Revista Ecclesia » San León, el primer papa ‘magno’ de la historia
Destacada Iglesia en España Última hora

San León, el primer papa ‘magno’ de la historia

San León ha sido el primer papa que ha merecido pasar a la posteridad con el apelativo de Magno. Su pontificado fue uno de los más largos de la Antigüedad cristiana y también uno de los más gloriosos, aunque no estuvo exento de graves revueltas en lo político y en lo eclesial. También ha sido el primer papa que nos ha dejado una obra literaria considerable: una primera colección de Homilías sobre el año litúrgico y un amplio Epistolario de lo más completo.

Su vida y su pontificado se insertan en lo que se llama la «Edad de Oro» de la Patrística (325-450). Según el Liber Pontificalis nació en la Toscana. Otros historiadores se inclinan a pensar que es oriundo de Roma, un dato que vendría ‘confirmado’ por la educación recibida: profundo conocimiento de los clásicos, tal y como aparece reflejado en sus Cartas y en sus Homilías. El mismo León llama a Roma su patria. Su amigo y secretario, Próspero de Aquitania lo considera nativo de Roma. Creemos que las dos posturas se pueden armonizar pensando que nace en la «Urbe», pero en una familia de origen toscano. Siendo elegido papa en el 440, podemos situar la fecha de su nacimiento en torno a finales del siglo IV, sin que sepamos con exactitud el año.

De los años que preceden a su pontificado es muy poco lo que se sabe. Frecuentó la escuela romana, en la que pudo conocer el estilo de los clásicos y procurarse una amplia cultura teológica. Entró muy joven en la “carrera eclesiástica”. En el 430 el diácono León invita a Casiano a compilar una obra Sobre la Encarnación. En el prefacio, Casiano califica al futuro papa como un «honor para la iglesia romana y del divino ministerio». Poco después, en el 431, Cirilo de Alejandría escribía a León pidiéndole que interviniera con su palabra autorizada contra el patriarca de Jerusalén, que pretendía hacerse con la supremacía sobre toda Palestina. En ese mismo año, Celestino I escribe a los monjes de Provenza sobre la cuestión de la gracia, y añade a la carta una colección de documentos pontificios, que parece que tienen detrás la pluma de León. Su prestigio queda demostrado en la misión que le encomienda la corte imperial: conseguir firmar un acuerdo entre el patricio Aecio y Albino, prefecto del pretorio, pues el enfrentamiento era tal, que amenazaba con degenerar en una guerra civil. Mientras León estaba en la Galia en misión de paz, moría en Roma el papa Sixto III, el 19 de agosto del 440.

El clero y el pueblo de Roma acordaron unánimemente elegir como sucesor al diácono León. Los cronistas de la época señalan que, mientras otras elecciones pontificias habían generado numerosas controversias, la de León se logró en un clima de “admirable paz”. El pueblo romano espero su vuelta de la Galia, y el 29 de septiembre del año 440 recibió la consagración como obispo de Roma y papa. Esta fecha quedará para siempre en el corazón del papa, pues ese día implantará la costumbre a reunir a todos los obispos sufragáneos y celebrar con ellos la Misa, siendo la homilía el momento en el que hará memoria agradecida de su elección. Se nos han conservado las homilías de esos días tan señalados.

Pontificado

El pontificado de León (440-461) corresponde a uno de los períodos más agitados y más difíciles de la historia. En Occidente el Imperio Romano caminaba hacia una inevitable catástrofe y en el interior de la Iglesia surgían numerosas “herejías”: arrianismo, oficialmente condenado en todas sus desviaciones a finales del siglo IV, pero que todavía conseguía mantener un numeroso grupo de adeptos; el pelagianismo y semipelagianismo seguían muy activos; resurgía el maniqueísmo; el nestorianismo, condenado pocos años antes en el concilio de Éfeso, y ahora nacía el eutiquianismo o monofisismo. A esto se añadía la presión que los bárbaros ejercían en las fronteras del Imperio, incluido el sur, una vez que los vándalos, con Genserico a la cabeza, se habían establecido en África.

