Revista Ecclesia » Santa Teresa de Jesús, escritora
Iglesia en España Última hora

Santa Teresa de Jesús, escritora

Teresa de Jesús comenzó a escribir desde muy joven. Fue una ávida lectora y una prolífica escritora: obras en prosa, poesías, cartas… Su fecunda vocación de escritora nació de su precoz afición lectora. Fue una mujer capaz de acuñar nuevas palabras y sugerentes símbolos, con los que pudo plasmar sus experiencias místicas. En este Repor, resaltaremos algunos aspectos literarios de su obra, pues, sin duda, ella es creadora de «un lenguaje para la conciencia» e inventora de «un idioma para lo inefable».

Introducción

Hoy, a la hora de acercarse a los escritos de Santa Teresa, los estudiosos —teólogos y filólogos— pueden caer en dos extremos: los primeros, pueden asomarse a los textos teresianos sin tener en cuenta los aspectos literarios, y los segundos, olvidándose de la naturaleza mística de los escritos de la mística abulense, pueden poner su mirada solamente en la dimensión literaria. Pero, sin embargo, para Teresa de Jesús la «literatura» siempre fue un medio para trasmitir las experiencias místicas que sentía «cabe sí».

Ya fray Luis de León, cuando escribió la Carta-dedicatoria a las Madres Prioras Ana de Jesús y religiosas carmelitas descalzas del monasterio de Madrid, se percata de la existencia de esos dos aspectos, el espiritual y el literario: «Yo no conocí ni vi a la madre Teresa de Jesús mientras estuvo en la tierra; mas agora que vive en el cielo la conozco y veo casi siempre en dos imágenes vivas que nos dejó de sí, que son sus hijas y sus libros; que, a mi juicio, son también testigos fieles, y mayores de toda excepción, de su grande virtud (1)».

Y ambos aspectos han quedado recogidos en dos escritos teresianos del Papa Pablo VI: el Breve Pontificio «Lumen Hispaniae», con el que se declaraba a Santa Teresa de Jesús patrona de los escritores españoles (2), y las Letras Apostólicas, con las que se la proclamaba Doctora de la Iglesia (3).

 

Escritora

Las circunstancias socioculturales van a condicionar la redacción y publicación de los escritos de Santa Teresa. La abulense, a modo de desahogo, se dirige en «oración al Eterno Padre»: «No vasta, Señor, que nos tiene el mundo acorraladas y yncapaces para que no agamos cosa que valga nada por Vos en público ni osemos ablar algunas verdades que llevamos en secreto, sino que no nos avíades de oyr petición tan justa. No lo creo yo, Señor, que soys justo juez, y no como los jueçes del mundo, que como son yjos de Adán, y en fin todos varones, no ay virtud de muier que no tengan por sospecha».

Normalmente todos los místicos gozan de la gracia de la experiencia íntima de lo divino (5). Santa Teresa no fue una excepción, pues experimentó bien pronto la inefabilidad, y posteriormente se le concedió la gracia de la efabilidad: «Heme atrevido a concertar esta mi desbaratada vida, aunque no gastando en ello más cuidado ni tiempo de lo que ha sido menester para escribirla (6)».

«Escribir sobre la propia experiencia». Este es el principio básico de la literatura teresiana. Hasta ese momento la literatura espiritual gravitaba hacia la teoría y solo de manera refleja incidía sobre la vida personal. Teresa de Jesús, al más puro estilo renacentista, invierte el orden: de la vivencia mística a la comprensión interior, y de esta a la expresión literaria (7). Este cambio histórico en la creación, suscita algunos recelos (8), aunque desde el principio se intuyó que las obras de Teresa de Jesús eran algo distinto. Así lo percibió Felipe II, el primero que la consagró como mística doctora haciendo «entronizar» el Libro de la Vida en la Biblioteca del Escorial, junto con las obras del Crisóstomo. Con ese gesto, Teresa de Jesús ocupa su «cátedra» en el parnaso de las letras españolas.

Su primera «obra» fue una novela de caballerías. La escribió entre la adolescencia y la juventud y fue una obra que no tardó mucho tiempo en «desaparecer». Propiamente su vocación como escritora comienza al experimentar la primera «gracia» mística, cuando, tras contemplar una imagen de Cristo cubierto de llagas, «toda se turbó»: «arrojéme cabe Él con grandísimo derramamiento de lágrimas, suplicándole me fortaleciese ya de una vez» (Vida 9, 3). A partir de este momento, parece que se ve obligada a declarar continuamente que escribe por obediencia: «por obedecer al Señor que me lo ha mandado», (Vida 37, 1), repitiendo lo ya manifestado previamente: «esta relación que mis confesores me mandan, y aun el Señor sé yo lo quiere muchos días ha» (Prólogo).

