Santa Teresa de Jesús. Libro de las Fundaciones (Capítulo 29)
Rincón Litúrgico

Santa Teresa de Jesús. Libro de las Fundaciones (Capítulo 29)

Revisión del texto, notas y comentario: Tomás Álvarez, O.C.D.

Trabajo realizado por Fr. Gregorio Cortázar Vinueva

CAPÍTULO 29

Trátase de la fundación de San José de nuestra Señora de la Calle en Palencia, que fue año de 1580, día del Rey David (1)[1].

1. Habiendo venido de la fundación de Villanueva de la Jara, mandome el prelado (2)[2] ir a Valladolid a petición del obispo de Palencia, que es don Álvaro de Mendoza, que el primer monasterio que fue San José de Ávila admitió y favoreció (3)[3], y siempre, en todo lo que toca a esta Orden, favorece. Y como había dejado el obispado de Ávila y pasádose a Palencia, púsole nuestro Señor en voluntad que allí hiciese otro de esta sagrada Orden.

Llegada a Valladolid, diome una enfermedad tan grande que pensaron muriera. Quedé tan desganada y tan fuera de parecerme podría hacer nada, que aunque la priora de nuestro monasterio de Valladolid (4)[4], que deseaba mucho esta fundación, me importunaba, no podía persuadirme, ni hallaba principio; porque el monasterio había de ser de pobreza, y decíanme no se podría sustentar, que era lugar muy pobre.

 

2. Había casi un año que se trataba hacerle junto con el de Burgos, y antes no estaba yo tan fuera de ello. Mas entonces eran (5)[5] muchos los inconvenientes que hallaba, no habiendo venido a otra cosa a Valladolid. No sé si era el mucho mal y flaqueza que me había quedado, o el demonio que quería estorbar el bien que se ha hecho después (6)[6]. Verdad es que a mí me tiene espantada (7)[7] y lastimada, que hartas veces me quejo a nuestro Señor lo mucho que participa la pobre alma de la enfermedad del cuerpo; que no parece sino que ha de guardar sus leyes, según las necesidades y cosas que le hacen parecer.

 

3. Uno de los grandes trabajos y miserias de la vida me parece éste, cuando no hay espíritu grande que le sujete; porque tener mal y padecer grandes dolores, aunque es trabajo, si el alma está despierta, no lo tengo en nada, porque está alabando a Dios, y con considerar viene de su mano. Mas por una parte padeciendo y por otra no obrando, es terrible cosa, en especial si es alma que se ha visto con grandes deseos de no descansar interior ni exteriormente, sino emplearse toda en servicio de su gran Dios. Ningún otro remedio tiene aquí sino paciencia y conocer su miseria y dejarse en la voluntad de Dios, que se sirva de ella en lo que quisiere y como quisiere. De esta manera estaba yo entonces, aunque ya en convalecencia; mas la flaqueza era tanta, que aun la confianza que me solía dar Dios en haber de comenzar estas fundaciones tenía perdida. Todo se me hacía imposible, y si entonces acertara con alguna persona que me animara, hiciérame mucho provecho; mas unos me ayudaban a temer, otros, aunque me daban alguna esperanza, no bastaba para mi pusilanimidad.

 

4. Acertó a venir allí un padre de la Compañía, llamado el maestro Ripalda (8)[8], con quien yo me había confesado un tiempo, gran siervo de Dios. Yo le dije cuál estaba y que a él le quería tomar en lugar de Dios, que me dijese lo que le parecía. El comenzome a animar mucho y díjome que de vieja tenía ya esa cobardía. Mas bien veía yo que no era eso, que más vieja soy ahora y no la tengo; y aun él también lo debía entender, sino para reñirme, que no pensase era de Dios. Andaba entonces esta fundación de Palencia y la de Burgos juntamente, y para la una ni la otra yo no tenía nada; mas no era esto, que con menos suelo comenzar. Él me dijo que en ninguna manera lo dejase. Lo mismo me había dicho poco había, en Toledo, un provincial de la Compañía, llamado Baltasar Álvarez (9)[9], mas entonces estaba yo buena.

 

5. Aquello no bastó para determinarme, aunque me hizo harto al caso; no acabé del todo de determinarme, porque, o el demonio, o –como he dicho– (10)[10] la enfermedad me tenía atada; mas quedé muy mejor. La priora de Valladolid ayudaba cuanto podía, porque tenía gran deseo de la fundación de Palencia; mas como me veía tan tibia, también temía.