En estas circunstancias, el Espíritu Santo suscitó el papa que la Iglesia necesitaba. León, consciente y sabedor de que en el Vicario de Cristo se perpetúan la autoridad y los poderes de aquél que había recibido el encargo de confirmar la fe a sus hermanos, supo dar respuesta, con solicitud pastoral, a todos los problemas de dentro y fuera de la Iglesia. Toda su actividad fue mantener integra la fe y reforzar la organización eclesiástica. Asumió toda la responsabilidad que deriva del cargo, que para un papa en el siglo V superaba los límites de la mera atención pastoral. Primeramente, el deber del obispo era predicar, y León fue enteramente fiel a esa misión. En determinadas fiestas y solemnidades predicaba sobre los misterios que celebraba, en homilías esperadas por el pueblo, que tenía un vivo deseo de aprender la verdad de labios de su pastor. Siempre quiso educar la fe de su clero y de su pueblo. La ciudad de Pedro debía ser siempre «pueblo santo, pueblo elegido, ciudad sacerdotal y regia».

Lucha con los maniqueos

Fue severo con los maniqueos, que en Roma formaban una secta secreta. En sus Homilías (9, 16, 34, 42, 76) podemos rastrear todas las fases de esta lucha. León reunió al clero de Roma y a algunos obispos allí presentes, e interrogó a algunos maniqueos. Al terminar el interrogatorio, confirmó que el maniqueísmo era la escoria de todos los errores y de todas las abominaciones. Hizo quemar sus libros, entregó a los más obstinados al brazo secular y dictó contra ellos leyes muy severas. Muchos maniqueos habían generalizado la costumbre de sustituir fiestas y usos paganos con fiestas cristianas, incurriendo en errores doctrinales y disciplinares.

Los emperadores Teodosio y Valentiniano III, promulgaron una constitución en la que se declaraba a los maniqueos como culpables de delitos contra el estado. Se les prohibía que ejercieran cargos civiles o militares. Se les privaba de todo derecho para recurrir a la justicia. Se les incapacitaba para firmar contratos, para testificar o para recibir bienes. Se les prohibía formar parte del ejército.

El papa León, por su parte, envió una circular a los obispos de Italia, en la que les alertaba sobre los peligros que conlleva la secta de los maniqueos y, que, en su huida de Roma, podían asentarse en algunas de las ciudades vecinas.

Ante los pelagianos

Poco después tuvo que ocuparse de los pelagianos. En Occidente, refutados por san Agustín, no permanecieron durante mucho tiempo. Sin embargo, encontraron un clima más favorable en Oriente, donde los Padres griegos, habían subrayado más el libre albedrío y la acción propiamente humana, dejando en un segundo lugar la acción de la gracia. Este clima hizo que profundizaran menos que los occidentales en el problema pelagiano.

Hacia el año 375, en España, aparece la figura de Prisciliano, un laico rico y de amplia cultura, fundador de una secta deseosa de vivir la profecía montanista, una ética rigorista y la lectura asidua de escritores apócrifos. Prisciliano consiguió, mediante intrigas y seducciones, ser elegido obispo de Ávila. Cada vez iba logrando más adeptos, entre ellos, algunos obispos -Salviano e Instancio- y numerosas mujeres. Fueron condenados en el concilio de Zaragoza (380). Más tarde, se les juzgo en un largo proceso judicial en Tréveris, a cargo del emperador Máximo, con la acusación de haber practicado «magia delictiva». El emperador, atribuyéndose potestades eclesiásticas, se hacía pasar por defensor de la verdad. Él mismo dictaminó su ejecución. Este hecho provocó las protestas de Martín de Tours y de Ambrosio de Milán, al entrometerse la autoridad secular en un proceso eclesiástico. Manifestaron públicamente su desacuerdo con la pena de muerte a un miembro del clero.

