Voluntarios de WCK empaquetan la comida
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Samaritanos de los fogones

Nadie lo puede cuestionar. Si algo positivo han tenido estos meses de locura que hemos vivido en España a causa del COVID-19, ha sido haber podido descubrir la gran cantidad de gente buena, generosa y solidaria que hay en nuestro país. Hemos encontrado samaritanos entre los sanitarios, cuya entrega heroica ha sido justamente reconocida ahora con el Premio Princesa de Asturias; entre los farmacéuticos, que nos han surtido de medicinas y mascarillas; entre los transportistas, que han evitado que los supermercados quedaran desabastecidos; entre los inmigrantes, que han seguido trabajando en el campo y los invernaderos para que no se malograran las cosechas; entre los maestros y profesores, que se han reconvertido en tiempo récord para poder seguir enseñando telemáticamente a sus alumnos; entre los abnegados padres, que han teletrabajado y cuidado de sus hijos y mayores a un tiempo; y, por supuesto, entre los sacerdotes y religiosos, que han dado consuelo espiritual a los fallecidos y a sus familias, y siguen luchando contra el hambre y la precariedad que sojuzgan a sus feligreses.

En los últimos números, ECCLESIA ha sido fiel altavoz de la impagable labor que Cáritas y muchas parroquias y congregaciones están haciendo para proporcionar alimentos a miles de personas que se han quedado sin recursos. Hoy queremos acercar a nuestros lectores el trabajo callado y desinteresado de los voluntarios de World Central Kitchen (WCK), la ONG del célebre cocinero asturiano José Andrés. Se trata de personas casi todas ellas anónimas que, creyentes o no, se han estado desviviendo por el prójimo necesitado. De los fogones de WCK en España han salido hasta ahora 1,7 millones de comidas, muchas de las cuales han ido a parar también a parroquias e instituciones religiosas. La presencia del popular restaurador en nuestro país en las últimas semanas ha dado relevancia mediática al trabajo de todos ellos. ECCLESIA visitó el cuartel general de WCK en Madrid el pasado 31 de mayo. Quisimos conocer in situ y de primera mano a estos «samaritanos de los fogones». Ese día salieron de ahí más de 12.000 comidas, un récord por entonces. Esta es la crónica de nuestra visita.

Madrugón en una ciudad semivacía

Domingo, 31 de mayo: Pentecostés, fiesta del Espíritu. El día empieza temprano para Mario Fernández y su primo Brandon Andrade. Como en las últimas semanas, estos dos jóvenes mexicanos —27 años uno, 23 otro— se han levantado a las 6.30 horas para ir a echar una mano en WCK. Dedican a su voluntariado un par de mañanas cada semana, pues sus estudios ahora no les permiten más. Una hora después ya están en marcha, camino del metro.

Mario Fern
Mario Fernández

A las siete y media de la mañana de un domingo cualquiera las calles de la capital están todavía semivacías, pero en un domingo de coronavirus el aspecto es todavía más desolador: nada de amantes de la naturaleza que corren a respirar aire fresco en la sierra, nada de trasnochadores que vuelven de juerga con las primeras luces del alba… Solo algún deportista suelto, alguna persona paseando al perro, y poco más.

Salta a la vista que los tiempos no son los normales. Y también que la normalidad de toda la vida va a tardar en llegar. Solo hay que leer la prensa. «Los obstáculos se multiplican en la carrera por la vacuna del coronavirus. El objetivo de tenerla en enero parece cada vez más lejano: la complejidad del virus dificulta el hallazgo del remedio», destaca ese día el diario El País, que se hace eco igualmente de un repunte de contagios —95 en las últimas 24 horas— en la capital de España. Nada extraño, a la vista de la alegría con que la gente se ha echado a las terrazas y a la calle con la llegada del buen tiempo cuando la Comunidad sigue en esta fecha oficialmente aún en la fase 1 de la desescalada.

Dos metros y un tren de cercanías más tarde, Mario y Brandon —licenciado en Historia del Arte por la Universidad Autónoma de Madrid el primero, estudiante de Producción Musical el segundo— llegan a la parada de Santa Eugenia, en el distrito de Villa de Vallecas. Ellos no lo saben, porque eran muy jóvenes y no estaban aún en España, pero en esas mismas vías se dejaron la vida en 2004 al menos 16 de las 193 víctimas mortales que dejó el mayor atentado terrorista de la historia de nuestro país: el 11-M. Desconocen también que 50 de esos muertos eran personas que, como ellos, habían nacido en otros países: Rumanía (16), Ecuador (6), Bulgaria y Polonia (4), Perú (3), Colombia, República Dominicana, Honduras, Marruecos y Ucrania (2), y así hasta diecisiete nacionalidades distintas. Obreros, trabajadores, currantes que, como ellos ahora, iban también a primera hora de aquel aciago jueves a comenzar su jornada.

