. Ya que concedió que él había mandado que yo viniese, dijo que yo sola a negociarlo; mas venir con tantas monjas… ¡Dios nos libre de la pena que le dio! Decirle que negociado ya con la ciudad, como él pidió, que no había que negociar más de fundar, y que el obispo de Palencia me había dicho (que le había yo preguntado si sería bien que viniese) (30)[30] que no había para qué, que ya él decía lo que lo deseaba, aprovechaba poco. Ello había pasado así, y fue querer Dios se fundase la casa, y él mismo lo dice después; porque, a hacérselo saber llanamente, dijera que no viniéramos. Con que despidió al padre Provincial, es con que si no había renta y casa propia que en ninguna manera daría la licencia, que bien nos podíamos tornar. ¡Pues bonitos estaban los caminos y hacía el tiempo!

 

22. ¡Oh Señor mío, qué cierto es, a quien os hace algún servicio, pagar luego con un gran trabajo! ¡Y qué precio tan precioso para los que de veras os aman, si luego se nos diese a entender su valor! Mas entonces no quisiéramos esta ganancia, porque parece lo imposibilitaba todo. Que decía más: que lo que se había de tener de renta y comprar la casa, que no había de ser de lo que trajesen las monjas. Pues adonde no se traía pensamiento de esto en los tiempos de ahora, bien se daba a entender no había de haber remedio; aunque no a mí, que siempre estuve cierta que era todo para mejor y enredos que ponía el demonio para que no se hiciese, y que Dios había de salir con su obra. Vino con esto el padre Provincial muy alegre, que entonces no se turbó. Dios lo proveyó, y para que no se enojase conmigo porque no había tenido la licencia por escrito, como él decía.

 

23. Habían estado ahí conmigo de los amigos que había escrito el canónigo Salinas –como he dicho– (31)[31] y de ellos vinieron luego y sus deudos. Parecioles se pidiese licencia al Arzobispo para que nos dijesen misa en casa, por no ir por las calles. Hacían grandes lodos, y descalzas parecía inconveniente, y en la casa estaba una pieza decente, que había sido iglesia de la Compañía de Jesús luego que vinieron a Burgos, adonde estuvieron más de diez años; y con esto nos parecía no había inconveniente de tomar allí la posesión hasta tener casa. Nunca se pudo acabar con él nos dejase oír en ella misa, aunque fueron dos canónigos a suplicárselo. Lo que se acabó con él es que, tenida la renta, se fundase allí hasta comprar casa; y que para esto diésemos fiadores que se compraría y que nos saldríamos de allí. Estos hallamos luego, que los amigos del canónigo Salinas se ofrecieron a ello y Catalina de Tolosa a dar renta para que se fundase.

 

24. En qué tanto y cómo y de dónde, se debían pasar más de tres semanas, y nosotras no oyendo misa sino las fiestas muy de mañana, y yo con calentura y harto mal. Mas hízolo tan bien Catalina de Tolosa, que era tan regalada (32)[32] y con tanta voluntad nos dio a todas de comer un mes, como si fuera madre de cada una, en un cuarto que estábamos apartadas. El padre Provincial y sus compañeros posaban en casa de un su amigo, que habían sido colegiales juntos, llamado el doctor Manso, que era canónigo de púlpito (33)[33], en la iglesia mayor, harto deshecho de ver que se detenía tanto allí, y no sabía cómo nos dejar.

 

25. Pues concertados fiadores y la renta, dijo el Arzobispo se diese al Provisor, que luego se despacharía. El demonio no debía dejar de acudir a él. Después de muy mirado, que ya no pensamos que había en qué se detener y pasado casi un mes en acabar con el Arzobispo se contentase con lo que se hacía, envíame el Provisor una memoria y dice que la licencia no se dará hasta que tengamos casa propia, que ya no quería el Arzobispo fundásemos en la que estábamos, porque era húmeda, y que había mucho ruido en aquella calle; y para la seguridad de la hacienda no sé qué enredos, y otras cosas, como si entonces se comenzara el negocio, y que en esto no había más que hablar, y que la casa había de ser a contento del Arzobispo.

 

26. Mucha fue la alteración del padre Provincial cuando esto vio, y de todas. Porque para comprar sitio para un monasterio, ya se ve lo que es menester de tiempo, y él andaba deshecho de vernos salir a misa; que aunque la iglesia (34)[34] no estaba lejos y la oíamos en una capilla sin vernos nadie, para Su Reverencia y nosotras era grandísima pena lo que se había estado. Ya entonces, creo, estuvo en que nos tornásemos. Yo no lo podía llevar, cuando me acordaba que me había dicho el Señor que yo lo procurase de su parte, y teníalo por tan cierto que se había de hacer, que no me daba ninguna cosa casi pena. Sólo la tenía de la del padre Provincial, y pesábame harto de que hubiese venido con nosotras, como quien no sabía lo que nos habían de aprovechar sus amigos, como después diré. Estando en esta aflicción, y mis compañeras la tenían mucha (mas de esto no se me daba nada, sino del Provincial), sin estar en oración, me dice nuestro Señor estas palabras: Ahora, Teresa, ten fuerte. Con esto procuré con más ánimo con el padre Provincial (y Su Majestad se le debía poner a él) que se fuese y nos dejase. Porque era ya por cerca de cuaresma y había forzado de ir a predicar (35)[35].

 

27. Él y los amigos dieron orden que nos diesen unas piezas del hospital de la Concepción, que había Santísimo Sacramento allí y misa cada día. Con esto le dio algún contento. Mas no se pasó poco en dárnoslo; porque un aposento que había bueno, habíale alquilado una viuda de aquí y ella no sólo no nos le quiso prestar (con que no había de ir en medio año a él), mas pesole de que nos diesen unas piezas en lo más alto, a teja vana, y pasaba una a su cuarto; y no se contentó con que tenía llave por de fuera, sino echar clavos por de dentro. Sin esto, los cofrades pensaron nos habíamos de alzar con el hospital, cosa bien sin camino, sino que quería Dios mereciésemos más. Hácennos delante de un escribano prometer al padre Provincial y a mí que, en diciéndonos que nos saliésemos de allí, luego lo habíamos de hacer.

