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San Antonio María Claret, 150 años después

Al celebrar hoy el 150º aniversario de su muerte, escribo estas líneas a vuelapluma para los lectores de Ecclesia. Invito con ellas a realizar un sencillo ejercicio de memoria agradecida, pues estoy convencido de que nuestra vida, la de todos colectivamente y también la vida particular de cada uno, camina siempre a hombros de gigantes. San Antonio María Claret es uno de ellos; un santo que sembró el Evangelio en España con su palabra de fuego, aun en medio de los turbulentos años del siglo XIX.

Somos deudores de lo que fuimos. Nuestra identidad -también nuestra identidad cristiana- se construye sobre lo que nuestros antepasados fueron y nos dejaron. El futuro lo tenemos que construir. El pasado nos viene dado, como un tesoro de sabiduría, como una herencia -también espiritual- de la que conviene destilar lo bueno, para gestar, en la medida de lo posible, un futuro todavía mejor. San Antonio María Claret forma parte de esta herencia espiritual recibida en España. Fue un hombre amplio de miras, pero, aunque él dijera de sí mismo: «Mi espíritu es para todo el mundo», es ciertamente un santo «nuestro». Su vida, aun perteneciente al pasado, puede iluminar la nuestra hoy y aquí.

Siempre misioneros

Claret fue misionero popular, arzobispo de Santiago de Cuba y confesor de la reina Isabel II. Siempre misionero, aun encerrado en «jaulas de oro». Los periódicos de la época dan testimonio del impacto que causaban sus sencillas y ungidas predicaciones en gentes de toda edad y condición. Un hombre de palabra ardiente, con destacada inteligencia práctica y un celo misionero inusitado, que inundó España de libros, catecismos, pequeños opúsculos y pedagógicas octavillas, con intención de alimentar el espíritu de los hombres y mujeres de su tiempo, combatiendo las ideas y vientos de doctrina que sembraban discordia, herían los sentimientos de los creyentes y atacaban a la Iglesia. Tiempos aquellos de la España y la Europa del siglo XIX, que, como los de hoy, tampoco fueron nada fáciles para anunciar el Evangelio. Lo pagó con su propia vida. Sufrió en sus propias carnes la calumnia e incluso se vio obligado a morir en el destierro. Nuestro mejor homenaje a él, al cumplirse 150 años de su muerte, será, sin duda, revivir en nosotros su audacia misionera para responder a los desafíos de nuestro tiempo.

María, «Mi todo después de Jesús»

San Antonio María Claret fue un hombre poliédrico. De su vida y de su espiritualidad podríamos destacar muchas cosas. Asomarse a su «Autobiografía» nos da idea del santo con más detalle. Rescato aquí hoy un rasgo de su espiritualidad que creo puede ser una luz para nosotros, llamados a continuar la tarea evangelizadora de la Iglesia en nuestro país. Quisiera invitar a los lectores a fijarse en el amor de Claret a María, la madre de Dios. María fue para el santo algo más que una figura que formaba parte -aunque importante- de la piedad popular de su época. Claret consideraba a María «su madre, su maestra y su todo después de Jesús». Su amor y fervor al Inmaculado Corazón de María configuró su vida existencialmente.

El 8 de mayo de 1950, al día siguiente de la ceremonia de la canonización del santo de Vic en la basílica de San Pedro, en el Vaticano, Pio XII dirigió unas palabras a los peregrinos españoles que habían acudido a la ciudad eterna para la ceremonia. En aquella alocución, el Papa hizo una magistral descripción de san Antonio Mª Claret:

«Alma grande, nacida como para ensamblar contrastes: pudo ser humilde de origen y glorioso a los ojos del mundo; pequeño de cuerpo, pero de espíritu gigante; de apariencia modesta, pero capacísimo de imponer respeto incluso a los grandes de la tierra; fuerte de carácter, pero con la suave dulzura de quien sabe el freno de la austeridad y de la penitencia; siempre en la presencia de Dios, aun en medio de su prodigiosa actividad exterior; calumniado y admirado, festejado y perseguido. Y entre tantas maravillas, como luz suave que todo lo ilumina, su devoción a la Madre de Dios».

El «estilo mariano»

Me quedo con esa última frase de la descripción que se refiere a su devoción a María como una «luz suave que todo lo ilumina”»en su vida. Más allá de toda consideración piadosa, creo que los cristianos de hoy podemos encontrar inspiración en ese rasgo mariano tan propio de san Antonio Mª Claret. En el santo encontramos un testigo que nos puede estimular a vivir la invitación que nos hace el Papa Francisco en la Evangelii gaudium a descubrir y reconocer el «estilo mariano» que hay en la actividad evangelizadora de la Iglesia (EG 288).

No olvidemos que María es icono e imagen de la Iglesia. En su maternidad y en los rasgos que dicha maternidad conlleva, podemos encontrar la clave para la evangelización actual. Así nos lo ha enseñado siempre el Magisterio de la Iglesia. También hoy, nos dice Francisco, «cada vez que miramos a María, volvemos a creer en lo revolucionario de la ternura y del cariño». «María, como toda madre, busca con ternura y cariño a sus hijos”. Así ha de hacerlo también hoy la Iglesia. “Como una suave luz que todo lo ilumina» que decía Pio XII sobre este rasgo mariano de Claret, la Iglesia hoy, sin ruidos ni excesos, está llamada a ofrecer a los hombres y mujeres de nuestro tiempo esa cercanía de la madre con sus hijos. «Una Iglesia que no es madre -ha dicho también Francisco- se convierte en una madrastra».

María es, pues, modelo eclesial para la evangelización hoy. La Iglesia está llamada en esta hora a ser «casa para muchos», madre fecunda que, desde la cercanía, la ternura y el aprecio a todos, «haga posible el nacimiento de un mundo nuevo» (EG 288). Como madre, la Iglesia también educa con paciencia y mano izquierda a sus hijos, porque se saben siempre amados; si es el caso, los corrige desde la cercanía, la aceptación y el respeto de sus límites, porque los conoce; sin retirar nunca el cariño a sus hijos más difíciles.

Sin duda este «estilo mariano» maternal es el que realmente puede hacer hoy más fecunda la siembra. Personalmente, creo que no cabe otro en la evangelización. Los hombres y mujeres de nuestro país, tal vez heridos, confundidos por tanto ruido, cansados o insatisfechos por múltiples razones, necesitan una Iglesia que sea, sobre todo, madre. Hombres como San Antonio Mª Claret, devotos de la Madre de Dios, así nos lo han enseñado y nos lo hacen actual.

 

Fernando Prado Ayuso, CMF
Director de Publicaciones Claretianas

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