Iglesia en España

San Frutos, un santo para hoy, por César Franco, obispo de Segovia

San Frutos, un santo para hoy, por César Franco, obispo de Segovia

El domingo 25 de octubre celebramos solemnemente la fiesta de san Frutos, patrono de la diócesis de Segovia. Nacido hacia al año 642, buscó la soledad en un paraje junto al río Duratón, donde se edificó una ermita en su honor.

A la muerte de sus padres, repartió sus bienes entre los necesitados y se dedicó a la vida eremítica, acompañado de sus hermanos menores, también santos, Valentín y Engracia, que morirían mártires en manos de los sarracenos. San Frutos murió a los 73 años de edad. Sus reliquias y las de sus hermanos se conservan en nuestra catedral como un venerable tesoro.

¿Qué puede enseñarnos a los segovianos este ermitaño, que eligió una vida que puede parecer incomprensible y extraña a nuestra cultura? Los santos cinciden todos en algo que en el eremita aparece como valor supremo: Dios basta para llenar la existencia del hombre. Consagrar toda su vida al Señor llevó a san Frutos a escoger la soledad, la oración y la peniencia como camino de santificación. Mucho cambiaría nuestra vida y, por tanto, nuestra sociedad, si buscáramos momentos de oración, a solas con Dios, y le ofreciéramos obras auténticas de penitencia, es decir, de conversión. El cristiano de hoy – y todo hombre que se confiese religioso – necesita vivir, como enseña Jesucristo, el primer mandamiento de la ley: «Amás al Señor con todo tu corazón, con todas tuss fuerzas, con toda tu mente, con todo tu ser». Este mandamiento justificó la vida de san Frutos. Y debería justificar la vida de cada cristiano. Porque amar a Dios es el fundamento de toda auténtica vocación, se escoja el estado que sea. Y es imposible amar a Dios si no le dedicamos tiempo, momentos de soledad, obras de conversión y penitencia. Esto no pasa con las épocas y las modas. Es de continua actualidad, porque es el evangelio mismo.

Al estilo de otros santos, como san Antonio abad, fundador del movimiento anacoreta, san Frutos entregó sus bienes a los pobres. ¿Es esto actual y motivador para nosotros? ¿Podemos aprender algo de tan alta generosidad? Vivimos momentos difíciles en la sociedad: los problemas sociales y económicos hacen que la vida de muchos hermanos nuestros pueda calificarse de inhumana. El drama de los refugiados golpea cada día nuestra conciencia y nos preguntamos qué podemos hacer y exigimos a los políticos que encuentren soluciones justas. ¿Qué hacemos tú y yo? ¿De qué prescindimos para que otros lleven una vida digna? Cuando oímos hablar de penitencia, con frecuencia pensamos en mortificaciones físicas, como si fuera la única manera de expresar dicha virtud. No es así. El ayuno corporal y la penitencia siempre han tenido en la Iglesia una finalidad caritativa, en solidaridad con los más necesitados. Ayunamos de algo para que otros vivan mejor y para reconocer que los hombres somos hermanos. Los que abandonan el mundo para dedicarse a Dios, no lo desprecian sino que lo aman desde el recocimiento de que Dios es el Creador de todo y nos ha dado los bienes de este mundo para el disfrute de todos, y no sólo de unos pocos.

Mirado desde esta perspectiva, san Frutos es un patrono de plena actualidad. Se le representa con la Palabra de Dios en una mano y con un cayado en la otra. La Palabra de Dios fue su luz y su alimento para la vida, como dice el Concilio Vaticano II que debe ser para todo cristiano. El cayado nos habla de peregrinar hacia la meta. Quien se reconozca peregrino, y todo hombre lo es, reconocerá en la vida de san Frutos un espejo donde mirarse, y, con su ayuda, aprenderá a vivir en medio del mundo sin perder la conciencia de que este mundo pasa y nos espera otro al que llegaremos en la medida en que caminemos iluminados por la Palabra de Dios y compartiendo con los hombres los dones de la creación, sin aferrarnos a ellos como si fueran lo definitivo.

+ César Franco

Obispo de Segovia

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