 

28. Esto se me hizo lo más dificultoso, porque temía la viuda, que era rica y tenía parientes, que cuando le diese el antojo nos había de hacer ir. Mas el padre Provincial, como más avisado, quiso se hiciese cuanto querían, porque nos fuésemos presto. No nos daban sino dos piezas (36)[36] y una cocina; mas tenía cargo del hospital un gran siervo de Dios, llamado Hernando de Matanza, que nos dio otras dos para locutorio y nos hacía mucha caridad, y él la tiene con todos, que hace mucho por los pobres (37)[37]. También nos la hacía Francisco de Cuevas, que tenía mucha cuenta con este hospital, que es correo mayor de aquí. Él ha hecho siempre por nosotras en cuanto se ha ofrecido.

 

29. Nombré a los bienhechores de estos principios, porque las monjas de ahora y las de por venir es razón se acuerden de ello en sus oraciones. Esto se debe más a los fundadores; y aunque el primer intento mío no fue lo fuese Catalina de Tolosa, ni me pasó por pensamiento, mereciólo su buena vida con nuestro Señor, que ordenó las cosas de suerte que no se puede negar que no lo es (38)[38]. Porque, dejado el pagar la casa, que no tuviéramos remedio, no se puede decir lo que todos estos desvíos del Arzobispo le costaban; porque en pensar si no se había de hacer, era su aflicción grandísima y jamás se cansaba de hacernos bien.

 

30. Estaba este hospital muy lejos de su casa. Casi cada día nos veía con gran voluntad y enviar todo lo que habíamos menester, con que nunca cesaban de decirle dichos; que, a no tener el ánimo que tiene, bastaban para dejarlo todo. Ver yo lo que ella pasaba, me daba a mí harta pena. Porque, aunque las más veces lo encubría, otras no lo podía disimular, en especial, cuando la tocaban en la conciencia, porque ella la tiene tan buena, que por grandes ocasiones que algunas personas le dieron, nunca la oí palabra que fuese ofensa de Dios. Decíanla que se iba al infierno, que cómo podía hacer lo que hacía teniendo hijos. Ella lo hacía todo con parecer de letrados; porque, aunque ella quisiera otra cosa, por ninguna de la tierra no consintiera yo hiciera cosa que no pudiera, aunque se dejaran de hacer mil monasterios, cuánto más uno. Mas como el medio que se trataba era secreto, no me espanto se pensase; mas ella respondía con una cordura, que la tiene mucha, y lo llevaba, que bien parecía la enseñaba Dios a tener industria para contentar a unos y sufrir a otros, y le daba ánimo para llevarlo todo. ¡Cuánto más le tienen para grandes cosas los siervos de Dios, que los de grandes linajes, si les falta esto!, aunque ella no le falta mucha limpieza en el suyo, que es muy hija de algo (39)[39].

 

31. Pues tornando a lo que trataba, como el padre Provincial nos tuvo adonde oíamos misa y con clausura, tuvo corazón para irse a Valladolid, adonde había de predicar, aunque con harta pena de no ver en el Arzobispo cosa para tener esperanza había de dar la licencia. Aunque yo siempre se la ponía, no lo podía creer. Y, cierto, había grandes ocasiones para pensarlo, que no hay para qué las decir. Y si él tenía poca, los amigos tenían menos y le ponían más mal corazón.

 

Yo quedé más aliviada de verle ido, porque –como he dicho– (40)[40] la mayor pena que tenía era la suya. Dejonos mandado se procurase casa, porque se tuviese propia, lo que era bien dificultoso, porque hasta entonces ninguna se había hallado que se pudiese comprar. Quedaron los amigos más encargados de nosotras, en especial los dos del padre Provincial (41)[41], y concertados todos de no hablar palabra al Arzobispo hasta que tuviésemos casa. El cual siempre decía que deseaba esta fundación más que nadie, y créolo, porque es tan buen cristiano que no diría sino verdad. En las obras no se parecía, porque pedía cosas al parecer imposibles para lo que nosotras podíamos. Esta era la traza que traía el demonio para que no se hiciese. Mas ¡oh Señor, cómo se ve que sois poderoso!, que de lo mismo que él buscaba para estorbarlo, sacasteis Vos cómo se hiciese mejor. Seáis por siempre bendito.

 

32. Estuvimos desde la víspera de Santo Matía, que entramos en el hospital, hasta la víspera de San José, tratando de unas y de otras casas (42)[42]. Había tantos inconvenientes, que ninguna era para comprarse de las que querían vender. Habíanme hablado de una de un caballero; ésta había días que la vendía, y con andar tantas Ordenes buscando casa, fue Dios servido que no les pareciese bien, que ahora se espantan todos y aun están bien arrepentidas algunas. A mí me habían dicho de ella unas dos personas; mas eran tantas las que decían mal, que ya, como cosa que no convenía, estaba descuidada de ella.

 

33. Estando un día con el licenciado Aguiar, que he dicho era amigo de nuestro padre (43)[43], que andaba buscando casa para nosotras con gran cuidado, diciendo cómo había visto algunas y que no se hallaba en todo el lugar ni parecía posible hallarse, a lo que me decían, me acordé de ésta que digo que teníamos ya dejada, y pensé: aunque sea tan mala como dicen, socorrámonos en esta necesidad, después se puede vender; y díjelo al licenciado Aguiar, que si quería hacerme merced de verla.

 

34. A él no le pareció mala traza. La casa no la había visto y, con hacer un día bien tempestuoso y áspero, quiso luego ir allá. Estaba un morador en ella, que había poca gana de que se vendiese y no quiso mostrársela; mas en el asiento y lo que pudo ver, le contentó mucho, y así nos determinamos de tratar de comprarla. El caballero cuya era no estaba aquí, mas tenía dado poder para venderla a un clérigo siervo de Dios, a quien Su Majestad puso deseo de vendérnosla y tratar con mucha llaneza con nosotras (44)[44].