En la España del siglo V, eran difíciles y arduas las condiciones políticas en que se abría paso la fe católica. Tras las invasiones de suevos, vándalos y godos, habían surgido por doquier grupos sectarios que tendían sus redes en la fe del pueblo. Estas maquinaciones de los priscilianistas las sacó a la luz santo Toribio, obispo de Astorga, que las expuso a sus «coobispos» Idacio y Ceponio. Luego creyó oportuno exponer el caso al papa León. No ha llegado hasta nosotros la carta que Toribio envió al papa; por el contrario, sí conservamos la respuesta de León (15).

Como obispo de Roma, se ocupó de la restauración de basílicas y la construcción de nuevas iglesias. Reparó y habilitó la de san Pedro, enriqueciéndola con preciosos mosaicos en el ábside y en la fachada. La misma labor llevó a cabo en la de san Pablo, adornando los atrios con fuentes para los peregrinos, y así también en otras iglesias de la periferia. A la solicitud por su grey, unió el cuidado por la salvación de la ciudad de Roma. Fue testigo de la descomposición final del Imperio romano.

Dos graves eventos dieron pie a que manifestara su grandeza y magnanimidad

El primero fue cuando los hunos, en la primavera del 452, atravesaron los Alpes. El gran peligro de las invasiones bárbaras se cernía sobre Italia y sobre la ciudad de Roma. Atila ya había ocupado la Lombardía con gran facilidad. Entonces, Valentiniano III, refugiado con la familia imperial en la ciudad de Roma, el senado y el pueblo pidieron al papa que fuese él el que encabezase una embajada para frenar el avance de Atila, rey de los hunos, camino de Roma. El papa aceptó el encargo, y se ‘constituyó’ en cabeza moral de la delegación. El encuentro tuvo lugar en la ciudad de Mantua y el papa León logra que los hunos se retirasen al otro lado del Danubio. Cuenta la leyenda que, durante el encuentro con Atila, los apóstoles Pedro y Pablo, aparecieron en el cielo con una espada desenvainada en actitud amenazante contra los hunos. Es una escena representada por Rafael en las estancias vaticanas.

El segundo evento que turbó la paz de la ciudad y de la corte, ocurrió tres años después con Genserico. En la corte imperial, en poco menos de seis meses, se suceden los acontecimientos de forma trágica: resultan asesinados el general Aecio y el emperador Valentiniano III, muerto a manos de dos de sus soldados. Le sucede Petronio Máximo como nuevo emperador, que pronto sumió a la ciudad en graves desórdenes y temores. Los vándalos, quizá llamados por la misma Eudoxia, viuda de Valentiniano, obligada a casarse con el nuevo emperador, desembarcaron en el sur de Italia.

El papa León tiene un encuentro con él, pero no con el mismo éxito. Los vándalos, asentados en África, empezaron las incursiones por el sur de Italia. En el 455, el 3 de mayo, desembarcaron de improviso en Porto (Lacio) y avanzaron hacia Roma. El papa fue el único que intentó defender la ciudad y logró que, al menos, no fuese incendiada, ni fuesen asesinados sus habitantes. Genserico respetó estas condiciones, pero la invasión duró cuarenta días y los daños fueron inmensos. El Liber Pontificalis cuenta cómo el mismo papa León recorrió toda la ciudad repartiendo vasos sagrados para poder celebrar en las iglesias de Roma, después del saqueo.

Amplia atención pastoral

Al papa compete también la misión de vigilar sobre todo el rebaño que el Señor le ha encomendado. San León tenía de esta misión el más alto concepto. Ante sus ojos el papado era el centro mismo de la Iglesia y por eso ninguna de las provincias del Imperio escapó a su atención pastoral. San León era primado de Italia, patriarca de Occidente y, como obispo de Roma, metropolitano de numerosas diócesis sufragáneas. Era natural que prestase mucha atención a sus obispos sufragáneos que, al menos una vez al año acudían a Roma para concelebrar con el papa en el aniversario de su elección pontificia, y era el momento para despachar con él numerosos asuntos de sus diócesis: recordó a los obispos de Campania, Piceno y Toscana los cánones que regulaban la elección de candidatos al sacerdocio, prohibiendo ordenar a esclavos que no hubiesen obtenido con anterioridad su libertad; al obispo de Sicilia le reprochó su conducta de conferir el Bautismo y el Orden sacerdotal fuera del tiempo establecido por los cánones; a otros dio normas precisas para que los bienes eclesiásticos no fuesen dilapidados. Mostró una gran generosidad cuando mandó ayuda a Pascasino, obispo de Lilibeo, que había sido secuestrado por los vándalos.

