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San Bruno, el fundador de la Cartuja,6 de octubre: Dios habla en el silencio

Apuntes sobre el fundador de los Cartujos y el carisma cartujano y evocación de la película “El gran silencio”

“Para alabanza y gloria de Dios, Cristo, el Verbo del Padre, ha escogido desde siempre, por medio del Espíritu Santo, a hombres y mujeres para guiarlos a la soledad y unírselos en íntimo amor. Respondiendo a este llamamiento, en 1084, el maestro Bruno, con seis compañeros, entró en el desierto de la Cartuja y se estableció en él”.

Así comienzan los Estatutos de la Orden Cartujana, que expresa el carisma de esta singular vocación contemplativa y eremítica, que ahora populariza, en cines de todo el mundo, la película “El gran silencio”, que será estrenada comercialmente en toda España el próximo 24 de noviembre, tras haber cosechado un gran éxito en países como Italia, Francia, Alemania, Estados Unidos de América o México.

El sentido de la vida contemplativa

Desde los albores mismos del cristianismo, se han dado expresiones de vida retirada y contemplativa, dedicada en soledad a la oración y al culto divino. Se considera como el primer padre del monacato -vocablo que significa etimológicamente “solo”-, a San Antonio Abad, monje eremita del desierto de la Tebaida en Egipto. Desde aquella primera hora, el monje se dedica sólo y en soledad a Dios, viviendo en lugares apartados y lejanos -“eramus” o desiertos-, afrontando las dificultades y sacrificios que ello conllevaba. Las Reglas o Estatutos de los primeros monjes se caracterizaban por su extrema rigidez y alto componente de austeridad y mortificación.

A partir del siglo V, el italiano Benito de Nursia, sin privar a la vida monacal de sus características esenciales de soledad, silencio, oración y sacrificio, “socializa”, “humaniza” -por hablar en términos coloquiales- este seguimiento en radicalidad de Jesucristo pobre, casto y obediente –identidad esencial de la vida religiosa- y mediante su Regla, que gira sobre lo quicios del “ora et labora”, regula comunitariamente el monacato. Por ello, San Benito de Nursia es considerado como el padre del monacato occidental y del frondoso árbol de su Regla nacerán, en el siglo XI, la Cartuja y el Císter, nombres de dos respectivos lugares donde se adentraron Bruno de Colonia y sus compañeros y los llamados “tres monjes rebeldes” de Cluny, San Roberto Molesmes, San Esteban Harding y San Alberico. Posteriormente surgirán reformas dentro de la Cartuja y del Císter y brotará, por ejemplo, la Congregación Camandulense, entre otras.

Con todo, la vida monacal mantenía sus esencias desde el seguimiento radical a Jesucristo y la consagración en exclusividad a Dios: el silencio, la oración, la vivencia del misterio de la cruz, el culto divino -“Opus Dei”- y el trabajo, con distintas matices e insistencias, según las distintas reglas y “obediencias”.

 La Cartuja

La soledad es la clave y carisma más acusado de la espiritualidad cartujana, cuyo principal empeño y vocación es encontrar a Dios en el silencio y en la soledad. En ella, el alma fiel se une esponsorialmente al Verbo -Palabra- de Dios. El alma solitaria tiende a ser como un lago silencioso, cuyas aguas brotan del fondo más puro del Espíritu y semejantes a un límpido espejo reflejan la sola imagen de Cristo.

Esta soledad consagrada fundamenta también, entre los monjes y monjas de la Cartuja, la unidad en las diversas formas de vida y la espiritualidad del siervo. Los monjes y monjas de la Cartuja viven en soledad sonora y en comunidad separada, unidas por la presencia del Dios vivo.

El culto divino y la liturgia constituyen el segundo quicio de la vida cartujana. Los cartujos que viven separados en celdas o chozas independientes dentro de su amplio complejo monástico, se unen a la hora de la celebración de los primeros espacios cultuales del día: la vigilia nocturna, la alabanza matutina, la celebración conventual de la Eucaristía y la alabanza vespetina.

