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San Francisco Javier: No hay mayor título que ser seguidor de Cristo

Hoy 3 de diciembre, celebramos la fiesta de uno de los santos más conocidos del mundo. Muchos son los títulos que con los años le hemos ido poniendo a San Francisco Javier: Patrón de las misiones, de los navarros, de los deportistas y del turismo, cofundador de la Compañía de Jesús o apóstol de las Indias.
Cuando salió de su casa natal, el castillo de Javier (Navarra), en 1528, buscaba que su recuperar la fama y honra perdidas por su familia en las guerras entre los reinos peninsulares. Buscaba títulos a toda costa. No en cualquier lugar, fue a París a estudiar en la Sorbona. Francisco de Javier tenía 21 años y sus planteamientos de entonces no tenían nada que ver con lo que finalmente fue el verdadero y más poderoso motor de su vida.

Aunque se había criado escuchando largas conversaciones que translucían la melancolía familiar por tiempos pasados; sólo hicieron falta dos cosas para que Dios cambiase sus planes: Una frase y una persona. Pero no cualquier persona ni cualquier frase. Ignacio de Loyola, con quien compartía habitación junto con Pedro Fabro, le repetía cariñosa, pero insistentemente el versículo del evangelio: «¿De qué te sirve ganar el mundo entero si te pierdes a ti mismo?» (Mt 16,26).
Francisco ya era famoso en París por su buen porte, sus victorias deportivas y su elegancia natural. Sus compañeros de habitación también comenzaban a ser famosos, pero motivos muy diferentes. El navarro buscaba títulos de fama, no de humildad o de coherencia cristiana (a pesar de que su empeño era ganar una canonjía en la catedral de Pamplona). Ignoraba el calado de la paciencia de Ignacio.

Todo esto cambió un día que cedió y accedió a hacer los Ejercicios Espirituales a los que el de Loyola estaba todavía dando forma, momento clave para que el de Javier experimentara que no hay mayor título que ser seguidor de Cristo. Quizá ese cambió se había ido forjando más lentamente de lo que él pensaba.
Ignacio y sus amigos estaban comenzando un nuevo modo de vivir, que años más tarde derivó en la fundación de la Compañía de Jesús. Estando ya en Roma, en 1540, Francisco dará cumplimiento al voto que distinguirá a la nueva orden religiosa: obediencia al Sumo Pontífice en todo lo que respecta a la misión (Fórmula del Instituto de la Compañía de Jesús). De nuevo con más títulos, nuncio del Papa y embajador del Rey de Portugal, Francisco deja Roma y se pone rumbo a Lisboa para embarcar hacia la India.
Goa será su lugar de referencia, pero Francisco no dejará que pasen los días tranquilamente. En todo momento y en todo lugar está movido a anunciar el evangelio, siempre más allá. Donde otros verían impedimentos como desconocer el idioma, la dureza del clima, enfermedades… Francisco les da la vuelta y las convierte en oportunidades de adaptación, flexibilidad e inculturación.

Tras bautizar y evangelizar a miles en India, Indonesia y Japón, murió con 46 años a las puertas de China. Su legado sigue vigente en toda la Iglesia y de manera especial en aquellos lugares. Desde joven buscó títulos. Sin embargo, lo que de verdad cambió su vida fue el encuentro con Dios, también en las personas que buscaban lo que él tenía desde su infancia: La sonrisa del Cristo de Javier.

Nubar Hamparzoumian, SJ

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