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San Jerónimo, un enamorado de la Escritura

Hoy, memoria litúrgica de san Jerónimo, se cumplen 1600 años de la muerte del hombre que vivió “una estima tierna y viva por la sagrada Escritura” (oración colecta). Desde siempre, el nombre de Jerónimo está ligado a la Vulgata, la traducción latina de la Biblia más difundida. Pero las cosas no son tan simples como parecen a simple vista. Sigamos a Jerónimo en su periplo vital.

Después de haber estudiado en Roma, Jerónimo viaja a la Galia y a Tréveris. Se trasladó al Oriente viviendo como un ermitaño en el desierto de Calcis (Siria). Posteriormente, viajó por diferentes ciudades, donde entabló amistad con Evagrio Póntico y Gregorio de Nacianzo. Instalado ya en Roma, trabajó para el papa Dámaso. A la muerte del pontífice se vio obligado a abandonar la Ciudad eterna y se instaló en Belén, donde fundó una comunidad ascética e intelectual, dedicada a la oración y al estudio de las Escrituras. Vemos que en cada una de estas estancias hace un descubrimiento personal que le enriquece en su investigación exegética.

La Biblia, con Jerónimo, se convierte en un verdadero ‘campo de trabajo’. La Escritura ya no es un simple apoyo para explicaciones alegóricas, a veces muy extrañas a su sentido primero, o un fundamento para tesis teológicas que no brotan de la Escritura, sino que buscan en ella una apoyatura bíblica para sus argumentos. Con Jerónimo, la Biblia queda analizada palabra por palabra, en sus expresiones y en sus referencias históricas y geográficas. Quiere leer la Biblia tal como es para, a continuación, comprenderla en su dimensión espiritual.

El viejo monje de Belén había comenzado, siendo muy joven, interpretando alegóricamente al profeta Abdías. Pero su curiosidad era demasiado fuerte: era necesario comprender esta cultura misteriosa, la del pueblo hebreo, para superar la versión griega, que, sin embargo, era la reconocida como inspirada. Jerónimo tuvo esta audacia, y así permitió al mundo latino descubrir otro mundo: el del pueblo elegido.

Para Jerónimo, como para los Padres en la Antigüedad, la ‘Vulgata’ es la Septuaginta, es decir, el texto griego de la Biblia. Durante la Edad Media, este nombre se aplicó al trabajo de Jerónimo, que circulaba entre estas distintas traducciones. El franciscano inglés Francis Bacon (1210-1294) será el primero que dará el título de Vulgata a la versión de Jerónimo. El concilio de Trento consagrará esta denominación: “El mismo Sacrosanto Concilio, considerando que podía venir no poca utilidad a la Iglesia de Dios, si de todas las ediciones latinas que corren de los sagrados libros, diera a conocer cuál haya de ser tenida por auténtica; establece y declara que esta misma antigua y vulgata que está aprobada por el largo uso de tantos siglos en la misma Iglesia, sea tenida por auténtica en las públicas lecciones, explicaciones, predicaciones y exposiciones, y que nadie, por cualquier pretexto, tenga la audacia o la presunción de rechazarla” [Concilio de Trento, sesión IV).

Vista la situación, podemos preguntarnos: ¿cómo era la situación del siglo IV? Muy confusa. Cada diócesis, cada región tenía su propia traducción. Basta con leer los comentarios antiguos (los de Hilario de Poitiers, los de Cipriano y Tertuliano), para darse cuenta que cada uno tenía un texto diferente. No sólo que los textos difieren en cuanto al sentido, sino que variaban en el léxico y en la construcción sintáctica. Después del Edicto de Milán, las iglesias podían libremente entablar contactos entre ellas y comparar sus textos. Muchos manifestaron su extrañeza ante las numerosas divergencias, y el papa Dámaso (366-384) manifiesta su deseo de armonizarlo todo, al menos lo que se refiere a los Evangelios y a los Salmos, es decir, los libros fundamentales de la oración común.

