Santa Teresa de Jesús. Libro de las Fundaciones (Capítulo 30)
Rincón Litúrgico

Santa Teresa de Jesús. Libro de las Fundaciones (Capítulo 30)

Revisión del texto, notas y comentario: Tomás Álvarez, O.C.D.

CAPÍTULO 30

Comienza la fundación del monasterio de la Santísima Trinidad en la ciudad de Soria. Fundose el año de 1581. Díjose la primera misa día de nuestro padre San Eliseo (1)[1].

1. Estando yo en Palencia, en la fundación que queda dicha de allí, me trajeron una carta del obispo de Osma, llamado el Doctor Velázquez, a quien, siendo él canónigo y catedrático en la iglesia mayor de Toledo y andando yo todavía con algunos temores, procuré tratar, porque sabía era muy gran letrado y siervo de Dios (2)[2]; y así le importuné mucho tomase cuenta con mi alma y me confesase. Con ser muy ocupado, como se lo pedí por amor de nuestro Señor y vio mi necesidad, lo hizo de tan buena gana, que yo me espanté, y me confesó y trató todo el tiempo que yo estuve en Toledo, que fue harto. Yo le traté con toda llaneza mi alma, como tengo de costumbre. Hízome tan grandísimo provecho, que desde entonces comenzé a andar sin tantos temores (3)[3]. Verdad es que hubo otra ocasión, que no es para aquí. Mas, en efecto, me hizo gran provecho, porque me aseguraba con cosas de la Sagrada Escritura, que es lo que más a mí me hace al caso cuando tengo la certidumbre de que lo sabe bien, que la tenía de él, junto con su buena vida.

2. Esta carta me escribía desde Soria, adonde estaba al presente. Decíame cómo una señora que allí confesaba le había tratado de una fundación de monasterio de monjas nuestras que le parecía bien; que él había dicho acabaría conmigo que fuese allá a fundarla; que no le echase en falta, y que, como me pareciese era cosa que convenía, se lo hiciese saber, que él enviaría por mí. Yo me holgué harto, porque, dejado ser buena la fundación, tenía deseo de comunicar con él algunas cosas de mi alma, y de verle; que, del gran provecho que la hizo, le había yo cobrado mucho amor.

 

3. Llámase esta señora fundadora doña Beatriz de Beamonte y Navarra, porque viene de los reyes de Navarra, hija de don Francés de Beamonte, de claro linaje y muy principal. Fue casada algunos años y no tuvo hijos y quedole mucha hacienda y había mucho que tenía por sí de hacer un monasterio de monjas (4)[4]. Como lo trató con el obispo y él le dio noticia de esta Orden de nuestra Señora de Descalzas, cuadrole tanto, que le dio gran prisa para que se pusiese en efecto.

 

4. Es una persona de blanda condición, generosa, penitente; en fin, muy sierva de Dios. Tenía en Soria una casa buena, fuerte, en harto buen puesto; y dijo que nos daría aquélla con todo lo que fuese menester para fundar, y ésta dio con quinientos ducados de juro de a 25 el millar. El Obispo se ofreció a dar una iglesia harto buena, toda de bóveda, que era de una parroquia que estaba cerca (5)[5], que con un pasadizo nos ha podido aprovechar. Y púdolo hacer bien, porque era pobre, y allí hay muchas iglesias, y así la pasó a otra parte. De todo esto me dio relación en su carta. Yo lo traté con el padre Provincial, que fue entonces allí (6)[6]; y a él y a todos los amigos les pareció escribiese con un propio viniesen por mí; porque ya estaba la fundación de Palencia acabada, y yo que me holgué harto de ello, por lo dicho.

