Santa Teresa de Jesús. Libro de las Fundaciones (Capítulo 28)
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Santa Teresa de Jesús. Libro de las Fundaciones (Capítulo 28)

Revisión del texto, notas y comentario: Tomás Álvarez, O.C.D.

Trabajo realizado por Fr. Gregorio Cortázar Vinueva

 CAPÍTULO 28

La fundación de Villanueva de la Jara (1)[1].

1. Acabada la fundación de Sevilla, cesaron las fundaciones por más de cuatro años (2)[2]. La causa fue que comenzaron grandes persecuciones muy de golpe a los Descalzos y Descalzas, que aunque ya había habido hartas, no en tanto extremo, que estuvo a punto de acabarse todo. Mostrose bien lo que sentía el demonio este santo principio que nuestro Señor había comenzado y ser obra suya, pues fue adelante. Padecieron mucho los Descalzos, en especial las cabezas, de graves testimonios y contradicción de casi todos los Padres calzados (3)[3].

2. Estos informaron a nuestro reverendísimo padre General (4)[4] de manera que, con ser muy santo y el que había dado la licencia para que se fundasen todos los monasterios (fuera de San José de Ávila, que fue el primero, que éste se hizo con licencia del Papa), le pusieron de suerte que ponía mucho porque no pasasen adelante los Descalzos, que con los monasterios de las monjas siempre estuvo bien. Y porque yo no ayudaba a esto, le pusieron desabrido conmigo, que fue el mayor trabajo que yo he pasado en estas fundaciones, aunque he pasado hartos. Porque dejar de ayudar a que fuese adelante obra adonde yo claramente veía servirse nuestro Señor y acrecentarse nuestra Orden, no me lo consentían muy grandes letrados con quien me confesaba y aconsejaba, e ir contra lo que veía quería mi prelado, érame una muerte. Porque, dejada la obligación que le tenía por serlo, amábale muy tiernamente y debíaselo bien debido. Verdad es que aunque yo quisiera darle en esto contento no podía, por haber Visitadores Apostólicos a quien forzado había de obedecer (5)[5].

 

3. Murió un Nuncio santo que favorecía mucho la virtud, y así estimaba los Descalzos (6)[6]. Vino otro que parecía le había enviado Dios para ejercitarnos en padecer. Era algo deudo del Papa, y debe ser siervo de Dios, sino que comenzó a tomar muy a pechos a favorecer a los Calzados; y conforme a la información que le hacían de nosotros, enterose (7)[7] mucho en que era bien no fuesen adelante estos principios, y así comenzó a ponerlo por obra con grandísimo rigor, condenando a los que le pareció le podían resistir, encarcelándolos, desterrándolos.

 

4. Los que más padecieron fue el padre fray Antonio de Jesús, que es el que comenzó el primer monasterio de Descalzos, y el padre fray Jerónimo Gracián, a quien había hecho el Nuncio pasado Visitador Apostólico de los del Paño (8)[8], con el cual fue grande el disgusto que tuvo, y con el padre Mariano de San Benito. De estos Padres he dicho ya quién son en las fundaciones pasadas; otros de los más graves penitenció, aunque no tanto. A éstos ponía muchas censuras, que no tratasen de ningún negocio.

 

5. Bien se entendía venir todo de Dios y que lo permitía Su Majestad para mayor bien y para que fuese más entendida la virtud de estos Padres, como lo ha sido. Puso prelado del Paño, para que visitase nuestros monasterios de monjas y de los frailes (9)[9]; que, a haber lo que él pensaba, fuera harto trabajo. Y así se pasó grandísimo, como se escribirá de quien lo sepa mejor decir; que yo no hago sino tocar en ello, para que entiendan las monjas que vinieren cuán obligadas están a llevar adelante la perfección, pues hallan llano lo que tanto ha costado a las de ahora; que algunas (10)[10] de ellas han padecido muy mucho en estos tiempos de grandes testimonios, que me lastimaba a mí muy mucho más que lo que yo pasaba, que esto antes me era gran gusto. Parecíame ser yo la causa de toda esta tormenta, y que si me echasen en la mar, como a Jonás, cesaría la tempestad.

 

6. Sea Dios alabado, que favorece la verdad. Y así sucedió en esto que, como nuestro católico rey Don Felipe supo lo que pasaba y estaba informado de la vida y religión de los Descalzos, tomó la mano (11)[11] a favorecernos, de manera que no quiso juzgase sólo el Nuncio nuestra causa, sino diole cuatro acompañados (12)[12], personas graves y las tres religiosos, para que se mirase bien nuestra justicia. Era el uno de ellos el padre maestro fray Pedro Fernández, persona de muy santa vida y grandes letras y entendimiento. Había sido Comisario Apostólico y Visitador de los del Paño de la Provincia de Castilla, a quien los Descalzos estuvimos también sujetos, y sabía bien la verdad de cómo vivían los unos y los otros; que no deseábamos todos otra cosa sino que esto se entendiese. Y así, en viendo yo que el Rey le había nombrado, di el negocio por acabado, como por la misericordia de Dios lo está. Plega a Su Majestad sea para honra y gloria suya.

 

Aunque eran muchos los señores del reino y obispos que se daban prisa a informar de la verdad al Nuncio, todo aprovechara poco, si Dios no tomara por medio al Rey.

 

7. Estamos todas, hermanas, muy obligadas a siempre en nuestras oraciones encomendarle a nuestro Señor, y a los que han favorecido su causa y de la Virgen nuestra Señora, y así os lo encomiendo mucho.

 

¡Ya veréis, hermanas, el lugar que había para fundar! (13)[13]. Todas nos ocupábamos en oraciones y penitencias sin cesar, para que lo fundado llevase Dios adelante, si se había de servir de ello.

 

8. En el principio de estos grandes trabajos (que dichos tan en breve os parecerán poco, y padecido tanto tiempo ha sido muy mucho), estando yo en Toledo, que venía de la fundación de Sevilla, año de 1576, me llevó cartas un clérigo de Villanueva de la Jara del ayuntamiento de este lugar, que iba a negociar conmigo admitiese para monasterio nueve mujeres que se habían entrado juntas en una ermita de la gloriosa Santa Ana que había en aquel pueblo, con una casa pequeña cabe ella, algunos años había, y vivían con tanto recogimiento y santidad, que convidaba a todo el pueblo a procurar cumplir sus deseos, que eran ser monjas. Escribiome también un doctor, cura que es de este lugar, llamado Agustín de Ervías, hombre docto y de mucha virtud (14)[14]. Esta le hacía ayudar cuanto podía a esta santa obra.