Brandon Andrade

El cercanías es la parada más cercana a la Escuela Municipal de Hostelería. Y en las modernas instalaciones de la Escuela Municipal de Hostelería —fueron inauguradas en 2019 por la entonces alcaldesa Manuela Carmena— tiene ahora su base de operaciones en Madrid la ONG del cocinero José Andrés.

«¿Que por qué venimos?». «Pues para echar una mano, esta me parece una buena manera de ayudar», dice Mario, que ha pasado el viaje, de casi una hora, estudiando para su tesis. «Para aprovechar estos días, hacer algo de provecho y a la vez ayudar», confirma su primo. «Aunque a veces se te quitan las ganas», añaden lo dos al alimón al recordar que el domingo anterior, al regresar a casa, la policía los volvió a parar para pedirles la documentación simplemente por su aspecto: son latinoamericanos, llevan pendiente y Brandon, además, luce en sus brazos numerosos tatuajes. «Yo estoy harto; desde que empezó la pandemia me han parado ya cuatro veces, y siempre en mi barrio», dice el mayor de los muchachos, que reside en una zona acomodada de la capital, como si su mera presencia allí le hiciese ya sospechoso. (Lo de que está harto y que se le quitan las ganas de ayudar es en realidad un desahogo, porque en lugar de arrojar la toalla ahora él y su primo van a la ONG tres veces por semana, en lugar de dos, para intentar paliar el descenso de voluntarios que se ha producido con la desescalada).

Pese a lo temprano de la hora y ser domingo, a las 8.30 de la mañana la Escuela de Hostelería es ya un hervidero de gentes yendo y viniendo. Antes de ponerse a trabajar (casi siempre empaquetando las comidas), los dos volunCocina tarios mexicanos pasan por las manos de una compañera, Petra González, madrileña, que les mide la temperatura, les pide que se laven las manos con el gel hidroalcohólico y les proporciona la mascarilla, el gorro y la camiseta que deberán llevar durante toda su jornada. Nadie puede acceder a las instalaciones si no cumple las estrictas medidas de seguridad. Mario y Brandon son solo dos del más de centenar largo de voluntarios que ese día echan una mano en WCK. La mayoría, lógicamente, españoles como Petra, pero también inmigrantes como Mario, como Brandon… o como Oleg, moldavo. Oleg David, de 27 años, lleva once en España. Vive en el barrio de Villaverde Bajo (Madrid) y tarda entre cuarenta minutos y una hora en llegar a la Escuela, pero aun así acude a Santa Eugenia todos los días de la semana, «excepto un par que me tomo para descansar». «¿Que por qué? Pues para no estar en casa sin hacer nada, para aportar en la medida de mis posibilidades y para mostrar mi solidaridad», nos dice mientras tomamos un café junto a otros compañeros, como María Salvador (23 años, Zaragoza) o Lucía Zujeros (23), esta última muy interesada en saber «dónde va a salir esto».

Olivier de Belleroche

«Aquí trabajamos como voluntarios todos los días unas 150 personas: cien por la mañana y cincuenta por la tarde», nos dice el cocinero Olivier de Belleroche, uno de los responsables de que cada día puedan comer en la capital varios miles de personas. De ascendencia franco-española, Olivier lleva entre fogones 24 de sus 44 años y ha trabajado en restaurantes de Madrid, Bruselas, Estados Unidos y Suiza. De experiencia, por tanto, anda sobrado, y de generosidad, también. «Aquí no cobra nadie. Todos somos voluntarios. Yo soy cocinero profesional y como yo hay otros, aquí y en otras partes de España, pero en la cocina trabajan también personas que no lo son. Lo importante es estar dispuesto a ayudar», nos dice. Él echa una mano desde el 9 de abril, cuatro días después de que WCK empezara a operar en Madrid.