 

5. Yo comencé a traer las monjas que había de llevar allá conmigo, que fueron siete, porque aquella señora antes quisiera más que menos, y una freila, y mi compañera y yo (7)[7]. Vino persona por nosotras bien para el propósito, en diligencia, porque yo le dije había de llevar dos padres conmigo, Descalzos; y así llevé al padre Nicolás de Jesús María, hombre de mucha perfección y discreción, natural de Génova. Tomó el hábito ya de más de cuarenta años (8)[8], a mi parecer (al menos los ha ahora y ha pocos que le tomó), mas ha aprovechado tanto en poco tiempo, que bien parece le escogió nuestro Señor para que en estos tan trabajosos de persecuciones ayudase a la Orden, que ha hecho mucho; porque los demás que podían ayudar, unos estaban desterrados, otros encarcelados. De él, como no tenía oficio, que había poco –como digo– que estaba en la Orden, no hacían tanto caso, o lo hizo Dios para que me quedase tal ayuda.

 

6. Es tan discreto, que se estaba en Madrid en el monasterio de los Calzados, como para otros negocios, con tanta disimulación, que nunca le entendieron trataba de éstos, y así le dejaban estar. Escribíamonos a menudo, que estaba yo en el monasterio de San José de Ávila, y tratábamos lo que convenía, que esto le daba consuelo. Aquí se verá la necesidad en que estaba la Orden, pues de mí se hacía tanto caso, a falta como dicen, de hombres buenos (9)[9]. En todos estos tiempos experimenté su perfección y discreción; y así es de los que yo amo mucho en el Señor y tengo en mucho, de esta Orden (10)[10]. Pues él y un compañero lego fueron con nosotras.

 

7. Tuvo poco trabajo en este camino; porque el que envió el obispo nos llevaba con harto regalo y ayudó a poder dar buenas posadas, que en entrando en el obispado de Osma querían tanto al obispo, que, en decir que era cosa suya, nos las daban buenas. El tiempo lo hacía. Las jornadas no eran grandes. Así poco trabajo se pasó en este camino, sino contento; porque en oír yo los bienes que decían de la santidad del obispo, me le daba grandísimo. Llegamos al Burgo, miércoles antes del día octavo del Santísimo Sacramento (11)[11]. Comulgamos allí el jueves, que era la octava. Otro día, como llegamos y comimos allí, porque no se podía llegar a Soria otro día, aquella noche tuvimos en una iglesia, que no hubo otra posada, y no se nos hizo mala. Otro día oímos allí misa y llegamos a Soria como a las cinco de la tarde. Estaba el santo obispo a una ventana de su casa, que pasamos por allí, de donde nos echó su bendición, que no me consoló poco, porque de prelado y santo, tiénese en mucho (12)[12].

 

8. Estaba aquella señora, nuestra fundadora esperándonos a la puerta de su casa, que era adonde se había de fundar el monasterio. No vimos la hora que entrar en ella, porque era mucha la gente. Esto no era cosa nueva, que en cada parte que vamos, como el mundo es tan amigo de novedades, hay tanto, que a no llevar velos delante del rostro, sería trabajo grande; con esto se puede sufrir. Tenía aquella señora aderezada una sala muy grande y muy bien, adonde se había de decir la misa, porque se había de hacer pasadizo (13)[13] para la que nos daba el obispo, y luego otro día, que era de nuestro padre san Eliseo, se dijo (14)[14].

 

9. Todo lo que habíamos menester tenía muy cumplido aquella señora, y dejonos en aquel cuarto, adonde estuvimos recogidas, hasta que se hizo el pasadizo, que duró hasta la Transfiguración (15)[15]. Aquel día se dijo la primera misa en la iglesia con harta solemnidad y gente. Predicó un padre de la Compañía (16)[16], que el obispo era ya ido al Burgo, porque no pierde día ni hora sin trabajar, aunque no estaba bueno, que le había faltado la vista de un ojo; que esta pena tuve allí, que se me hacía gran lástima que vista que tanto aprovechaba en el servicio de nuestro Señor se perdiese. Juicios son suyos. Para dar más a ganar a su siervo debía ser, porque él no dejaba de trabajar como antes y para probar la conformidad que tenía con su voluntad. Decíame que no le daba más pena que si lo tuviera su vecino, que algunas veces pensaba que no le parecía le pesaría si se le perdía la vista del otro; porque se estaría en una ermita sirviendo a Dios, sin más obligación. Siempre fue éste su llamamiento antes que fuese obispo, y me lo decía algunas veces, y estuvo casi determinado a dejarlo todo e irse.

