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San Maximiliano María Kolbe: «Solo el amor crea»

El 14 de agosto de 1941, en el campo de concentración de Auschwitz, entregaba su vida el padre Maximiliano María Kolbe, franciscano conventual polaco, doctor en teología, misionero en Japón, fundador, junto con varios hermanos más de su Orden, de la Milicia de la Inmaculada, de la revista El Caballero de la Inmaculada y de varias Ciudades de la Inmaculada.

Un gesto así no se improvisa

Kolbe es conocido, principalmente, por su gesto en Auschwitz, donde dio su vida por un padre de familia condenado a morir de hambre. En un lugar como aquél, donde la dignidad humana era pisoteada y los hombres se arrastraban como sombras, vencidos por el odio, la desesperación o la lucha atroz por sobrevivir, un humilde fraile franciscano y sacerdote renunciaba a su propia vida para que otro pudiese seguir viviendo. Pero un gesto así no se improvisa.

Cuando el padre Maximiliano pronunció aquel fiat, ya tenía sobre sus espaldas muchos años de generosa entrega al servicio de Cristo y de la Inmaculada. «Sólo el amor crea» fue la verdad que iluminó toda su vida y su misión, tal y como se manifestó de manera sublime cuando el odio y la venganza desgarraron la convivencia entre los hombres y los pueblos. Entonces Kolbe brilló como testigo de la fuerza misteriosa que desarma los corazones y los devuelve a su verdad más honda: el amor aprendido en la escuela de la cruz.

«No murió, dio su vida por amor»

El filósofo Theodor Adorno llegó a decir que, ante los horrores de los campos de concentración, solo una resurrección podía hacer justicia, pero para él esa vía estaba cerrada… Y, sin embargo, la entrega por amor del padre Kolbe, ¿no fue acaso un signo luminoso de esa resurrección que el filósofo pedía? Sin esta perspectiva es difícil entender lo que san Maximiliano realizó durante toda su vida y, de manera especial, tras las alambradas de Auschwitz. De ahí las acertadas palabras de san Juan Pablo II en su canonización: «El padre Kolbe no murió, sino que dio su vida por amor».

Su paso por Auschwitz no dejó indiferente a nadie. Tal y como contaron los guardias, desde aquel sótano inmundo, sin apenas luz ni ventilación, sin alimento alguno durante días y días, sin espacio para sentarse siquiera en el frío y húmedo suelo, no se escucharon, como otras veces, gritos desgarradores de desesperación y de dolor, sino palabras de consuelo, susurros de oraciones y un “silencio estrellado” (Miguel de Unamuno) que anunciaba ya el amanecer del día nuevo y eterno: «Centinela, ¿cuánto queda de la noche? Viene la mañana, viene la mañana…» (cfr. Isaías 21, 11-12).
Sin duda, la vida, las enseñanzas espirituales y la entrega por amor del «patrón de nuestros difíciles tiempos» (san Juan Pablo II), son un faro de luz y de esperanza también para los nuestros. Kolbe no sólo es mártir de la caridad, sino también maestro, porque, como muy bien dijo León Bloy, «puedo afirmar que alguien me ama cuando acepta sufrir por mí y para mí. De cualquier otro modo, ese que pretende amarme es sólo un usurero sentimental que quiere instalar su vil negocio en mi corazón».

Fray Abel García OFM Conv.

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