El “ora cartujano” se completa con la oración solitaria. La soledad de la celda es, en efecto, el lugar donde el alma, envuelta en silencio, participa de la plenitud del misterio por el que el Hijo crucificado y resucitado de la muerte, retorna al seno del Padre.

La Cartuja tiene también su tiempo para la vida fraterna, con reuniones y encuentros periódicos e incluso paseos reglados de comunidad. Estas expresiones de la fraternidad cartujana están caracterizadas por la alegría, esa alegría de la que habla en sus cartas San Bruno de Colonia, el fundador de la Cartuja, quien definía a la Cartuja como “puerto escondido, lugar de seguridad y de calma, bien tan deseable”.

Por fin, el “labora” cartujano se inserta dentro de la antigua y venerable tradición monástica, que ha considerado siempre al trabajo como un medio eficacísimo para progresar, por la práctica de la virtud, hacia la perfecta caridad. Con alegre humildad, los cartujos aceptan las tareas impuestas por las necesidades de una vida pobre y solitaria, procurando, no obstante, ordenarlo todo al servicio de la contemplación de Dios.

 San Bruno de Colonia

Hacia el año 1033 nace en la ciudad del Rin, en Colonia, Bruno, quien estudió en París, se ordenó sacerdote y se dedicó inicialmente a la enseñanza de la Teología. Movido por el deseo de soledad e impulsado por el Espíritu, se adentró en 1084 en el desierto francés de la Cartuja y allí, junto a otros seis compañeros, se estableció y consagró este estilo evangélico de vida.

Posteriormente el Papa Urbano II (1988-1099) lo llamó para que le ayudara en el gobierno de la Iglesia. En 1101 fallecía en Squillace (Calabria). Su memoria litúrgica es el día 6 de octubre. En su oración propia para este día, la Iglesia lo presenta como intercesor para que “en medio de las vicisitudes de este mundo, vivamos entregados siempre a Dios”.

 “El gran silencio”

“El gran silencio” es una extraordinaria y bien singular película de dos horas y cuarenta minutos de duración, si palabra alguna, sin apenas música, sin diálogos, sin entrevistas, sin comentarios en off. Eso, sí con infinita belleza y cadencia: habla el silencio, habla la naturaleza, habla el rostro de los monjes, hablan el color y las penumbras de los planos.

“El gran silencio” es un además un proyecto, un filme cocido al fuego lento de la espera y de la perseverancia. Su director Philip Groering, pidió al superior de los Cartujos rodar esta película en la Gran Cartuja de los Alpes. Le dijeron era “demasiado pronto”, “que quizás dentro de diez o quince años”. En el año 2000, dieciséis años después, le dijeron que  ya “había llegado la hora”. Hasta que en 2005 la película se estrenó transcurrieron otros cuatro años entre la filmación y postproducción.

“El gran silencio” nos muestra que sólo en completo silencio se empieza escuchar, que sólo cuando el lenguaje se detiene se comienza a ver. ¡Andamos tan sobrados de palabras, de sonidos, de ruidos! La nuestra es la civilización de las palabras, en la que la Palabra está demasiadas veces ausente de nuestras vidas. Hablamos, pero no escuchamos. Hablamos, pero no dialogamos. Necesitamos el silencio, que es el lenguaje de Dios, el Dios que habló en el alba de la Encarnación, en la noche de Belén, en los atardeceres del Tiberiades y en la aurora de la Resurrección.

Quienes han visto “El gran silencio”, han salido del cine revestidos de belleza, de paz y de alegría, golpeados suave e interpeladoramente por las preguntas vitales y esenciales sobre el paso del tiempo, el valor de las cosas y el significado de la vida. Han hallado la Palabra, o al menos, su eco, en medio de un gran silencio, que lo envuelve y lo transforma todo. Dios habla en el silencio.

 

Jesús de las Heras Muela

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