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San Agustín y la santidad

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San Agustín y la santidad, por el padre Manuel Sánchez Tapia, OSA

1.- La definición de santidad.

La santidad, para Agustín, consiste en tener una vida llena de Dios. Esto es lo que da vitalidad a la vida, y por eso San Agustín exclama: “Viva será mi vida llena de ti” (conf. 10, 28). San Agustín asegura que un santo es un hombre completamente lleno de Dios. Podemos preguntarnos nosotros: ¿qué hacemos nosotros para llenarnos de Dios?; ¿nos esforzamos por estar siempre llenos de Dios? Esto es lo agradable a Dios.

Leemos en la Sagrada Escritura: “Sed santos, porque yo, el Señor, vuestro Dios, soy santo” (Lev 19,2), y también “Vosotros, pues, sed perfectos como vuestro Padre celestial es perfecto(Mt 4,48). Agustín conocía muy bien estas palabras, y por eso hace todo lo posible para ser santo. Además, cuando reza el Padrenuestro, le dice a Dios: “santificado sea tu nombre”. Y ¿cómo es santificado en nosotros su nombre, sino haciéndonos santos Él? Él fue siempre santo, y santo fue siempre su nombre”(ser. 57,4). Nosotros santificamos el nombre de Dios, cuando dejamos que Él nos santifique. Él es el protagonista. Es preciso que seamos dóciles y que dejemos que Él haga plenamente su Obra en nosotros.

 

2.- La oración, nutriente de la santidad.

Indica San Agustín: Tu deseo es tu oración, y si continuo es tu deseo, continua es tu oración. No en vano dijo el Apóstol: Orad sin interrupción.  Si no quieres interrumpir la oración, no interrumpas tu deseo. Tu deseo continuado es tu voz continuada (enar.psal. 37,14). Cuando oramos nos abrimos a la acción eficaz y santificadora de Dios. Cuando leemos notamos que Dios nos habla, y cuando oramos, somos nosotros los que hablamos a Dios (cf. enar.psal. 85,7). Si nos tomamos en serio la oración en nuestra vida, entonces estamos en el buen camino de crecer en santidad. El orante es el que se llena del Dios santo.

La oración que Agustín propone a los que quieren ser santos es una oración que vuelve al corazón; que reconoce que Dios es la hermosura, siempre antigua y siempre nueva; que admite que en Dios se presencializa la eterna verdad, la verdadera caridad y la amada eternidad; que propone un encuentro con el Dios trinitario, al cual se acerca Agustín en su De Trinitate. El Agustín orante -que busca la santidad- admite que la Sagrada Escritura tiene como plenitud y como fin el amor; se asombra ante Cristo, que ha nacido para que nosotros vivamos un renacimiento; no desea que nos asfixiemos en intimismos, sino que nos abre desde dentro para reconocer a Cristo en el necesitado y en el forastero; pide luz al que es el Illuminator; y se goza con la Iglesia (Cuerpo del Christus Totus) y con la Eucaristía (Sacramentum pietatis, signum unitatis et vinculum caritatis) (cf. Jaime García). La plegaria que tiene en cuenta las realidades anteriores alimenta una santidad con sello netamente agustiniano. Oramos en los sacramentos y también fuera de ellos.

 

3.- El ejemplo martirial y el culto a los santos mártires.

Los mártires son los que han vivido la santidad en grado sumo. Los fieles los admiran y los ven devotamente como amigos suyos. Los santos mártires han confirmado con su propia vida la fe en Cristo, y se han transformado en ejemplos de devoción y de piedad para los cristianos. En los tiempos en los que no haya persecuciones declaradas, según indica Agustín, los cristianos también son mártires si imitan sus virtudes (civ.Dei 10,21-32). No olvidemos que el significado original de “mártir” es “testigo”. Ser mártir de Cristo es, ante todo, ser su testigo: testigo de santidad y testigo de integridad creyente, esperante y amante. Indica San Agustín que si el lenguaje eclesiástico se lo permitiera, los llamaría “héroes” (civ.Dei 10,12,8).

Sus sufrimientos nos invitan a nosotros a no desfallecer, y en ellos hallamos lecciones para nuestras comunidades. Como indica el hijo de Santa Mónica (cf. ser. 299D,6), los mártires despreciaron las cosas presentes, y Dios les dio las eternas. Despreciaron la seguridad y obtuvieron la inmortalidad. Despreciaron la muerte y obtuvieron la vida. Despreciaron los honores y poseyeron la corona. Supieron valorar lo esencial y tuvieron a Dios como amigo. ¿Y nosotros? ¿Ponemos los ojos en Dios o nos enredamos en cosas secundarias o en bienes aparentes?

