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San Juan de Ávila y el acompañamiento espiritual

Hoy toda la Iglesia de España celebra la memoria obligatoria de san Juan de Ávila, y por primera vez, ha entrado en el calendario de la Iglesia universal como memoria libre. Estos datos que prueban la universalidad de la vida y la obra de este sacerdote diocesano, que en 1946 fue declarado patrono del clero español, y por tanto, este año se cumple el 75 aniversario.

El ministerio pastoral de san Juan de Ávila encontró una fuente de fecundidad muy alta en el acompañamiento espiritual, una tarea mantenida a través de la frecuente correspondencia con todo tipo de personas y de la entrevista personal, sobre todo con otros sacerdotes, revelándose como un auténtico «maestro» de espiritualidad. Tenía una habilidad especial para «discernir» la vocación, y en el acompañamiento siempre orientaba a buscar la voluntad de Dios y a valorar en el acompañado la «consagración» como un tesoro, incluyendo también la vocación sacerdotal. Esta es la clave de todo su acompañamiento: ayudar a descubrir qué es lo que Dios quiere para cada uno, acompañando con docilidad a la persona a descubrir su vocación, desde una auténtica pedagogía de la santidad.

Como decía san Juan Pablo II, «el Espíritu es prometido a la Iglesia y a cada fiel, como un Maestro interior que en la intimidad de la conciencia…». El Espíritu Santo es la presencia viva de Dios en la Iglesia, y la va guiando con sus dones… Lo importante es que nosotros vivamos abiertos a Él, que abandonemos todo lo que constituye un obstáculo a la acción de la gracia en nosotros: «El Espíritu Santo -dice san Juan de Ávila- es el director de nuestra vida espiritual: «¿Qué pides? ¿Qué buscas? ¿Qué quieres más? ¡Que tengas tú dentro de ti un consejero, un ayo, un administrador, uno que te guíe, que te aconseje, que te esfuerce, que te encamine, que te acompañe en todo y por todo! Finalmente, si no pierdes la gracia, andará tan a tu lado, que nada puedas hacer, decir ni pensar, que no pase por su mano y santo consejo. Seráte amigo fiel y verdadero; jamás te dejará si tú no le dejas» (Sermón 30,19).

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El maestro de la vida cristiana

Esta amistad y docilidad al Espíritu es la mejor garantía para perseverar en el discernimiento de la voluntad de Dios sobre nuestras vidas; por eso san Juan de Ávila le llama el «maestro de la vida cristiana», pues nos aparta de la mundanidad espiritual, esa que nos guía falsamente valiéndose de nuestras propias certezas y seguridades, apoyándose en nuestro modo de ver y de juzgar, revelando una gran falta de confianza en el Señor: «Porque así como Cristo es causa de todos los bienes, que se comunican a las ánimas de los que se sujetan a Él, así el demonio es padre de pecados y tinieblas, porque, instigando y aconsejando a sus miserables ovejas, las induce a mal y mentira, con que eternamente sean perdidas, y porque sus astucias son tantas que sólo el Espíritu del Señor basta a descubrirlas, hablaremos pocas palabras, remitiendo lo demás a Cristo, que es verdadero enseñador de las ánimas» (Audi filia I,28).

La Escritura también habla de Jesucristo como guía y consejero: «Nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquél a quien el Hijo se lo quiera revelar» (Mt 11,27). De ahí que el acompañamiento espiritual no sea tanto un ministerio de algunos expertos, cuanto una experiencia personal de vida. Acompañando a otros en su camino, también aprendemos, pero eso no sustituye nuestro camino de discipulado, de seguidores del Señor, en el que también necesitamos la mano y el consejo de otro que nos guíe espiritualmente.

Es necesario que alguien nos avise de los peligros en que podemos incurrir, «porque en la mar hay unos lugares donde se hunden las naos, y es menester hombres sabios para que conozcan los peligros y aparten de ellos las naos. Y si en estos peligros sois engañados, ahogaros heis» (Lecciones sobre la primera canónica de san Juan 1, 16).