 

10. Yo no lo podía llevar, por parecerme que sería de gran provecho en la Iglesia de Dios, y así deseaba lo que ahora tiene, aunque el día que le dieron el obispado, como me lo envió a decir luego, me dio un alboroto muy grande, pareciéndome le veía con una grandísima carga y no me podía valer ni sosegar, y fuile a encomendar al coro a nuestro Señor. Su Majestad me sosegó luego, que me dijo que sería muy en servicio suyo, y vase pareciendo bien. Con el mal del ojo que tiene y otros algunos bien penosos, y el trabajo que es ordinario, ayuna cuatro días a la semana, y otras penitencias. Su comer es de bien poco regalo. Cuando anda a visitar, es a pie, que sus criados no lo pueden llevar, y se me quejaban. Estos han de ser virtuosos, o no estar en su casa. Fía poco de que negocios graves pasen por provisores, y aun pienso todos, sino que pase por su mano. Tuvo dos años allí al principio las más bravas persecuciones de testimonios, que yo me espantaba; porque en caso de hacer justicia, es entero y recto. Ya éstas iban cesando; aunque han ido a corte y adonde pensaban le podían hacer mal. Mas como se va ya entendiendo el bien en todo el obispado, tienen poca fuerza, y él lo ha llevado todo con tanta perfección, que los ha confundido, haciendo bien a los que sabía le hacían mal. Por mucho que tenga que hacer, no deja de procurar tiempo para tener oración.

 

11. Parece que me voy embebiendo en decir bien de este santo, y he dicho poco. Mas para que se entienda quién es el principio de la fundación de la Santísima Trinidad de Soria y se consuelen las que hubiere de haber en él, no se ha perdido nada, que las de ahora bien entendido lo tienen. Aunque él no dio la renta, dio la iglesia, y fue –como digo– quien puso a esta señora en ello, a quien, como he dicho (17)[17], no le falta mucha cristiandad y virtud y penitencia (18)[18].

 

12. Pues acabadas de pasarnos a la iglesia y de aderezar lo que era menester para la clausura, había necesidad que yo fuese al monasterio de San José de Ávila, y así me partí luego con harta gran calor (19)[19]. Y el camino que había era muy malo para carro. Fue conmigo un racionero de Palencia, llamado Ribera (20)[20], que fue en extremo lo que me ayudó en la labor del pasadizo y en todo, porque el padre Nicolás de Jesús María fuese luego en haciéndose las escrituras de la fundación, que era mucho menester en otra parte. Este Ribera tenía cierto negocio en Soria cuando fuimos, y fue con nosotras. De allí le dio Dios tanta voluntad de hacernos bien, que se puede encomendar a Su Majestad con los bienhechores de la Orden.

 

13. Yo no quise viniese otro con mi compañera (21)[21] y conmigo, porque es tan cuidadoso que me bastaba, y mientras menos ruido, mejor me hallo por los caminos. En éste pagué lo bien que había ídome en la ida. Porque, aunque quien iba con nosotras sabía el camino hasta Segovia, no el camino de carro. Y así nos llevaba este mozo por partes que veníamos a apearnos muchas veces, y llevaban el carro casi en peso por unos despeñaderos grandes. Si tomábamos guías, llevábannos hasta adonde sabían había buen camino, y un poco antes que viniese el malo, dejábannos, que decían tenían que hacer. Primero que llegásemos a una posada, como no había certidumbre, habíamos pasado mucho sol y aventura de trastornarse el carro muchas veces. Yo tenía pena por el que iba con nosotras, porque ya que nos habían dicho que íbamos bien, era menester tornar a desandar lo andado. Mas él tenía la virtud tan de raíz, que nunca me parece le vi enojado, que me hizo espantar mucho y alabar a nuestro Señor; que adonde hay virtud de raíz, hacen poco las ocasiones. Yo le alabo de cómo fue servido sacarnos de aquel camino.

