Firmas Santa Sede

San Pablo VI, el hambre y la FAO,  por Fernando Chica

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San Pablo VI, el hambre y la FAO,  por Fernando Chica, observador permanente de la Santa Sede ante la FAO, artículo publicado en “Diario de Jaén” el sábado 13 de octubre de 2018

Mañana, domingo, en una solemne ceremonia en la Plaza de San Pedro del Vaticano, el papa Pablo VI será canonizado, junto con Monseñor Romero y otros cinco insignes heraldos de la caridad (Francesco Spinelli y Vincenzo Romano, sacerdotes diocesanos; Maria Katharina Kasper y Nazaria Ignacia de Santa Teresa de Jesús, vírgenes y fundadoras; Nunzio Sulprizio, joven que, no obstante su pobreza, buscaba siempre aliviar la miseria de los demás).
En estos párrafos quiero evocar la figura del Papa Montini desde una óptica particular: su preocupación por el hambre en el mundo y su relación con la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO), nacida un 16 de octubre de 1945, como una de las iniciativas más significativas de la comunidad internacional, tras acabarse la Segunda Guerra Mundial.

Como dice San Ignacio de Loyola en sus reglas de discernimiento, “debemos mucho advertir el discurso de los pensamientos; y si el principio, medio y fin es todo bueno, inclinado a todo bien, señal es del buen ángel” (Ejercicios Espirituales, n. 333). Siguiendo este consejo, vamos a fijarnos en el principio, medio y fin de las relaciones entre Pablo VI y la FAO.

Principio. Es sabido que Giovanni Battista Montini trabajó, entre 1922 y 1954, en la Secretaría de Estado del Vaticano. Fueron tres décadas de servicio oculto y eficaz que le proporcionaron una visión amplia de la realidad del mundo y de la Iglesia. Desde esa privilegiada atalaya pudo seguir los inicios de la creación de la FAO, cuyos orígenes se remontan al Instituto Internacional de Agricultura, entidad que tenía su sencilla sede en la maravillosa Villa Borghese, en Roma (Italia). Su conocimiento de este centro de investigación fue decisivo para que luego, siendo Montini Sustituto de la Secretaría de Estado, la Santa Sede estableciera en 1948 relaciones diplomáticas regulares con la FAO.

Desde esa fecha, la Sede Apostólica tiene acreditado ante ese organismo intergubernamental un Observador Permanente. No es extraño, entonces, que, el 23 de noviembre de 1963, a los pocos meses de acceder al Solio Pontificio, Pablo VI dirigiera con inefable gozo su palabra a la Conferencia de la FAO, máximo órgano de esta agencia de la ONU, que se reúne en Roma cada dos años. En su discurso, constató las “cordiales relaciones” que la Iglesia había mantenido siempre con este organismo multilateral, recordó que Juan XXIII consideraba las actividades de la FAO como la realización en el plano internacional de la primera de las obras de misericordia y formuló un voto: “que la eficacia de vuestra organización se afirme cada vez más en la realidad; que sus acciones prácticas y concretas se multipliquen en todas las regiones subdesarrolladas y den a muchos de nuestros hermanos poco afortunados la prueba de que la humanidad constituye una sola y gran familia en la cual el sufrimiento de unos es también el sufrimiento de otros, por medio de la ayuda tan esperada y deseada. Que, así, tengan la prueba de que la caridad triunfa por fin sobre el egoísmo y que el bien prevalece sobre el mal”.

Medio. En ese mismo discurso, Pablo VI reconoció que el itinerario de la FAO era “un camino marcado por iniciativas generosas y desinteresadas, teniendo como fin sólo la felicidad de la humanidad y los medios para asegurarle un elemento fundamental: hacer retroceder la temible plaga de la desnutrición”.

En la alocución que, dos años más tarde, dirigió a la Organización, en 1965, con motivo de su 20º aniversario, el Papa insistió en la necesidad de luchar contra el hambre, poniendo en juego “las posibilidades de producción, de distribución y de utilización racional de los inmensos recursos que el Creador ha puesto a disposición del género humano”. Para ello, decía a los responsables de la FAO: “Vosotros poseéis también los medios para ello y sois los únicos que los poseéis en tan vasta escala”.