 

9. A mí me pareció cosa que en ninguna manera convenía admitirla por estas razones: la primera, por ser tantas, y parecíame cosa muy dificultosa, mostradas a su manera de vivir, acomodarse a la nuestra. La segunda, porque no tenía casi nada para poderse sustentar, y el lugar no es poco más de mil vecinos, que para vivir de limosna es poca ayuda; aunque el ayuntamiento se ofrecía a sustentarlas, no me parecía cosa durable. La tercera, que no tenían casa. La cuarta, lejos de estotros monasterios. Quinta (15)[15], y que aunque me decían eran muy buenas, como no las había visto no podía entender si tenían los talentos que pretendemos en estos monasterios; y así me determiné a despedirlo del todo.

 

10. Para esto quise primero hablar a mi confesor, que era el Doctor Velázquez, canónigo y catedrático de Toledo, hombre muy letrado y virtuoso, que ahora es obispo de Osma (16)[16]; porque siempre tengo de costumbre no hacer cosa por mi parecer, sino de personas semejantes. Como vio las cartas y entendió el negocio, díjome que no lo despidiese, sino que respondiese bien; porque cuando tantos corazones juntaba Dios en una casa, que se entendía se había de servir de ella. Yo lo hice así, que ni lo admití del todo ni lo despedí. En importunar por ello y procurar personas por quien yo lo hiciese, se pasó hasta este año de 80, con parecerme siempre que era desatino admitirlo. Cuando respondía, nunca podía responder del todo mal.

 

11. Acertó a venir a cumplir su destierro (17)[17] el padre fray Antonio de Jesús al monasterio de nuestra Señora del Socorro, que está tres leguas de este lugar de Villanueva, y viniendo a predicar a él y el prior de este monasterio, que al presente es el padre fray Gabriel de la Asunción (18)[18], persona muy avisada y siervo de Dios, venía también mucho al mismo lugar, que eran amigos del doctor Ervías, y comenzaron a tratar con estas santas hermanas. Y aficionados de su virtud y persuadidos del pueblo y del doctor, tomaron este negocio por propio y comenzaron a persuadirme con mucha fuerza con cartas. Y estando yo en San José de Malagón, que es 26 leguas y más de Villanueva, fue el mismo Padre Prior a hablarme sobre ello, dándome cuenta de lo que se podía hacer y cómo después de hecho daría el doctor Ervías trescientos ducados de renta, sobre la que él tiene de su beneficio; que se procurase de Roma.

 

12. Esto se me hizo muy incierto, pareciéndome habría flojedad después de hecho; que con lo poco que ellas tenían, bien bastaba. Y así dije muchas razones al Padre Prior para que viese no convenía hacerse y, a mi parecer, bastantes, y dije que lo mirasen mucho él y el padre fray Antonio, que yo lo dejaba sobre su conciencia, pareciéndome que con lo que yo les decía bastaba para no hacerse.

 

13. Después de ido, consideré cuán aficionado estaba a ello y que había de persuadir al prelado que ahora tenemos, que es el Maestro fray Ángel de Salazar, para que lo admitiese; y dime mucha prisa a escribirle, suplicándole que no diese esta licencia, diciéndole las causas; y según después me escribió, no la había querido dar si no era pareciéndome a mí bien.

 

14. Pasaron como mes y medio, no sé si algo más. Cuando ya pensé lo tenía estorbado, envíanme un mensajero con cartas del ayuntamiento, adonde se obligaban que no les faltaría lo que hubiese menester, y el doctor Ervías a lo que tengo dicho (19)[19], y cartas de estos dos reverendos Padres con mucho encarecimiento. Era tanto lo que yo temía el admitir tantas hermanas, pareciéndome había de haber algún bando contra las que fuesen, como suele acaecer, y también en no ver cosa segura para su mantenimiento, porque lo que ofrecían no era cosa que hacía fuerza, que me vi en harta confusión. Después he entendido era el demonio, que con haberme el Señor dado ánimo, me tenía con tanta pusilanimidad entonces, que no parece confiaba nada de Dios. Mas las oraciones de aquellas benditas almas, en fin, pudieron más.

 

15. Acabando un día de comulgar y estándolo encomendando a Dios, como hacía muchas veces, que lo que me hacía responderlos antes bien era temer si estorbaba algún aprovechamiento de algunas almas (que siempre mi deseo es ser algún medio para que se alabase nuestro Señor y hubiese más quien le sirviese), me hizo Su Majestad una gran reprensión, diciéndome que con qué tesoros se había hecho lo que estaba hecho hasta aquí; que no dudase de admitir esta casa, que sería para mucho servicio suyo y aprovechamiento de las almas.

 

16. Como son tan poderosas estas palabras de Dios, que no sólo las entiende el entendimiento, sino que le alumbra para entender la verdad, y dispone la voluntad para querer obrarlo, así me acaeció a mí; que no sólo gusté de admitirlo, sino que me pareció había sido culpa tanto detenerme y estar tan asida a razones humanas, pues tan sobre razón he visto lo que Su Majestad ha obrado por esta sagrada Religión.

 

17. Determinada en admitir esta fundación, me pareció sería necesario ir yo con las monjas que en ella habían de quedar, por muchas cosas que se me representaron, aunque el natural sentía mucho por haber venido bien mala hasta Malagón y andarlo siempre (20)[20]. Mas pareciéndome se serviría nuestro Señor, lo escribí al prelado para que me mandase lo que mejor le pareciese, el cual envió la licencia para la fundación y precepto de que me hallase presente y llevase las monjas que me pareciese, que me puso en harto cuidado, por haber de estar con las que allá estaban. Encomendándolo mucho a nuestro Señor, saqué dos del monasterio de San José de Toledo, la una para priora; y dos del de Malagón, y la una para supriora (21)[21]. Y como tanto se había pedido a Su Majestad, acertose muy bien, que no lo tuve en poco; porque en las fundaciones que solas nosotras comienzan, todas se acomodan bien.