 

14. Llegamos a San José de Segovia víspera de San Bartolomé (22)[22], adonde estaban nuestras monjas penadas por lo que tardaba, que, como el camino era tal, fue mucho. Allí nos regalaron, que nunca Dios me da trabajo que no le pague luego, y descansé ocho y más días. Mas esta fundación fue tan sin ningún trabajo, que de éste no hay que hacer caso, porque no es nada. Vine contenta por parecerme tierra adonde espero en la misericordia de Dios se ha de servir de que esté allí, como ya se va viendo. Sea para siempre bendito y alabado por todos los siglos de los siglos, amén. Deo gracias.

 

 

COMENTARIO AL CAPÍTULO 30

 

Fundación del Carmelo de Soria

 

“Estando yo en Palencia”, escribe la Santa, surgió el proyecto de fundar en Soria. Era hacia mayo de 1581. Emprende el viaje de Palencia a Soria el 29 de ese mes. Llega a Soria el 2 de junio e inaugura la fundación al día siguiente. Está de regreso en Ávila el 6 de septiembre. Y probablemente en el otoño de ese año escribe ahí en Ávila el presente capítulo, siendo ya priora del Carmelo abulense.

 

Entre todas las fundaciones teresianas, ésta de Soria se lleva la palma por lo fácil y gozosa, casi triunfal: viaje en coche, acogida cordial, iglesia y morada conventuales a punto, todo un coro de colaboradores incondicionales manos a la obra… Tanta ventura tendrá su contrapunto a la hora del regreso, con un viaje final horroroso.

 

Ese aire de bonanza se refleja en la tersura del relato, que se desarrolla en cuatro momentos:

 

– Comienza con el ofrecimiento y los planes para la fundación (nn. 1?4);

– Sigue el viaje Palencia?Soria (nn. 5?7);

– Fundación del nuevo Carmelo (nn. 8?11);

– Viaje de regreso: Soria?Ávila (nn. 12?14).

 

Al ser tan llana la fundación, tan carente de flecos dramatizantes y de dificultades burocráticas o económicas, el relato de la Santa se deslíe en gratitudes y elogios a cuantos han colaborado en la empresa fundacional. De suerte que el capítulo se llena de semblanzas y panegíricos de esos buenos amigos, abundosamente historiados. Baste recordarlos uno a uno, sin reiterar los perfiles ya esbozados por la pluma teresiana.

 

Primero de todos, el obispo Alonso Velázquez, profesor que ha sido en las universidades de Alcalá y de Valladolid, confesor y asesor de la Santa en Toledo (1576), es desde 1578 obispo de Osma (y, obviamente, de Soria), lo será poco después (1583) de Santiago de Compostela. En ese momento goza de la absoluta confianza de la Santa, a la que escribe largas misivas a la vez que le ofrece para el nuevo Carmelo una iglesia parroquial “harto buena, toda de bóveda”. A lo largo y ancho del capítulo, ella lo colma de elogios y gratitudes. Y entre tantas loas se le filtran dos alusiones veladas, casi reticentes. Así, al referir su encuentro en Toledo: “Verdad es que hubo otra ocasión (en la elección de confesor) que no es para aquí” (n.1). Tímida referencia al hecho místico en que el Señor la remite a Alonso Velázquez como asesor de su alma y que ella relata en la Relación 63. De signo diverso es la otra alusión velada, al referir el viaje soriano: “Yo me alegré harto, porque dejado ser buena la fundación tenía deseo de comunicar con él algunas cosas de mi alma” (n. 2). De hecho, apenas llegada a Soria logrará entablar esa comunicación, incluso por escrito, abriéndole el panorama íntimo de su alma en la extensa Relación 6, que es sin duda la mejor presentación de sí misma en el atardecer de la vida, no sólo para el destinatario de la Relación, sino para el lector de hoy. Comienza: “¡Oh quién pudiera dar a entender bien a Vuestra Señoría la quietud y sosiego con que se halla mi alma!, porque de que ha de gozar de Dios tiene ya tanta certidumbre, que le parece goza el alma (de) que ya le ha dado la posesión, aunque no el gozo…”.

