Cartas de los obispos Última hora

San Jerónimo, «una biblioteca de Cristo»

El día 30 de septiembre el Papa Francisco publicó una carta en el XVI centenario de la muerte de san Jerónimo que ha pasado bastante desapercibida. Además de la que ha dirigido a los monjes del Parral, único monasterio de jerónimos en el mundo, ésta a la que me refiero es un elogio de la figura del traductor de la Biblia al latín, que ha pasado a la historia con el nombre de Vulgata, porque se convirtió en el alimento para el pueblo (vulgo) cristiano durante siglos. La carta lleva por título Scripturae Sacrae Affectus, pues es lo que distinguió a san Jerónimo: un afecto vivo y tierno por la Palabra de Dios, a la que consagró todas sus energías desde una experiencia de conversión en la que Cristo le echó en cara que era más ciceroniano que cristiano porque estimaba más la lengua latina que los escritos bíblicos por considerarlos demasiado toscos e imprecisos para su refinado gusto literario.

San Jerónimo estudió en Roma retórica con ilustres maestros de su tiempo y dio un giro a su vida cuando descubrió el tesoro de la Biblia y se entregó a su meditación, estudio y traducción. Primero en Roma, como colaborador del Papa español san Dámaso, después en el desierto de Calcis, estudiando griego y hebreo, luego en Egipto y, finalmente, en Belén, donde fundó junto a la gruta del nacimiento de Jesús dos monasterios «gemelos» de hombres y mujeres que atendió como maestro espiritual y a los que inició también en el estudio de la Palabra de Dios.

El trabajo de san Jerónimo fue ingente. Con los medios de entonces, sirviéndose de las Hexaplas de Orígenes, entre otros instrumentos de trabajo, entendió que la Palabra de Dios debía ser accesible al pueblo cristiano y se enfrascó en su traducción desde las lenguas originales, pensando no sólo en sus discípulos y en los estudiosos que un día se dedicaran a la Escritura sino en la gente llana. Como dice el papa Francisco, Jerónimo ofrecía su trabajo a los demás como un munus amicitiae (oficio de amistad) a través del cual edificaba la Iglesia.

La personalidad de este padre de la Iglesia latina conjugaba, según el Papa, la entrega total a Dios por amor a Cristo crucificado y el estudio constante y arduo de la Sagrada Escritura, cuya lengua, retórica y figuras distaban mucho del mundo clásico en el que se educó. La Biblia se presentaba como un «libro sellado» que necesitaba la mano del intérprete cuya clave era Cristo. San Jerónimo dio un paso de gigante en lo que llamamos inculturación puesto que su dominio de las lenguas permitió «una comprensión más universal del cristianismo y, al mismo tiempo, más acorde con sus fuentes». La traducción de la Vulgata, dice Francisco, supone una acto de hospitalidad lingüística que favorece la cultura del encuentro, puesto abre el mundo de la lengua a nuevas comprensiones. ¡Atinado pensamiento en una época de tanta ignorancia, especialmente en materia religiosa, que impide la apertura de la inteligencia al conocimiento de las culturas que han tenido cabida en la Biblia! Por eso, el Papa lanza este desafío a los jóvenes: «Vayan en busca de su herencia. El cristianismo los convierte en herederos de un patrimonio cultural insuperable del que deben tomar posesión. Apasiónense de esta historia, que es de ustedes. Atrévanse a fijar la mirada en Jerónimo, ese joven inquieto que, como el personaje de la parábola de Jesús, vendió todo lo que tenía para comprar “la perla de gran valor”» (Mt 13, 46).

Os animo, pues, a leer esta carta que presenta su figura con viva actualidad. Como escribió de él su amigo Nepociano: «Por la asidua lectura y la meditación prolongada, había hecho de su corazón una biblioteca de Cristo».

+ César Franco
Obispo de Segovia

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