 

18. Vinieron por nosotras el padre fray Antonio de Jesús y el padre prior fray Gabriel de la Asunción (22)[22]. Dado todo recaudo del pueblo, partimos de Malagón, sábado antes de Cuaresma, a trece días de febrero, año de 1580. Fue Dios servido de hacer tan buen tiempo y darme tanta salud, que parecía nunca había tenido mal; que yo me espantaba y consideraba lo mucho que importa no mirar nuestra flaca disposición cuando entendemos se sirve el Señor, por contradicción que se nos ponga delante, pues es poderoso de hacer de los flacos fuertes y de los enfermos sanos. Y cuando esto no hiciere, será lo mejor padecer para nuestra alma, y puestos los ojos en su honra y gloria olvidarnos a nosotros. ¿Para qué es la vida y la salud, sino para perderla por tan gran Rey y Señor? Creedme, hermanas, que jamás os irá mal en ir por aquí.

 

19. Yo confieso que mi ruindad y flaqueza muchas veces me ha hecho temer y dudar; mas no me acuerdo ninguna, después que el Señor me dio hábito de Descalza, ni algunos años antes, que no me hiciese merced, por su sola misericordia, de vencer estas tentaciones y arrojarme a lo que entendía era mayor servicio suyo, por dificultoso que fuese. Bien claro entiendo que era poco lo que hacía de mi parte, mas no quiere más Dios de esta determinación para hacerlo todo de la suya. Sea por siempre bendito y alabado, amén.

 

20. Habíamos de ir al monasterio de nuestra Señora del Socorro, que ya queda dicho (23)[23] que está tres leguas de Villanueva, y detenernos allí para avisar cómo íbamos, que lo tenían así concertado, y yo era razón obedeciese a estos Padres, con quien íbamos, en todo. Está esta casa en un desierto y soledad harto sabrosa; y como llegamos cerca, salieron los frailes a recibir a su Prior con mucho concierto. Como iban descalzos y con sus capas pobres de sayal, hiciéronnos a todas devoción, y a mí me enterneció mucho pareciéndome estar en aquel florido tiempo de nuestros santos Padres. Parecían en aquel campo unas flores blancas olorosas, y así creo yo lo son a Dios, porque, a mi parecer, es allí servido muy a las veras. Entraron en la iglesia con un Te Deum y voces muy mortificadas. La entrada de ella es debajo de tierra, como por una cueva, que representaba la de nuestro Padre Elías (24)[24]. Cierto, yo iba con tanto gozo interior, que diera por muy bien empleado más largo camino; aunque me hizo harta lástima ser ya muerta la santa por quien nuestro Señor fundó esta casa, que no merecí verla, aunque lo deseé mucho (25)[25].

 

21. Paréceme no será cosa ociosa tratar aquí algo de su vida y por los términos que nuestro Señor quiso se fundase allí este monasterio, que tanto provecho ha sido para muchas almas de los lugares del rededor, según soy informada; y para que viendo la penitencia de esta santa, veáis, mis hermanas, cuán atrás quedamos nosotras, y os esforcéis para de nuevo servir a nuestro Señor; pues no hay por qué seamos para menos, pues no venimos de gente tan delicada y noble; que aunque esto no importe, dígolo porque había tenido vida regalada, conforme a quien era, que venía de los Duques de Cardona, y así se llamaba ella doña Catalina de Cardona (26)[26]. Después de algunas veces que me escribió, sólo firmaba «la Pecadora».

 

22. De su vida, antes que el Señor la hiciese tan grandes mercedes, dirán los que escribieren su vida, y más particularmente lo mucho que hay que decir de ella. Por si no llegare a vuestra noticia, diré aquí lo que me han dicho algunas personas que la trataban, dignas de creer.

 

23. Estando esta santa entre personas y señores de mucha calidad, siempre tenía mucha cuenta con su alma y hacía penitencia. Creció tanto el deseo de ella y de irse adonde sola pudiese gozar de Dios y emplearse en hacer penitencia, sin que ninguno la estorbase. Esto trataba con sus confesores y no se lo consentían, que, como está ya el mundo tan puesto en discreción y casi olvidadas las grandes mercedes que hizo Dios a los santos y santas que en los desiertos le sirvieron, no me espanto les pareciese desatino. Mas como no deja Su Majestad de favorecer a los verdaderos deseos para que se pongan en obra, ordenó que se viniese a confesar con un padre francisco, que llaman fray Francisco de Torres, a quien yo conozco muy bien, y le tengo por santo, y con grande hervor de penitencia y oración ha muchos años que vive y con hartas persecuciones. Debe bien de saber la merced que Dios hace a los que se esfuerzan a recibirlas, y así le dijo que no se detuviese, sino que siguiese el llamamiento que Su Majestad le hacía. No sé yo si fueron éstas las palabras, mas entiéndese, pues luego lo puso por obra.

 

24. Descubriose a un ermitaño que estaba en Alcalá (27)[27], y rogole se fuese con ella, sin que jamás lo dijese a ninguna persona. Y aportaron (28)[28] adonde está este monasterio, adonde halló una covezuela, que apenas cabía. Aquí la dejó. Mas ¡qué amor debía llevar, pues ni tenía cuidado de lo que había de comer, ni los peligros que le podían suceder, ni la infamia que podía haber cuando no pareciese! ¡Qué borracha debía de ir esta santa alma, embebida en que ninguno la estorbase de gozar de su Esposo, y qué determinada a no querer más mundo, pues así huía de todos sus contentos!

 

25. Consideremos esto bien, hermanas, y miremos cómo de un golpe lo venció todo. Porque aunque no sea menos lo que vosotras hacéis en entraros en esta sagrada Religión y ofrecer a Dios vuestra voluntad y profesar tan continuo encerramiento, no sé si se pasan estos hervores del principio a algunas, y tornamos a sujetarnos en algunas cosas de nuestro amor propio. Plega a la divina Majestad que no sea así, sino que, ya que remedamos a esta santa en querer huir del mundo, estemos en todo muy fuera de él en lo interior.

 

26. Muchas cosas he oído de la grande aspereza de su vida, y débese de saber lo menos. Porque en tantos años como estuvo en aquella soledad con tan grandes deseos de hacerla, no habiendo quien a ellos le fuese a la mano, terriblemente debía tratar su cuerpo (29)[29]. Diré lo que a ella misma oyeron algunas personas y las monjas de San José de Toledo, adonde ella entró a verlas, y como con hermanas hablaba con llaneza, y así lo hacía con otras personas, porque era grande su sencillez y debíalo ser la humildad. Y como quien tenía entendido que no tenía ninguna cosa de sí, estaba muy lejos de vanagloria, y gozábase de decir las mercedes que Dios la hacía para que por ellas fuese alabado y glorificado su nombre: cosa peligrosa para los que no han llegado a este estado, que, por lo menos, les parece alabanza propia; aunque la llaneza y santa simplicidad la debía librar de esto, porque nunca oí ponerle esta falta.