En esta época experimenta numerosas gracias y siente una doble necesidad: entender qué le pasa y contarlo: «una merced es dar el Señor la merced, y otra entender qué merced es y qué gracia; otra es saber decirla, y dar a entender cómo es» (Vida 17, 5). De hecho, cuando por primera vez intentó explicar qué le pasaba, solo alcanzó a tomar su ejemplar de la Subida del Monte Sión de fray Bernardino de Laredo, y subrayar algunas partes en que se describían fenómenos parecidos (Vida 23,12). Cuando en 1560 se encuentra con san Pedro de Alcántara, todavía no había recibido la «merced de entender y decir», pues le confiesa: «entonces no me sabía entender como ahora para saberlo dezir, que después me lo ha dado Dios que sepa entender y decir las mercedes que Su Majestad me hace» (Vida 30, 4). La doble «merced» debió de llegarle poco antes de comenzar el Libro de la Vida: «Esta merced de saber entender qué es, y saberlo decir, ha poco me lo dio Dios» (23, 11).

Fray Luis de León, al editar las obras de Santa Teresa, se percata de ese camino —un tanto tortuoso— que la abulense tuvo que recorrer a la hora de transcribir con la pluma sus experiencias místicas: «pues querría dar a entender esto» (Vida 14, 7); «no alcanza mi saber a darme a entender» (4 Moradas 1, 2); «mi torpeza no da lugar a decir y dar a entender en pocas palabras cosa que tanto importa declararla bien» (Vida 13, 16); «paréceme que queda algo oscuro, con cuanto he dicho» (1 Moradas, 2, 9); «deshaciéndome estoy, hermanas, por daros a entender esta operación de amor y no sé cómo» (4 Moradas IV, 2, 2); «porque mi estilo es tan pesado que, aunque quiera, temo que no dejaré de cansar y cánsome» (Fundaciones, Prólogo 3).

Los escritos teresianos buscan, mediante el lenguaje literario, sustanciar todas las experiencias místicas en su unidad: Dios. Pero en sus obras aparecen entreveradas sus gracias interiores de carmelita y su condición de reformadora del Carmelo. Las circunstancias —difíciles circunstancias— en las que escribe, hacen que las diferentes conversaciones —y discusiones— con confesores y letrados, exámenes de conciencia, meditaciones, desahogos personales, diálogos con sus amigos y sus monjas, entren a formar parte de sus escritos (9).

Así, en la carta de 17 de enero de 1577 pedía a su hermano Lorenzo de Cepeda que reclamara al obispo don Álvaro de Mendoza «el libro [de la vida] porque quizá se me antojara de acabarle con lo que después [de escribirlo] me ha dado el Señor, que se podría hacer otro y grande» (Carta 173, 26) (10).

Ese mismo año, el 2 de junio, día de la Santísima Trinidad, se pone a redactar Las Moradas, en medio de grandes dificultades y, en apenas seis meses, las terminará. Las monjas de Toledo testificaron que la veían escribir a gran velocidad, en los ratos sueltos que le dejan sus muchas ocupaciones en favor de la Reforma, en aquellos momentos amenazada de muerte. Redacta, «tan apriesa y velozmente como suelen hacer los notarios públicos». Las Moradas surgen como un coloquio familiar con sus monjas —«por esto iré hablando con ellas en lo que escriviré» (Prólogo)— y en bastantes lugares las ideas quedan medio apuntadas, como referencias a cosas dichas en conversaciones anteriores, como si fueran notas para posteriores desarrollos: «Mirad mucho, hijas, algunas cosas que aquí van apuntadas, anque arrebujadas…». La primera redacción del Camino de perfección está escrita en el mismo clima de comunicación religiosa, si bien ahora la escritora Teresa está mucho más madura espiritualmente hablando y, en consecuencia, si por no releer lo escrito surge algún desconcierto, «como es para mis hermanas, poco va en ello».

Ella insistía en que si algo lograba expresar bien era porque Dios lo decía por ella (Moradas VI 4,9). Al padre Gaspar de Salazar le escribe, poco antes de concluirlas, para decirle que, si el Libro de la Vida era una «joya» secuestrada, ahora tiene otra, «que, a lo que se puede entender, le hace muchas ventajas; porque no trata de cosas, sino de lo que es Él, y con más delicados esmaltes y labores; porque dice que no sabía tanto el platero que la hizo entonces, y es el oro de más subidos quilates, aunque no tan al descubierto van las piedras como acullá. Hízose por mandato del vidriero [Dios], y parécese bien, a lo que dicen» (Carta 209, 10).