Karla, el alma mater del milagro

Karla Hoyos

El alma mater de este milagro vallecano es otra mexicana, de Veracruz concretamente. Su nombre: Karla Hoyos. Karla tiene solo 32 años, pero mucha experiencia acumulada a sus espaldas. Es de esas personas pragmáticas que hablan poco y hacen mucho, al menos esa es la sensación que transmite. De su valía y capacidad de organización no hay duda. Bien lo saben en Puerto Rico, donde en 2017 llegó a sacar con WCK 75.000 comidas diarias para socorrer a los damnificados del huracán «María», que devastó la isla. Fue allí donde conoció a José Andrés, quien poco después la fichó para que dirigiera su restaurante The Bazaar en Miami (Estados Unidos), donde ahora está al frente de un centenar de personas. Cuando el 16 de marzo este cerró por el coronavirus, ella —mujer comprometida y solidaria— decidió que no se iba a quedar de brazos cruzados, a verlas venir, y tres semanas después ya estaba en Madrid con WCK dando de comer a las víctimas españolas de la pandemia. Empezaron sacando unos 500 menús, y dos semanas después habían preparado ya 40.000. En la recepción de la Escuela, una gran pizarra lleva el registro de las comidas salidas de esos fogones. El 31 de mayo, día de la visita de ECCLESIA, habían superado el medio millón: exactamente 505.293.

«Esas que ves ahí —nos dice Karla señalando el pizarrón— son las comidas que hemos preparado en Madrid, pero en total en España con WCK hemos elaborado ya 1,7 millones desde 18 puntos de reparto: Madrid, Barcelona, Valencia, Sevilla, Cádiz, Jaén, Pontevedra, etc.».

12.500 comidas en un día

¿Y a dónde van exactamente las comidas que preparáis?, preguntamos. Olivier nos señala un cartel colgado en la pared. «Mira, hoy sacamos 12.500: de ellas 7.500 son menús y 5.000 sándwiches y bocadillos. Los menús que preparamos son equilibrados: contienen carbohidratos (pasta, arroz, platos de cuchara etc.), proteínas (albóndigas, estofados) y fruta. Y allí tienes los lugares de destino de cada una de ellas».

Otro pasquín próximo, en efecto, nos muestra el listado de asociaciones, agrupaciones o entidades religiosas que reciben el maná salvador. Entre estas últimas, encontramos hoy a las religiosas de Jesús y María (150 sándwiches), la Orden de Malta (300), la parroquia de San Isidoro y san Pedro (200 comidas y 200 sándwiches), las Siervas de Jesús (250 menús), Teresa de Calcuta (250 menús)…

Con todo, el mayor número de comidas en este día (650, además de 200 sándwiches) es para la Fundación Madrina. (La foto de decenas de personas haciendo cola a sus puertas para recoger alimentos fue portada del número 4.033 de ECCLESIA). En lo que respecta a los bocadillos y sándwiches, la palma se la lleva hoy el Poblado de la Cañada, con 1.902 peticiones. A San Cristóbal de los Ángeles, otro barrio depauperado de la capital con gran conflictividad social y mucha población inmigrante, van también en esta jornada 507 comidas y 47 sándwiches.

Petra, la cicerone que nos enseña las instalaciones —«esta es la cocina, aquí están empaquetando las comidas, ahí preparando los bocadillos, en esta otra sala montando los sándwiches, aquí los voluntarios friegan los cacacharros, esto es la lavandería…»— nos conduce también a los muelles de carga, donde justo en este momento dos coches están recogiendo sus pedidos. Empresas como Correos o Glovo, y los propios bomberos de Madrid, colaboran en la distribución de los alimentos, pero algunas instituciones vienen cada día al centro a por ellos.
Uno de estos transportistas es Álvaro, un joven amable y sonriente de 24 años, que acaba de cargar en su vehículo 150 menús y 200 bocatas para la parroquia de San Ramón Nonato, en el mismo distrito. Su párroco, José Manuel Horcajo, contaba hace unas semanas en estas mismas páginas cómo habían tenido que cerrar el comedor social que tenían por el maldito virus y que, aun así, en poco tiempo habían pasado de dar 300 comidas al inicio de la pandemia a 900 poco después.

«¿Hay mucha necesidad por el barrio?», le preguntamos a Álvaro. «Sí, pero también mucha solidaridad. Si quieres ver lo que se hace por aquí pregunta en la parroquia de San Juan de Dios. ¡Menudo trabajo está haciendo ahí el padre Gonzalo!», nos dice en medio de las risas de sus compañeros, que al enterarse de que está hablando para un medio religioso le toman el pelo, indicando al periodista que no haga caso de su testimonio, pues «no tiene hecha ni la Primera Comunión». Álvaro, que encaja la broma con una sonrisa, se está refiriendo al padre Gonzalo Ruipérez, parróco desde septiembre de 2014 de San Juan de Dios de Vallecas, desde la que se han distribuido toneladas y toneladas de comida a cientos de familias necesitadas, del barrio y de otras zonas depauperadas de Madrid que les derivan. El día de nuestra visita, y según el organigrama consultado, San Juan de Dios iba a recibir de WCK 150 comidas y 200 sándwiches.