Con los restantes obispos de Italia mantenía una relación en los problemas tocantes a la fe. Pide a todos los prelados de la Italia septentrional la aceptación de su Tomus ad Flavianum y quiere que los herejes, antes de ser readmitidos en el seno de la Iglesia, confiesen sus errores y acepten plenamente la fe católica. El obispo Nicetas de Aquileia le expone algunos casos difíciles, para los que pide consejo al papa. Algunos católicos, estando apresados, habían consentido en ser bautizados de nuevo. El papa manda que cumplan una penitencia proporcionada a la culpa y posteriormente recibirán el perdón de manos del obispo.

Con los obispos de la Galia, de España y de África, las relaciones que mantuvo lo hizo en tanto que Patriarca de Occidente

Famosa fue su intervención frente a Hilario, obispo de Arlés, al que le prohibió cualquier intento por establecer un “primado” en favor de su sede. En una carta al obispo de Vienna, en la Galia Narbonense, prohíbe a Hilario convocar concilios fuera de su provincia, le retira de su jurisdicción a los sufragáneos y le impide tomar parte en las elecciones episcopales. La carta iba acompañada de un decreto imperial en el que se reafirmaba el primado del papa.

En relación con los obispos de España se ocupó de la herejía priscilianista y dio las directrices oportunas a los obispos para acabar con ese «pestífero error».

Los obispos de África vivían aún bajo la ocupación de los vándalos. La confusión reinante favoreció trasgresiones graves como la consagración de obispos, su elección y la erección de nuevas diócesis. León interviene y pide obediencia de todos los a los cánones dictaminados para toda la Iglesia. En el Ilírico, León tenía designado en Anastasio, el obispo de Tesalónica, a su vicario pontificio, que había obligado a un anciano obispo a emprender un largo viaje durante el crudo invierno; el obispo murió y León recrimina con dureza a Anastasio, señalando cómo ha obviado la norma de todo buen superior. Hay distintas actuaciones de obispos del Ilírico que llevan a creer que soportaban resignadamente la autoridad romana, por muy benigna que fuese, con el deseo de tornar hacia Constantinopla.

Sin duda, fue en el Oriente donde encontró mayores dificultades dogmáticas y disciplinares, tantas, que, de hecho, murió sin haber resuelto los problemas surgidos por las aspiraciones del Patriarca de Constantinopla.

Al comienzo, las relaciones con los patriarcas orientales fueron cordiales y no acarrearon ningún disenso. Pero la paz no duró mucho tiempo. El motivo del conflicto partió de Constantinopla con el nacimiento del monofisismo, debido al archimandrita Eutiques, que, por reacción contra Nestorio, incurrió en el error opuesto, admitiendo en Cristo dos naturalezas, antes de la unión hipostática, y una, única naturaleza después de la unión.

El primero que en Occidente dio la voz de alarma fue Eutiques. Con la intención de prevenir posibles acusaciones, escribió a Roma poniendo en guardia al papa contra el nestorianismo resurgente. El papa León, felicitándole por su celo, lo confirmó en su estima, declarando que la Santa Sede recabaría más información sobre tal ‘herejía’. Poco después, Eutiques era acusado y condenado en el Concilio de Constantinopla (448). Mandó de nuevo una carta al papa adjuntándole una recomendación del emperador. León escribe a Flaviano, obispo de Constantinopla, reprendiéndole su tardanza en informar a la Sede de Pedro de una cuestión dogmática de tanta importancia. Por fin, Flaviano informó detalladamente al pontífice, asegurándole que la causa contra Eutiques ya estaba cerrada y creyendo superfluo convocar un concilio ecuménico. Pero en aquel momento los acontecimientos se precipitaron. En el intento de rehabilitar a Eutiques, el emperador Teodosio II quiso convocar un concilio que había de celebrarse en Éfeso. El papa, por el bien de la paz, aceptó la convocatoria y envió tres legados suyos: un obispo, un presbítero y un diácono, excusándose ante el emperador de su presencia, pues por los acontecimientos políticos que estaban acaeciendo en la ciudad de Roma, no podía asistir él personalmente.