 

35. Concertose que la fuese yo a ver. Contentome en tanto extremo, que si pidieran dos tanto más de lo que entendía nos la darían, se me hiciera barata; y no hacía mucho, porque dos años antes lo daban a su dueño y no la quiso dar. Luego otro día, vino allí el clérigo y el licenciado (45)[45], el cual, como vio con lo que se contentaba, quisiera se atara luego. Yo había dado parte a unos amigos y habíanme dicho que si lo daba que daba quinientos ducados más. Díjeselo, y él pareciole que era barata aunque diesen lo que pedía, y a mí lo mismo, que yo no me detuviera, que me parecía de balde; mas como eran dineros de la Orden, hacíaseme escrúpulo. Esta junta era víspera del glorioso padre San José, antes de misa. Yo los dije que después de misa nos tornásemos a juntar y se determinaría.

 

36. El licenciado es de muy de buen entendimiento, y veía claro que si se comenzara a divulgar, que nos había de costar mucho más, o no comprarla; y así puso mucha diligencia y tomó la palabra al clérigo tornase allí después de misa. Nosotras nos fuimos a encomendarlo a Dios, el cual me dijo: ¿En dineros te detienes?, dando a entender nos estaba bien. Las hermanas habían pedido mucho a San José que para su día tuviesen casa, y con no haber pensamiento de que la habría tan presto, se lo cumplió. Todos me importunaron se concluyese. Y así se hizo, que el licenciado se halló un escribano a la puerta (46)[46], que pareció ordenación del Señor, y vino con él, y me dijo que convenía concluirse, y trajo testigo; y cerrada la puerta de la sala, porque no supiese (47)[47] (que éste era su miedo), se concluyó la venta con toda firmeza, víspera –como he dicho– del glorioso San José, por la buena diligencia y entendimiento de este buen amigo.

 

37. Nadie pensó que se diera tan barata, y así, en comenzándose a publicar, comenzaron a salir compradores y a decir que la había quemado el clérigo que la concertó, y a decir que se deshiciese la venta porque era grande el engaño. Harto pasó el buen clérigo. Avisaron luego a los señores de la casa, que –como he dicho– (48)[48] era un caballero principal, y su mujer lo mismo, y holgáronse tanto que su casa se hiciese monasterio, que por esto lo dieron por bueno, aunque ya no podían hacer otra cosa. Luego otro día se hicieron escrituras y se pagó el tercio de la casa, todo como lo pidió el clérigo, que en algunas cosas nos agraviaban (49)[49] del concierto, y por él pasábamos por todo.

 

38. Parece cosa impertinente detenerme tanto en contar la compra de esta casa, y verdaderamente a los que miraban las cosas por menudo no les parecía menos que milagro, así en el precio tan de balde, como en haberse cegado todas las personas de religión que la habían mirado para no la tomar; y como si no hubiera estado en Burgos, se espantaban los que la veían, y los culpaban y llamaban desatinados. Y un monasterio de monjas que andaba buscando casa, y aun dos de ellos (el uno había poco que se había hecho, el otro venídose de fuera de aquí, que se les había quemado la casa) y otra persona rica que anda para hacer un monasterio y había poco que la habían mirado, y la dejó: todas están harto arrepentidas.

 

39. Era el rumor de la ciudad de manera, que vimos claro la gran razón que había tenido el buen licenciado de que fuese secreto y de la diligencia que puso; que con verdad podemos decir que, después de Dios, él nos dio la casa. Gran cosa hace un buen entendimiento para todo. Como él le tiene tan grande y le puso Dios la voluntad, acabó con él esta obra. Estuvo más de un mes ayudando y dando traza a que se acomodase bien y a poca costa. Parecía bien había guardádola nuestro Señor para sí, que casi todo parecía se hallaba hecho. Es verdad, que luego que la vi, y todo como si se hiciera para nosotras, que me parecía cosa de sueño verlo tan presto hecho. Bien nos pagó nuestro Señor lo que se había pasado en traernos a un deleite, porque de huerta y vistas y agua no parece otra cosa. Sea por siempre bendito, amén.

 

40. Luego lo supo el Arzobispo y se holgó mucho se hubiese acertado tan bien, pareciéndole que su porfía había sido la causa, y tenía gran razón. Yo le escribí que me había alegrado le hubiese contentado, que yo me daría prisa a acomodarla, para que del todo me hiciese merced. Con esto que le dije, me di prisa a pasarme, porque me avisaron que hasta acabar no sé qué escrituras nos querían tener allí. Y así, aunque no era ido un morador que estaba en la casa (50)[50], que también se pasó algo en echarle de allí, nos fuimos a un cuarto. Luego me dijeron estaba muy enojado de ello (51)[51]. Le aplaqué todo lo que pude, que como es bueno, aunque se enoja, pásasele presto. También se enojó de que supo teníamos rejas y torno, que le parecía lo quería hacer absolutamente. Yo le escribí que tal no quería, que en casa de personas recogidas había esto, que aun una cruz no había osado poner porque no pareciese esto, y así era verdad. Con toda la buena voluntad que mostraba, no había remedio de querer dar licencia.

 

41. Vino a ver la casa y contentóle mucho y mostrónos mucha gracia, mas no para darnos la licencia, aunque dio más esperanza: es que se habían de hacer no sé qué escrituras con Catalina de Tolosa. Harto miedo tenían que no la había de dar. Mas el doctor Manso, que es el otro amigo que he dicho del padre Provincial, era mucho suyo para aguardar los tiempos en acordárselo e importunarle, que le costaba mucha pena vernos andar como andábamos; que aun en esta casa, con tener capilla ella, que no servía sino para decir misa a los señores de ella, nunca quiso nos la dijesen en casa, sino que salíamos días de fiesta y domingos a oírla a una iglesia (52)[52], que fue harto bien tenerla cerca, aunque después de pasadas a ella, hasta que se fundó, pasó un mes, poco más o menos. Todos los letrados decían era causa suficiente. El Arzobispo lo es harto, que lo veía también, y así no parece era otra cosa la causa, sino querer nuestro Señor que padeciésemos, aunque yo mejor lo llevaba. Mas había monja que, en viéndose en la calle, temblaba de la pena que tenía.