Los últimos veinte años de su vida, de los 47 a los 67, fue una escritora muy fecunda, pero no entregó a la imprenta ninguna de sus obras. Solamente mandó publicar al padre Gracián en Salamanca, en 1581, las Constituciones de sus monjas, pero ya no era el texto redactado por ella, sino el retocado y reelaborado en el capítulo de Alcalá de Henares ese mismo año. Al morir en Alba de Tormes (1582) deja numerosos manuscritos autógrafos. Entre ellos quedaban sus grandes libros: Vida, Camino de perfección (en doble redacción), Moradas y Fundaciones, así como los opúsculos de las Exclamaciones, los Conceptos del amor de Dios, el Modo de visitar los conventos de religiosas y varios millares de Cartas y el Libro de las relaciones espirituales, diseminadas por toda España.

Estilo literario

En los escritos teresianos, hay un estilo literario peculiar que Teresa «funda» (da cuenta de sus cosas, sus experiencias, su mundo interior, sus sentimientos, el vaivén de su vida, siempre tan agitada), pero lo inserta en una tradición literaria «nueva», donde ella misma se nos presenta en su pureza original: lo que es, lo que hace, lo que vive, lo que experimenta… todo lo pasa a los papeles.

Sin embargo, no todo fue original en la escritora abulense, pues bebe de la tradición espiritual y literaria de los franciscanos. Encontramos «préstamos franciscanos» en comparaciones y ejemplos teresianos. La fuente literaria precedente a ambas tradiciones era la de san Jerónimo, san Agustín y san Gregorio, concretada en la Retórica del sermo humilis, resumida por san Agustín en el Tratado IV de su De doctrina christiana: «desde que el Verbo de Dios se humilló en la Encarnación y asumió lo ínfimo, el cristianismo puede hablar de lo sublime en términos humiles (sencillos)».

A fray Luis de León le parece que, tanto por el contenido como por el modo en el «decir», la Santa abulense es única: «Porque en la alteza de las cosas que trata, y en la delicadeza y claridad con que las trata, excede a muchos ingenios; y en la forma del dezir, y en la pureza y facilidad del estilo, y en la gracia y buena compostura de las palabras, y en una elegancia desafeitada que deleita en extremo, dudo yo que haya en nuestra lengua escritura que con ellos se iguale».

Confiesa que, para editar los textos, ha tenido que realizar un trabajo «no pequeño, porque no solamente he trabajado en verlos y examinarlos, que es lo que el Consejo mandó, sino también en cotejarlos con los originales mismos, que estuvieron en mi poder muchos días», para corregir enmiendas y variantes. El maestro fray Luis los reduce «a su propia pureza, en la misma manera que los dexó escritos de su mano la Madre, sin mudarlos ni en palabras ni en cosas». Sabemos que Teresa de Jesús generalmente revisa y corrige, sustituyendo letras, introduciendo palabras y modificando frases incorrectas, actitud que casa mal con el supuesto «desclasamiento o arrusticamiento lingüístico» que le atribuyen algunos críticos. Vemos que Teresa ha interrumpido la redacción del Libro de las Fundaciones y el mismo Señor la anima a continuar porque «será provecho de muchas almas». Al poco, escribe en una carta al padre Gracián: «Las Fundaciones van ya al cabo; creo se ha de holgar de que las vea, porque es cosa sabrosa. ¡Mire si obedezco bien! Cada vez pienso que tengo esta virtud, porque de burlas que se me mande una cosa, la querría hacer de veras, y lo hago de mejor gana que esto de estas cartas, que me mata tanta baraúnda. No sé cómo me ha quedado tiempo para lo que he escrito, y no deja de haber alguno para José [Jesucristo], que es quien da fuerzas para todo». Teresa de Jesús, en tanto que escritora, experimenta una progresiva evolución, marcada fundamentalmente por su maduración interior. Pensemos que cuando comienza a experimentar gracias elevadas, no sabe explicarlas; su único recurso para expresarse es subrayar un pasaje de la Subida y decir: «esto es lo que me pasa». Cuando empieza a escribir las primeras Cuentas de Conciencia, solo logra testificar sus vivencias en una literatura «introspectiva». En un segundo momento, a la narración sumará la interpretación. Así surge el Libro de la Vida. Y, finalmente, creará un corpus espiritual propio, sin romper con lo vivido, del que Las Moradas constituyen el mejor ejemplo. Ella misma dirá que «un poco más de luz me parece tengo destas mercedes [sobrenaturales] que en la época de redacción del Libro de la Vida».

Conclusión

Entender los «modos de comunicación» de Dios y encontrar el modo de expresarlos no fue tarea fácil para Teresa: «Hartos años estuve yo que leía muchas cosas y no entendía nada de ellas, y mucho tiempo que, aunque me lo dava Dios, palabra no sabía decir para darlo a entender, que no me ha costado esto poco travajo. Cuando Su Majestad quiere, en un punto lo enseña todo, de manera que yo me espanto» (Vida 12, 6).