En este tiempo escribe a Flaviano una carta ‘dogmática’, que ha pasado a la historia con el nombre de «Tomus ad Flavianum», defendiendo, contra la opinión de Eutiques, la genuina doctrina católica de la doble naturaleza de Cristo -la humana y la divina-, unidas sin confusión, distintas sin separación en la única persona del Verbo.

Los legados pontificios debían entregar ese documento a Flaviano y otras instrucciones a los obispos presentes en el Concilio. Pero aquella asamblea de obispos reunidos en Éfeso terminó en un cruce continuo de acusaciones mutuas, intrigas y sospechas. A los legados pontificios se les impidió desde el principio explicar «el Tomus» y el patriarca de Alejandría, Dióscoro, amigo personal de Eutiques, apoyado por los legados imperiales y por una banda de fanáticos a sus órdenes, impuso su voluntad a una asamblea atemorizada. Se recusó a los principales opositores: primero Flaviano, que, apaleado por aquellos energúmenos, moría tres días después. Cuando León conoce el desarrollo de todos estos hechos, sufrió un inmenso dolor. Declaró nulas las Actas aquella asamblea, a la que calificó con el nombre de “latrocinium de Éfeso”, nombre con el que ha pasado a la historia.

Al débil emperador Teodosio II le sucede su cuñado Marciano, secretamente católico. Él y su enérgica mujer, Pulcheria, se alistaron en pro de la causa de Flaviano, declararon nulas las Actas de Éfeso y castigaron a los culpables. El pontífice se alegró de su celo y de su fe, y pronunció un dictamen favorable a la convocatoria de un nuevo concilio ecuménico. Marciano lo convocó el 17 de mayo del año 451 para el mes de septiembre en Nicea. El papa aceptó la convocatoria, lamentándose de que, en esa fecha, por las condiciones políticas desfavorables, no podría asistir personalmente. Era, en efecto, la época de las invasiones de Atila por el norte de Italia. En cartas posteriores al emperador, el mismo papa establece cuáles han de ser las condiciones para un buen desarrollo del concilio: presidido por sus legados, que acudirían en su nombre. Escribe otras cartas colaterales: a la emperatriz, a Anatolio, nuevo obispo de Constantinopla, a los padres conciliares, para que todos conozcan exactamente cuál es su voluntad y su deseo, excusándose por no poder acudir personalmente, debido a los acontecimientos políticos que se lo impedían.

Esta serie de prescripciones del papa, indicaban su clara intención de dirigir la marcha de la asamblea conciliar de principio a fin. Quería que nada se hiciese sin la presencia de sus legados y que todo se desarrollase en un clima que favoreciese la unidad y la paz eclesial. Recomendó vivamente el evitar nuevas discusiones sobre la fe, afirmando que sería suficiente que todos aceptaran su Carta a Flaviano y que se mantuvieran firmes en la definición de Nicea, donde se condenó a Arrio y en la de Éfeso, donde se recusó a Nestorio. Prescribe que, con los culpables arrepentidos, se tenga indulgencia, como es costumbre en la Iglesia, pero con los ‘obstinados’, se mantenga la condena.

Calcedonia

El concilio se reunió en Calcedonia, en vez de Nicea, para facilitar la intervención de Marciano. Comenzaron sus sesiones el 8 de octubre del 451. Intervenían aproximadamente 600 obispos, todos ellos orientales. De Occidente solamente habían acudido dos obispos huidos de África y los tres legados pontificios. El resto de obispos occidentales estaban retenidos en sus diócesis por la invasión de Atila.