 

27. Dijo que había estado ocho (30)[30] años en aquella cueva, y muchos días pasando con las hierbas del campo y raíces; porque, como se le acabaron tres panes que le dejó el que fue con ella, no lo tenía hasta que fue por allí un pastorcico (31)[31]. Este la proveía después de pan y harina, que era lo que ella comía: unas tortillas cocidas en la lumbre, y no otra cosa; esto a tercer día (32)[32], y es muy cierto, que aun los frailes que están allí son testigos, y era ya después que ella estaba muy gastada. Algunas veces la hacían comer una sardina, u otras cosas (33)[33], cuando ella fue a procurar cómo hacer el monasterio, y antes sentía daño que provecho. Vino nunca lo bebió, que yo haya sabido. Las disciplinas eran con una gran cadena, y duraban muchas veces dos horas, y hora y media. Los cilicios tan asperísimos, que me dijo una persona, mujer (34)[34], que viniendo de romería se había quedado a dormir con ella una noche, y héchose dormida, y que la vio quitar los cilicios llenos de sangre y limpiarlos. Y más era lo que pasaba –según ella decía a estas monjas que he dicho– (35) [35]con los demonios, que le aparecían como unos alanos grandes, y se la subían por los hombros, y otras como culebras. Ella no les había ningún miedo.

 

28. Después que hizo el monasterio, todavía se iba, y estaba y dormía, a su cueva, si no era ir a los Oficios Divinos. Y antes que se hiciese, iba a misa a un monasterio de Mercedarios (36)[36], que está un cuarto de legua, y algunas veces de rodillas. Su vestido era buriel y túnica de sayal (37)[37], y de manera hecho, que pensaban era hombre.

 

Después de estos años que aquí estuvo tan a solas, quiso el Señor se divulgase, y comenzaron a tener tanta devoción con ella, que no se podía valer de la gente. A todos hablaba con mucha caridad y amor. Mientras más iba el tiempo, mayor concurso de gente acudía; y quien la podía hablar, no pensaba tenía poco. Ella estaba tan cansada de esto, que decía la tenían muerta. Venía día estar todo el campo lleno de carros casi. Después que estuvieron allí los frailes, no tenían otro remedio sino levantarla en alto para que les echase la bendición, y con eso se libraban.

 

Después de los ocho años que estuvo en la cueva, que ya era mayor, porque se la habían hecho los que allí iban, diole una enfermedad muy grande, que pensó morirse, y todo lo pasaba en aquella cueva.

 

29. Comenzó a tener deseos de que hubiese allí un monasterio de frailes, y con éste estuvo algún tiempo no sabiendo de qué Orden le haría; y estando una vez rezando a un crucifijo que siempre traía consigo, le mostró nuestro Señor una capa blanca, y entendió que fuese de los Descalzos Carmelitas, y nunca había venido a su noticia que los había en el mundo. Entonces estaban hechos solos dos monasterios, el de Mancera y Pastrana. Debíase después de esto de informar, y como supo que le había en Pastrana y ella tenía mucha amistad con la Princesa de Éboli, de tiempos pasados, mujer del príncipe Ruy Gómez, cuya era Pastrana, partióse para allá a procurar cómo hacer este monasterio que ella tanto deseaba.

 

30. Allí, en el monasterio de Pastrana, en la iglesia de San Pedro –que así se llama– tomó el hábito de nuestra Señora (38)[38]; aunque no con intento de ser monja ni profesar, que nunca a ser monja se inclinó, como el Señor la llevaba por otro camino; parecíale le quitaran por obediencia sus intentos de asperezas y soledad. Estando presentes todos los frailes, recibió el hábito de nuestra Señora del Carmen.

 

31. Hallose allí el padre Mariano –de quien ya he hecho mención en estas fundaciones– (39)[39], el cual me dijo a mí misma que le había dado una suspensión o arrobamiento, que del todo le enajenó; y que estando así, vio muchos frailes y monjas muertos; unos descabezados, otros cortadas las piernas y los brazos, como que los martirizaban, que esto se da a entender en esta visión. Y no es hombre que dirá sino lo que viere, ni tampoco está acostumbrado su espíritu a estas suspensiones, que no le lleva Dios por este camino. Rogad a Dios, hermanas, que sea verdad y que en nuestros tiempos merezcamos ver tan gran bien y ser nosotras de ellas.

 

32. De aquí de Pastrana comenzó a procurar la santa Cardona con qué hacer su monasterio, y para esto tornó a la Corte, de donde con tanta gana había salido, que no le sería pequeño tormento, adonde no le faltaron hartas murmuraciones y trabajos; porque cuando salía de casa no se podía valer de gente. Esto en todas las partes que fue. Unos le cortaban del hábito, otros de la capa. Entonces fue a Toledo, adonde estuvo con nuestras monjas. Todas me han afirmado que era tan grande el olor que tenía de reliquias, que hasta el hábito y la cinta, después que le dejó, porque le dieron otro y se le quitaron, era para alabar a nuestro Señor el olor. Y mientras más a ella se llegaban, era mayor, con ser los vestidos de suerte con la calor, que hacía mucha, que antes le habían de tener malo. Sé que no dirán sino toda verdad, y así quedaron con mucha devoción.

 

33. En la Corte y otras partes le dieron para poder hacer su monasterio y, llevando licencia, se fundó. Hízose la iglesia adonde era su cueva, y a ella le hicieron otra desviada, adonde tenía un sepulcro de bulto y se estaba noche y día lo más del tiempo. Durole poco, que no vivió sino cerca de cinco años y medio después que tuvo allí el monasterio, que con la vida tan áspera que hacía, aun lo que había vivido parecía sobrenatural. Su muerte fue año de 1577, a lo que ahora me parece (40)[40]. Hiciéronle las honras con grandísima solemnidad; porque un caballero que llaman fray Juan de León (41)[41], tenía gran devoción con ella, y puso en esto mucho. Está ahora enterrada en depósito en una capilla de nuestra Señora, de quien ella era en extremo devota, hasta hacer mayor iglesia de la que tienen, para poner su bendito cuerpo como es razón.

