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San Andrés, apóstol: el primer llamado por Jesucristo – 30 de noviembre

San Andrés es uno de los doce apóstoles. Era hermano del apóstol San Pedro. Ambos eran galileos y pescadores. A Andrés le correspondió en distintas ocasiones la excepcional misión de ser apóstol de apóstoles como en el caso de su mismo hermano.

“Andrés  es el primer llamado por Jesús, que pasa a otras la llamada. El es el prototipo del discípulo que ha aprendido a escuchar para oír y a mirar para ver. Es el que ha esperado y ha encontrado al Esperado por los pueblos. Es el creyente que vive atento a la humanidad y a la divinidad. El puente entre el hambre y los panes. El mediador entre los paganos y el Hijo de Dios. El modelo del verdadero discípulo de un rey que perdona el pecado del mundo”. (José Román Flecha Andrés)

Breve reseña en la Liturgia de las Horas

En los textos oficiales de la Liturgia de las Horas se ofrece, como es habitual en el caso de los demás santos, una breve reseña biográfica de San Andrés, que dice textualmente:

“Andrés, nacido en Betsaida, fue primeramente discípulo de Juan Bautista, después siguió a Cristo y se lo presentó a su hermano Simón (Pedro). Andrés y Felipe son los que llevaron ante Jesús a unos griegos, y el propio Andrés fue el que hizo saber a Jesús que había un muchacho que tenía unos panes y unos peces. Según la tradición, después de Pentecostés predicó el evangelio en muchas regiones y fue crucificado en Acaya”.

En “Nuevo Año Cristiano” de EDIBESA

“Nuevo Año Cristiano”, de la Editorial Edibesa, en el tomo correspondiente a noviembre glosa ampliamente la figura del apóstol San Andrés, en artículo firmado por el teólogo José Román Flecha Andrés, ex Decano de la Facultad de Teología de la Universidad Pontificia de Salamanca.

En las diez páginas del referido artículo se ilustran y comentan distintos aspectos de su vida bajo los siguientes epígrafes: “El momento de la llamada”, “El momento de los panes”,  “El momento de la glorificación”, “De Patrás a Roma” y “Un motivo para el encuentro”.

En los tres primeros se aluden y comentan los episodios de la vida de San Andrés reflejados por los evangelios, referidos en la breve semblanza de la Liturgia de las Horas, antes citada. En el cuarto, se habla del quehacer evangelizador de San Andrés y de su martirio; y en el quinto, del significado y gestos ecuménicos en torno a sus reliquias y figura. Más adelante sintetizaremos los cinco epígrafes de este espléndido trabajo.

 

Referencias en el Nuevo Testamento

Gracias a los evangelios sabemos que San Andrés era natural del poblado de Betsaida (Jn. 1,40), situado al norte del lago de Galilea o de Tiberiades. El y su hermano Simón eran hijos de un tal Juan o Jonás (Mt. 16, 17; Jn. 1,42), que debía dedicarse a la pesca, oficio que después continuarían sus hijos. Con toda probabilidad, vivieron en Cafarnaún, a las orillas mismas del Lago y lugar entonces muy próspero.

Se le considera a San Andrés discípulo primero de Juan el Bautista, “voz que clama en el desierto” (Mc. 1,3), de quien habría de recibir el bautismo. Conoce después a Jesús y le sigue. El momento de su llamada se puede situar en el relato de Juan 1,35-39. Poco después de este encuentro con Jesús, Andrés comunicó a su hermano Simón su encuentro con el Mesías (Jn. 1,41). Los dos hermanos, los dos pescadores, responden a la llamada de Jesús y le siguen (Mc. 1,16-18). El evangelista San Marcos nos sitúa a San Andrés en el círculos de los cuatro apóstoles más cercanos a Jesús, junto a Pedro, Santiago y Juan (Mc. 1,29 y Mc. 13,1-4).

Otro momento capital en las referencias neotestamentarias a San Andrés es en la multiplicación de los panes y los peces. Fue él quien indicó a Jesús que había un muchacho que tenía cinco panes de cebada y dos peces, advirtiendo que “¿qué es eso para tantos?”, dado que una gran multitud había escuchado la predicación del Señor y ahora había el momento de la comida. Jesús mandó sentar a las gentes, tomó el pan, dio gracias y lo repartió. Hizo lo mismo con los peces. Hubo alimento para todos y aún sobró una gran cantidad (Jn. 6,1-5).

Un nuevo momento en el que el Nuevo Testamento de Juan nos recuerda la presencia de Andrés fue el día de la entrada de Jesús en Jerusalén. Según el libro de los Hechos de los Apóstoles (Hech. 10,2), unos peregrinos de lengua griega se dirigieron al apóstol Felipe diciéndole que querían ver a Jesús. Este se lo dijo a Andrés y ambos le transmitieron a Jesús esta petición, quien respondió como una larga exclamación acerca de que había llegado “la hora de que sea glorificado el Hijo del Hombre” (Jn. 12, 23-25).

Iconografía de San Andrés

En el mismo libro y artículo citados se escribe en los siguientes términos acerca de la iconografía con que ha sido representado en la historia del arte cristiano San Andrés y que alude al martirio en cruz que sufrió:

“Su atributo característico es la cruz de brazos oblicuos en forma de aspa (x). Hasta el siglo XV se le representa sobre una cruz latina de brazos occidentales; a veces se le representa con gesto serio y barbudo, con una red de pescador, de la cual emergen cabezas de peces”. “La cruz en forma de aspa que acompaña a su imagen aparece por primera vez en el siglo XII”.

San Andrés y el ecumenismo

Su festividad litúrgica es muy celebrada y muy solemne en las Iglesias Orientales, tanto las que permanecen unidas a la Iglesia Católica como, sobre todo, en las Iglesias de la ortodoxia, que le denominan “el primer llamado entre los apóstoles”.

De ahí, por tanto, que su fiesta litúrgica tenga muchas connotaciones ecuménicas. Tradicionalmente, la Iglesia Católica envía una delegación al Patriarcado Ecuménico de Constantinopla para conmemorar esta festividad. El Patriarcado de Constantinopla envía su delegación a Roma con motivo de la solemnidad de San Pedro.

San Andrés, después quizás de predicar a los escitas en la zona del Mar Negro y en Tracia, padeció probablemente el martirio en Patrás, en la región de Acaya. Sus reliquias y su culto se difundieron desde Constantinopla hasta las Islas Británicas, donde será reconocido como patrono de Escocia. Desde el siglo VIII recibe un extraordinario culto en Bizancio.

Tras la toma de Constantinopla en el año 1453, también Patrás cayó en manos de los turcos. Las reliquias del santo -su cabeza- fueron guardadas en Corfú. El 11 de abril de 1460 llegó a Roma, donde fue acogida primeramente en la Iglesia de Santa María del Pópolo. Dos días más tarde el Papa Pío II la trasladó en solemne y multitudinaria procesión a la Basílica de San Pedro con la promesa de devolverla a su sede original en cuanto fuera posible.

Pero hubieron de pasar cinco siglos hasta que, por decisión personal del Papa Pablo VII y como inequívoco gesto ecuménico, en pleno Concilio Vaticano II, el 26 de septiembre de 1964 fue trasladada a Patrás, acompañada de una delegación pontificia presidida por el Cardenal Agustín Bea, gran apóstol del ecumenismo

 

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