El punto más destacado de la gran asamblea viene marcado por la lectura y la solemne aceptación de la célebre Carta dogmática de León a Flaviano, reconocida por todos como auténtica doctrina de Pedro, fundamento de la única Iglesia de Cristo. Los pocos obispos que tenían dudas y dificultades para admitir esta doctrina, se declararon satisfechos por las explicaciones de los legados pontificios.

En las Actas del Concilio han quedado recogidas las aclamaciones con que fue recibido el documento del papa: «Esta es la fe de los Padres; ésta es la fe de los Apóstoles. Nosotros la creemos así; los que profesan la fe católica la creen así. Sea anatema los que crean otra cosa. Pedro ha hablado por boca de León. León nos ha instruido según la piedad y la verdad». La Iglesia entera abrazó con un consenso unánime esta carta. En Occidente muchos sínodos provinciales expresaron de inmediato su admiración y gratitud. Incluso los obispos de la Galia sugirieron al papa aceptarla «como símbolo de fe».

Reflejo de la autoridad de aquella definición es la leyenda que, ya en tiempos de san Gregorio Magno, se contaba en Roma, y que atravesó toda la Edad Media. Se decía que el papa León depositó la carta sobre la tumba de san Pedro y, entre ayunos y vigilias, durante 40 días, pidió al Apóstol que fuese él mismo quien redactase las correcciones que fuesen precisas. Trascurrido el tiempo, el papa encontró ya escritas las enmiendas que el mismo san Pedro había redactado.

En el concilio de Calcedonia se elaboró lo que se ha venido llamando el ‘Símbolo calcedonense’, aparte de otros cánones disciplinares. Entre estos se encuentra el famoso canon 28 que actualizaba el canon 3º del Concilio de Constantinopla (381), por el que se atribuía a la ciudad de Constantinopla un puesto preeminente después de Roma, una especie de antigua sede patriarcal en el Oriente. Tal vez los legados papales, e incluso el mismo León, intuían que existía un peligro: que de un hecho de naturaleza eclesiástica se pasase, con el paso del tiempo, a un error de naturaleza dogmática. Por esto, san León reafirmó con firmeza que la supremacía de la sede de Roma no procedía de la dignidad de la Urbe, sino de la Sucesión apostólica, y allí es donde fue obispo. Con todo, desde la primavera del 452 a la del 454, León escribe más de 40 cartas en contra del canon 28. La última la firma cuando cree que Anatolio, obispo de Constantinopla, ha quedado ya persuadido de la primacía de Roma como sede de Pedro.

Oriente

La Iglesia de Oriente, tras los años que siguieron al concilio de Calcedonia, fue la que más preocupó al papa León. Para que sus intervenciones en el Oriente fuesen más diligentes, instituyó en Constantinopla una delegación permanente -preludio de una futura nunciatura apostólica -, cuyo primer titular fue el obispo Juliano de Cos, que desempeñó con fidelidad el delicado encargo, informando minuciosa y pormenorizadamente al papa del curso de los acontecimientos eclesiásticos. De hecho, a pesar que el monofisismo había sido condenado y sus defensores depuestos y relegados, la herejía contaba con numerosos y decididos partidarios, especialmente en Egipto y en el ambiente monástico de Siria y Palestina. Los primeros en reaccionar contra el concilio de Calcedonia fueron los monjes de Palestina, que acordaron unánimemente acusar al obispo Juvenal de haber traicionado la fe de Nicea, y tanto le asediaron que lograron que su sede la ocupase Teodosio y él tuviese que refugiarse en Constantinopla. León no cejaba aconsejar al emperador y a la emperatriz Eudoxia, viuda del emperador Teodosio II, que desde hacía algún tiempo se había retirado a Palestina, donde ejercía de protectora de muchos de los conventos y monasterios. León siempre la instaba a que pusiese paz en las revueltas. El emperador tuvo que mandar el ejército para restablecer el orden, que no pudo lograrse sin gran derramamiento de sangre. El emperador Marciano y la emperatriz Pulcheria multiplicaron sus exhortaciones a la calma. El papa escribe a Eudoxia, pensando que por ser ex-emperatriz velaría aún por la fe católica y por la disciplina entre los monjes, y la exhortaba a perseverar en una obra tan ‘digna’ de una princesa cristiana.