 

42. Para hacer las escrituras no se pasó poco, porque ya se contentaban con fiadores, ya querían el dinero, y otras muchas importunidades. En esto no tenía tanta culpa el Arzobispo, sino un provisor que nos hizo harta guerra, que si a la sazón no le llevara Dios un camino, que quedó en otro, nunca parece se acabara (53)[53]. ¡Oh!, lo que pasó en esto Catalina de Tolosa no se puede decir. Todo lo llevaba con una paciencia que me espantaba, y no se cansaba de proveernos. Dio todo el ajuar que tuvimos menester para asentar casa, de camas y otras muchas cosas –que ella tenía casa proveída– y de todo lo que habíamos menester: no parecía que, aunque faltase en la suya, nos había de faltar nada. Otras de las que han fundado monasterios nuestros, mucha más hacienda han dado; mas que les cueste de diez partes la una de trabajo, ninguna. Y, a no tener hijos, diera todo lo que pudiera. Y deseaba tanto verlo acabado, que le parecía todo poco lo que hacía para este fin.

 

43. Yo, de que vi tanta tardanza, escribí al obispo de Palencia suplicándole tornase a escribir al Arzobispo, que estaba desabridísimo con él; porque todo lo que hacía con nosotras, lo tomaba por cosa propia; y lo que nos espantaba, que nunca al Arzobispo le pareció hacía agravio en nada. Yo le supliqué le tornase a escribir, diciéndole que, pues teníamos casa y se hacía lo que él quería, que acabase. Enviome una carta abierta para él de tal manera, que, a dársela, lo echáramos todo a perder; y así el doctor Manso, con quien yo me confesaba y aconsejaba, no quiso se la diese; porque aunque venía muy comedida, decía algunas verdades que para la condición del Arzobispo bastaba a desabrirle; que ya él lo estaba de algunas cosas que le había enviado a decir, y eran muy amigos. Y decíame a mí que como por la muerte de nuestro Señor se habían hecho amigos los que no lo eran, que por mí los había hecho a entrambos enemigos. Yo le dije que ahí vería lo que yo era. Había yo andado con particular cuidado, a mi parecer, para que no se desabriesen.

 

44. Torné a suplicar al Obispo, por las mejores razones que pude, que le escribiese otra con mucha amistad, poniéndole delante el servicio que era de Dios. Él hizo lo que le pedí, que no fue poco; mas como vio era servicio de Dios y hacer merced, que tan en un ser me las ha hecho siempre, en fin, se forzó y me escribió que todo lo que había hecho por la Orden no era nada en comparación de esta carta. En fin, ella vino de suerte, junto con la diligencia del doctor Manso, que nos la dio, y envió con ella al buen Hernando de Matanza, que no venía poco alegre. Este día estaban las hermanas harto más fatigadas que nunca habían estado, y la buena Catalina de Tolosa de manera, que no la podía consolar; que parece quiso el Señor, al tiempo que nos había de dar el contento, apretar más; que yo, que no había estado desconfiada, lo estuve la noche antes. Sea para sin fin bendito su nombre y alabado por siempre jamás, amén (54)[54].

 

45. Dio licencia al doctor Manso para que dijese otro día la misa y pusiese el Santísimo Sacramento. Dijo la primera, y el padre prior de San Pablo (55)[55] (que es de los Dominicos, a quien siempre esta Orden ha debido mucho, y a los de la Compañía también)…, él dijo la misa mayor, el padre prior, con mucha solemnidad de ministriles (56)[56], que sin llamarlos se vinieron.

 

Estaban todos los amigos muy contentos, y casi se le dio a toda la ciudad, que nos habían mucha lástima de vernos andar así; y parecíales tan mal lo que hacía el Arzobispo, que algunas veces sentía yo más lo que oía de él que no lo que pasaba. La alegría de la buena Catalina de Tolosa y de las hermanas era tan grande, que a mí me hacía devoción, y decía a Dios: «Señor, ¿qué pretenden estas vuestras siervas más de serviros y verse encerradas por Vos adonde nunca han de salir?».

 

46. Si no es por quien pasa, no se creerá el contento que se recibe en estas fundaciones cuando nos vemos ya con clausura, adonde no puede entrar persona seglar; que, por mucho que las queramos, no basta para dejar de tener este gran consuelo de vernos a solas. Paréceme que es como cuando en una red se sacan muchos peces del río, que no pueden vivir si no los tornan al agua; así son las almas mostradas a estar en las corrientes de las aguas de su Esposo, que sacadas de allí a ver las redes de las cosas del mundo, verdaderamente no se vive hasta tornarse a ver allí. Esto veo en todas estas hermanas siempre. Esto entiendo de experiencia. Las monjas que vieren en sí deseo de salir fuera entre seglares o de tratarlos mucho, teman que no han topado con el agua viva que dijo el Señor a la Samaritana (57)[57], y que se les ha escondido el Esposo, y con razón, pues ellas no se contentan de estarse con Él. Miedo he que nace de dos cosas: o que ellas no tomaron este estado por solo Él, o que después de tomado no conocen la gran merced que Dios les ha hecho en escogerlas para Sí y librarlas de estar sujetas a un hombre, que muchas veces les acaba la vida, y plega a Dios no sea también el alma.

 

47. ¡Oh, verdadero Hombre y Dios, Esposo mío! ¿En poco se debe tener esta merced? Alabémosle, hermanas mías, porque nos la ha hecho, y no nos cansemos de alabar a tan gran Rey y Señor, que nos tiene aparejado un reino que no tiene fin por unos trabajillos envueltos en mil contentos, que se acabarán mañana. Sea por siempre bendito, amén, amén.

 

48. Unos días después que se fundó la casa, pareció al padre Provincial (58)[58] y a mí que en la renta que había mandado Catalina de Tolosa a esta casa, había ciertos inconvenientes en que pudiera haber algún pleito, y a ella venirle algún desasosiego, y quisimos más fiar de Dios que no quedar con ocasión de darle pena en nada. Y por esto y otras algunas razones, dimos por ningunas, delante de escribano, todas con licencia del padre Provincial, la hacienda que nos había dado, y le tornamos todas las escrituras. Esto se hizo con mucho secreto, porque no lo supiese el Arzobispo, que lo tuviera por agravio (59)[59], aunque lo es para esta casa. Porque cuando se sabe que es de pobreza, no hay que temer, que todos ayudan; mas teniéndola por de renta, parece es peligro, y que se ha de quedar sin tener qué comer por ahora. Que para después de los días de Catalina de Tolosa hizo un remedio, que dos hijas suyas, que aquel año habían de profesar en nuestro monasterio de Palencia (60)[60], que habían renunciado en ella cuando profesaron, las hizo dar por ninguno aquello y renunciar en esta casa. Y otra hija que tenía, que quiso tomar hábito aquí (61)[61], la deja su legítima de su padre y de ella, que es tanto como la renta que daba, sino que es el inconveniente que no lo gozan luego. Mas yo siempre he tenido que no les ha de faltar, porque el Señor, que hace en otros monasterios que son de limosna que se la den, despertará que lo hagan aquí o dará medios con que se mantengan. Aunque como no se ha hecho ninguno de esta suerte, algunas veces le suplicaba, pues había querido se hiciese, diese orden cómo se remediase y tuviesen lo necesario, y no me había gana de ir de aquí hasta ver si entraba alguna monja.