Ante este panorama, llamó a Jerónimo. La razón es muy sencilla. Primeramente, porque este joven (tenía entonces unos 30 años) ya le había explicado los pasajes –nada fáciles- en los que el profeta Isaías habla de serafines y del carbón ardiente (Carta 18 A). Después, porque Jerónimo conocía la riqueza de las diversas lenguas y culturas. Tras su periplo en la Galia, retuvo los acentos propios de los idiomas locales que él reconocerá más tarde en Galacia, donde se habían instalado numerosos galos desde la primera Antigüedad (Comentario sobre los gálatas, libro II, prefacio). Más tarde, en el año 373-375, cuando disfrutaba de la hospitalidad de Evagrio Póntico en Antioquía, se inició en el estudio del griego. Durante su estancia en el desierto de Calcis, cerca de la capital, en el 375 -377, se lamenta de su soledad, porque nadie hablaba latín (Carta 7, 2). Es ahí donde un converso procedente del judaísmo le enseña los rudimentos del hebreo (Carta 125, 12). A su vuelta de Calcis, frecuentó a los grandes maestros de la lengua griega, (Apolinar y Gregorio de Nacianzo). Una vez que llegó a Roma, prosiguió con pasión sus estudios lingüísticos. Un judío venía a veces a enseñarle a escondidas algunos ‘libros de la sinagoga’ (Carta 36, 1). De hecho, en Belén tuvo un maestro llamado Bar Anina (Carta 84, 3). Ya en Roma, destacaba por su ardor en el estudio de las lenguas griega y hebrea. Nada más natural, pues, que el papa Dámaso le pidiese armonizar todas las traducciones en circulación.

Jerónimo emprendió una primera revisión del texto de los Evangelios, que dedicó al papa Dámaso. Hizo lo mismo con el Salterio, pero esta versión se ha perdido. Prosiguió su obra en Belén, a partir del año 387. Trabajó a partir del griego, más exactamente a partir de la edición establecida por Orígenes en sus Hexaplas, conservada en la biblioteca de la cercana Cesarea de Palestina. El primer fruto de este trabajo fue el Salterio que, debido a su difusión en el imperio carolingio, se ganó el título de «galicano». Le siguieron otros libros, como el de Job, Proverbios y el Cantar de los Cantares, etc.

Cada vez más contento con sus conocimientos de hebreo, Jerónimo comienza a responder a preguntas precisas de sus amigos y discípulos. Comienza traducir a partir de la lengua original. Primeramente, son los libros históricos, es decir los de Samuel y de los Reyes. No tiene un plan preciso. Va respondiendo según se le va pidiendo. En el año 399, por ejemplo, traduce el libro de los Proverbios, el Cantar de los Cantares y el Eclesiástico para Cromacio y Heliodoro. En ese mismo año, la traducción del Pentateuco la dedica a Desiderio, y la de Josué, Jueces, Ruth y Esther, a Eustoquia.

Este trabajo no se hace sin riesgos, y las críticas acabarán agobiando al traductor. Algunos, dado que la Septuaginta era considerada como el texto de referencia para la Biblia, volver al hebreo se interpreta como un volver al judaísmo. Precisamente Rufino le acusa de eso en su Apología contra Jerónimo: “¿qué otro espíritu, si no es el de los judíos se atrevería a manchar los documentos de la Iglesia trasmitidos por los Apóstoles?” (2, 41; CCL 20, 115). Incluso un hombre como Agustín no tendrá reparo en expresar su inquietud acerca de este tema. «Nosotros nos hemos percatado que tú has traducido a Job del hebreo; ahora bien, ya teníamos una versión de este mismo profeta hecha por ti del griego al latín, en el que has señalado con asteriscos lo que existe en hebreo y falta en griego, y con obelos lo que está en griego y no en hebreo» (Carta 71, 3).

Esto no hace más que aumentar la confusión ya reinante. ¿Por qué realizar una nueva versión del Antiguo Testamento? Jerónimo es consciente de todas estas reticencias y, en varios de sus prefacios, se defiende. Él no pone en duda la calidad doctrinal de la Septuaginta, pero pide que se le conceda el mismo derecho que a los demás: poder fijar una nueva versión.

El peligro que algunos quieren ver está sobredimensionado. Jerónimo no remueve las antiguas traducciones. Lo único que hace es partir del texto latino existente y compararlo con el hebreo. No modifica más que para presentar el texto de manera más clara y elegante.

El mismo recelo se ceba con la nueva traducción de los Salmos, que hace a partir del hebreo. Es el Psalterium iuxta Hebraeos. Esta versión fue definitivamente rechazada, porque aportaba demasiadas innovaciones.

La revisión de los Evangelios sufrió menos dificultades y fue mejor aceptada. Recientemente se ha conocido que la versión de los Hechos de los Apóstoles, las Cartas paulinas y el Apocalipsis que aparecen en la Vulgata no son de Jerónimo. Serían obra de un coetáneo del monje de Belén. Algunos autores apuntan a Rufino, el sirio.

Jerónimo no ha traducido, pues, todos los libros de la Vulgata. Deliberadamente, no ha buscado fijar una nueva versión completa de la Biblia. Ha respondido a las demandas de sus amigos y discípulos, y ha resumido claramente la finalidad de esta aventura en su prefacio al Comentario sobre el Eclesiástico: «yo he traducido del hebreo, adaptando las palabras en tanto me era posible al tono de la Septuaginta, pero solamente allí donde ésta no difiere demasiado del hebreo» (CCL 72, 249).

Por Juan Carlos Mateos

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