Especiales Ecclesia San Juan de Ávila, doctor de la Iglesia

San Juan de Ávila: Maestro y testigo de vida cristiana, ya doctor de la Iglesia universal, por el cardenal Santos Abril

Homilía del cardenal Santos Abril Castellón, arcipreste de la basílica papal de Santa María la Mayor de Roma, en la celebración de vísperas del doctorado de San Juan de Ávila (Santa María la Mayor de Roma, 6-10-2012)

En esta magnífica basílica de santa la Mayor, la que tiene más vestigios  evocaciones españolas en Roma, su arcipreste la satisfacción común de encontrarnos en este lugar en una ocasión tan importante para la Iglesia universal y en particular para España.

Nos habíamos acostumbrado por siglos a proponer como figura estelas el Beato San Juan de Ávila hasta que llegó felizmente la fecha preparada de su canonización por el Papa Pablo VI.

Él, preparado en las mejores universidades, pudo ser un gran misionero en las tierras nuevas apenas descubiertas. Fue, no obstante, el “apóstol de Andalucía” y de otras regiones de España. Pero como “maestro de espirituales” fue mucho más que eso. Y con sus contactos con muchas de las grandes figuras de nuestro siglo de oro y después, su influjo fue enormemente más amplio, rompiendo fronteras de continentes. No solo en España, sino en el nuevo mundo, África, India y Japón, sus discípulos misionaron ampliamente. En todos esos ambientes, fue un gran maestro de la Iglesia, que, ahora, por la autoridad del Papa, le reconoce como doctor y se une a los 33 proclamados hasta hoy y que acompañarán a los tres españoles ya proclamados: San Isidoro de Sevilla, Santa Teresa de Jesús y San Juan de Ávila.

Será en toda la Iglesia una nueva luz universal quien fue maestro y testigo de vida cristiana, conocedor de la Sagrada Escritura hasta hacer decir que si perdiera la Biblia, él la devolvería a la Iglesia porque se la sabía de memoria. Esto quedó plasmado en sus escritos, comenzado por el Audi, filia y los demás, que influyeron incluso en el Concilio de Trento.

 

El amor de Cristo

En este acto, en el que acabamos de escuchar las palabras de San Pablo “¿quién nos separará del amor de Dios?” (Rm 8, 35), quiero dejar hablar a la más autorizada voz del nuevo doctor de la Iglesia.  Escribe: “¿Quién nos separará del amor de Dios?” (Rm 8, 35). Mas por esto no se sigue que no está en nosotros y muy dentro de nosotros; pues dice en otra parte que el amor de Dios está derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos es dado” (Rm 5,5). Este mismo modo de hablar tiene cuando dice aun de los bienes naturales que en Dios vivimos y nos movemos y somos (Hch 17,28). Mas no habrá quien diga no tenemos ser y vida y operaciones distintas a las de Dios” (Audi, filia, cap. 91).

Y el santo doctor concreta: “Tiene la Escritura este modo de hablar para dar a entender que no tenemos el bien de nosotros, ni le podemos conversar en nosotros; y algunas veces dice que los tales bienes no son nuestros, ni los obramos nosotros; así como donde dice el Señor a sus discípulos “no me elegisteis vosotros, mas yo os elegí” (Jn 15, 26). Y en otra parte dice “no sois vosotros los que habláis, mas el Espíritu de vuestro Padre habla en vosotros” (Mt 10,20). Y porque no entendiese nadie que por esto el hombre no obraba bien y con libertad, dice en otras partes que hace el hombre aquel tal bien, sin hacer mención de lo que hace Dios” (Ididem).

Bien convencido de que “a los que aman a Dios, todo les sirve para el bien”, el santo doctor exhorta en uno de sus sermones: “Ama, pues, hermano, a Dios; ama, pues, hermano mío, al Señor Dios con toda tu intención y entrañas, y hallarte has a ti y hallarás verdaderos gozos que no perecen; porque el hombre que ansí lo hace, hácese invencible, y con todo el mundo y con todos los demonios no le pueden derribar. Como si dijese: ninguna cosa de lo criado. Y ansí la primera merced que Dios hace al hombre que le ama, es que se cobra a sí mismo, y verdaderamente es suyo” (Sermón 23).