 

49. Y estando pensando en esto una vez después de comulgar, me dijo el Señor: ¿En qué dudas?, que ya esto está acabado; bien te puedes ir; dándome a entender que no les faltaría lo necesario; porque fue de manera, que, como si las dejara muy buena renta, nunca más me dio cuidado. Y luego traté de mi partida, porque me parecía que ya no hacía nada aquí más de holgarme en esta casa, que es muy a mi propósito, y en otras partes, aunque con más trabajo, podía aprovechar más.

 

El Arzobispo y Obispo de Palencia se quedaron muy amigos; porque luego el Arzobispo nos mostró mucha gracia y dio el hábito a su hija de Catalina de Tolosa (62)[62] y a otra monja que entró luego aquí (63)[63], y hasta ahora no nos dejan de regalar algunas personas, ni dejará nuestro Señor padecer a sus esposas, si ellas le sirven como están obligadas. Para esto las dé Su Majestad gracia por su gran misericordia y bondad.

 

 

COMENTARIO AL CAPÍTULO 31

 

Fundación del Carmelo de Burgos

 

Capítulo último. El más extenso del libro: 12 folios en el autógrafo. Con título abundoso, pero sin numeración, como si constituyese unidad aparte. Es también el más tenso y dramático, con intrigante y prolongado suspense antes del desdenlace.

 

Especialmente interesante, por poner de relieve ostensiblemente la índole y los objetivos del libro, entre historia y metahistoria: con Dios por protagonista absoluto de la acción; entreverando incisivamente en el relato una serie de instancias místicas que van jalonando la narración.

 

Teresa misma introduce en el relato su “yo” de narradora, sin disimular su “yo” de mística, con la propia intrahistoria de sentimientos, emociones, temores, juicios de valor, seguridades y ansias de espera. Y reiteradamente insiste en el objetivo final de la narración, que no consiste en historiar por historiar, sino en provocar –casi comprometer– la gratitud y la oración de las lectoras, presentes y futuras: “Nombré a los bienhechores de estos principios, por que las monjas de ahora y las de por venir es razón se acuerden de ello en sus oraciones. Esto se debe más a los fundadores…” (n. 29), e interrumpe reiteradamente el relato para recordarlo.

 

He aquí el trazado del capítulo:

 

– Propuestas remotas y preparativos de la fundación (nn. 1?15);

– Hazaña del viaje invernal de Ávila a Burgos (nn. 16?18);

– Casi un mes de pausa en casa de doña Catalina de Tolosa (nn. 19?26);

– Casi otro mes de espera en el Hospital de la Concepción (nn. 27?39);

– Trámites (nn. 33?39), adquisición y paso a la casa definitiva (nn. 40?48);

– “Ya esto está acabado: bien te puedes ir” (n. 49).

La narración esta marcada, como ya hemos aludido, por la serie de hitos místicos, que van fijando los momentos cruciales del pequeño drama en marcha. Helos aquí:

 

– Ya en el capítulo 30, anticipando la fundación de Palencia, había referido la palabra del Señor, que ponía fin a la crisis psicofísica de la Santa (“determinada a no hacer ninguna fundación”: n. 6), y que le impartía la orden de envío. Ahora se la recuerda y repite al comenzar la fundación de Burgos: “El mismo soy: no dejes de hacer estas dos fundaciones” (n. 4).

 

– Ante sus enfermedades persistentes y los previsibles fríos del viaje invernal, Teresa opta por no ir personalmente a Burgos, sino delegar el liderazgo en la priora de Palencia M. Inés de Jesús; pero el Señor reitera la misma orden de envío: “No hagas caso de esos fríos, que Yo soy la verdadera calor…; no dejes de ir en persona” (n. 11). Es a ella a quien se le asigna esa misión.

 

– Más adelante, cuando los colaboradores parecen resignarse al fracaso, y el provincial Gracián está a punto de emprender la retirada ante el total bloqueo del horizonte burgalés, a Teresa se le imparte de nuevo una orden sencilla y humanísima: “Ahora, Teresa, ten fuerte” (n. 26). La empresa no fracasará.

 

Por fin, se ha hecho el hallazgo de un excelente edificio en venta, muy a propósito para el nuevo Carmelo, pero… ¿y el dinero para comprarlo? De nuevo sobreviene una palabra del Señor, casi más humorística que mística. “¿En dineros te detienes?” (n. 36). Y se ejecuta la compra.

 

– Por fin, misión cumplida: “… Bien te puedes ir” (n. 49).

 

En el autógrafo de las Fundaciones, la autora enmarca con unos sencillos trazos cada una de esas palabras místicas, para destacarlas o no confundirlas con los otros materiales humanos del relato.

 

Un somero balance de esos incisos, que parecen rebasar los confines de lo historiable, da la impresión de que la experiencia mística de la Santa, otrora testificada a alto nivel cristológico y trinitario, aquí en el ajetreo de la fundación se abaja al rasero del carromato y la vulgaridad de los dineros y lo cotidiano. Más aún, en la narración se van a fundir paradójicamente dos estratos redaccionales contrastantes: por un lado, el tesón batallero de resistencia pugnaz en polémica creciente; y por el otro el fluir de las experiencias místicas de la autora?fundadora, abierta a lo trascendente, mientras está pendiente del vil dinero.