Discernimiento

En san Juan de Ávila, en el acompañamiento espiritual ocupa un lugar muy importante la discreción de espíritus, un don que el de Montilla define como: «lumbre del Espíritu Santo con la cual entrañable inspiración y alumbramiento se hace huir todo error, y opinión y duda. Si tu voluntad y la de Dios combaten, si traes guerra dentro de ti, sabe cuál es lo que se ha de hacer, tu voluntad u la suya. Al cabo salga Dios con la corona, reine Dios en tu corazón. Haz su santa voluntad. No ha de haber más de un reino, no más de una cabeza, uno que mande, no más de una voluntad. El que no hace esto, deja a Dios y desobedece su santa voluntad. El que vive en este mundo consigo proprio, sin Dios en el obedecer se halla en el otro sin Dios en el gozar (Sermón 82,21).

Uno de los principales criterios de discernimiento que señala san Juan de Ávila es la humildad, ésa que las buenas obras dejan en nosotros. Todo el Audi filia es una invitación al seguimiento, desde un discernimiento continuo de la voluntad del Señor, pero para discernir bien la voluntad de Dios debemos ser vigilantes: «A Isboset mataron dos malos hombres porque se durmió la portera, que estaba ahechando el trigo (cf. 2 Sam 4,5.7); porque quien no tiene vela sobre su corazón para discernir quién entra en él, si es trigo o si es paja, poco tiempo durará con la vida. Y por esto nos amonesta la Escriptura diciendo: Con toda guarda, guarda tu corazón, porque de él procede la vida (Prov 4,23); y mal puede guardar quien duerme ni discernir paja de trigo quien tiene los ojos cerrados. ¡Oh cuántos no miraron que es menester ser prudentes en el servicio de Dios, y no oyeron lo que dijo San Pablo: ¡No queráis ser hechos imprudentes, mas entended cuál es la voluntad del Señor! (Ef 5,17). Y por no saber apartar lo verdadero de lo aparente, fueron poco a poco engañados; y del descuido vino el sueño, y de aquél la muerte al que guardaban. Vele mucho, vele el pensamiento de la persona que tiene en su pecho a Jesucristo, y mire con siete ojos quién es el que entra en el ánima; porque tan gran bien, como es conservar a Dios en el ánima, no se deja poseer de los descuidados ni necios, y pagan después con lloros su poco saber, que tan caro les costó; y plega a Dios no con infierno (Carta 84)».

En su Audi filia, Juan de Ávila cita el testimonio de otros espirituales para subrayar la necesidad de un maestro espiritual, que nos ayude en el camino hacia Dios. Rechazar esta ayuda supone cerrarse a la gracia de Dios. Esta tentación ha sido de todos los tiempos, pero en el momento presente, marcado por la comunicación digital, en un mundo autónomo e independiente, se ha ido forjando, casi inconscientemente, una cultura del “autoabastecimiento”, también en nuestros presbiterios, incidiendo directamente en nuestra vida espiritual y la de los fieles. A un jesuita, san Juan de Ávila le recomienda: «conviene siempre tener un ministro de Dios, cuenta con que su ánima ande repastada en Dios y llena de grosura espiritual, lo uno para su propio aprovechamiento; lo otro, para lo ajeno».

«Ser un buen cristiano»

La primera virtud que Juan de Ávila pide al director espiritual es que sea un buen cristiano; es decir, que trate los negocios espirituales más como cristiano que como ‘filósofo’, consciente de que Cristo, y sólo Él, es la puerta de la santidad. Si no estamos unidos a Dios, difícilmente podemos ayudar a otros en su camino hacia el Señor. Nuestra vida de oración es imprescindible para un buen acompañamiento espiritual; necesitamos ser hombres de oración para poder acompañar.

Para el director, resulta muy beneficioso también comprender cómo actúa el Espíritu en los corazones, aspecto éste que, aunque vamos aprendiendo por propia experiencia, sobre todo nos ofrece la Teología espiritual. “Experimentados en las curas de las enfermedades espirituales, han escrito muchas cosas muy provechosas para el conocimiento y medicina de las tales enfermedades, y muy saludables recetas para conservar la salud alcanzada y para enseñar y persuadir el camino de Dios, conviene que el cura sea leído en la lección moral de los santos, pues sin ella ni entenderá seguramente la sagrada Escritura y hará muchos yerros en la cura de las ánimas por no aprovecharse de los avisos de los médicos que Dios nos dio” (Tratado del sacerdocio, 38).