 

Ahora venga el verdadero calor, pues no bastan las gentes ni los siervos de Dios; adonde se entenderá muchas veces no ser yo quien hace nada en estas fundaciones, sino quien es poderoso para todo.

 

6. Estando yo un día, acabando de comulgar, puesta en estas dudas y no determinada a hacer ninguna fundación, había suplicado a nuestro Señor me diese luz para que en todo hiciese yo su voluntad; que la tibieza no era de suerte que jamás un punto me faltaba este deseo. Díjome nuestro Señor con una manera de reprensión: ¿Qué temes? ¿Cuándo te he yo faltado? El mismo que he sido, soy ahora; no dejes de hacer estas dos fundaciones.

 

¡Oh gran Dios!, ¡y cómo son diferentes vuestras palabras de las de los hombres! Así quedé determinada y animada, que todo el mundo no bastara a ponerme contradicción, y comencé luego a tratar de ello, y comenzó nuestro Señor a darme medios.

 

7. Tomé dos monjas para comprar la casa (11)[11]. Ya, aunque me decían no era posible vivir de limosna en Palencia, era como no me lo decir; porque haciéndola de renta, ya veía yo que por entonces no podía ser; y pues Dios decía que se hiciese, que Su Majestad lo proveería. Y así, aunque no estaba del todo tornada en mí (12)[12], me determiné a ir, con ser el tiempo recio; porque partí de Valladolid el día de los Inocentes, en el año que he dicho (13)[13], que por aquel año que entraba, hasta San Juan, un caballero de allí nos había dado una casa que él tenía alquilada, que se había ido a vivir de allí.

 

8. Yo escribí a un canónigo de la misma ciudad, aunque no le conocía (14)[14]; mas un amigo suyo me dijo que era siervo de Dios, y a mí se me asentó nos había de ayudar mucho, porque el mismo Señor, como se ha visto en las demás fundaciones, toma en cada parte quien le ayude, que ya ve Su Majestad lo poco que yo puedo hacer. Yo le envié a suplicar que lo más secretamente que pudiese me desembarazase la casa, porque estaba allí un morador, y que no le dijese para lo que era; porque, aunque habían mostrado algunas personas principales voluntad y el Obispo la tenía tan grande, yo veía era lo más seguro que no se supiese.

 

9. El canónigo Reinoso (que así se llamaba a quien escribí) lo hizo tan bien, que no sólo la desembarazó, mas teníamos camas y muchos regalos harto cumplidamente; y habíamoslo menester, porque el frío era mucho y el día de antes había sido trabajoso, con una gran niebla, que casi no nos veíamos. A la verdad, poco descansamos hasta tener acomodado adonde decir otro día misa; porque antes que nadie supiese, estábamos allí; que esto he hallado ser lo que conviene en estas fundaciones, porque si comienza a andar en pareceres, el demonio lo turba todo, aunque él no puede salir con nada, mas inquieta. Así se hizo, que luego de mañana, casi en amaneciendo, dijo misa un clérigo que iba con nosotras, llamado Porras, harto siervo de Dios, y otro amigo de las monjas de Valladolid, llamado Agustín de Victoria (15)[15], que me había prestado dineros para acomodar la casa, y regalado harto por el camino.

 

10. Íbamos, conmigo, cinco monjas y una compañera que ha días que anda conmigo, freila, mas tan gran sierva de Dios y discreta, que me puede ayudar más que otras que son del coro (16)[16]. Aquella noche poco dormimos, aunque –como digo– había sido trabajoso el camino, por las aguas que había habido.

 

11. Yo gusté mucho se fundase aquel día, por ser el rezado del rey David (17)[17], de quien yo soy devota. Luego esa mañana lo envié a decir al ilustrísimo Obispo, que aún no sabía iba aquel día. Él fue luego allá con una caridad grande, que siempre la ha tenido con nosotras. Dijo nos daría todo el pan que fuese menester, y mandó al Provisor nos proveyese de muchas cosas. Es tanto lo que esta Orden le debe, que quien leyere estas fundaciones de ella está obligado a encomendarle a nuestro Señor, vivo o muerto, y así se lo pido por caridad. Fue tanto el contento que mostró el pueblo y tan general, que fue cosa muy particular, porque ninguna persona hubo que le pareciese mal. Mucho ayudó saber lo quería el Obispo, por ser allí muy amado. Mas toda la gente es de la mejor masa y nobleza que yo he visto, y así cada día me alegro más de haber fundado allí.