 

En la lectura del capítulo, es fácil un balance global. Todo converge en el enfrentamiento del Arzobispo de Burgos con la Madre Fundadora y sus colaboradores/as. Teresa ha tenido el fallo de venir a Burgos con la anuencia oficial de la ciudad, pero sin la licencia escrita del Arzobispo. De ahí el incontenible enojo de éste, que sin embargo falta a la palabra dada oralmente, y pone a Teresa en la precisión de desandar lo andado emprendiendo la retirada. “¡Pues bonitos estaban los caminos y hacía el tiempo!” (n. 21).

 

El Prelado incurre además, según Teresa, en el doble juego, de las buenas palabras en contraste con las decisiones y las acciones: “El cual siempre decía que deseaba la fundación más que nadie, y créolo, porque es un buen cristiano, que no diría sino verdad. En las obras no se parecía…” (n. 31).

 

Ese mano a mano desborda a los dos actores, el Arzobispo y la monja fundadora. Se enfrentan además, aunque disfrazadamente, los dos Obispos, el de Palencia y el de Burgos. Teresa tiene que hacer de medianera pacificadora, sin llegar nunca a una franca descalificación del Arzobispo su contrincante, a quien tilda irónicamente de buen cristiano.

 

Hasta que, por fin, él se rinde ante la evidencia de lo hecho, y accede a presidir la ceremonia de la toma de hábito de la hija de doña Catalina: “Y predicó el Sr. Arzobispo en la iglesia nueva de dicho convento… Cobrola nueva devoción (a la Madre Teresa) y fue en adelante muy favorable en aquel convento”, asegura la compañera de la Santa sor Ana de san Bartolomé (BMC 2, 328).

 

Pero en el enfrentamiento no han intervenido esos solos actores. El capítulo está superpoblado, por una y otra parte, de colaboradores que animan y complican la narración. Por un lado los amigos de la Madre Teresa, que constituyen con mucho el bando mayoritario. Por el otro, el Arzobispo y sus oficiales inmediatos, muy pocos, pero poderosos. Para la lectura comprensiva del capítulo, basta una sencilla presentación de los más importantes:

 

– Destacan en primer lugar los dos Obispos: el ya conocido don Álvaro de Mendoza, ahora Obispo de Palencia, incondicional de la Santa. Y frente a él, el Arzobispo de Burgos don Cristóbal Vela, abulense de origen, recién venido del obispado de Canarias (1580), casi familiar de Teresa desde la niñez. En Ávila los Vela y los Cepeda habitaban en palacios cercanos. Uno de aquellos, Francisco Vela, es padrino de pila de Teresa. Otro de ellos, don Francisco Blasco Vela –padre de nuestro Arzobispo–, siendo virrey del Perú, murió en la batalla de Iñaquitos (1546), en la que lucharon a su lado varios hermanos de la Santa. Lo determinante en la presente confrontación burgalesa es que don Cristóbal conserva una mala impresión de las revueltas abulenses ocasionadas por la primera fundación teresiana, y esa imagen se le convierte ahora en prejuicio adverso a la Santa y a sus monjas, a las que negará pertinazmente no sólo la fundación, sino la celebración de la Eucaristía a domicilio, a pesar de tener a su disposición primero la capilla de doña Catalina y luego la de los señores Mansino.

 

– Por el bando opuesto destaca todo un grupo de mujeres fieles a la Santa. Ante todo, sus nueve acompañantes carmelitas, que hacen de sufridoras y sacerdotisas orantes. Pero casi a la altura de la Madre Teresa se alza la otra promotora de la fundación, doña Catalina de Tolosa, viuda con familia numerosa. Tiene ya cuatro hijas en los Carmelos teresianos, dos en Palencia y dos en Valladolid. Y apenas fundado el convento burgalés, tomará el hábito en él la hija más pequeña, Elenita. Ella misma ingresará carmelita en el monasterio de Palencia tras la muerte de la Santa. Ahora, en el trance de la fundación, será fiel a su doble condición de madre de familia y de seguidora de la Madre Teresa. No llegará a enfrentarse con el prelado diocesano, pero pondrá su casa, sus bienes y sus amistades al servicio de la fundación. Con ella forman equipo otras damas burgalesas: doña Catalina Manrique y doña Beatriz de Arceo Covarrubias, que pronto ingresará en ese Carmelo.

 

– El tercer grupo lo forman varios caballeros burgaleses, casi todos amigos de Gracián, antiguos condiscípulos de universidad. Sobresale entre ellos, “el doctor Manso” (Pedro Manso de Zúñiga), canónigo de la catedral, futuro Obispo de Calahorra, ahora casi el único capaz de influir en el Arzobispo en pro de la causa teresiana. También condiscípulo y amigo de Gracián es el licenciado Aguiar (Antonio), “muy de buen entendimiento”, médico personal de la Santa, que no sólo en el hospital de la Concepción, sino en todo lo necesario se pondrá amistosísimamente a su servicio. Y ahí, en el mismo hospital, dispondrá ella de la amistad y ayuda de Hernando de Matanza, regidor de la ciudad, que le facilita el alojamiento y más tarde le trae en propia mano la licencia del Arzobispo para la fundación. Al lado del regidor Matanza, comparecerá otro hombre ilustre, Francisco de Cuevas, “correo mayor” de la ciudad, marido que había sido de la celebérrima escritora Luisa Sigea: “Él ha hecho siempre por nosotras en cuanto se ha ofrecido” (n. 28).

 

Y quedan sin mencionar tantos otros, desde el hostil provisor del Arzobispo, hasta los escribanos de ocasión y las primeras vocaciones que se acercan al Carmelo burgalés o los carreteros mozos del paso de los Pontones… Buen indicador todo ello, de la fuerza moral y social que irradia la Madre Teresa, así como del movimiento en espiral que suscita su presencia. Buen exponente de lo que ha sido su paso por la geografía y la sociedad española de aquel siglo, tal como lo ha venido contando a lo largo del libro.

 

Un último detalle revelador, si bien silenciado por la santa, es su reacción ante la privación de la Eucaristía comunitaria, y su dolor al ver a sus monjas chapoteando descalzas por los barrizales de las calles para acudir a misa. Llega un momento en que ella opta por recurrir al nuncio papal –entonces en Lisboa con la corte regia– para obtener la anhelada licencia de la Eucaristía en comunidad. Escribe al P. Ambrosio Mariano –muy metido en asuntos regios–, a la duquesa de Alba, doña María Enríquez, y a otros personajes influyentes para que avalen muy en secreto su petición, en vista de que el prelado burgalés tampoco está dispuesto a permitirles la misa en la recién adquirida casa de los Mansino: “Por caridad –insiste al P. Mariano– no se descuide en hacerme esta merced” (carta 436, 3?4).