Una virtud de los mártires: el ordenamiento debido del amor en sus vidas. Ellos prefirieron el amor de Dios a cualquier posibilidad de continuar disfrutando de la dulzura y de la belleza de esta vida terrena. ¿Y cuáles son las mejores lecciones que nos dan los santos mártires? Vencer todas las tentaciones del diablo (ser. 4,37). Seguir a Cristo con completa fe y perfecta caridad (ser. 302,2). Nos ayudan desde el cielo. Se les reza en basílicas, ermitas, altares… Hay muchas señales de mártires en la tierra africana de San Agustín: signos, inscripciones, relicarios, vasijas de barro selladas con yeso, recipientes de piedra junto al mar… Los investigadores aseguran que toda África estaba llena de cuerpos santos cuando vivía el hijo de Santa Mónica.

 

          4.- El crecimiento gradual en santidad.

Todos estamos llamados a la santidad. No a una santidad de baja intensidad, sino a una santidad verdaderamente grande. Nosotros -los que estamos aquí esta tarde- también. Nos lo ha recordado el Papa Francisco en su exhortación apostólica “Gaudete et exsultate” (19 de marzo de 2018). Agustín nos recuerda que “no manda, pues, Dios cosas imposibles; pero al imponer un precepto te amonesta que hagas lo que está a tu alcance y pidas lo que no puedes” (nat.et gr. 43,50). La santidad exige un esfuerzo verdadero; se trata de un esfuerzo que merece la pena. Agustín nos habla de los 7 grados de la santidad en Comentario al salmo 11 (del año 392) y también su famoso y archiconocido De sermone Domini in monte (del año 394). Los estadios son:

-Estadio 1º: el don del temor de Dios, queda unido a la bienaventuranza “felices los pobres en el espíritu” (Mateo 5,3);

-Estadio 2º: el don de la piedad, queda unido a la bienaventuranza “felices los mansos” (Mateo 5,4);

-Estadio 3º: el don de la ciencia, queda unido a la bienaventuranza “felices los que lloran” (Mateo 5,5);

-Estadio 4º: el don de la fortaleza, queda unido a la bienaventuranza “felices los que tienen hambre y sed de la justicia” (Mateo 5,6);

-Estadio 5º: el don del consejo, queda unido a la bienaventuranza “felices los misericordiosos” (Mateo 5,7);

-Estadio 6º: el don del entendimiento, queda unido a la bienaventuranza “felices los limpios de corazón” (Mateo 5,8);

-Y estadio 7º: el don de la sabiduría, queda unido a la bienaventuranza “felices los que trabajan por la paz” (Mateo 5,9).

Esto exige nuestro esfuerzo: “quien te creó sin ti, no te salvará sin ti. Por tanto, te hizo sin que tú lo supieras, pero no te justifica sin que tú lo quieras” (Ser. 169,11,13). Dios nos ayuda a ser santos, siempre que nosotros colaboremos.

 

          5.- La santificación divina y auténtica, obra del Espíritu Santo.

El Espíritu Santo es el verdadero santificador del hombre. Gracias a Él (el santificador) se infunde el amor de los hijos, y no el temor de los siervos (ser. 156,14). El E. Santo es el dedo de Dios, según S. Agustín. Es el digitus Dei. Él escribe en los corazones de los hombres (spir.et.litt. 16,28 y 17,29). El Espíritu viene al hombre cuando éste es humilde. El E. S. es alejado por la soberbia. Es el agua que busca un corazón humilde, como un lugar cóncavo donde detenerse (ser. 270,6). El Espíritu Santo y santificador queda asociado en la teología agustiniana a la imagen del alma de la Iglesia, de la paloma y del agua que da la vida. Veamos un ejemplo: “Los canales del río alegran la ciudad de Dios. ¿Y cómo sigue el salmo? El altísimo santificó su morada. Si lo que sigue habla de santificación, queda claro que esas aguas caudalosas del río hay que entenderlas del Espíritu Santo, por quien se santifica toda alma piadosa que cree en Cristo para hacerse ciudadano de la ciudad de Dios” (enar.psal. 45,8).

 

          6.- Conclusiones.

-El santo es un hombre virtuoso. Ser santo -en opinión de Agustín- es ser virtuoso. Significa valorar el crecimiento, la conversión y la liberación interior; la imago Dei; el buen combatiente; la moneda de Cristo; el llevar la cruz; la humildad y la interioridad, para superar la soberbia; al Médico humilde para que limpie-cure las heridas. El santo alimenta su santidad en la Iglesia (que es -ante todo- Mater y Catholica). Ser santo alude también, en el pensamiento agustiniano, a alejarse de las cosas de este mundo para orientarse hacia Dios. El santo, en términos etimológicos, nos hace pensar en lo que ha sido consagrado y en lo que ha sido separado (Cf. Enrique A. Eguiarte, La santidad en `De moribus Ecclesiae catholicae´: Avgvstinvs 62 [2017] 39). Sí: el verdadero santo ha de alejarse de las cosas mundanas de este mundo. Y además el santo agustiniano es el hombre que -en comunión con sus hermanos- mira siempre hacia lo alto.