En su encíclica Populorum Progressio, de 1967, el Papa Pablo VI reconocía que “la campaña contra el hambre emprendida por la Organización Internacional para la Alimentación y la Agricultura (FAO), y alentada por la Santa Sede, ha sido secundada con generosidad” (Populorum Progressio, n. 46). Pero añadía: “No se trata sólo de vencer el hambre, ni siquiera de hacer retroceder la pobreza. El combate contra la miseria, urgente y necesario, es insuficiente. Se trata de construir un mundo donde todo hombre, sin excepción de raza, religión, o nacionalidad, pueda vivir una vida plenamente humana” (Populorum Progressio, n. 47).

Algo parecido ya había indicado en su alocución a la Asamblea General de las Naciones Unidas, en Nueva York, en 1965: “no basta alimentar a los que tienen hambre: es necesario, además, asegurar a todo hombre una vida conforme a su dignidad”. Como se ve, las intervenciones de Pablo VI subrayan la necesidad imperiosa de utilizar todos los medios disponibles al alcance de la humanidad para acabar con el hambre y la miseria, y de hacerlo de un modo eficaz y coordinado.

Para el Pontífice no existe otro camino para conseguir una definitiva victoria sobre el hambre. Esto fue precisamente lo que puso de relieve en 1970, visitando la FAO con ocasión del 25º aniversario de su fundación. En esa circunstancia, recordó que “ante las dimensiones mundiales del problema no puede haber otra solución adecuada que un plan internacional”. Y esa dimensión global requiere respuestas que solo un organismo como la FAO puede proporcionar y alentar.

Fin. Al individuar la meta de esta agencia intergubernamental, Pablo VI insiste en recalcar que la finalidad última de la misma “es librar al hombre del hambre. Esta misión aparece condicionada por un problema más vasto todavía y del cual vosotros tenéis plena conciencia: el del desarrollo. Vuestra tarea se vuelve educativa”. Para Montini, educar es fundamental en orden a apremiar a la humanidad en la batalla contra el flagelo de la pobreza y la subalimentación crónica. Educar es esencial para que nadie olvide que ayudar al hambriento y socorrerlo es una tarea de todos. Nadie puede declinar esta responsabilidad fundamental. Enlaza aquí el Papa con lo que dirá en su encíclica sobre el desarrollo humano: “el hambre de instrucción no es menos deprimente que el hambre de alimentos: un analfabeto es un espíritu subalimentado” (Populorum Progressio, n. 35). Para Pablo VI el principio, medio y fin de la FAO no se refieren solo al plano cronológico, siendo eso importante. Más relevante es que, en una tarea de tanta envergadura como la lucha contra el hambre, queden claras las motivaciones, se movilicen los medios adecuados y se mantenga en el horizonte y en el trabajo cotidiano la finalidad última. Eso es lo que este preclaro Pastor sigue trayendo a un primer plano de la actualidad internacional con su ejemplo y luminoso magisterio. Su inscripción en el libro de los santos dará todavía mayor consistencia a sus enseñanzas y mostrará que tienen plena vigencia y valor.

La senda indicada por Montini es la misma que continúan recorriendo sus Sucesores en la Cátedra de San Pedro cada vez que dirigen su palabra a la FAO. En concreto, el Papa Francisco ha tomado muy en serio esta noble causa y no se cansa de levantar su voz en medio del conjunto de las naciones, para que una causa tan importante como la solidaridad con los hambrientos no quede arrinconada. Lo agradecen mucho los pobres de la tierra, sobre todo esos 821 millones de hermanos nuestros que en la hora presente no tienen nada, o casi nada, que llevarse a la boca.

Por desgracia, las cifras del hambre en nuestro planeta, en los últimos tres años, no han dejado de incrementarse para sonrojo de la humanidad. Una humanidad que, lamentablemente, aumenta el capítulo de los gastos en armamento y reduce los fondos dedicados a la solidaridad, olvidando de este modo que los hambrientos no son números, son personas que necesitan urgentemente nuestra ayuda, que reclaman dignidad. No hay tiempo, pues, que perder para salir a su encuentro con nuestras manos colmadas de generosidad.

Mons. Fernando Chica Arellano Observador Permanente de la Santa Sede ante la FAO, el FIDA y el PMA

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