Revista Ecclesia » San Juan María Vianney, modelo para los párrocos
Destacada Iglesia en España Última hora

San Juan María Vianney, modelo para los párrocos

La vida de san Juan María Vianney, el santo sacerdote que hoy celebra toda la Iglesia, tiene pocos acontecimientos llamativos exteriormente. El atractivo mayor es su propia santidad de vida.

Desde Dardilly, pueblo en el que nació un 8 de mayo de 1786, a Ars-sur-Formans, pueblo en el que fue párroco durante casi cuarenta años, la distancia es muy corta. Y fue casi el único viaje que realizó en su vida.

Llama la atención que a ese diminuto pueblo del sureste francés, ya en vida del párroco Juan María Vianney, comenzaron a afluir multitud de hombres y mujeres buscando luz y consuelo en su sacerdocio y en su ministerio.

80.000 confesiones al año

Las peregrinaciones estuvieron fundamentalmente «provocadas» por la personalidad de este sacerdote, que desde el confesionario atraía a innumerables fieles que buscaban la reconciliación con Dios y la paz de su alma.

Durante años, las colas de penitentes fueron inmensas. Algunos calculan que unos 80.000 al año. El mismo día de su muerte, el 4 de agosto de 1859, ya sus feligreses pedían a la Iglesia que lo elevara a los altares.

Juan María Vianney, sacerdote de rostro algo pálido, apariencia muy espigada y gran timidez, emanaba una luz extraordinaria. Los retratos que se nos han conservado permiten atisbar algo de sobrenatural en su mirada y su semblante: una vida espiritual intensa.

Su vida como párroco, aun faltando acontecimientos singulares, es una historia maravillosa. Fue un sacerdote extraordinario en lo ordinario. Su primer destino pastoral, recién ordenado, fue pastorear una parroquia donde la fe está muerta.

Con su palabra y con su testimonio «trabaja» aquella materia prima y, por la acción de la gracia, la va transformando. Su apostolado, en pocos años, es muy fecundo, pues su entrega sin límites y su gran amor a las almas, hace que dé fruto y fruto abundante su vida de sacerdote.

«Predicaba con toda la persona»

Desempeñó con entusiasmo el ministerio de la predicación («predicaba con toda la persona») y sus parroquianos perciben una fuerza especial en sus palabras, aparentemente tan simples.

Se dedicó con toda el alma a la tarea de la confesión: largas horas de confesionario, desde la una hasta las nueve de la tarde, siempre dispuesto a confesar a los fieles y a responder a sus preguntas, a darles el consuelo que necesitaban…

En torno a él se percibe una intensa atmósfera sobrenatural. Uno de sus sucesores en la parroquia de Ars, monseñor Convert, que estudió atentamente su obra, llega a afirmar que sus escritos, aun en su simplicidad, dan la impresión de haber sido inspirados por el Espíritu Santo, y que la leyenda de la supuesta ‘pobreza intelectual’ del Cura de Ars debe ser desautorizada. El obispo de Belley, a algunos sacerdotes vecinos que criticaban la ignorancia y la falta de ciencia de Juan María Vianney, les respondió: «¡No sé si está instruido, pero está iluminado!».

Tuvo notables experiencias místicas, aunque, por humildad, nunca las manifestó. Humildad y discreción… son las palabras que tendríamos que repetir continuamente cuando hablamos del Cura de Ars. Hasta en las penitencias que se imponía, conservó una gran modestia, como si quisiera dar a entender que todo lo que hacía era normal y natural. Irradiaba un gran amor sobrenatural, que crecía y spor la cruz que abrazaba amorosamente en favor de los fieles.

El padre Monnin, uno de los biógrafos, dice que hacia el final de su vida la santidad se había convertido como «en una segunda naturaleza». El modo en que trataba su cuerpo, al que llamaba «el viejo Adán» o «cadáver», podría sorprender -y hasta chocar-, si no supiéramos que todo quedaba sublimado por amor a Jesucristo, a la Iglesia, a los fieles y a todos los hombres… realmente vivía un amor transfigurado.

Este es el cura de Ars, que ha sabido aunar en sí mismo lo ascético y lo místico; que siempre vio las pruebas más duras como un medio para acercarse a lo inefable y a lo divino.

Las predicaciones solían ser breves, y las enseñanzas de catecismo a niños y a adultos las exponía con mucha sencillez, queriendo presentarles lo esencial de la fe: el abandono en Dios, el amor de Dios, la aceptación del sufrimiento, el ofrecimiento de la vida a la Providencia. Y la cima de esta doctrina siempre la pone en el culto a la Eucaristía.

Ya san Pablo escribió: «Lo necio del mundo lo ha escogido Dios para humillar a los sabios, y lo débil del mundo lo ha escogido Dios para humillar al poderoso. Aún más, ha escogido la gente baja del mundo, lo despreciable, lo que no cuenta, para anular a lo que cuenta, de modo que nadie pueda gloriarse en presencia del Señor» (1 Cor 1, 27-29).

Oración que frecuentemente rezaba por su parroquia:

¡Dios mío,

concédeme la conversión de mi parroquia;

consiento en sufrir cuanto quieras

durante toda mi vida,

durante cien años los dolores más duros,

con tal que se conviertan!

 

Quiero trabajar por ti, Dios mío.

¡Me someteré a todo lo que me envíes!

Me ofreceré en sacrificio.

Pero, Señor, no puedo hacer nada sin ti,

¡ayúdame!

 

Dios mío, yo creo, creo firmemente,

es decir, sin la menor duda.

Creo firmemente que estás presente

en todas partes, que me ves, que estoy bajo tus ojos,

que un día te veré claramente yo mismo,

que gozaré de todos los bienes que me has prometido.

 

¡Dios mío, espero que me recompensarás

de todo lo que he hecho para agradarte!

Dios mío, te amo. ¡Tengo un corazón para amarte!

Hoy quiero hacerlo todo y sufrirlo todo por Dios.



O si lo prefieres, regístrate en ECCLESIA para acceder de forma gratuita a nuestra revista en PDF

HAZME DE ECCLESIA

Cada semana, en tu casa