 

34. Es grande la devoción que tienen en este monasterio por su causa, y así parece quedó en él y en todo aquel término, en especial mirando aquella soledad y cueva, adonde estuvo. Antes que determinase hacer el monasterio, me han certificado que estaba tan cansada y afligida de ver la mucha gente que la venía a ver, que se quiso ir a otra parte adonde nadie supiese de ella; y envió por el ermitaño que la había traído allí para que la llevase, y era ya muerto. Y nuestro Señor, que tenía determinado se hiciese allí esta casa de nuestra Señora, no la dio lugar a que se fuese; porque –como he dicho– (42)[42] entiendo se sirve mucho allí. Tienen gran aparejo, y vese bien en ellos que gustan de estar apartados de gente; en especial el prior (43)[43], que también le sacó Dios, para tomar este hábito, de harto regalo, y así le ha pagado bien con hacérselos espirituales.

 

35. Hízonos allí mucha caridad. Diéronnos de lo que tenían en la iglesia, para la que íbamos a fundar, que, como esta santa era querida de tantas personas principales, estaba bien proveída de ornamentos. Yo me consolé muy mucho lo que allí estuve, aunque con harta confusión, y me dura; porque veía que la que había hecho allí la penitencia tan áspera era mujer como yo, y más delicada, por ser quien era y no tan gran pecadora como yo soy; que en esto, de la una a la otra no se sufre comparación, y he recibido muy mayores mercedes de nuestro Señor de muchas maneras, y no me tener ya en el infierno, según mis grandes pecados, es grandísima. Sólo el deseo de remedarla, si pudiera, me consolaba, mas no mucho; porque toda mi vida se me ha ido en deseos y las obras no las hago. Válgame la misericordia de Dios, en quien yo he confiado siempre por su Hijo sacratísimo y la Virgen nuestra Señora, cuyo hábito por la bondad del Señor traigo.

 

36. Acabando de comulgar un día en aquella santa iglesia, me dio un recogimiento muy grande con una suspensión que me enajenó. En ella se me representó esta santa mujer por visión intelectual, como cuerpo glorificado, y algunos ángeles con ella. Díjome que no me cansase, sino que procurase ir adelante en estas fundaciones. Entiendo yo, aunque no lo señaló, que ella me ayudaba delante de Dios. También me dijo otra cosa que no hay para qué la escribir (44)[44]. Yo quedé harto consolada y con deseo de trabajar. Y espero en la bondad del Señor, que con tan buena ayuda como estas oraciones, podré servirle en algo.

 

Veis aquí, hermanas mías, cómo ya acabaron estos trabajos, y la gloria que tiene será sin fin. Esforcémonos ahora, por amor de nuestro Señor, a seguir esta hermana nuestra. Aborreciéndonos a nosotras mismas, como ella se aborreció, acabaremos nuestra jornada, pues se anda con tanta brevedad y se acaba todo.

 

37. Llegamos el domingo primero de la cuaresma, que era víspera de la Cátedra de San Pedro, día de San Barbaciani (45)[45], año de 1580, a Villanueva de la Jara. Este mismo día se puso el Santísimo Sacramento en la iglesia de la gloriosa Santa Ana, a la hora de misa mayor. Saliéronnos a recibir todo el ayuntamiento y otros algunos con el doctor Ervías, y fuímonos a apear a la iglesia del pueblo, que estaba bien lejos de la de Santa Ana. Era tanta la alegría de todo el pueblo, que me hizo harta consolación ver con el contento que recibían la Orden de la sacratísima Virgen Señora nuestra. Desde lejos oíamos el repicar de las campanas. Entradas en la iglesia, comenzaron el Te Deum, un verso la capilla de canto de órgano, y otro el órgano. Acabado, tenían puesto el Santísimo Sacramento en unas andas y a nuestra Señora en otras, con cruces y pendones. Iba la procesión con harta autoridad. Nosotras, con nuestras capas blancas y velos delante del rostro, íbamos en mitad, cabe el Santísimo Sacramento, y junto a nosotras nuestros frailes Descalzos, que fueron hartos del monasterio, y los franciscos (que hay monasterio en el lugar, de San Francisco) iban allí, y un fraile dominico, que se halló en el lugar, que aunque era solo me dio contento ver allí aquel hábito. Como era lejos, había muchos altares. Deteníanse algunas veces diciendo letras de nuestra Orden, que nos hacía harta devoción y ver que todos iban alabando al gran Dios que llevábamos presente, y que por Él se hacía tanto caso de siete pobrecillas Descalzas que íbamos allí. Con todo esto que yo consideraba, me hacía harta confusión, acordándome iba yo entre ellas, y cómo, si se hubiera de hacer como yo merecía, fuera volverse todos contra mí.

 

38. Heos dado tan larga cuenta de esta honra que se hizo al hábito de la Virgen para que alabéis a nuestro Señor y le supliquéis se sirva de esta fundación; porque con más contento estoy cuando es con mucha persecución y trabajos, y con más gana os los cuento. Verdad es que estas hermanas que estaban aquí los han pasado casi seis años; al menos más de cinco y medio que ha que entraron en esta casa de la gloriosa Santa Ana, dejada la mucha pobreza y trabajo que tenían en ganar de comer, porque nunca quisieron pedir limosna (la causa era porque no les pareciese estaban allí para que las diesen de comer), y la gran penitencia que hacían, así en ayunar mucho y comer poco, malas camas y muy poquita casa, que para tanto encerramiento como siempre tuvieron era harto trabajo.

 

39. El mayor que me dijeron habían tenido era el grandísimo deseo de verse con el hábito, que éste noche y día las atormentaba grandísimamente, pareciéndoles nunca lo habían de ver, y así toda su oración era por que Dios las hiciese esta merced, con lágrimas muy ordinarias. Y en viendo que había algún desvío, se afligían en extremo y crecía la penitencia. De lo que ganaban, dejaban de comer para pagar los mensajeros que iban a mí, y mostrar la gracia que ellas podían con su pobreza a los que las podían ayudar en algo. Bien entiendo yo, después que las traté y vi su santidad, que sus oraciones y lágrimas habían negociado para que la Orden las admitiese. Y así he tenido por muy mayor tesoro que estén en ella tales almas que si tuvieran mucha renta, y espero irá la casa muy adelante.