 

12. Como la casa no era nuestra, luego comenzamos a tratar de comprar otra, que aunque aquella se vendía, estaba en muy mal puesto, y con la ayuda que yo llevaba de las monjas que habían de ir, parece podíamos hablar con algo, que, aunque era poco, para allí era mucho; aunque, si Dios no diera los buenos amigos que nos dio, todo no era nada; que el buen canónigo Reinoso trajo otro amigo suyo, llamado el canónigo Salinas (18)[18], de gran caridad y entendimiento, y entre entrambos tomaron el cuidado como si fuera para ellos propios, y aun creo más, y le han tenido siempre de aquella casa.

 

13. Está en el pueblo una casa de mucha devoción de nuestra Señora, como ermita, llamada nuestra Señora de la Calle. En toda la comarca y ciudad es grande la devoción que se le tiene y la gente que acude allí. Pareciole a Su Señoría y a todos, que estaríamos bien cerca de aquella iglesia. Ella no tenía casa, mas estaban dos juntas, que, comprándolas, eran bastantes para nosotras, junto con la iglesia. Esta nos había de dar el cabildo y unos cofrades de ella, y así se comenzó a procurar. El cabildo luego nos hizo merced de ella, y aunque hubo harto en qué entender con los cofrades, también lo hicieron bien; que, como he dicho (19)[19], es gente virtuosa la de aquel lugar, si yo la he visto en mi vida.

 

14. Como los dueños de las casas vieron que las habíamos gana, comienzan a estimarlas más, y con razón. Yo las quise ir a ver, y pareciéronme tan mal, que en ninguna manera las quisiera, y a las que iban con nosotras. Después se ha visto claro que el demonio hizo mucho de su parte, porque le pesaba de que fuésemos allí. Los dos canónigos que andaban en ello, parecíales lejos de la iglesia mayor, como lo está, mas en donde hay más gente en la ciudad. En fin, nos determinamos todos de que no convenía aquella casa, que se buscase otra. Esto comenzaron a hacer aquellos dos señores canónigos con tanto cuidado y diligencia, que me hacía alabar a nuestro Señor, sin dejar cosa que les pareciese podía convenir. Vinieron a contentarse de una, que era de uno que llaman Tamayo. Estaba con algunas partes muy aparejadas para venirnos bien y cerca de la casa de un caballero principal, llamado Suero de Vega (20)[20], que nos favorece mucho y tenía gran gana que fuésemos allí y otras personas del barrio.

 

15. Aquella casa no era bastante, mas dábannos con ella otra, aunque no estaba de manera que nos pudiésemos una con otra bien acomodar. En fin, por las nuevas que de ella me daban yo lo deseaba que se efectuase, mas no quisieron aquellos señores sino que la viese primero. Yo siento tanto salir por el pueblo, y fiaba tanto de ellos, que no había remedio. En fin, fui y también a las de nuestra Señora, aunque no con intento de tomarlas, sino porque al de la otra no le pareciese no teníamos remedio sino la suya, y pareciome tan mal como he dicho (21)[21] y a las que iban allí, que ahora nos espantamos cómo nos pudo parecer tan mal. Y con aquello fuimos a la otra ya con determinación que no había de ser otra; y aunque hallábamos hartas dificultades, pasábamos por ellas, aunque se podían harto mal remediar, que para hacer la iglesia, y aun no buena, se quitaba todo lo que había bueno para vivir.

 

16. Cosa extraña es ir ya determinada a una cosa: a la verdad, diome la vida para fiar poco de mí, aunque entonces no era yo sola la engañada. En fin, nos fuimos ya determinadas de que no fuese otra y de dar lo que había pedido, que era harto, y escribirle, que no estaba en la ciudad, mas cerca.

 

17. Parecerá cosa impertinente haberme detenido tanto en el comprar de la casa, hasta que se vea el fin que debía llevar el demonio para que no fuésemos a la de nuestra Señora, que cada vez que se me acuerda me hace temer.

 

18. Idos todos determinados –como he dicho– (22)[22] a no tomar otra, otro día en misa comiénzame un cuidado grande de si hacía bien, y con desasosiego que casi no me dejó estar quieta en toda la misa. Fui a recibir el Santísimo Sacramento, y luego en tomándole entendí estas palabras, de tal manera que me hizo determinar del todo a no tomar la que pensaba, sino la de nuestra Señora: Esta te conviene.