Disensiones aún mayores surgieron en Egipto, que tomaron el aspecto de una verdadera rebelión. Allí, en el lugar de Dióscoro, obispo de Alejandría, depuesto y mandado al exilio por el Concilio de Calcedonia, había sido elegido Proterio, que se mostró fiel seguidor de Roma. La comunicación entre los dos obispos, el de Roma y el de Alejandría, se incrementó notablemente, debido a que habían surgido numerosos obispos que se mostraban seguidores de Dióscoro, pretendiendo que Roma concediese la supremacía sobre el resto de obispos de Egipto, al de Alejandría. Gracias a la pronta intervención del emperador fue restablecida la paz. Pero cuando llega la noticia de la muerte de Marciano (26 de enero del 458), los monofisitas sublevaron al pueblo, mataron al obispo Proterio y elevaron a la sede de Alejandría a Timoteo Eleuro, que con sorprendente rapidez nombró obispos ‘heréticos’ para casi todas las diócesis, apostató de la fe de Calcedonia y recusó al papa León y a los obispos de Constantinopla y de Antioquía.

Los monofisitas se vieron favorecidos por la inexperiencia y la indecisión del nuevo emperador León I. La rápida intervención del papa León, ayudado de sus legados Juliano de Cos y de Anatolio, que veía en la rebelión egipcia un serio peligro para la unidad de la fe, hizo tomar conciencia al nuevo emperador de sus deberes para con la ortodoxia, y le hizo desechar la idea de convocar un nuevo concilio, pedido insistentemente por los disidentes, para revisar la definición de Calcedonia. El emperador, dada su preocupación por restablecer la paz, quiso hacer una consulta, a finales del 457, a todos los obispos de Egipto y a los eremitas del desierto, sobre dos cuestiones: si se debía mantener la fe de Calcedonia y si se debía reconocer a Timoteo Eleuro como obispo de Alejandría. En la consulta, todos reconocieron como obispo ilegítimo al ocupante de la sede de Alejandría, y se declararon fieles a la decisión de Calcedonia.

Dos grandes consolaciones

Antes de morir, el papa León pudo gozar de dos grandes consolaciones: la elección para la sede de Constantinopla de Genadio, hombre que gozaba de la confianza del papa. En Alejandría, el emperador logró que Timoteo Eleuro se exiliase, y el pueblo “eligió” a Timoteo Salofacio, monje fiel a la fe católica, conocido por su gran bondad, quien inmediatamente mostró su adhesión al pontífice. Ante la estancia de Timoteo Eleuro en la misma ciudad, el papa puso en guardia al pueblo cristiano, prohibiéndole cualquier contacto con el obispo herético. Se entiende que de su corazón brotaran expresiones de alegría por el nuevo obispo, en una carta que dirige al clero de la ciudad de Alejandría. Esta última carta viene a ser como un compendio de su actividad pastoral: «Imita al Buen Pastor, que va en busca de la oveja perdida y la carga sobre sus hombros… En tu celo por el servicio de Dios, compórtate de tal manera que esos que se han alejado de la verdad, retornen hacia Dios por la oración de su Iglesia. El misterioso edificio de la fe no permite una ruptura de este género. A las almas, con tu guía solícita y verdadera, reúnelas a todas bajo el mismo techo». Está fechada el 18 de agosto del 460.

El año siguiente moría el gran pontífice, dejando una Iglesia pacificada y unida. Ciertamente, sin negar ese mérito a muchos obispos y monjes orientales, sin embargo, corresponde a san León el mérito principal a la hora de superar la grave crisis que surgió en Oriente a raíz del Latrocinio de Éfeso, difundir y predicar la fe de Calcedonia y restablecer la disciplina eclesiástica en muchas sedes orientales. Murió el 10 de noviembre del 461.

Juan Carlos Mateos



O si lo prefieres, regístrate en ECCLESIA para acceder de forma gratuita a nuestra revista en PDF

HAZME DE ECCLESIA

Cada semana, en tu casa