 

40. Pues como entramos en la casa, estaban todas a la puerta de adentro cada una de su librea; porque como entraron se estaban, que nunca habían querido tomar traje de beatas, esperando esto, aunque el que tenían era harto honesto; que bien parecía en él tener poco cuidado de sí, según estaban mal aliñadas, y casi todas tan flacas, que se mostraba haber tenido vida de harta penitencia.

 

41. Recibiéronnos con hartas lágrimas del gran contento, y hase parecido no ser fingidas y su mucha virtud en la alegría que tienen y la humildad y obediencia a la Priora; y a todas las que vinieron a fundar no saben placeres que les hacer. Todo su miedo era si se habían de tornar a ir, viendo su pobreza y poca casa. Ninguna había mandado, sino, con gran hermandad, cada una trabajaba lo más que podía. Dos, que eran de más edad, negociaban cuando era menester; las otras jamás hablaban con ninguna persona, ni querían. Nunca tuvieron llave a la puerta, sino una aldaba; ni ninguna osaba llegar a ella, sino la más vieja respondía. Dormían muy poco, por ganar de comer y por no perder la oración, que tenían hartas horas; los días de fiesta todo el día. Por los libros de fray Luis de Granada y de fray Pedro de Alcántara se gobernaban.

 

42. El más tiempo rezaban el Oficio Divino, con un poco que sabían leer, que sola una lee bien, y no con breviarios conformes (46)[46]. Unos les habían dado de lo viejo romano algunos clérigos, como no se aprovechaban de ellos; otros, como podían. Y como no sabían leer, estábanse muchas horas. Esto no lo rezaban adonde de fuera las oyesen (47)[47]. Dios tomaría su intención y trabajo, que pocas verdades debían decir. Como el padre fray Antonio de Jesús las comenzó a tratar, hizo que no rezasen sino el oficio de nuestra Señora. Tenían su horno en que cocían el pan, y todo con un concierto como si tuvieran quien las mandara.

 

43. A mí me hizo alabar a nuestro Señor, y mientras más las trataba más contento me daba haber venido. Paréceme que por muchos trabajos que hubiera de pasar, no quisiera haber dejado de consolar estas almas. Y las que quedan de mis compañeras me decían que luego a los primeros días les hizo alguna contradicción, mas que como las fueron conociendo y entendiendo su virtud, estaban alegrísimas de quedar con ellas y las tenían mucho amor. Gran cosa puede la santidad y virtud. Verdad es que eran tales, que aunque hallaran muchas dificultades y trabajos los llevaran bien con el favor del Señor, porque desean padecer en su servicio. Y la hermana que no sintiere en sí este deseo, no se tenga por verdadera Descalza, pues no han de ser nuestros deseos descansar, sino padecer por imitar en algo a nuestro verdadero Esposo. Plega a Su Majestad nos dé gracia para ello, amén.

 

44. De donde comenzó esta ermita de Santa Ana, fue de esta manera: vivía aquí en este dicho lugar de Villanueva de la Jara un clérigo natural, de Zamora, que había sido fraile de nuestra Señora del Carmen. Era devoto de la gloriosa Santa Ana. Llamábase Diego de Guadalajara, y así hizo cabe su casa esta ermita, y tenía por donde oír misa; y con la gran devoción que tenía, fue a Roma y trajo una bula con muchos perdones para esta iglesia o ermita. Era hombre virtuoso y recogido. Cuando murió, mandó en su testamento que esta casa y todo lo que tenía fuese para un monasterio de monjas de nuestra Señora del Carmen; y si esto no hubiese efecto, que lo tuviese un capellán que dijese algunas misas cada semana, y que cada y cuando que fuese monasterio, no se tuviese obligación de decir las misas.

 

45. Estuvo así con un capellán más de veinte años, que tenía la hacienda bien desmedrada, porque, aunque estas doncellas entraron en la casa, sola la casa tenían. El capellán estaba en otra casa de la misma capellanía, que dejará ahora con lo demás, que es bien poco; mas la misericordia de Dios es tan grande que no dejará de favorecer la casa de su gloriosa abuela. Plega a Su Majestad que sea siempre servido en ella, y le alaben todas las criaturas por siempre jamás, amén.

 

 

COMENTARIO AL CAPÍTULO 28

 

Carmelo de Villanueva de la Jara

 

Es el capítulo más extenso y más complejo de cuantos ha escrito hasta aquí. Nueve folios tupidos, que, escritos en cuadernillo aparte, formaron por sí mismos una unidad autónoma. Incorporados luego al cuaderno de las Fundaciones, siguen careciendo de numeración de capítulo. De hecho, lo redacta la Santa en La Jara, a los cuatro años de ultimado el epílogo precedente.

 

Según el título, el capítulo trataría únicamente de esa fundación de Villanueva de la Jara (Cuenca). En realidad se extiende a varios sectores circundantes, a saber:

 

– Resume los precedentes cuatro años de acoso a los Descalzos (nn. 1?7);

– Recuerda la propuesta de las nueve reclusas de Villanueva; rechazada por parte de la Santa; y finalmente, aceptada por ésta (nn. 8?17);

– Base de operaciones, la ermita?cueva de los Descalzos en La Roda (nn. 10?20);

– Singular semblanza de la ermitaña Catalina de Cardona (nn. 21?36);

– Viaje triunfal a Villanueva y fundación de ese Carmelo (nn. 37?45).

 

La Santa comienza resumiendo lo sufrido durante el cuatrienio de pausa fundacional: “No hago sino tocar en ello para que (lo) entiendan las monjas que vinieren”. Está convencida de que su obra de las fundaciones ha estado a punto de ir a pique. Factores determinantes han sido, por un lado, los decretos del Capítulo General de Piacenza en el lejano 1575, que dictaminó, entre otras cosas, la supresión de todas las fundaciones de Descalzos en Andalucía. Y por otro, las condenas y cárceles infligidas por el Nuncio Felipe Sega a los superiores de los Descalzos: Gracián, Antonio Heredia, Ambrosio Mariano… (Omite el nombre de fray Juan de la Cruz, que sin embargo al ser encarcelado en 1577, motivó una de sus dos cartas fulminantes al rey. Otra carta similar al mismo Felipe II la escribe en 1577 para defender a Gracián contra las calumnias de un libelo infame).