 

Yo comencé a parecerme cosa recia en negocio tan tratado y que tanto querían los que lo miraban con tanto cuidado. Respondióme el Señor: No entienden ellos lo mucho que soy ofendido allí, y esto será gran remedio. Pasome por pensamiento no fuese engaño, aunque no para creerlo, que bien conocía en la operación que hizo en mí, que era espíritu de Dios. Díjome luego: Yo soy.

 

19. Quedé muy sosegada y quitada la turbación que antes tenía, aunque no sabía cómo remediar lo que estaba hecho y el mucho mal que había dicho de aquella casa, y a mis hermanas, que les había encarecido cuán mala era y que no quisiera hubiéramos ido allí sin verla, por nada; aunque de esto no se me daba tanto, que ya sabía tendrían (23)[23] por bueno lo que yo hiciese, sino de los demás que lo deseaban: parecía me tendrían por vana y movible, pues tan presto mudaba, cosa que yo aborrezco mucho. No eran todos estos pensamientos para que me moviesen poco ni mucho en dejar de ir a la casa de nuestra Señora, ni me acordaba ya que no era buena; porque, a trueco de estorbar las monjas un pecado venial, era cosa de poco momento todo lo demás, y cualquiera de ellas que supiera lo que yo, estuviera en esto mismo, a mi parecer.

 

20. Tomé este remedio: yo me confesaba con el canónigo Reinoso, que era uno de estos dos que me ayudaban, aunque no le había dado parte de cosas de espíritu de esta suerte, porque no se había ofrecido ocasión adonde hubiese sido menester; y como lo he acostumbrado siempre en estas cosas hacer lo que el confesor me aconsejare, por ir camino más seguro, determiné de decírselo debajo de mucho secreto, aunque no me hallaba yo determinada en dejar de hacer lo que había entendido sin darme harta pesadumbre. Mas, en fin, lo hiciera, que yo fiaba de nuestro Señor lo que otras veces he visto, que Su Majestad muda al confesor, aunque esté de otra opinión, para que haga lo que Él quiere.

 

21. Díjele primero las muchas veces que nuestro Señor acostumbraba enseñarme así y que hasta entonces se habían visto muchas cosas en que se entendía ser espíritu suyo, y contele lo que pasaba; mas que yo haría lo que a él le pareciese, aunque me sería pena. Él es muy cuerdo y santo y de buen consejo en cualquiera cosa, aunque es mozo (24)[24]; y aunque vio había de ser nota, no se determinó a que se dejase de hacer lo que se había entendido. Yo le dije que esperásemos al mensajero (25)[25], y así le pareció; que yo confiaba en Dios que Él lo remediaría. Y así fue, que, con haberle dado todo lo que quería y había pedido, tornó a pedir (26)[26] otros trescientos ducados más, que parecía desatino, porque se le pagaba demasiado. Con esto vimos lo hacía Dios, porque a él le estaba muy bien vender, y estando concertado, pedir más no llevaba camino.

 

22. Con esto se remedió harto, que dijimos que nunca acabaríamos con él, mas no del todo; porque estaba claro que por trescientos ducados no se había de dejar casa que parecía convenir a un monasterio. Yo dije a mi confesor que de mi crédito no se le diese nada (27)[27], pues a él le parecía se hiciese; sino que dijese a su compañero que yo estaba determinada a que cara o barata, ruin o buena, se comprase la de nuestra Señora. Él tiene un ingenio en extremo vivo, y aunque no se le dijo nada, de ver mudanza tan presto, creo lo imaginó, y así no me apretó más en ello.

 

23. Bien hemos visto todos después el gran yerro que hacíamos en comprar la otra, porque ahora nos espantamos de ver las grandes ventajas que la hace, dejado lo principal, que se echa bien de ver se sirven nuestro Señor y su gloriosa Madre allí y que se quitan hartas ocasiones. Porque eran muchas las velas de noche, adonde, como no era sino sola ermita, podían hacer muchas cosas que el demonio le pesaba se quitasen, y nosotras nos alegramos de poder en algo servir a nuestra Madre y Señora y Patrona. Y era harto mal hecho no lo haber hecho antes, porque no habíamos de mirar más. Ello se ve claro ponía en muchas cosas ceguedad el demonio, porque hay allí muchas comodidades que no se hallaran en otra parte y grandísimo contento de todo el pueblo, que lo deseaban, y aun los que querían fuésemos a la otra, les parecía después muy bien.

