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San Benito y Europa

En este día de San Benito recuerdo que visité la abadía de Montecasino una mañana de invierno del año 1966. Año y medio antes, el día 24 de octubre de 1964, había llegado allí Pablo VI para consagrar la iglesia de aquella abadía, destruida por un  terrible bombardeo que Pío XII había  tratado de evitar.

  Pues bien, en Montecasino expresaba el Papa su deseo de que la memoria de San Benito ayudara a escuchar el acento de su pacífica oración, para descubrir “el amor, la obediencia, la inocencia, la libertad de las cosas y el arte de su buen empleo, la prevalencia del espíritu, la paz, en una palabra, el Evangelio”.

Además, deseaba el Papa que San Benito nos ayude a recuperar esa vida personal por la que hoy sentimos codicia y afán, y que “el desarrollo de la vida moderna sofoca mientras lo despierta, lo desilusiona mientras lo hace consciente”.

Benito de Nursia, se apartó de la sociedad de su tiempo para encontrarse a sí mismo. Aquella fuga la imponía “la decadencia de la sociedad, por la depresión moral y cultural de un mundo que no ofrecía al espíritu posibilidades de conciencia, de desarrollo, de diálogo; se necesitaba un refugio para reencontrar seguridad, calma, estudio, oración, trabajo, amistad y confianza”.

Las cosas han cambiado con el paso de los siglos. “Hoy no es la carencia, sino la exuberancia de la vida social, lo que incita a este mismo refugio. La excitación, el alboroto, la febrilidad, la exterioridad y la multitud amenazan la interioridad del hombre; le falta el silencio con su genuina palabra interior, le falta el orden, la oración, la paz, le falta su propio yo”.

 El Papa confiaba a los benedictinos la formación litúrgica de toda la Iglesia, según el espíritu del Concilio. Con ello podrían introducir en la espiritualidad de la Iglesia el espíritu de su gran maestro.

Por otra parte, ese espíritu de San Benito podría suscitar en la sociedad  nuevas relaciones, que van de la oposición a la fraternidad. El mundo tiene necesidad de los valores conservados en el monasterio precisamente para él.

La sociedad está hoy necesitada de volver a aquellas raíces en las que encontró su vigor y esplendor: las raíces cristianas que San Benito en tan gran parte le proporcionó y alimentó.

Dos capítulos hacen desear la presencia de San Benito entre nosotros: la fe que él y su Orden predicaron en Europa, y la unidad, en la que aquel gran monje solitario y social nos educó como hermanos, y por la que Europa fue la cristiandad. Fe y unidad.

Finalmente, añadió Pablo VI: “Para que a los hombres de hoy les sea intangible y sagrado el ideal de la unidad espiritual de Europa, y no les falte la ayuda de lo alto para realizarlo con prácticas y providenciales ordenanzas, hemos querido proclamar a San Benito, Patrono y protector de Europa”.

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