 

Aquí, en el presente capítulo, relaciona el desenlace de esa grave situación de los Descalzos con la intervención del mismo Felipe II, gracias al cual el nuncio Sega hubo de nombrar un tribunal de cuatro asesores selectos, que en diciembre de 1578 dictaron sentencia más o menos favorable a los Descalzos.

 

Con la fundación de Villanueva de la Jara, Teresa sale de ese atolladero.

 

La historia del Carmelo de Villanueva comienza con el episodio de las nueve jóvenes ermitañas o anacoretas de Villanueva que claman por la venida de la Santa para iniciar vida carmelita. A Teresa le llega ese clamor “estando en Toledo, que venía de la fundación de Sevilla” (1576). Era quizás el peor momento. Ya se le había dado el caso similar de Beas, pero allí las postulantes eran solas dos beatas excepcionales. Ahora son un grupo numeroso, que si ha de iniciar vida carmelita, tendrá que adaptarse al nuevo estilo de hermandad “que llevamos juntas”, y a los criterios de la nueva superiora y monjas advenedizas.

 

La Santa se resiste: “Era tanto lo que yo temía el admitir tantas hermanas, pareciéndome había de haber algún bando…” (n. 14). Resiste al acoso de cartas que le llegan de todas partes, incluso del ayuntamiento de la Villa. Alega en contra un sartal de razones, cinco, formuladas una a una (n. 9). Pero lo consulta por doble partida: primero, al Provincial Ángel de Salazar, que se pliega a sus razones; luego, al teólogo de turno, Alonso Velázquez, que en cambio es de parecer favorable a “las nueve”.

 

De los letrados pasa a la oración, y una sola palabra del Señor la cambia radicalmente de parecer. Teresa se halla en Malagón. Es ya el año 1580. Está enferma. De Malagón a Villanueva son “26 leguas”, dice ella. Pero irá personalmente “por muchas causas…, aunque el natural sentía mucho por haber venido bien mala hasta Malagón, y andarlo siempre” (n. 17). Era pleno invierno 1579/1580.

 

Cuenta rápidamente la mediación de los carmelitas ermitaños de la Roda, y pasa a perfilar la extraña figura de Catalina de Cardona, residente como un ermitaño más en los antros de ese eremitorio de Nuestra Señora del Socorro, a 3 leguas de Villanueva. Esta vez no introduce la semblanza de la Cardona como un modelo más de vocación carmelita, sino como un admirable y admirado ejemplo de renuncia al mundo y de vida penitente. La Cardona trabaja por la fundación de Descalzos en la Roda. No parece que se interesase por la de Descalzas en Villanueva. Con todo, Teresa la colma de superlativos, hasta pasarse de raya en el ditirambo. En última instancia, tendrá que insinuar en voz baja un correctivo que le llega desde sus experiencias místicas: “También me dijo (el Señor) otra cosa que no hay para qué la escribir” (n. 36), aludiendo probablemente a lo referido en la Relación 23.

 

La última sección del capítulo cuenta, por fin, la fundación. El relato adquiere tono triunfal. Para ir a Villanueva, la Santa ha seleccionado dos monjas de Toledo y otras dos de Malagón. “Y como tanto se había pedido a Su Majestad, acertose muy bien”, comenta. Pese a lo crudo del invierno (febrero), las viajeras tuvieron buen tiempo y, sobre todo, disfrutó ella de “tanta salud, que parecía nunca había tenido mal, que yo me espantaba”.

 

Fue gloriosa la entrada y travesía de la Villa, en procesión, campanas al vuelo. Pero más que todo eso supuso la excelente impresión que las nueve reclusas produjeron a la Santa tras la ansiosa espera de “casi seis años” de trámites y recelos. “Después que las traté –escribe– y vi su santidad, (comprendí) que sus oraciones y lágrimas habían negociado… y he tenido por muy mayor tesoro que estén en la Orden tales almas…” (n. 39). E insiste: “Mientras más las trataba, más contento me daba haber venido” (n. 43).

 

Y otro tanto ocurre a sus compañeras fundadoras. También ellas habían compartido los temores y recelos de la Santa. Pero ahora “como las fueron conociendo y entendiendo su virtud, estaban alegrísimas de quedar con ellas y las tenían mucho amor” (n. 43).

 

En resumen: la Santa y su comitiva habían partido de Malagón el 13 de febrero. Entre el 17 y el 20, se detienen unos días en La Roda. El 21 llegan a Villanueva. El siguiente día 25 reciben el hábito las nueve postulantes. El 20 de marzo, la Santa sale de nuevo para Toledo, adonde llega el 26, y a los pocos días cae gravemente enferma del corazón.

 

Pero la empresa de Villanueva de la Jara había sido gratificante y gloriosa. La Santa había comenzado recelosa, luego decidida, y finalmente apoteósica.

 

NOTAS

 

1. Sobre la actitud de la Santa en el cuatrienio de prueba, pueden verse sus cartas de esos años. Entre ellas, las tres cartas al P. General: 83, 102, 271. Las dos cartas a Felipe II: una para clamar contra la prisión de fray Juan de la Cruz, carta 218, y otra en defensa de Gracián vilmente calumniado, carta 208. O bien, la exposición que hace en 1578 a don Teutonio de Braganza, carta 226. Mucho más copiosamente en el carteo con Gracián.

 

2. La Roda (Albacete). Aludido repetidamente en el relato. Era un eremitorio de Carmelitas Descalzos. En torno a la ermita de Nuestra Señora del Socorro, se había fundado en 1572 por iniciativa y a expensas de Catalina de Cardona el convento de Descalzos, que en 1603 se trasladó a Villanueva de la Jara.

 

3. Dos personajes contrastantes, entre los mencionados en el capítulo, son el Nuncio papal Felipe Sega y la extravagante ermitaña Catalina de Cardona. El primero (1537?1596), personaje poderoso en los pontificados de Pío IV, Pío V y Gregorio XIII, es sucesor de Ormaneto en la Nunciatura de Madrid a partir de julio de 1577, hasta 1581. Adverso a la obra de la Madre Teresa, nunca se interesó por la persona de ésta ni se relacionó con ella. La segunda es Catalina de Cardona (1519?1577), personaje extraño, que primero formó parte del séquito de la princesa de Éboli y luego de la Corte de Madrid, hasta que en 1563 se retira al desierto y hace vida ermitaña en una cueva de La Roda. En Pastrana viste el hábito de fraile descalzo. Y prosigue su vida penitente en el mismo retiro de La Roda, hasta su muerte el 11.5.1577. No tuvo relaciones personales con la Santa, ni llegaron a conocerse entre sí.