 

24. Bendito sea el que me dio luz en esto, para siempre jamás; y así me la da en si alguna cosa acierto a hacer bien, que cada día me espanta más el poco talento que tengo en todo. Y esto no se entienda que es humildad, sino que cada día lo voy viendo más: que parece quiere nuestro Señor conozca yo y todos que sólo es Su Majestad el que hace estas obras, y que, como dio vista al ciego con lodo, quiere que, aun cosa tan ciega como yo, haga cosa que no lo sea. Por cierto, en esto había cosas –como he dicho– (28)[28] de harta ceguedad, y cada vez que se me acuerda, querría alabar a nuestro Señor de nuevo por ello; sino que aun para esto no soy, ni sé cómo me sufre. Bendita sea su misericordia, amén.

 

25. Pues luego se dieron prisa estos santos amigos de la Virgen a concertar las casas, y, a mi parecer, las dieron baratas. Trabajaron harto, que en cada una quiere Dios haya qué merecer en estas fundaciones a los que nos ayudan, y yo soy la que no hago nada, como otras veces he dicho, y nunca lo querría dejar de decir, porque es verdad. Pues lo que ellos trabajaron en acomodar la casa y dando también dineros para ello, porque yo no los tenía, fue muy mucho, junto con fiarla; que primero que en otras partes hallo un fiador, no de tanta cantidad, me veo afligida; y tienen razón, porque si no lo fiasen de nuestro Señor, yo no tengo blanca. Mas Su Majestad me ha hecho siempre tanta merced, que nunca por hacérmela perdieron nada, ni se dejó de pagar muy bien, que la tengo por grandísima.

 

26. Como no se contentaron los de las casas con ellos dos por fiadores, fuéronse a buscar el Provisor, que había nombre Prudencio, y aun no sé si me acuerdo bien; así me lo dicen ahora, que, como le llamábamos provisor, no lo sabía (29)[29]. Es de tanta caridad con nosotras, que era mucho lo que le debíamos y le debemos. Preguntoles adónde iban; díjoles que a buscarle para que firmase aquella fianza. El se rió. Dijo: «¿Pues a fianza de tantos dineros me decís de esa manera?». Y luego, desde la mula, la firmó, que para los tiempos de ahora es de ponderar (30)[30].

 

27. Yo no querría dejar de decir muchos loores de la caridad que hallé en Palencia, en particular y general. Es verdad que me parecía cosa de la primitiva Iglesia, al menos no muy usada ahora en el mundo, ver que no llevábamos renta y que nos habían de dar de comer, y no sólo no defenderlo (31)[31], sino decir que les hacía Dios merced grandísima. Y si se mirase con luz, decían verdad; porque, aunque no sea sino haber otra iglesia adonde está el Santísimo Sacramento más, es mucho (32)[32].

 

28. ¡Sea por siempre bendito, amén!, que bien se va entendiendo se ha servido de que esté allí y que debía haber algunas cosas de impertinencias que ahora no se hacen; porque, como velaban allí mucha gente y la ermita estaba sola, no todos iban por devoción. Ello se va remediando. La imagen de nuestra Señora estaba puesta muy indecentemente. Hale hecho capilla por sí el obispo Don Álvaro de Mendoza, y poco a poco se van haciendo cosas en honra y gloria de esta gloriosa Virgen y su Hijo. ¡Sea por siempre alabado, amén, amén!

 

29. Pues acabada de aderezar la casa para el tiempo de pasar allá las monjas, quiso el obispo fuese con gran solemnidad. Y así fue un día de la octava del Santísimo Sacramento (33)[33], que él mismo vino de Valladolid, y se juntó al Cabildo con las Órdenes, y casi todo el lugar. Mucha música. Fuimos, desde la casa adonde estábamos todas, en procesión, con nuestras capas blancas y velos delante del rostro, a una parroquia que estaba cerca de la casa de nuestra Señora, que la misma imagen vino también por nosotras, y de allí tomamos el Santísimo Sacramento y se puso en la iglesia con mucha solemnidad y concierto. Hizo harta devoción. Iban más monjas, que habían venido allí para la fundación de Soria, y con candelas en las manos. Yo creo fue el Señor harto alabado aquel día en aquel lugar. Plega a Él para siempre lo sea de todas las criaturas, amén, amén.