          -El santo vive desde el amor agradecido. En Agustín la santidad siempre ha de tener el ingrediente del amor. “Si callas, calla por amor; si hablas, habla por amor; si corriges, corrige por amor; si perdonas, perdona por amor; que esté en ti la raíz del amor, porque de esta raíz no puede salir nada que no sea el bien” (ep.Io. 7, 8.). Quien se deja guiar por el amor, quien vive plenamente la caridad, es guiado por Dios, porque Dios es amor. Así, tienen gran valor estas palabras: “Dilige et fac quod vis” (“Ama y haz lo que quieras”). ¿En qué consiste la santidad que es la perfección en el amor? Consiste en amar a los enemigos, y en amarlos mirando a (deseando) que se conviertan en hermanos. Es una senda que nos exhorta a orar por el bien de nuestros enemigos (ep.Io. 1,9). Dios es el único absoluto, y es el que nos enseña a ordenar nuestro amor. Ante Dios todo es relativo. Seríamos soberbios si dijéramos que somos santos por nosotros (por nuestras solas fuerzas o méritos). “Reconoce que posees, y que nada es propio tuyo, a fin de que no seas soberbio ni desagradecido” (cf. en.psal. 85,4 [v.2].). Agustín nos invita a orar a Dios, y nos recomienda: “Di a tu Dios: Soy santo porque me santificaste; porque recibí, no porque tuve; porque tú me lo diste, no porque yo lo merecí” (cf. en.psal. 85,4 [v.2]).

          -El santo posee apertura interior a la Luz de Dios. Ha venido el Iluminador para que nos hagamos luz en Él. Ser santos es ser iluminados, participando de la luz del que es la Luz con mayúsculas, tal y como nos recuerda San Juan (Jn 8,12). Esta luz nos da una enseñanza muy sabia en la Enarración al salmo 95: “En tu santuario (hay) santidad y magnificencia. Tú tratas de conseguir la magnificencia; ama, en primer término, la santidad, y, cuando te hayas santificado, serás poderoso. Entonces nos transformaremos en montes de Dios, porque para Agustín los santos son los “montes de Dios”. Son los que poseerán los tabernáculos eternos. Ahora todavía estamos en camino, y aún necesitamos crecer en santidad: siendo ello así, ¿qué hombre puede jactarse de ser perfecto? Confesemos, pues, nuestra imperfección, para llegar a la perfección” (ser. 142,14).

          -El santo vive la justificación y la deificación. Ser santos equivale a ser justificados y a ser deificados. En cuanto al concepto “justificación”, reconozcamos que alude al proceso de hacernos justos como el Justo por antonomasia, es decir, Jesucristo. El Hiponense está convencido de que la justicia ha de amarse por encima de todos los placeres y de todos los deleites, incluso los que son lícitos. Los sentidos interiores se deleitan con la justicia, y así, si tenemos ojos interiores, estos pueden deleitarse con la luz de la justicia (cf. ser. 159,4). En cuanto al concepto “deificación” hemos de indicar que estamos ante una realidad que nos acerca a la teología de los Padres del Oriente cristiano. Ellos trataron ampliamente el asunto de la deificación (del ser “hechos dioses”). En San Agustín ser deificado apunta a ser llenado de Dios. El divinizado ama mejor, como Dios espera. Otro rasgo de la divinización es la capacidad que Dios nos obtiene –por Jesucristo– de tener y mostrar su presencia espiritual y real. Alguien divinizado es sal y luz para los que le rodean (Mt 5,13-14) por la sencilla razón de que Dios está presente en él. Agustín dice que Dios, en quienes habita, no habita de igual modo: entre los santos, unos son más santos y otros menos. Dios habita con distinta intensidad en unos u otros (ep. 187,5,17). El objetivo de un santo como Agustín apunta a que poco a poco toda la ciudad se vaya llenando de Dios.

          -El santo persevera hasta el fin. Quienes pretendan ser santos han de ser fieles, constantes y perseverantes, y esto hasta el final de sus vidas. La santidad exige la perseverancia, soportando tribulaciones, diversas tentaciones y escándalos sin cuento (cf. en.psal. 85,4 [v.2]). “La perseverancia, con la que se persevera en el amor de Dios y de Cristo hasta el fin, esto es, hasta que se termina esta vida, en la cual únicamente hay peligro de caer, es un don gratuito de Dios” (persev. 1,1). Esto nos persuade de que llegar finalmente a lo más excelso de la santidad es un don venido de lo alto.

-El santo sigue el ejemplo de María. Llegamos ya al final de la charla. Indica Agustín que, en relación a la Santísima Virgen María, por el honor debido a Nuestro Señor, no quiere hacer mención cuando se trata de pecado (cf. nat.et gr. 36). Nos pide aprender de la santidad de María y junto a María (humilde puerta, santa, Madre de nuestra Cabeza, creyente y virgen). Unamos -con María- la acción y la contemplación, y entonces llegaremos a la santidad. Evitemos polarizaciones excluyentes. Agustín nos presenta a María como madre, modelo y estrella en medio de la noche. Ella es la fuerza de la esperanza en el fascinante camino de nuestra vida.

Manuel Sánchez Tapia, OSA

 

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