Unido así a Dios por el amor fuerte, nada puede separar al hombre de Jesucristo. Ni el hambre, ni la persecución, ni la espada: “Bien puede todo acaecernos y pasar por nosotros, pero todo no nos puede sujetar; antes cuántas cosas más graves nos acaecieren, tanto más crece nuestra caridad con la de Jesucristo, saliendo en todo lugar y en todas las cosas vencedores, ricos y honrados, no por nuestras fuerzas, no por nuestros merecimientos, sino por el ayuda y amparo de Jesucristo. Porque amándonos Él como nos ama, no consentirá que seamos vencidos” (Sermón 32).

¡Cuánto aliento y esperanza dejaba San Juan de Ávila a la Iglesia confiada en el amor de Jesucristo a ella!: “Si esto os parece mucho, que son cosas livianas, esperad y veréis cosas mayores. Mayor apariencia tenían las cosas invisibles de ser temidas, que pelean fuertemente contra el ánima, que lo que puedan dañar el cuerpo, y cuando a mucho se extienda, no puede ser más que hasta la muerte; pero ni en lo uno ni en lo otro hay que temer, porque el mismo apóstol San Pablo lo dice: “Estoy cierto que ni la muerte, ni la vida… nos pueden apartar del amor de Jesucristo” (Rm 8,38)”.

María, Madre de Dios humanado

He tratado de recoger unas pocas espigas de un vasto trigal. Permitidme ahora que, encontrándonos en el más importante templo de la Virgen, os ofrezca alguna perla de teología mariana de nuestro maestro Juan de Ávila.

“María es la Virgen de Dios verdadero y de hombre verdadero; y aunque no madre de Dios en cuanto Dios, sino madre de Dios en cuanto hombre” o en su nacimiento humano porque en Jesucristo hay dos naturalezas mas una Persona. Así, pues, Jesucristo es Dios e hijo de la Virgen María, mas no es dos hijos, sino uno, y por eso ella es la madre de Dios y hombre. ¿Queréis honrar a la Virgen? Llamadla Madre de Dios humanado” (Sermón 68).

(La Virgen es) “Pastora no jornalera que buscase su propio interés, pues que amaba tanto a las ovejas, que, después de haber dado por la vida de ellas la vida de su amantísimo Hijo, diera de muy buena gana su vida propia, si necesidad de ella tuvieran” (Sermón 70).

(María) “Es muy amiga del Espíritu Santo, y Él de ella. En sus entrañas, el incomprensible cupo (…) y esto todo por obra del espíritu Santo (…). Conoce muy bien el Espíritu Santo las entrañas de la Virgen, conoce muy bien aquel su corazón tan limpísimo” (Sermón 30).

Y llega a la cumbre: “¿Pensáis que es ser devotos de la Virgen cuando nombran a María? ¿Quitaros el bonete no más? Más hondas raíces ha de tener su devoción (…). ¿Qué haré para tener devoción a la Virgen? ¿No le tenéis devoción? Harto mal haréis; harto bien os falta; más querría estar sin pellejo que sin devoción a María… Quererla bien y no imitarla, poco aprovecha” (Sermón 63).

Luminoso faro, auténtico renovador

Queridos hermanos: mañana se colocará en el candelero de la Plaza de San Pedro un nuevo faro, un nuevo doctor de la Iglesia (junto a Santa Hildegarda de Bingen). Una luz y un modelo para aplicar con precisión el Concilio Vaticano II y para afrontar la nueva evangelización, el Año de la Fe y las dificultades, no leves, del presente eclesial y mundial. El Papa Benedicto XVI dijo de San Juan de Ávila: “en los años del siglo de oro español, participó en las dificultades de la renovación cultural y religiosa de la Iglesia y de la organización social en los albores de la modernidad” (Ángelus, 27 de mayo de 2012-10-07).

Y en la audiencia concedida a los miembros del Pontificio Colegio Español San José de Roma, señaló: “Su profundo conocimiento de la Sagrada Escritura, de los Santos Padres, de los Concilios, de las fuentes litúrgicas y de la sana teología, junto con su amor fiel y filial a la Iglesia, hizo de él un auténtico renovador, en una época difícil de la historia de Iglesia (Discurso, 10 de mayo de 2012). Renovador auténtico, pues, también para nuestro momento histórico. Que así sea.

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