 


[1] Al reanudar el libro, omitió la numeración del capítulo, comenzando directamente con el título. – Recordamos al lector que con ocasión de la interrupción redaccional de las Fundaciones, entre el cap. precedente y éste insertó la Autora los «cuatro avisos a los Padres Descalzos». Los omitimos aquí, por ser ajenos a la presente obra.

[2] La fundación de Sevilla fue hecha por la Santa en 1575 y 1576. Casi a la par llevaba a cabo Ana de San Alberto la fundación de Caravaca. La presente fundación de Villanueva de la Jara data de 1580: más de cuatro años de intervalo.

[3] Las cabezas: ante todo, San Juan de la Cruz y el P. Gracián (cf. n. 4). – En la frase siguiente, el casi fue añadido entre líneas por la Santa, luego de tacharlo después de todos.

[4] Juan Bautista Rubeo (cf. c. 2).

[5] Alude a los PP. Pedro Fernández y Francisco Vargas, O.P., nombrados Visitadores del Carmen por San Pío V en 1569, y al P. Gracián, delegado por este último (1573) y confirmado en la función por el Nuncio Ormaneto (1574).

[6] Era Nicolás Ormaneto, que murió en Madrid el 18 de junio de 1577. – Le sucedió en el cargo Felipe Sega, que llegó a Madrid el 30 de agosto de 1577, mal predispuesto contra la Santa (a quien motejó de «fémina inquieta y andariega») y su Reforma, a causa de los torcidos informes recibidos en Roma antes de su partida: era pariente del Cardenal Felipe Buoncompagni, Protector de los Carmelits y sobrino del Papa Gregoroio XIII. Por eso la Santa sice en sequida que Sega «era algo deudo del Papa».

[7] Enterose: en la acepción de estar entero, mantenerse firme.

[8] Con data 3 de agosto de 1575. – Los del paño: Carmelitas Calzados. – Mariano de San Benito: cf. c. 17, nn. 6-16.

[9] Sega sometió a los Descalzos a la autoridad de los Provinciales Calzados de Castilla y Andalucía, con Breve de 18 de octubre de 1578.

[10] A algunas, escribió la Santa. – Testimonio: término frecuentemente usado en la acepción de «falso testimonio».

[11] Tomó de la mano: adelantarse, tomar la iniciativa.

[12] Acompañados, equivale a consultores, consejeros. – Fueron D. Luis Manrique, capellán y limosnero mayor del Rey, fray Lorenzo de Villavicencio, agustino, y los dominicos Hernando del Castillo y Pedro Fernández. El 1 de abril 1579 anularon la autoridad de los Provinciales sobre los Reformados y nombraron en su lugar al P. Ángel de Salazar.

[13] El sentido de la frase es: ¡ya podéis imaginaros la oportunidad que había para dedicarse a fundaciones!

[14] Fue canónigo de Cuenca y luego párroco de la villa de San Juan de Rojas.

[15] Quinta, fue escrito entre líneas por la Santa; a ello se debe la incorrección de la frase.

[16] Alonso Velázquez fue confesor y consejero de la Santa en Toledo (1577), Obispo de Osma en 1578 y Arzobispo de Compostela en 1583. A él está dirigida la Relación VI, Cf. Fund. c. 30.

[17] Su destierro: alude al castigo impuesto por Sega (cf. n. 4).

[18] Gabriel de la A. (1544-1584) fue prior de la Roda de 1576 a 1580 (?). Fue asimismo director espiritual de Catalina de Cardona (cf. nn. 21 y ss.). La Santa hace su elogio en el n. 34. – Según este texto, el presente capítulo parece fue escrito el mismo año de la fundación de Villanueva.

[19] Se obligaba a lo dicho en el n. 11.

[20] Llegó a Malagón el 25/11/1579.

[21] De Toledo, a María de los Mártires (para priora) y a Constanza de la Cruz; de Malagón, a Elvira de San Ángelo (para supriora) y a Ana de San Agustín.

[22] Gabriel de la Asunción, añadido entre líneas por la Santa. – Recaudo, equivale a provisión.

[23] Cf. n. 11.

[24] 3 Reg. 19, 9.

[25] El convento de la Roda (Albacete) fue fundado en abril de 1572 por Catalina de Cardona, que murió el 11 de mayo de 1577.

[26] Son muy seguros los datos de la Santa: Catalina de Cardona (1519-1577) había sido aya de D. Juan de Austria, hijo de Carlos V, y de D. Carlos, hijo de Felipe II. En 1563 se retiró a la soledad de la Roda, y en 1571 tomó el hábito de carmelita en Pastrana, con la capucha de fraile.

[27] P. Piña, sacerdote ermitaño en el monte de la Vera Cruz (Alcalá).

[28] Aportaron: arrivaron, hicieron puerto.

[29] El sentido es: … con tan grandes deseos de hacer vida áspera, no habiendo quién en ellos la retuviese…

[30] Había escrito diez o y lo tachó.

[31] Por nombre Benítez.

[32] A tercer día: cada 3 días.

[33] U otras cosas: añadido por la Santa entre líneas.

[34] Mujer: añadido al margen por la Autora.

[35] A las carmelitas de Toledo, cf. n. 26. – Alanos: especie de perros.

[36] Mercenarios, escribió la Santa. Eran, en cambio, los Trinitarios de la Fuensanta.

[37] Y túnica de sayal: adición interlineal autógrafa.

[38] Fue el 6 de mayo de 1571. Tomó hábito de religioso. Hizo de madrina la princesa de Éboli.

[39] Cf. c. 17, nn. 6-15.

[40] El 11 de mayo. – En la frase siguiente por aliteración escribió la Santa: hiciéronles honras

[41] Gracián tachó fray y escribió Don, y al margen anotó: «éste no es fraile, y creo lo ha de ser, pues la Madre le llamó así».

[42] En el n. 20.

[43] Gabriel de la Asunción; cf. n. 11.

[44] Probablemente son las palabras consignadas en la Rel. 23: «… ¿Ves toda la penitencia que hace? – En más tengo tu obediencia».

[45] Era el 21 de febrero de 1580.

[46] Con breviarios discrepantes.

[47] En el autógrafo: oyose.

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