 

Ignoramos si logró la licencia del nuncio papal. Pero sí consiguió, por fin, que se celebrase la Eucaristía en el convento.

 

NOTAS

 

1. Cronología de la fundación:

– El 2 de enero de 1581, la Santa sale de Ávila, acompañada de sor Ana, de su sobrina Teresita de Cepeda y del P. Gracián. Es crudo invierno.

– El 4 de enero llega a Medina del Campo; reemprende viaje en Valladolid el día 9, y el 24 sale de Palencia para afrontar el trayecto más penoso del camino: tres días de carromato hasta Burgos.

– Llega a Burgos en la tarde del 26 de enero; afueras de la ciudad, el grupo hace una pausa para venerar el Santo Cristo; y se aloja cerca de un mes en casa de doña Catalina de Tolosa.

– El 23 de febrero se traslada al Hospital de la Concepción, entonces en las afueras de la ciudad, y reside en él casi otro mes (“en harta apretura”: carta 436, 1), hasta el 18 de marzo.

– Ese día (18 de marzo) se traslada apresuradamente a la casa de los Mansino, adquirida dos días antes, donde se instala definitivamente el nuevo Carmelo.

– El 18 de abril concede el Arzobispo la licencia de fundación y al día siguiente se celebra la primera misa.

– El 17 de mayo, cancelación ante escribano del préstamo hecho por doña Catalina de Tolosa, a que alude la Santa en el n. 48 del capítulo.

– El 24 de mayo se desborda el río Arlanzón e inunda el convento: la Madre Teresa y sus monjas se refugian en el piso alto.

– Ahí mismo, “a final de junio” escribe este capítulo de las Fundaciones (n. 17).

– El 26 de julio la Santa sale de Burgos y emprende el largo viaje de regreso, Burgos?Ávila, que a medio camino se desvía hacia Alba de Tormes, adonde llega el 20 de septiembre y fallece en la noche del 4 al 5 de octubre.

 

2. Catalina de Tolosa.

Un caso singular en los anales del Carmelo es la familia de doña Catalina. Ella es viuda de Sebastián de Muncharaz y tiene ocho hijos. En el Carmelo de Valladolid ingresan sus dos hijas mayores: Catalina y Casilda. En el de Palencia otras dos: María e Isabel. Elena ingresa en el Carmelo de Burgos. Muere joven, aspirante a carmelita, su hija Beatriz, que suplica se la entierre en el Carmelo burgalés. Uno de sus hijos, Sebastián, profesa en Pastrana. Y el otro, Lesmes, toma excepcionalmente el hábito carmelitano en el Carmelo de Palencia a la vez que su madre, doña Catalina. Él partirá enseguida para su noviciado. Y ella llegará a ser priora en ese Carmelo palentino, donde morirá el 13 de julio de 1608, tras veinte años de vida carmelita (1588?1608), asistida en la agonía por sus dos hijos sacerdotes carmelitas.


            [1] Sin numeración en el autógrafo.

            [2] Don Cristóbal Vela, avilés, hijo de Blasco Núñez de Vela, Virrey del Perú, a cuyas órdenes lucharon contra Pizarro los hermanos de la Santa (batalla de Iñaquito, 1546, en que murió el Virrey y el hermano de Teresa, Antonio de Ahumada). Francisco Núñez Vela, hermano del Virrey, fue padrino de la Santa. – D. Cristóbal fue obispo de Canarias desde 1575, y de Burgos desde 1580 a 1599, año de su muerte.

            [3] Por culpa del largo paréntesis, queda incorporada la frase Supliqué a D. Álvaro le pidiese licencia, y dijo se la pediría muy de buena gana.

            [4] La imposición del palio.

            [5] Alude al Concilio de Trento, sesión 25, c. 3. «De reformatione regularium».

            [6] Cf. c. 29, n. 1. Alude a la enfermedad contraída en Toledo con recaída en Valladolid. – En la frase siguiente, caer en sentido de decaer o hacer decaer.

            [7] Cf. c. 29, n. 6. El sentido de la frase es: que juntamente (a la par) trataba de ambas fundaciones.

            [8] Lectura dudosa. Quizá quiso escribir: …que el hacerlo sin decírselo.

            [9] Ida aquella, escribió por elisión. – La ida a San José de Ávila tuvo por objeto remediar pequeños abusos: al renunciar María de Cristo a su priorato, fue elegida la Santa priora de San José.

            [10] Doña Catalina era viuda de Sebastián Muncharaz: sus dos hijas del Carmelo de Valladolid eran Catalina de la Asunción y Casilda de San Ángelo; las dos de Palencia, María de San José e Isabel de la Santísima Trinidad. En el Carmelo de Burgos entró la más pequeña, Elena de Jesús. Más tarde (1587) doña Catalina tomó el hábito en el Carmelo de Palencia donde murió (1608). Carmelitas fueron también sus dos hijos, Juan Crisóstomo y Sebastián de Jesús.

            [11] Redes: rejas.

            [12] En el n. 7.

            [13] La petición está datada el 7/11/1581. Ya el 4 del mismo mes don Álvaro, en calidad de Procurador Mayor, había intervenido a favor de la causa (Libro de actas del Ayuntamiento de Burgos, ff. 288-289).

            [14] Por error de mano, la Santa escribió yo lo tuvo, y poco más adelante pobre en lugar de pobres. Todo el capítulo está salpicado de parecidos «lapsus calami», que delatan debilidad o cansancio de la infatigable escritora. Así: palabra, por palabras (n. 11), flaza por flaqueza (n. 12), po en lugar de poca (n. 12), ga por gana (n. 48), crocifijofijo (n. 18), tray por traya (n. 18), mar por mal (n. 20), engargado por encargados (n. 31), tuve por tuvo (n. 31), etc. Y numerosos deslices de otro género: pasilios por basilios (n. 13), vavorecía por favorecía (n. 13), enverma por enferma (n. 16), profincial por provincial (n. 22), pendito por bendito (n. 39), provesar por profesar (n. 39.