 

Segunda en el relato y en la gratitud de la Santa es doña Beatriz de Beamonte y Navarra, magníficamente reseñada en el capítulo. Es viuda, sin hijos, oriunda de familia regia. Generosa en su dotación del nuevo Carmelo. Entregará para éste su propio palacio soriano, de suerte que toda la labor de la Santa consistirá, de momento, en la construcción de un pasadizo que conecte la iglesia donada por el Obispo con el palacio regalado por la dama navarra. Pero doña Beatriz queda tan impresionada y motivada por la personalidad de la Madre Teresa que, no mucho después (1587), ella misma ingresa con el nombre de Beatriz de Cristo en el Carmelo de Pamplona, donde fallecerá en 1603.

 

Tercero entre los grandes colaboradores de la fundación es el carmelita P. Nicolás Doria, recien elegido en el capítulo de Alcalá (1581) como primer consejero del Provincial Jerónimo Gracián, y delegado por éste para acompañar a la Santa en el viaje de Palencia a Soria, mientras él cuida en Salamanca la edición de las Constituciones teresianas. Doria será más tarde un difícil personaje en la historia de las Descalzas, pero ahora vive uno de los momentos mejores de su vida: disfruta del aprecio incondicional de la Santa, que teje su elogio en el corazón del capítulo (nn. 5?7). Lleva por compañero a fray Eliseo de la Madre de Dios. “Tuvo poco trabajo en este camino”, advierte la Santa, y apenas firmadas las escrituras de la casa (14.6.1581), emprende la retirada. No acompañará a la Madre Fundadora en el penoso viaje de vuelta.

 

La comitiva de fundadoras es selecta y abundante. Son ocho carmelitas, más la Santa y su enfermera, la encantadora Ana de San Bartolomé. Destaca entre todas Catalina de Cristo, propuesta por la Santa para priora de la casa. Es joven (1543?1594). Proviene del Carmelo de Medina y se estrena en el oficio. Más adelante será fundadora del Carmelo de Pamplona (1583), y poco después inaugurará la fundación del primer Carmelo catalán en Barcelona (1588), desde donde, dos años más tarde, saldrán las fundadoras del Carmelo de Génova en Italia (1590). Tanto en Pamplona como en Barcelona la acompañará fielmente la singularísima navarra Leonor de la Misericordia, que luego será su excelente biógrafa.

 

Por fin el trío que escolta la caravana: el racionero Pedro de Ribera, que conduce buena parte de la comitiva en el coche del obispo. La otra mitad del grupo de fundadoras va en el coche personal de doña Beatriz, escoltado por su capellán Francisco de Cetina y el respectivo cochero. Y de parte del obispo, preside la comparsa el alguacil con su vara en alto en el paso de las poblaciones, ante el merodeo de curiosos impertinentes.

 

La llegada a Soria fue el 2 de junio a la caída de la tarde, y al día siguiente comenzó la vida carmelita en el palacio de doña Beatriz. El 14 de junio, fiesta de san Eliseo profeta, según el breviario carmelitano, celebró la primera misa conventual el obispo en persona. Se aceleró la construcción del pasadizo para unir el palacio con la iglesia, y finalmente se puso el Santísimo el día de la Transfiguración del Señor (6 de agosto), quedando inaugurado felizmente el Carmelo soriano con el título de la Santísima Trinidad.

 

La Santa partirá de Soria el 16 de agosto, tras haber dado el hábito el día anterior a las dos primeras postulantes de la comunidad.