Fray Luis de León fue el primero que entendió que no se puede separar la experiencia interior y el modo de escribirla. Lo afirma en la Apología que compuso para señalar la «utilidad que se sigue a la Iglesia en que las Obras de la Santa madre Teresa de Jesús, y otras semejantes, anden impresas en lengua vulgar»: «Pues si este camino de unión es bueno y perfecto, bueno es y necesario que haya libros que traten de él, y que declaren su naturaleza y sus pasos. ¿En qué razón cabe condenar un libro malo, porque es guía de un camino bueno? Demás de esto, lo escuro de estos libros, que es poco, no daña a nadie y aprovecha a muchos […] porque esta escuridad no está en las palabras, sino en algunas de las cosas; que quien no tiene de ellas experiencia, no las sabe comprender».

Santa Teresa de Jesús recorrió un camino interior y literario: las lecturas de su niñez y juventud hicieron posible que naciera la prolífica escritora y mística carmelita: «¡Qué de cosas se ofrecen en comenzando a tratar de este camino! ¡Ojalá pudiera yo escribir con muchas manos para que unas por otras no se olvidaran!» (Camino 34, 4).

Si san Juan de la Cruz es la cumbre de la poesía mística, Santa Teresa lo es de la prosa mística.

NOTAS
(1) Fray Luis de León, Obras completas castellanas, Madrid 1957, 904.
(2) Publicado el 18 de septiembre de 1965.
(3) Publicado el 27 de septiembre de 1970. Estos dos documentos magisteriales reflejan la figura de Santa Teresa en su condición de mujer y escritora ¡en pleno siglo XVI! El mismo Fray Luis de León, aceptando el derecho de la mujer a la cultura, le exigía moderación en su manifestación social: «Mas cuando quiera que sea, es justo que se precien de callar todas, así aquellas a quien les conviene encubrir su poco saber, como aquellas que pueden descubrir lo que saben, porque en todas es no solo condición agradable, sino virtud debida el silencio y el hablar poco»: La perfecta casada, en Obras completas castellanas, Madrid 1957, 296.
(4) Las tres primeras líneas de este texto, en la primera redacción de Camino de Perfección —Autógrafo del Escorial, 3—, aparecen tachadas por el censor con especial ahínco. En la segunda redacción —Autógrafo de Valladolid— ya no.
(5) Santa Teresa, muchas veces afirma que lo sabe «por experiencia», cf. Vida 15,15; 22, 5; 25, 2; 27, 11; 28, 5.
(6) Vida 40, 25. Lo mismo afirma cuando acaba Camino de perfección (73, 6) y las Moradas (7 M 4, 20). Cf. Vida 12, 6; 17, 5; 23, 11; 30, 4.
(7) «Santa Teresa llevó una vida de auténtica escritora desde el año 1560 hasta casi los días previos a su muerte. Veintidós años de un febril manejo de la pluma»: F. Márquez Villanueva, «La vocación literaria de Teresa» en Nueva Revista de Filología Hispánica 32 (1983), 358.
(8) El académico García de la Concha, matizando esta afirmación, piensa que «sin recortar nada la valoración de la conquista estilística de la Santa, puede resultar muy fecundo contemplar su escritura inserta en la tradición del sermo humilis. Guardémonos, sin embargo, de identificar éste con “estilo bajo”»: Al aire de su vuelo, Barcelona 2004, 71-72.
(9) Fray Luis de León, escribe ahora en la «Carta-dedicatoria»: “Porque no siendo de las mujeres el enseñar, sino el ser enseñadas, como lo escribe San Pablo (1Cor 14, 34-35), luego se ve que es maravilla nueva una flaca mujer tan animosa, que emprendiese una cosa tan grande; y tan sabia y eficaz, que saliese con ella»: Carta dedicatoria a la M. Ana de Jesús, 905-908.
(10) Cuenta Gracián que, por estas fechas, la madre Teresa le decía: «”¡Oh, qué bien escrito está ese punto en el libro de mi vida, que está en la Inquisición!”. Yo le dije: “Pues que no le podemos haber, haga memoria de lo que se acordare y de otras cosas, y escriba otro libro, y diga la doctrina en común, sin que nombre a quien le haya acaecido aquello que allí dijere”. Y así le mandé escribiere este libro de Las Moradas».

Por Juan Carlos Mateos
Director del Secretariado de la Comisión Episcopal para el Clero y Seminarios



O si lo prefieres, regístrate en ECCLESIA para acceder de forma gratuita a nuestra revista en PDF

HAZME DE ECCLESIA

Cada semana, en tu casa