Visita de las autoridades

El pasado 5 de junio, Brandon, Mario, Oleg, Petra, María, Olivier, Karla y el resto de voluntarios de WCK recibieron la visita del alcalde y la vicealcaldesa de Madrid, José Luis Martínez-Almeida y Begoña Villacís, acompañados por el fundador de la ONG, José Andrés. Los tres les agradecieron su esfuerzo y entrega. Los regidores posaron con una camiseta que decía: «Madrid os da las gracias». «Hasta 10.000 menús al día —tuiteó luego el primer edil— han llegado a salir de estas cocinas de la Escuela Municipal de Hostelería de Santa Eugenia, destinadas a familias vulnerables y personal sanitario en la crisis del COVID. Gracias @chefjoseandres, @WCKitchen, @ONGCesal y @BomberosMad por hacerlo posible».

Al cierre de este número de ECCLESIA, los cocineros y voluntarios de WCK seguían preparando menús y bocadillos para los más  desfavorecidos. «Me han dicho que al menos este mes vamos a seguir», señala Mario, que constata también que el número de voluntarios ha ido menguado y que cada vez resulta más difícil sacar la producción. Aun así, el pasado domingo volvieron a salir de la cocina de Santa Eugenia 10.000 menús de estos samaritanos de los fogones

World Central Kitchen en España: 200 cocineros y 4.500 voluntarios

World Central Kitchen (WCK), la ONG de José Andrés, comenzó a repartir sus comidas en España el pasado mes de abril. Karla Hoyos, mano derecha del restaurador asturiano en este cometido, empezó a servir menús en Madrid el día 5 de dicho mes. Además de Madrid, la ONG ha abierto sus cocinas también en otras 14 ciudades españolas más: Barcelona, Valencia, Bilbao, A Coruña, Sevilla, Cádiz, Huelva, Jaén, Málaga, Sevilla… En ellas han estado trabajando hasta 200 chefs y 4.500 voluntarios. WCK ha contado con la colaboración de la Cruz Roja, el Banco de Alimentos y las administraciones locales. «Todos los alimentos para elaborar los platos han sido donados por Makro y para asegurar que las raciones se dan a las personas más vulnerables han trabajado mano a mano con el Banco de Alimentos de Madrid, que ha coordinado toda la iniciativa», asegura su página web. Para los repartos puerta a puerta han colaborado Correos, las dotaciones locales de los bomberos y empresas de reparto a domicilio como Glovo.

José Andrés, el inmigrante triunfador que plantó cara a Trump

José Andrés Puerta (Mieres, Asturias, 1969), es un hombre hecho a sí mismo y, hoy por hoy, uno de los mejores embajadores de la «marca España» en el mundo. Fiel exponente del «sueño americano», llegó a Estados Unidos a buscarse la vida con poco más de veinte años, y actualmente es dueño allí de una treintena de restaurantes y ha sido ya incluido por la revista Time en dos ocasiones (2012 y 2018) entre las cien personas más influyentes de aquel país.

Pero además de por su éxito empresarial, el popular restaurador ha sido noticia en los últimos años por su gran labor humanitaria, que le ha granjeado ya distintos reconocimientos como la «Medalla nacional de Humanidad » (2015) o el premio «Humanitario del año» de la fundación James Beard. Ha sido propuesto también para el Nobel de la Paz. Con su ONG World Central Kitchen (WCK), que fundó en 2010, trata de dar de comer a los damnificados del hambre y la pobreza, especialmente tras algún desastre natural. En Puerto Rico, por ejemplo, sus cocineros sirvieron en 2017 más de 3,6 millones de comidas a las víctimas del huracán «María». Antes, sus menús comunitarios estuvieron también en Haití, tras el devastador terremoto, y en Mozambique.

Inmigrante en Estados Unidos —aunque desde 2013 disfruta de la doble nacionalidad—, José Andrés fue noticia también hace unos años porque decidió no abrir uno de sus restaurantes en un edificio propiedad de Donald Trump al escuchar las declaraciones del presidente sobre los inmigrantes. Fue demandado por incumplimiento de contrato, pero no dio marcha atrás. «Yo creo —dijo tiempo después en televisión sobre el asunto— que el futuro no es luchar porque nos vaya bien a nosotros y a nuestros amigos, sino que el nuevo sueño de la humanidad tiene que ser que nos vaya bien a todos».

«Esto no es solo una crisis sanitaria; incluso en el país más rico del mundo, Estados Unidos, hay hambre», ha dicho ahora, tras reconocer que ha propuesto al exvicepresidente Joe Biden, candidato demócrata a la Casa Blanca en las elecciones de noviembre próximo, el nombramiento de «un experto de seguridad nacional para alimentación». Estos días está visitando las cocinas de WCK en España.

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