 

Pero en el nuevo Carmelo quedaba tanto por hacer, para trastrocar el palacio en monasterio. Por ello, antes de partir, la Santa escribirá para la madre priora un memorial minucioso con todos los detalles de la obra pendiente. Hasta la última simpática previsión (n. 15 de las recomendaciones):

 

“Siempre, después que salgan de maitines (noche cerrada), se encienda una lamparilla que llegue hasta la mañana; porque es mucho peligro quedar sin luz, por muchas cosas que pueden acaecer, que un candil con torcida delgada es muy poca la costa, y mucho el trabajo que, si a una hermana le toma un accidente, será hallarse a oscuras. Esto pido yo mucho a la madre priora que no se deje de hacer” (Cf Obras de la Santa, Apuntes y memoriales. n. 17).

 

Sólo quedaba por narrar la odisea del viaje de regreso. Le dedica la Santa los últimos tres números del capítulo. Será uno de los viajes más aventureros de la Fundadora. Parte de Soria en pleno verano –con harta gran calor, anota ella–, acompañada únicamente por la enfermera hermana Ana y por el fiel racionero Pedro de Ribera, más los carreteros de turno. Viaje largo, desde Soria hasta Ávila. Con pausas de descanso, primero en Burgo de Osma y luego en Segovia (23 de agosto), pero pernoctando en míseras posadas del camino, y corriendo serios riesgos en los riscos de la serranía: “Llevaban el carro casi en peso por unos despeñaderos grandes” (n. 13).

 

Por fin, pausa en la posada de Villacastín, 4?5 de septiembre. Antes de reemprender el interminable viaje escribe desde una banca de la posada a la lejana María de San José en Sevilla, una carta que conservan intacta las agustinas de Villadiego (Burgos):

 

“Yo llegué anoche, que fueron 4 de septiembre, a este lugar de Villacastín, harta de andar, que vengo de la fundación de Soria, que hasta Ávila, adonde ahora voy, hay más de cuarenta leguas. Hartos trabajos y peligros nos han acaecido. Con todo, vengo buena, gloria a Dios, y lo queda aquel monasterio. Plega Él se sirva de tanto padecer, que con esto es bien empleado” (carta 405, 1).

 

Llega a Ávila el 6 de septiembre y a los pocos días es reelegida por última vez priora del Carmelo de San José.

 

NOTAS

 

1. Dos escritos “sorianos”de la Santa. – Son los ya aludidos tanto en el texto del capítulo como en el comentario: la Relación 6 y la instrucción para la madre priora. Importante el primero para conocer a la propia Santa y su estado anímico en el momento de la fundación. Importante también el segundo para conocer cuánto quedaba por hacer en la fundación al alejarse de Soria la Santa y hasta qué punto era ella minuciosa en cuidar al detalle la materialidad de sus Carmelos. – Ambas piezas nos han llegado autógrafas: la primera, custodiada en las carmelitas descalzas de Santa Ana, de Madrid. La otra, en la Biblioteca de Cataluña (Barcelona), ms 3363, adonde llegó en 1936, tras el saqueo del convento de las carmelitas descalzas de Barcelona, fundado en 1588 por Catalina de Cristo, primera priora que había sido del Carmelo de Soria, que había llevado consigo a la fundación catalana el precioso manuscrito de la Santa.