            [15] Mediados de noviembre.

            [16] En el c. 30, nn. 13-14. Provincial era Gracián.

            [17] Inés de Jesús.

            [18] Las palabras del Señor están encuadradas con varios trazos de pluma que les dan resalto en el autógrafo.

            [19] Y su amiga doña Catalina Manrique (cf. n. 10). Carta y licencia fueron recibidas por la Santa en Ávila a 20 de noviembre.

            [20] Victorinos: Mínimos de San Francisco de Paula.

            [21] Defendía: impedía.

            [22] Ya el año anterior había extendido la licencia de fundación el P. Gracián, en Alcalá a 9 de abril de 1581.

            [23] P. Jerónimo Gracián.

            [24] El carro que peligró era precisamente el de la Santa.

            [25] Eran Tomasina Bautista (Priora), Inés de la Cruz, Catalina de Jesús, Catalina de la Asunción (hija de Catalina de Tolosa) y María Bautista, de velo blanco. Las dos que habían de regresar con la Madre eran Ana de San Bartolomé y su sobrina Teresita, la quiteña. – Escribe estas páginas la Santa en Burgos «a fin de junio», como dirá en seguida.

            [26] Ya lo ha dicho en el c. 29, n. 30.

            [27] Que me dio de camino.

            [28] El Santo Cristo de Burgos, que entonces se veneraba en la iglesia de los PP. Agustinos y ahora en la Catedral.

            [29] En ciudad: en cabildo o en comisión.

            [30] Si sería bien que viniese «sin hacerlo saber a Su Señoría», añadió Gracián en la edición príncipe para completar el sentido.

            [31] En los nn. 18-19.

            [32] Tan regalada: tan amiga de regalar o agasajar.

            [33] El Dr. Manso: era Magistral de la Catedral; había sido condiscípulo de Gracián en la Universidad de Alcalá. Fue confesor de la Madre al ausentarse Gracián de Burgos, y más tarde (1594) obispo de Calahorra, donde fundó un convento de monjas (1598) y otro de Padres Carmelitas (1603).

            [34] Parroquia de San Gil.

            [35] A Valladolid (cf. n. 31).

            [36] Una pieza, había escrito, y luego se corrigió.

            [37] Hernando era regidor de la ciudad y hermano del alcalde mayor, Jerónimo de Matanza. – Francisco de Cuevas, en otro tiempo miembro de la corte de Carlos V, estaba casado con la escritora toledana Luisa Sigea de Velasco.

            [38] Es redundante el último no. No se puede negar que lo es.

            [39] Limpieza en su linaje: como «tener limpia sangre», descender de antepasados nobles, sin nota de infamia. – Muy hija de algo: muy hidalga (cf. c. 20, n. 2).

            [40] En el n. 26.

            [41] El Dr. Manso (cf. n. 24) y el licenciado Aguiar (n. 33 s.).

            [42] Desde el 23/2 hasta el 18/3/1582.

            [43] D. Antonio Agiar, médico, condiscípulo de Gracián en Alcalá. Aún no lo había mencionado la Santa (cf. nn. 23 y 25).

            [44] D. Manuel Franco era el dueño. Dos eran los clérigos apoderados: Diego Ruiz de Ayala y Martín Pérez de Rozas.

            [45] A saber, uno de los apoderados, y Aguiar.

            [46] Juan Ortega de la Torre y Frías.

            [47] Mejor: porque no se supiese. Se concluyó la venta el 16/3/1582. Había precedido el «concierto» el día 12. Las monjas se trasladaron la víspera de San José, 18.

            [48] En los nn. 32 y 34.

            [49] Agraviaban: abravaban, hacían onerosas las cláusulas del contrato.

            [50] Jerónimo del Pino y su mujer Magdalena Solórzano.

            [51] El Arzobispo.

            [52] Iglesia y hospital de San Lucas, a pocos metros de las casas compradas por la Madre.

            [53] Cf. n. 25. – Frase algo oscura: parece decir que si el provisor no hubiera tenido que emprender un viaje, de suerte que su cargo quedase encomendado a otro, nunca se obtuviera la licencia.

            [54] La licencia del Arzobispo está fechada el 18 de abril de 1582. Se conserva en el Libro de elecciones y profesiones del Carmelo de Burgos.

            [55] Fue el día 19 de abril. Prior de los dominicos era fray Juan de Arcediano.

            [56] Ministriles: músicos con instrumentos de viento.

            [57] Jn 4, 7-15.

            [58] El P. Gracián había regresado de Valladolid.

            [59] Juego de palabras con el doble sentido del término agravio en el léxico de la Santa: el Arzobispo lo tendría por agravio, y para la casa era gravamen.

            [60] María de San José e Isabel de Jesús, que profesaron el 22 de abril de 1582, y que habían renunciado en ella, es decir, que habían hecho renuncia de sus bienes a favor de Dª Catalina.

            [61] Elena de Jesús, que a causa de la edad no profesó hasta el 5 de junio de 1586, y que en 1607 sería elegida por primera vez priora de la comunidad presidiendo la elección su hermano el P. Sebastián, a la sazón Provincial de Castilla.

            [62] Elena de Jesús (cf. n. 48) tomó el hábito el 20 de abril, al día siguiente de la inauguración. Don Cristóbal no sólo presidió la ceremonia, sino que predicó… «y en público, en el dicho sermón y con muchas lágrimas, se culpó de no haber dado licencia antes a aquesta santa… y pidiendo perdón de lo que había hecho padecer a la santa Madre Teresa de Jesús y a sus monjas» (deposición de Teresita de Jesús –Cepeda– en los procesos de Ávila 1610: B.M.C., t. II, p. 328.

            [63] Beatriz de Arceo y Cuevasrubias (Beatriz de Jesús), viuda de Hernando de Venero y hermana de uno de los regidores de la ciudad: obtuvo la licencia del P. Gracián el 6 de mayo y tomó el hábito el 24 del mismo mes.

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Santa Teresa de Jesús. Libro de las Fundaciones (Capítulo 31), 10.0 out of 10 based on 2 ratings
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