 

30. Estando en Palencia, fue Dios servido que se hizo el apartamiento (34)[34] de los Descalzos y Calzados, haciendo provincia por sí, que era todo lo que deseábamos para nuestra paz y sosiego. Trájose, por petición de nuestro católico rey don Felipe, de Roma un Breve muy copioso para esto (35)[35], y Su Majestad nos favoreció mucho en este fin, como lo había comenzado. Hízose capítulo en Alcalá (36)[36] por mano de un reverendo padre, llamado fray Juan de las Cuevas, que era entonces prior de Talavera. Es de la Orden de Santo Domingo, que vino señalado de Roma, nombrado por Su Majestad, persona muy santa y cuerda, como era menester para cosa semejante. Allí les hizo la costa el Rey, y por su mandato los favoreció toda la Universidad. Hízose en el Colegio de Descalzos que hay allí nuestro, de San Cirilo, con mucha paz y concordia. Eligieron por provincial al padre maestro fray Jerónimo Gracián de la Madre de Dios.

 

31. Porque esto escribirán estos Padres en otra parte cómo pasó, no había para qué tratar yo de ello. Helo dicho, porque estando en esta fundación acabó nuestro Señor cosa tan importante a la honra y gloria de su gloriosa Madre, pues es de su Orden, como Señora y Patrona que es nuestra; y me dio a mí uno de los grandes gozos y contentos que podía recibir en esta vida, que más había de 25 años que los trabajos y persecuciones y aflicciones que había pasado, sería largo de contar y sólo nuestro Señor lo puede entender. Y verlo ya acabado, si no es quien sabe los trabajos que se ha padecido, no puede entender el gozo que vino a mi corazón y el deseo que yo tenía que todo el mundo alabase a nuestro Señor y le ofreciésemos (37)[37] a este nuestro santo rey don Felipe, por cuyo medio lo había Dios traído a tan buen fin. Que el demonio se había dado tal maña, que ya iba todo por el suelo, si no fuera por él.

 

32. Ahora estamos todos en paz, Calzados y Descalzos. No nos estorba nadie a servir a nuestro Señor. Por eso, hermanos y hermanas mías, pues tan bien ha oído sus oraciones, prisa a servir a Su Majestad. Miren los presentes que son testigos de vista, las mercedes que nos ha hecho y de los trabajos y desasosiegos que nos ha librado; y los que están por venir, pues lo hallan llano todo, no dejen caer ninguna cosa de perfección, por amor de nuestro Señor. No se diga por ellos lo que de algunas Órdenes, que loan sus principios. Ahora comenzamos y procuren ir comenzando siempre de bien en mejor. Miren que por muy pequeñas cosas va el demonio barrenando agujeros por donde entren las muy grandes. No les acaezca decir: «En esto no va nada, que son extremos». ¡Oh hijas mías, que en todo va mucho, como no sea ir adelante!

 

33. Por amor de nuestro Señor les pido se acuerden cuán presto se acaba todo y la merced que nos ha hecho nuestro Señor a traernos a esta Orden, y la gran pena que tendrá quien comenzare alguna relajación. Sino que pongan siempre los ojos en la casta de donde venimos, de aquellos santos Profetas. ¡Qué de santos tenemos en el cielo que trajeron este hábito! Tomemos una santa presunción, con el favor de Dios, de ser nosotros como ellos. Poco durará la batalla, hermanas mías, y el fin es eterno. Dejemos estas cosas que en sí no son, si no es las que nos allegan a este fin que no tiene fin, para más amarle y servirle, pues ha de vivir para siempre jamás, amén, amén.

 

A Dios sean dadas gracias.

 

 

COMENTARIO AL CAPÍTULO 29

 

Fundación del Carmelo de Palencia

 

Con la fundación del Carmelo de Palencia comienza el trío de las postreras fundaciones teresianas. Le dedica la Santa siete folios de su autógrafo, en grafía nítida y serena, sin tachas ni titubeos de pluma, escritos probablemente en la misma ciudad de Palencia una vez establecida la fundación. Son casi un canto doxológico al Señor, que es –según ella– quien lo ha hecho todo, a la vez que se le desborda la pluma en loas y gratitudes a Palencia y su gente: “Toda la gente es de la mejor masa y nobleza que yo he visto”; completando el cuadro con una extraña profesión de ineptitud respecto de sí misma: “Que cada día me espanta más el poco talento que tengo en todo, y esto no se entienda que es humildad, sino que cada día lo voy viendo más que parece quiere nuestro Señor conozca yo, y todos, que sólo es Su Majestad el que hace estas obras…” (n. 24).