 

2. El trío de mujeres colaboradoras de la Santa en la fundación. – Dos de ellas expresamente menciondas, casi retratadas, en el texto de la Santa: son doña Beatriz y la M. Catalina. La tercera, silenciada en el relato pero emergente luego en la historia y en el afecto de la Santa, es sobrina de doña Beatriz, por nombre Leonor Ayanz y Beamonte. Procedente del Carmelo de Medina la M. Catalina. También las otras dos serán carmelitas: Leonor, profesa en el Carmelo de Soria; en el Carmelo de Pamplona, Beatriz. Las tres fundarán los Carmelos de Pamplona y de Barcelona. Con dos notas de cariz periodístico:

– Leonor se había casado con don Francés de Beamonte y Navarra. Para ingresar carmelita hubo de apelar a motivos jurídicos que disolvieran su matrimonio. Por otra parte, Leonor es mujer excepcionalmente culta. Se cartea con la Santa en el último año de vida de ésta. Más tarde escribe una excelente biografía de la M. Catalina. En esa biografía cuenta igualmente la fundación del Carmelo soriano. (Recientemente, La Vida de la Venerable Catalina de Cristo, escrita por Leonor, ha sido publicada con todos los honores de la crítica, por Pedro Rodríguez e Ildefonso Adeva, en la BMC, 28, 1996).

– A la M. Catalina y al Carmelo de Soria está dirigida la última carta del epistolario teresiano, escrita de camino entre Valladolid y Medina, medio mes antes de fallecer la Santa en Alba (Cf carta 468, n. 3).

 


            [1] También este capítulo comienza con el anagrama JHS y sin el número de capítulo.

            [2] Cf. c. 28, n. 10. Dirigió espiritualmente a la Santa en Toledo, en 1576-1577.

            [3] Comencé andar, elide la Santa.

            [4] Doña Beatriz de Beamonte contribuyó también espléndidamente a la fundación del Carmelo de Pamplona, 1583, donde se hizo carmelita el mismo año con el nombre de Beatriz de Cristo, y murió en 1600.

            [5] Era la parroquia de nuestra Señora de las Villas, que por voluntad de la Fundadora cambió el titular por el de la Santísima Trinidad.

            [6] Gracián, que se hallaba en Palencia.

            [7] Fueron las siete: Catalina de Cristo (elegida Priora al día siguiente de la fundación: 15 de junio), Beatriz de Jesús, María de Cristo, Juana Bautista, María de Jesús, María de San José y Catalina del Espíritu Santo. La freila llamábase María Bautista. La compañera, era la enfermera de la Santa, Ana de San Bartolomé. Acompañantes del grupo fueron: el P. Nicolás Doria y el Hermano Eliseo de la Madre de Dios; de parte de D. Álvaro, el racionero de la catedral, Pedro de Ribera (de quien hablará luego, nn. 12-13); de parte del obispo de Osma, uno de sus capellanes por nombre Chacón y un alguacil para seguridad del viaje; por fin, de parte de doña Beatriz, su capellán Francisco de Cetina.

            [8] Pequeño error: contaba poco más de 38. Nacido en Génova en 1539, se hizo carmelita en Sevilla (1577) profesando al año siguiente, y murió siendo Vicario General de la Reforma en 1594.

            [9] Alude al refrán: «A falta de hombres buenos, a mi marido hicieron alcalde».

            [10] En orden: él es uno de los Padres de esta Orden que yo amo mucho en el S. y tengo en mucho.

            [11] El 26 de mayo, gran fiesta de la fundación de Palencia (c. 29, n. 29); el 29 partía de Palencia para Soria; llegada a Burgo de Osma el 31; el 1 de junio de nuevo en marcha, «tuvimos noche en una iglesia», y el día 2, a las cinco de la tarde, llegada a Soria. – Un poco oscuro está todo este pasaje.

            [12] No sólo les «echó su bendición», sino que imitando el gesto del arzobispo de Sevilla, poco después hizo que la Madre se la diera a él.

            [13] Para comunicar la casa con la iglesia. La misma Santa dirigió las obras.

            [14] El 14 de junio de 1581.

            [15] Seis de agosto.

            [16] Francisco de la Carrera.

            [17] En el n. 2.

            [18] Sigue en el autógrafo una y, y un largo espacio en blanco, como para agregar algo.

            [19] El 16 de agosto.

            [20] Pedro de Ribera (cf. n. 5 nota).

            [21] Ana de San Bartolomé.

            [22] El 23 de agosto.

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