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Santa Clara, «Evangelio vivo para la Iglesia y para la humanidad entera»

San Pablo VI dijo en una homilía: «¡Jesucristo! yo nunca me cansaría de hablar de Él». Glosando estas palabras, quisiera decir: «¡Santa Clara!, yo nunca me cansaría de hablar de ella».
Con ocasión del VIII Centenario del nacimiento de santa Clara, san Juan Pablo II la definió así: «Clara es la amante apasionada del Crucificado pobre, con quién quiere identificarse totalmente».
Clara, una mujer del siglo XIII, contemporánea de san Francisco, es la mujer en la que el Espíritu del Señor encarnó el carisma contemplativo y monástico con un estilo franciscano; un nuevo carisma que el Espíritu Santo suscitó en la Iglesia y para la Iglesia en la persona de Clara.
Clara siguió las huellas de Jesucristo, se vació totalmente de sí misma con su radical donación a Dios y a los hombres, dejando que Cristo pobre viviese en ella (cf. Gal 2,20). De este modo se convirtió en Evangelio vivo para la Iglesia y para la humanidad entera.
Clara fue la primera mujer en la iglesia que redactó de su puño y letra la primera regla, o forma de vida, donde dejó plasmada su vida; por eso no pudo adoptar una regla escrita por otros. Su regla es, sencillamente, su vida. La inicia con los términos propios de la redactada por san Francisco: «La forma de vida de las Hermanas Pobres es vivir la forma del Santo Evangelio…», ¡Encarnar el Evangelio, como gritaba san Francisco «sin glosa», es decir, como también dice el Papa Francisco, «sin comentario, sin elucubraciones y excusas que les quiten fuerza».

Su vida traspasada por la realidad del Evangelio es una encarnación de las paradojas evangélicas. Ella fue:

– Elocuencia desde el silencio
– Riqueza desde la pobreza
– Presencia desde la ausencia
– Plenitud desde la vaciedad
– Claridad desde el ocultamiento
– Audacia desde la discreción
– Provocación desde la prudencia
– Fortaleza desde la debilidad
– Obediencia desde la autoridad

«La hora de la vida contemplativa»

Su vida de entrega tiene otra y principal manifestación que es su oración. Como la oración de Jesús, la suya era una súplica en oración y penitencia por la Iglesia, por toda la humanidad. Santa Clara escribe en una de sus cartas: «Te considero cooperadora del mismo Dios y sostenedora de los miembros vacilantes de su Cuerpo inefable» (CtaCl 8). Encarnar este gran anhelo para sus seguidoras «futuras y venideras», como le gustaba llamarnos, debe ser nuestro afán en esta circunstancia de pandemia que atraviesa de lado a lado nuestras vidas. Por nuestra vocación nos encontramos situadas en la atalaya, junto al Señor, en un lugar que nos permite atisbar las necesidades, carencias, preocupaciones, incertidumbres, inquietudes, miedos, desasosiegos, que viven muchos de nuestros hermanos y hermanas. Debemos salir a remediarlas con la fuerza de la oración y del amor, llegando hasta el último rincón de la Iglesia, y de la humanidad. Alguien ha definido este momento como «la hora de la vida contemplativa». Clara no fue indiferente ante los peligros que corría en su tiempo su ciudad: mientras sus hermanas oraban ante la Eucaristía, ella con la custodia se enfrenta ante los sarracenos, liberando de esta forma, aun con riesgo de perder su vida, a su querida ciudad de Asís y a sus habitantes de los peligros y amenazas de los atacantes; ella es ejemplo de lo que sus seguidoras debemos hacer en bien de todos los hombres y mujeres de nuestro tiempo.
Todo esto nos habla de una vida cimentada en la más profunda entrega hecha de amor y por amor, una mujer hecha amor, una mujer hecha plenitud de vida evangélica. Santa Clara nos continúa diciendo, hoy: «Ama totalmente al que totalmente se entregó por tu amor».

Sor María Alegría Zarroca o.s.c.

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