Debemos ser muy humildes cuando buscamos su voluntad en la vida de los demás, porque podemos llegar a convertirnos en obstáculos de este proceso. Así se lo advierte san Juan de Ávila a Santa Teresa de Jesús: «las cosas particulares por donde Dios lleva a unos, no son para otros». Y es todavía mucho más peligroso cuando, sin discernimiento, contagiamos a otros nuestra posible desesperanza o falta de fe. Contra todo ello, arremete Ávila: “No dañan tanto los ladrones que están acechando en los caminos para robar a los caminantes, no tanto los corsarios que roban en la mar a los que llevan muchas riquezas y navegan con próspero viento, cuanto daña un enseñador tibio a un hombre que corría ligero por el camino de Dios; y sale él de través y veces con desordenados temores que le pone, y veces con palabras buenas mal entendidas, de tal manera lo trata, que le echa unas cadenas a los pies para que no pueda correr como antes, sino andar muy poco a poco; y la frialdad que el tal enseñador tiene dentro de sí, la derrama como agua fría sobre el corazón del que tenía fervor, y se lo apaga como al fuego el agua. Camina otro por el mar de este mundo con muchas virtudes, inspirado por el soplo del cielo; y sálele al camino el espíritu y soplo de la humana prudencia, y hace que deje el otro la guía del cielo que le hacía celestial, y que se abaje a ser terrenal, regido por humana prudencia, maestra de la tibieza, enemiga del fervor (Sermón 55,37-38).

Caminar y progresar en la vida espiritual

Los fieles necesitan encontrar en los sacerdotes la disponibilidad y el conocimiento de las realidades espirituales, es decir, el tiempo y el don del discernimiento que les ayude a caminar y a progresar en su vida espiritual. Los fieles poseen un «olfato» especial para percibir dónde está Dios, en quien mora la gracia del Espíritu. En un mundo que invita constantemente a la desconfianza, los sacerdotes tenemos que destacar por la discreción. Se trata de una de las virtudes que más puede enriquecer nuestro ministerio, y si falta, lo puede arruinar.

Quizás necesitemos en este 75 aniversario de la proclamación de san Juan de Ávila como patrono de los sacerdotes diocesanos, una revisión sobre lo urgente y lo importante en nuestro ministerio y en nuestras “labores pastorales”. Los grandes medios modernos de comunicación social, tan al alcance de todos, nos ofrecen innumerables posibilidades de «llegar», de «acompañar», de «estar cercanos», de «hacer camino con». Pero, ¡qué necesaria se hace una educación del corazón!; de modo que dichos medios nos conduzcan al encuentro con Dios y con los hermanos, como cauces de amistad y fraternidad, sin que se conviertan en nuestros peores aliados. El secreto está en el corazón y en lo que buscamos, y entonces no importa tanto si la pluma o el teclado, la carta o el e-mail, el sms o el whatsapp, con tal de no olvidar -ni sustituir- la riqueza del trato personal. También en este sentido tenemos que ser realistas, y no confundir lo fácil o cómodo con lo pastoral.

Ya el Concilio Vaticano II señaló como misión de los sacerdotes, «examinar los espíritus para ver si son de Dios, descubrir mediante el sentido de la fe los múltiples carismas de los laicos, tanto los humildes como los más altos, reconocerlos con alegría y fomentarlos con empeño».

No es tarea fácil, pero los sacerdotes hemos de contemplarlo a la luz de san Juan de Ávila, como un servicio importante y necesario. El acompañamiento lo podemos realizar sacramentalmente, mediante la confesión, o extrasacramentalmente, en el acompañamiento espiritual. Curar y acompañar siempre será el “ars artium”, pastoralmente hablando. O como lo llama el papa Francisco, el «arte del acompañamiento».

El ministerio sacerdotal y todo acompañamiento cristiano se ordena a la santidad. La paternidad sacerdotal a la que hemos sido llamados no tiene otra finalidad más que el bien de los fieles, procurado tener vivas en el corazón las actitudes propias de quien se identifica con el Buen Pastor, que conoce y da la vida por las ovejas, al estilo de san Juan de Ávila.

Juan Carlos Mateos
Director del Secretariado de la Comisión Episcopal para el Clero y Seminarios

 



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