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San Antonio y las puertas de Naín

San Antonio de Padua (+ 1231) goza de una popularidad universal. Es interesante un comentario suyo sobre la resurrección de un joven de Naín, hijo único de una viuda. Jesús se encontró con el cortejo fúnebre a las puertas de aquel poblado, justo cuando llevaban a enterrar a aquel muchacho.

Comentando aquel episodio evangélico, en un sermón predicado el domingo 16 después de Pentecostés, el buen franciscano se detenía a explicar que Naín representaba nuestro propio cuerpo, que, al igual que las antiguas ciudades, tiene tiene cuatro puertas.

Según  el famoso predicador, «a fin de que el alma no sea sacada por ellas, estas puertas deben tener echados los cerrojos y estar custodiadas con guardas… Las cuatro puertas de la ciudad… son la vista, el oído, el gusto y el tacto».

La puerta que se abre hacia el oriente significa la vista, porque al igual que la luz del sol que aparece por el oriente ilumina al mundo, así los ojos iluminan todo el cuerpo.

Hacia el mediodía se abre otra puerta que significa el oído, puesto que este sentido  se encuentra como en el centro, entre la vista y el gusto: «La vista me alcanza más que el oído, el  oído más que el gusto».

El gusto está representado por la puerta que mira al occidente, que es por donde muere el día, cuando llega la hora en que esconde la luz al mundo y llegan las tinieblas. Esta oscuridad le trae a la mente el pecado. «Obsérvese que con la lengua pecamos de tres maneras: con la adulación, con la detracción, y comiendo y bebiendo más de lo necesario».

Finalmente el sentido del tacto queda representado por la puerta que se orienta hacia el norte. El aquilón que viene del norte es el viento que liga las aguas, según explicaba san Isidoro en las Etimologías.

Y así ocurre con el sentido del tacto.En efecto, «la iniquidad ata las manos para que no hagas buenas obras». Es peligroso este sentido. Por el tacto de las manos solemos pecar de tres modos: tocando cosas deshonestas y torpes, robando lo ajeno, y no dando a los pobres lo que les pertenece.

El Santo portugués que culmina su vida terrena en Padua no se limita a señalar el pecado, sino que ofrece una propuesta positiva. El buen predicador expone las medidas para superar esas tentaciones: «Contra lo primero, enjuíciate a ti mismo. Contra lo segundo, conténtate con lo que justamente posees: grandes riquezas con la pobreza alegre y bastarse con lo que uno tiene. Contra lo tercero, sé abierto a los demás; tiende tu mano al pobre, para que recibas el doble de la mano de Jesucristo».

Ya se sabe que San Antonio es el Santo al que se piden milagros y que busca los objetos perdidos. Pero se olvida que conocía tanto los evangelios como la cultura de su tiempo. Esos datos y la oración hacían de él un buen predicador.



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