 

Efectivamente, en la marcha de la fundación será determinante una palabra del Señor escuchada en la intimidad de un momento eucarístico (n. 6), que hace de bisagra entre el no y el sí de la fundación.

 

El relato avanza como una pequeña pieza teatral:

 

– Surge el proyecto en plena enfermedad de la Santa, que se siente incapaz y se resiste, hasta que, por fin, la palabra de Dios lo pone en marcha (nn. 1?6);

– En pleno invierno, viaje de Valladolid a Palencia e inauguración provisional del Carmelo (nn. 7?11);

– Trámites de compra, opción definitiva por la ermita de Nuestra Señora de la Calle, y fundación (nn. 12?29);

– Eco gozoso de un suceso contemporáneo: el decisivo Capítulo de Alcalá (nn. 30?33).

 

La fundación palentina no fue empresa fácil. Tuvo comienzo sombrío. La Santa había regresado de Toledo a Valladolid, reclamada por don Álvaro de Mendoza, ahora Obispo de Palencia, ganoso de la fundación. Era el verano de 1580. Sobre toda Castilla se cierne la terrible epidemia del llamado “catarro universal”, que lleva la muerte a miles de hogares y de conventos. También Teresa es víctima de la epidemia. Enferma de muerte a finales de agosto. En todo el mes de septiembre no escribe una sola carta. “Cuando fue el catarro universal –refiere Gracián– estando la Madre Teresa en Valladolid, la apretó de manera, que estuvo muy cerca de irse a gozar de Dios…” (Escolias).

 

Mientras ella yace en cama van muriendo sus mejores amigos: el Visitador dominico Pedro Fenández, en Salamanca; su confesor jesuita el P. Baltasar Álvarez, en Belmonte; el Obispo de Sevilla don Cristóbal de Rojas, en Cigales, a dos pasos de Valladolid, asistido por el P. Gracián. Poco antes ha fallecido en La Serna el propio hermano de Teresa Lorenzo de Cepeda.

 

Ella no sucumbe a la epidemia, pero “de esta enfermedad –escribe Gracián– quedó tan mudada y flaca, que parecía ya de edad…” (Escolias). Es el clima nefasto en que se gesta la fundación. Decidida pero no repuesta, emprende viaje el 28 de diciembre “con ser el tiempo tan recio”, escribe. En Palencia al día siguiente se celebra la primera misa conventual, en la casita que tiene alquilada gracias a los amigos palentinos.

 

A continuación refiere los enredosos trámites para decidirse por la ermita de Nuestra Señora de la Calle y las casas adyacentes. Por el relato desfila todo un coro de colaboradores incondicionales: tres canónigos, Reinoso, Salinas, Porras; el admirable Suero de Vega; el generoso Provisor don Prudencio Armentia, que firma la fianza sin apearse de la mula… Y prosigue cantando loores de la población palentina: “Es verdad, que me parecía cosa de la primitiva Iglesia. Al menos no muy usada ahora en el mundo” (n. 27).

 

Y a modo de apéndice el relato concluye recordando el más fausto acontecimiento de la familia teresiana en esos días, el Capítulo de Alcalá, que decide la erección de provincia aparte para los Descalzos. La Santa había participado intensamente en su preparación, primero con el envío de mensajeros a Roma para tramitarlo, y luego recogiendo y enviando un memorial de cada Carmelo para información de los capitulares, y multiplicando ella misma las sugerencias y recomendaciones a Gracián, que resultaría elegido provincial.

 

Ahora no se pierde en detalles y menudencias históricas. El Capítulo ha puesto fin a la racha de sufrimientos y turbulencias del precedente cuatrienio. Ha sido para ella “uno de los grandes gozos y contentos que podía recibir en esta vida”. Y se decanta por un doble gesto conclusivo: la gratitud y alabanza al Señor y a la Virgen, “como Señora y Patrona que es nuestra”, y la mirada puesta en el porvenir del grupo, para el cual reitera su lema ya antes formulado más de una vez:

 

– “Ahora comenzamos, y procuren ir comenzando siempre de bien en mejor…

– Pongan siempre los ojos en la casta de donde venimos, de aquellos santos profetas. ¡Qué de santos tenemos en el cielo que trajeron este hábito!

