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San Felipe Neri, el apóstol de Roma

Hoy, la Iglesia católica celebra a san Felipe Neri, fundador del oratorio. es la suya una vida particular y llamativa, inserta como luz en el descuido de una Iglesia Renacentista cuyo clero se ocupaba más del gasto, el dispendio y el arte, que de la evangelización. Nacido en el año 1515 en la Florencia de los Médici, en el año 1533 decidió mudarse a Roma.

Allí pronto fue reconocido por su vida piadosa. Empezó trabajando como tutor para los hijos de Galiotto Gaccia, con quien pronto trabó amistad. Además, mientras tanto estudió Filosofía y Teología. Pero en Roma, como en Florencia, la presencia de los Médici se hacía notar, también entre el clero, que en muchas ocasiones descuidadba la celebración de la Eucaristía. Todavía siendo laico, comenzó su apostolado En 1544 trabó amistad con san Ignacio de Loyola y quiso emprender una aventura misionera, que se paró al ver que su vocación se encontraba en Roma.

Finalmente, en n el año 1564, los habitantes de Florencia le pidieron asumir la Iglesia de San Juan. Allí, Felipe Neri formó una comunidad de sacerdotes y laicos, lo que dio comienzo a la Congregación del Oratorio. Era vida en común pero sin votos, y con gobierno separado en cada ciudad. A día de hoy, la congregación continúa.

Más de 500 años

En 2015, con ocasión del V Centenario del nacimiento de san Felipe Neri, el Papa Francisco dirigió un emotivo mensaje a la confederación del Oratorio. «Gracias al apostolado de san Felipe, el compromiso por la salvación de las almas volvía a ser una prioridad en la acción de la Iglesia; se comprendió nuevamente que los pastores debían estar con el pueblo para guiarlo y sostener su fe. Felipe fue guía para muchos, anunciando el Evangelio y administrando los sacramentos», afirmó.

De él, Francisco afirmó que fue un «maestro de almas»: «En su método formativo, se sirvió de la fecundidad de los contrastes: enamorado de la oración íntima y solitaria, en el Oratorio enseñaba a rezar en comunión fraterna; fuertemente ascético, incluso en su penitencia corporal, proponía el compromiso de la mortificación interior basada en la alegría y la serenidad del juego; apasionado anunciador de la Palabra de Dios, fue un predicador tan parco en palabras que se redujo a pocas frases cuando lo embargaba la conmoción».

«Además—continuaba Francisco—, san Felipe Neri sigue siendo un modelo de la misión permanente de la Iglesia en el mundo. La perspectiva de su acercamiento al prójimo, para testimoniar a todos el amor y la misericordia del Señor, puede constituir un valioso ejemplo para obispos, sacerdotes, personas consagradas y fieles laicos»

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