Tomemos una santa presunción con el favor de Dios de ser nosotros como ellos”.


            [1] Al título precede el anagrama JHS. Omitió la numeración del capítulo. Escribió primero: …San José de Palencia, tachando en seguida esta palabra, para dar atildadamente el título patronal de la fundación. Semejante modo de combinar el patronato de San José con el de la Virgen puede verse en los epígrafes de los cc. 21 («San José del Carmen»), 22 («San José del Salvador»), 23 («San José del Carmen»), y otra combinación en el c. 31: «San José de Santa Ana».

            [2] El Prelado: Ángel de Salazar (cf. c. 28, n. 6 nota).

            [3] Cf. Vida c. 36, n. 2.

            [4] María Bautista de Ocampo, la de la famosa velada de la Encarnación (Vida c. 32, n. 10).

            [5] Era, escribió la Santa.

            [6] El 20/3/1580 salió la Santa de Villanueva de la Jara. Hacia el 26 llegó a Toledo, donde cayó gravemente enferma pocos días después, víctima del llamado «catarro universal» que asoló España aquel año. Hacia el 7 de junio salió de Toledo, por Madrid y Segovia, camino de Ávila, Medina y Valladolid, adonde llegó el 8 de agosto recayendo gravísimamente en la enfermedad de Toledo. Emprendió el viaje a Palencia en pleno invierno: 28/12/1580.

            [7] Por nuevo error material, escribió espantado.

            [8] El mismo que intervino en la redacción de esta obra (pról., n. 2).

            [9] Muerto poco antes, el 25 de julio de 1580.

            [10] En el n. 1.

            [11] Cf. n. 10.

            [12] No del todo tornada en mí: sana.

            [13] El 28/12/1580. Hasta San Juan (24 de junio de 1581) les cedió la casa el canónigo Serrano.

            [14] Jerónimo Reinoso (1546-1600), en adelante amiguísimo de la Madre.

            [15] El primero, Porras, confesor de las Carmelitas de Valladolid; el segundo, insigne bienhechor del Carmelo vallisoletano, donde tuvo una hija carmelita: María de San Agustín. – De Valladolid a Palencia acompañó también a la Santa el P. Gracián.

            [16] Era la beata Ana de San Bartolomé, enfermera y a veces secretaria de la Santa a partir de la nochebuena de 1577, en que ésta se lesionó el brazo izquierdo. Las otras cuatros fueron: Inés de Jesús (Tapia, prima de la Madre), Catalina del Espíritu Santo, María de San Bernardo y Juana de San Francisco.

            [17] El 29 de diciembre.

            [18] Martín Alonso Salinas, gran amigo de la Santa.

            [19] En el n. 11

            [20] Suero de Vega, hijo de Juan de Vega, que fue Virrey de Navarra y Siciia y presidente del Consejo Real. Uno de sus hijos, Juan de la Madre de Dios, fue Carmelita Descalzo.

            [21] En el n. 14.

            [22] En los nn. 15-16.

            [23] Tendría, escribió la Santa.

            [24] Reinoso (1546-1600 contaba a la sazón 35 años.

            [25] Que esperásemos al mensajero, enviado al dueño para contratar (cf. n. 16).

            [26] Tomó a pedir el dueño…

            [27] O sea: que nada le importase de mi crédito o buen nombre. – Que dijese a su compañero: el canónigo Salinas (cf. nn. 12-13).

            [28] En el n. 23, y nn. 14-15.

            [29] El Provisor del Obispo era D. Prudencio Armentia (cf. n. 11).

            [30] Es de ponderar fue añadido por la Autora entre líneas.

            [31] Defenderlo: impedirlo.

            [32] En buen orden: aunque no sea sino haber otra iglesia más adonde esté el SS. Sacramento, es mucho.

            [33] El 26 de mayo de 1581.

            [34] Apartamiento: separación.

            [35] El breve «Pia consideratione», de Gregorio XIII, del 22 de junio de 1580.

            [36] A partir del 3/3/1581. El día 4 fue elegido Provincial Gracián, y San Juan de la Cruz Definidor.

            [37] Ofreciésemos: encomendásemos.

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Santa Teresa de Jesús. Libro de las Fundaciones (Capítulo 29), 10.0 out of 10 based on 1 rating
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